De cerca

Actor trotamundos

A poco del estreno de «En el camino», en la que interpreta a William Burroughs, Viggo Mortensen habla de San Lorenzo y de su infancia en Argentina. El cine en castellano y su pasión por la poesía.   Impresionado, Walter Salles cuenta que cuando le ofreció el papel de Bull Lee en la versión cinematográfica de En el camino, Viggo Mortensen le prometió que iba a bajar 22 kilos en dos meses para poder estar listo para el papel. Y que cuando llegó a Nueva Orleans, no sólo había perdido el peso prometido para encarnar a la versión cinematográfica de William Burroughs, sino que también se había devorado todos los libros que leía el poeta en la época que retrata la película, traía ya su vestuario y hasta las armas que aquel usaba para cazar. Sin dudas, la anterior es una buena descripción del método de trabajo de alguien que en público parece ser simplemente un obsesivo hincha de San Lorenzo. A los 54 años, famoso y premiado, Mortensen sigue buscando desafíos que estimulen esa faceta intelectual que prefiere guardarse para su vida detrás del escenario. Antes de partir hacia Estambul, donde rueda la película The two faces of January, el actor habló con Acción sobre cómo llegó a concretar su primera película argentina, el filme que hizo bajo la dirección de Salles y su particular relación con el país en el que pasó su infancia. –¿Cómo fue que terminaste haciendo tu primera película argentina? –Fue una cuestión de suerte. Conocí a Ana Piterbarg, la directora de Todos tenemos un plan, en San Lorenzo, el club de mis amores y al que siempre voy cuando estoy de paso en Buenos Aires. Justo coincidimos los dos cuando estábamos entrando, porque ella llevaba a su hijo a natación. Me miró y me dijo: «Pero si vos sos Viggo». Le contesté que sí, y ahí fue cuando me dijo que era directora y que tenía un guión que quería que leyera. Me explicó que no lo llevaba con ella, lógicamente. Pero después me contó que, mientras lo escribía, había pensado en mí para que interpretara a dos hermanos gemelos. Me dan guiones en cualquier parte, todo el tiempo. Lo cierto es que le di la dirección y cuando llegué a mi casa me encontré con un paquete. Lo abrí sin demasiadas expectativas, porque la mayoría de los que me envían, e incluso los que me pasa mi agente, dejan mucho que desear. Pero en este caso me quedé impresionado. Me contacté con ella y le dije que lo hiciéramos. Nos llevó un par de años lograrlo, pero usamos bien el tiempo. Cada vez que viajaba a Argentina nos reuníamos para trabajar, para no desperdiciar la oportunidad, si es que teníamos suerte y lográbamos financiar la película. –Es curioso que aceptes el guión de un desconocido. En la mayoría de los casos, las estrellas sólo los reciben de sus agentes. –Cuando voy a un festival, muchas veces me tengo que comprar una valija extra para traerme todos los que me dan. Pero debo decir que el 99% de los que leo son esfuerzos simpáticos que nunca podrían convertirse en una película. No son historias originales, no están bien escritas o no tienen personajes interesantes. No fue el caso con el que me dio Ana. –Llevás toda una carrera en el cine hablado en castellano. –No sé si hay algo que une las cuatro películas que he hecho en castellano, porque cada una es diferente. Son todos directores muy distintos entre sí. De todos modos, yo no distingo entre Hollywood y otras regiones del mundo, o entre grandes y pequeños presupuestos. Lo que importa es cuán buen líder puede ser un director. Si logra mantener la tranquilidad en el set y que el equipo y el elenco se involucren, da lo mismo si es El señor de los anillos o Todos tenemos un plan. Enseguida se forma una familia, todos trabajan bien y da lo mismo el idioma en que se hable o si es una gran producción o no. –¿Te interesa ayudar a estimular al cine latinoamericano para que llegue a una audiencia internacional? –¿Por qué no? Pero esa no es mi motivación. A mí me gustan las buenas historias. Yo tuve la suerte de haber crecido hablando en castellano y en inglés al mismo tiempo, por lo cual no es un problema si tengo que filmar en castellano. Pero lo que no me convence es lo de hacer películas españolas o latinoamericanas habladas en inglés para maximizar la audiencia. Me parece muy importante mantener un cine regional que tenga su propio punto de vista. Hacen falta películas habladas en muchos idiomas. Por