De cerca

Actuar por convicción

El intérprete subió 13 kilos para darles vida a dos hermanos gemelos bien diferentes, en una miniserie que le permitió reencontrarse con sus raíces italoestadounidenses. Del cine independiente a las grandes producciones, el recorrido de un hombre con las ideas firmes.

(Getty Images/AFP/Dachary)

Se ha convertido en uno de los actores más famosos del planeta gracias a su trabajo como el doctor Bruce Banner y su doble, el Increíble Hulk, en las películas del Universo Marvel, pero no por eso ha perdido su amor por el cine independiente, su militancia política o una manera de pensar que siempre lo ha distinguido entre los actores de su generación. Refugiado con su familia en un campo ubicado en el norte de Nueva York para cumplir con la cuarentena, Mark Ruffalo conversó con Acción sobre su trabajo como intérprete, la forma en la que él mismo y la sociedad se enfrentan con el coronavirus y su último trabajo cinematográfico, I Know This Much is True, por más que este se emita como una miniserie de seis episodios de una hora por HBO. Dirigido por Derek Cianfrance, el mismo que hizo Blue Valentine, El lugar donde todo termina y La luz entre los océanos, Ruffalo encarna allí a un par de personajes que no podrían ser más distintos, dos hermanos gemelos unidos por una complicada trama familiar. Una mirada sensible sobre las idas y vueltas del vínculo fraterno, con la historia reciente de Estados Unidos como telón de fondo.
–Después de haber participado de las películas de Marvel, imagino que estabas preparado para interpretar a dos mellizos que comparten muchas escenas.
–Sí, por supuesto. Me ayudó mucho, porque conozco esa tecnología y pude convencer a Derek de que se podía hacer y no iba a parecer muy artificial. Para serte honesto, fue mucho más fácil que todo lo que tuvo que ver con encarnar a Hulk, que requiere de mucho equipamiento, de mucho tiempo y de mucha tecnología. Esto fue muy simple.
–¿Cómo fue lo de interpretar a dos hermanos desde el punto de vista técnico?
–Cuando empezamos a hablar de este proyecto con Derek, él tenía muchas dudas sobre si tomar el proyecto o no, porque no quería que fuera como cualquier otra película o serie de mellizos, que dan la sensación de que el actor se va, se cambia la ropa, se pone una peluca y cuando vuelve pretende ser el hermano. A mi manera de ver, la única forma en que podíamos plasmar bien esta historia era si lográbamos crear dos personajes que fueran completamente diferentes entre sí, por más que fuesen mellizos. Le dije a Derek que Thomas, tomando tantos remedios psiquiátricos, tenía que verse hinchado, con un físico diferente. Por eso pensé que lo ideal era que yo pudiera filmar las escenas de Dominick primero y luego detener el rodaje para subir 13 kilos. Lo hice en seis semanas. Unos tres o cuatro meses después, filmamos todas las escenas de Thomas.
–Esta serie refresca tu propia conexión con la cultura italiana.
–Soy estadounidense de segunda generación, mi familia vino de Calabria a principios del siglo pasado, dejando atrás una enorme pobreza, buscando un nuevo futuro en este país y no les resultó para nada fácil. Aquí los consideraban gente de color y los discriminaron mucho, porque los veían sucios y repulsivos, pero mi abuelo era un sobreviviente nato y luchó duramente. Nuestra familia pasó de la miseria a ser de clase media alta. Una de las cosas que me interesaron de este proyecto fue la conexión cultural que sentí con estos personajes, porque además yo quería ver una película o una serie sobre la auténtica experiencia italoestadounidense, lejos de los estereotipos que los retratan como gángsters, asesinos y ladrones. Esa parece ser la única forma que Hollywood tiene de retratar a los italoestadounidense, pero yo creo que tenemos una historia muy rica en Estados Unidos, de la que raramente se habla y que no aparece muy seguido en las películas.