otro lado, la verdad es que siempre quise hacer una película argentina. Esta no fue la primera vez que me propusieron un proyecto para rodar allá, pero muchas veces los guonies que me mandaban no me convencían. Y cuando la propuesta era buena, ya estaba comprometido para hacer otra cosa. También tengo que aclarar que hice Todos tenemos un plan porque era una buena propuesta: jamás hubiese hecho esta película sólo para filmar en Argentina. Además, respeto mucho el cine nacional: tiene una tradición de contar con grandes directores y muy buenos actores. Por eso estoy muy orgulloso de ahora ser parte de esa tradición, con una película que no sólo será recordada por mucho tiempo en Argentina sino también en el resto del mundo. –También tenés un papel en En el camino. ¿Cual es tu relación con Jack Kerouac? –En el camino es un libro que leí en mi adolescencia y que he vuelto a releer varias veces. Al menos lo leí dos veces completas y luego releí fragmentos en los años que pasaron entre mi adolescencia y el rodaje de la película. Además, como siempre me ha gustado mucho la poesía, leí todos los trabajos de Allen Ginsberg y muchos otros poetas de la «generación beat», como Snyder y Burroughs. Esta fue otra ocasión en la que, cuando menos te lo esperás, algo aparece. Yo estaba filmando Un método peligroso para Cronenberg cuando recibí un llamado de Walter Salles preguntándome si me interesaba interpretar a Bull Lee que, por lo que se sabe, está basado en William Burroughs. Primero le pregunté si estaba seguro, porque no me reconocía en ese personaje. Pero luego le dije que tal vez tenía razón, porque antes le había respondido lo mismo a Cronenberg con respecto a Freud. Muchas veces no me veo como determinado personaje, pero hace falta alguien que te estimule a probar algo que de otro modo jamás habrías intentado. Lo cierto es que admiro mucho a Burroughs y su trabajo: por más loco que parezca, para mí es el más original de todos. Encontré muchas grabaciones suyas, y traté de reproducir sus movimientos a partir de los videos en los que aparece. En cualquier caso, creo que Walter tenía razón. Muchas veces los actores creen que no pueden hacer algo y necesitan de un director que vea algo diferente. Lo mismo pasó con Daniel Fanego en Todos tenemos un plan: él no se veía en ese personaje y Ana lo convenció de que lo hiciera. En mi caso, cuando recién comencé a estudiar teatro mientras vivía en Nueva York, tuve un profesor que me alentó mucho a que siguiera adelante. Yo no estaba convencido de que tuviera posibilidades, pero él vio algo en mí. Si no lo hubiese encontrado, probablemente habría dejado la carrera de actor. La verdad es que en esto uno necesita tener una dosis de suerte, pero por otro lado tiene que tener la disposición a escuchar. Y si alguien te dice que podés, al menos hay que intentarlo. –Si todo el mundo tiene un plan, ¿cuál es el tuyo? –No planifico demasiado para adelante, a decir verdad. Sí con las cosas que tienen que ver con organizar mi vida, pero no con respecto a con qué director quiero trabajar, en qué medio o en qué idioma. Lo importante es vivir el presente. Si uno está pensando todo el tiempo en lo que no hizo o en lo que hará, se olvida de vivir el momento. Además, tal como se ve en la película, los planes nunca salen como uno quiere. –¿Sentís que perdiste algo cuando en Argentina se enteraron de quién eras y ya no pudiste volver como un ser anónimo? –No. La cosa es que, de otra manera, nunca hubiera podido ir a Santa Fe a ver Colón contra San Lorenzo: no hubiera sido tan fácil entrar y ver el partido. Tampoco hubiera conocido al Beto Acosta ni me hubieran regalado la camiseta de San Lorenzo. Así que la celebridad tiene sus ventajas. Tengo tantas camisetas firmadas por los jugadores de San Lorenzo como para formar un equipo: no me falta ni la del arquero. –¿Te cruzás con otros actores de Hollywood cuando vas a Argentina? –Con el que me encuentro siempre es con Robert Duvall, que tiene una esposa argentina. También he visto a Willem Dafoe, al que le gusta mucho el tango y viaja para aprender a bailar. Y Sam Shepard, al que no sólo le gusta el tango sino también el polo y los caballos. –¿Qué hacían tus padres cuando viviste en Argentina de chico? –Tenían un campo en el Chaco, los últimos años que estuvimos en el país. Y antes de eso, en Pilar, mi padre administraba una granja donde