–¿Por qué decidiste volver a la televisión después de 20 años de trabajar en el cine?
–Porque he estado mirando televisión y he visto tantos buenos proyectos que no pude resistirme a la idea de interpretar un personaje en un período más extenso de tiempo. Cuando este proyecto me llegó, había estado dando vueltas durante 16 años. Hay por lo menos 20 guiones que Fox intentó filmar, pero nunca lograron que les quedara bien. Y lo primero que le dije a Wally Lamb, el autor de la novela, es que había demasiadas historias importantes para contar como para tratar de resumirlas en dos horas: tenía que ser una miniserie. Le propuse que hiciéramos una película de seis horas y fue así como me tomé el proyecto. Me parece que es lo bueno que tiene la televisión actual, estas miniseries te permiten dedicarle una buena cantidad de tiempo a cada personaje. No sé qué pasará en el futuro con el cine, pero es parte de una evolución.
–¿Cómo hacés para desaparecer con cada personaje?
–Vengo de la escuela de Stella Adler, en donde te enseñan que no tenés que convertirte en el personaje, sino que es mejor usar tu imaginación y la libertad que te puede dar una vez que la desarrollás. Eso es algo que llevamos con nosotros en cada experiencia. Tenemos lo que se llama «memorias de sangre». Cargamos en nuestro interior con la experiencia de cada ser humano a lo largo de los tiempos, aunque sea en una forma muy pequeña, y la podemos utilizar. Pero además siempre estuve muy interesado en la vida física del personaje, en cómo luce, cuál es su forma de caminar o cómo se comporta. Y eso era otra cosa importante de la que nos solía hablar Stella. Uno no conoce a un personaje por lo que dice sino por su forma de hacer las cosas. Esa siempre me pareció una manera interesante de entender la actuación. Vengo del teatro en donde nadie te decía a qué género te ibas a dedicar: tenías que poder hacer todo tipo de papeles, había que probar de todo para poder expandir el propio horizonte. Siempre seguí ese precepto, que me llevó por un camino interesante.
–¿Cómo te preparás para tus papeles?
–Con cada uno es diferente. Debo confesar que sueño mucho despierto mientras los preparo, es mi forma de dejar que la imaginación juegue con todas las posibilidades, tratando de pensar cómo tiene que hablar y ese tipo de cosas. Y luego está toda la parte dura, la investigación. Cuando era un joven estudiante de teatro, me enseñaron que me tenía que pasar dos tercios del tiempo en la biblioteca antes de llegar al escenario. Y ese sigue siendo mi método de trabajo, para tratar de determinar quién es la persona que estoy interpretando, de dónde es, cuál es el contexto político de la época, cuál era la música que se escuchaba. Hay cosas que aprendo que no tengo la menor idea de si las voy a poder usar en el papel, pero a veces los elementos más insólitos me terminan ayudando. Trato de cargar tanto como puedo en mi mente, porque sé que toda esa información va a funcionar después como una semilla.
–¿En qué medida tu activismo político influye en tus decisiones a la hora de elegir proyectos?
–Yo estoy en el mundo del espectáculo. A veces mi trabajo es entretener y, en otros casos, es lograr que la gente se haga preguntas. En algunas ocasiones, todo pasa por enseñar o por iluminar aspectos de la experiencia humana que, de otro modo, uno nunca llegaría a considerar. Muchas veces me encuentro participando de un proyecto solo porque me gusta por razones personales, porque me entusiasma. Y otras veces porque tiene que ver con mi sistema de valores. Por eso hay películas que hago por razones puramente personales y otras porque siento que, de ese modo, voy a hacer una contribución a la sociedad.
–¿Alguna vez te asustaste con un guion?
–Sí, la única audición a la que no fui porque creía que no iba a ser capaz de hacer ese papel fue la de Sin lugar para los débiles. Y todavía sigo opinando lo mismo. Me asustó el no saber cómo encarar el personaje y también me asustaba trabajar con los hermanos Coen. No quería sufrir con ellos y me acobardé. Cuando hice Foxcatcher también estaba asustado y no sabía cómo hacerlo, sobre todo en el plano físico. Fue el trabajo más duro que me tocó hacer en cine, pero ahora estoy orgulloso de haberlo hecho. Me hizo crecer, como todos los buenos papeles, si es que no morís en el intento.


–¿A qué atribuís que después de tantos años en el cine independiente, de pronto se te hayan abierto las puertas de las grandes producciones?
–Creo que simultáneamente se produjo un cambio en la percepción que los demás tenían de mí, y también se produjo una transformación en mí. Por un lado, todas las comedias románticas que hice ayudaron a solidificar mi posición en Hollywood. Y, por el otro, siento que hubo una maduración en mi trabajo: ahora me siento mucho más cómodo. La parte exterior y la parte interior se unieron de una manera un poco curiosa, pero la verdad es que me siento mucho más seguro como actor. Y eso hizo que ya no sienta la necesidad de demostrar nada.
–¿Cómo te diste cuenta de que querías ser actor?
–Una noche, cuando era chico, mi mamá me dejó quedarme levantado y mirar una película con ella. Había un actor que me impresionó mucho y quedé tan emocionado y encantado con él, que pensé que tenía que dedicarme a eso durante el resto de mi vida. La película se llamaba Un tranvía llamado deseo y el actor era Marlon Brando.
–Creciendo en Wisconsin, no debe haber sido fácil soñar con convertirse en Marlon Brando.
–No, pero en mí era algo inevitable. Yo siempre estaba actuando. Me disfrazaba de cura, de vagabundo o de mi abuela, pero en realidad hasta que no estuve en la escuela secundaria no me tomé en serio lo de la actuación. Era algo que estaba en mí.