tenían pollos, pero también había caballos. Nos fuimos en agosto del 69, cuando mi madre nos llevó a Nueva York. Después volvimos en julio del 70, a pasar el verano neoyorquino, porque mi papá todavía estaba en Chaco. Él se quedó trabajando ahí y, después de julio del 70, no volví a Argentina hasta el 95. –¿Tu papá se quedó? –Se quedó unos años y finalmente se fue a Dinamarca, pasó algún tiempo allá, volvió otra vez a la Argentina y luego se fue a Nueva York. –¿Como impactó la partida en la relación con tus hermanos? –Yo tenía 11 años, mi hermano del medio tenía 8 y el otro, 6. Y cuando llegamos a Estados Unidos, los tres hablábamos siempre en castellano entre nosotros. El menor no hablaba una palabra de inglés, pero como son los chicos, a los dos meses ya hablaba bien inglés, y ahora casi no habla castellano. Yo me quedé con el idioma, y cuando podía leía libros y revistas en español. –¿Alguna vez pensaste que si te quedabas, hubieras tenido 18 años para la época del golpe, y que hubieras pertenecido a una de las generaciones más golpeadas por la dictadura? –Quién sabe… Por tener cierta curiosidad y querer informarme hubiera tenido ciertas preguntas: no hubiera creído todo lo que se escribía en los diarios, lo que me contaban en el colegio o en mi casa. A lo mejor me hubiera metido en líos, pero no puedo saberlo porque mi vida fue otra. Mi mamá nos llevó a Estados Unidos y las cosas son lo que son. Pero en los años 77, 78, me daba cuenta de lo que pasaba en la Argentina. Aunque me acuerdo de que en el 78, durante el Mundial, yo estaba muy consciente de cómo era la situación. Había apostado una caja de cerveza en la fábrica donde trabajaba. Les dije a mis compañeros de trabajo, al principio del torneo: va a ganar Argentina. Porque en el 78 nadie pensaba que Argentina iba a ganar, aunque se jugaba en casa. Y la verdad que cuando vino el partido contra Perú, que Argentina ganó 6 a 0, me di cuenta de que había algo arreglado. Mucha casualidad, aunque me puso contento que Argentina fuera campeón mundial. Me acuerdo de que en esa época hubiera querido que a Maradona lo hubieran dejado jugar en la selección. Todo eso fue muy interesante, pero también yo estaba bastante consciente de que era una época dura y muy fea para el país. –¿Viajar te hizo más sensible a la realidad de otras personas? –No sé, eso de viajar bastante de chico supongo que influyó en que tuviese una mentalidad mas amplia. Al ser actor entrás en la piel de otros, de gente diferente, y seguís conociendo, exponiéndote al mundo. Eso te recuerda siempre que es mucho más lo que nos parecemos que lo que nos diferencia de los otros, ya sean argentinos, árabes, neoyorquinos, sean de derecha o de izquierda. –¿En qué medida sentís que ese viaje familiar te ha infuenciado como actor? –Tal vez tengo un mayor interés en otras culturas. Cualquier persona que haya sido expuesta a otros países y a otras culturas es mucho más amplia en sus criterios. Yo creo que viajar es una buena manera de prevenir las guerras, porque el hecho de conocer pueblos diferentes te quita el interés por agredir a los demás. No sé si me ha ayudado a ser un mejor actor, pero decididamente me ayuda a construir mis personajes. –¿Cómo fue que se te ocurrió empezar a actuar? –Como con muchas otras cosas, por probar y nada más. Me gustaban el teatro y el cine. Después de terminar la secundaria, me fui a Dinamarca y viví allí unos años. En Dinamarca conocí a una chica que decidió mudarse a Nueva York y yo me fui con ella, sin intenciones de quedarme mucho tiempo. Pero ella se quedó y yo también. Estando en Nueva York, decidí probar y me metí en una escuela de teatro. Y así empecé. Si hubiera sabido lo difícil que iba a ser, a lo mejor nunca me hubiera metido en esta carrera, porque cuando recién empezás te hacen mil pruebas y a lo mejor no te dan el papel. –¿En algún momento te planteaste abandonar? –Al principio me lo planteaba todos los días. Muchas veces pensé que no servía para esto. –Si pudieras ganar lo mismo como poeta que como actor, ¿a qué te dedicarías? –Me gustan las dos cosas, las dos formas de expresión: escribir y actuar exigen una disciplina que a mí me interesa mucho. Hay que expresarse de una forma específica y propia: es un desafío. Creo que haría las dos cosas. Si yo fuera un escritor que ganara mucha plata con eso, igual actuaría gratis. ---Gabriel Lerman Desde Toronto