De cerca

Amor a la música

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Volvió a vivir en Buenos Aires después de cuatro décadas, en las que recorrió medio centenar de países con su maestría para tocar el piano. La infancia de un oído absoluto que compartió profesor con Martha Argerich y dio su primer concierto a los 9 años. Vocación, exigencia e inspiración.


En mis oídos suena música todo el día, ¡a veces me gustaría que cambien el disco!», dice Bruno Gelber mientras sirve el té. Desde hace un par de años, el maestro del piano regresó a Buenos Aires, donde no vivía desde la década del 60. Fue por entonces que partió rumbo a París para continuar su formación con tan solo 19 años, y más tarde a Mónaco, ciudades ambas desde las que viajó hacia más de 50 países para ofrecer unos 5.000 conciertos frente a los públicos más exigentes del mundo.
El amplio departamento en el que recibe a Acción está en el doceavo piso de un magnífico edificio art decó, en pleno barrio porteño de Once. Las paredes, amarillas en el living y rubí en el comedor, están cubiertas de obras de arte en una armonía personalísima. Entre ellas hay un enorme cuadro surrealista donde levita un ojo abierto. Esa misma pintura recibía ya a las visitas en su casa natal, en Belgrano. «Había música en todas las habitaciones: en una, la que hacía mamá con sus alumnos, y en otra, la de papá con los de él. Se vivía en música, totalmente en música», recuerda.
Hijo de un violinista de la orquesta del Teatro Colón y de una profesora de piano, se formó al igual que su mamá en la escuela de Vicente Scaramuzza, maestro también de pianistas como Martha Argerich.
Con solo 5 años de edad ya podía interpretar sonatas. Poco tardaron en advertir que el suyo era un oído absoluto. A los 7 años, una poliomelitis lo confinó en la cama durante un año, pero eso no detuvo de ninguna manera el ímpetu de ese chico que adoraba ofrecer conciertos intempestivos a todas las visitas y se movía en el escenario con una soltura pasmosa. Con un piano sin pedales, adaptado especialmente, siguió estudiando. Su pasión se redobló y su compromiso se selló para siempre.
–¿Es cierto que al principio tus padres no querían que tocaras al piano?
–Sí. No querían que fuera músico, porque ellos hicieron toda su vida de músicos sin las protecciones sociales que hay ahora. Vivíamos muy bien, porque eran dos buenísimos profesionales, y nunca sentí que faltara esto o lo otro, pero papá trabajaba todo el día y muchas veces incluso de noche. Cuando se iba a tocar las óperas en el Colón, yo las seguía por la radio, leyéndolas, pero como era tarde, nunca pasaba de la mitad del tercer acto y me quedaba dormido. Al volver, mi papá me cubría y apagaba la luz del velador. Para mí era una manera de estar con él. Por un lado, él no quería que yo fuera músico, pero al mismo tiempo, como yo tenía oído absoluto, me llevaba con él a los ensayos y me probaba con todos los instrumentos de sus compañeros. Y mamá tuvo buenos alumnos también. Ella era una de esas personas que Scaramuzza anuló, porque tenía un talento impresionante, pero era muy tímida, y con él había que tener carácter o perecer. Me acuerdo de una vez que me estuvo retando desde que entré, antes de poner siquiera la mano en las teclas. Cuando me fue a buscar mi mamá, el maestro le tendió la mano y ella se la dio, me la tendió a mí y no se la di. La miró a mamá con furia y le dijo: «¡Y no llora!». Yo hice una fuerza tremenda y aguanté. Lloré recién en la calle. Tendría 8 o 9 años.
–¿Qué recuerdos tenés de tus primeros encuentros con el instrumento?
–Papá y mamá me habían regalado la reducción para piano de las sinfonías de Beethoven. Yo era chiquitito, ellos habían salido, y me puse a tocar. Mi mamá dice que cuando volvieron me encontraron tocando la séptima sinfonía, donde hay un gran crescendo en el tercer movimiento, y que estaba colorado como un tomate; ella se asustó y me sacó las manos del piano. «¡Te va a dar un ataque, no podés tener la fuerza que querés tener a tu edad!», me gritaba. Y a mí me dio una bronca, una sensación de angustia enorme, porque me habría gustado poder hacerlo. Es que ese crescendo es el crescendo de tu alma.
–¿Y en público?
–Yo toqué con orquesta la primera vez a los 9 años y medio. Papá estaba en la orquesta ese día, y por supuesto tenía una sonrisa de oreja a oreja, ¡estaba tan orgulloso! Me acuerdo de un concierto a los 10, con parte de la orquesta del Colón, músicos a los que él había seducido para que no le cobraran. Toqué el tercero de Beethoven y fue una especie de locura después, el público se abalanzó sobre mí, me daban besos y abrazos, me pedían autógrafos, y yo ni siquiera sabía firmar. Tuvo tanto éxito que hubo de repetirse unos días más tarde. Y yo, como persona organizada que soy, pedí que me pusieran por favor una silla y una mesita para poder firmar al final. Fue muy divertido, porque en ese segundo recital si bien me abrazaron, me besaron y me aplaudieron, nadie me pidió un autógrafo. Muy temprano empecé a darme cuenta de que no siempre ocurre lo que uno espera que suceda.
–Decís siempre que tu primer concierto fue el único que no sufriste, ¿por qué?
–¿Qué es el famoso «susto»? Es lo que te dicta tu conciencia por la responsabilidad del nombre que llevás. Y a los 5 yo no tenía ningún nombre todavía; era mejor si tocaba bien, claro, pero no tenía esa mochila. Entonces salí a tocar absolutamente libre, feliz, sin nervios. No me tuvieron que indicar ni cómo tenía que saludar, había visto hacerlo a todos los demás en el Colón.
–Ahora, 70 años después, ¿todavía te ponés nervioso?
–Sí. Los nervios para un concierto no son lógicos. Una vez, en un concierto que conocía bien, en una ciudad chiquita de Alemania, estaban todas las condiciones dadas para que me importara un bledo, y sin embargo, hubiera huido. Y cuando toqué en el Carnegie Hall pensaba que iba a temblar como una hoja, y nada. Pero tu profesionalidad te da los medios para poder hacer frente a un concierto, incluso nervioso. Mi profesora de yoga en París me dijo una cosa extraordinaria, una vez: «Saludá a tus nervios cuando vienen, aceptalos. Si te ponés en contra, es peor. Y vas a ver que va a haber una armonía mayor». Y es cierto. Yo rezo mucho antes de los conciertos. Lo que más me importa es estar inspirado, sentir esa cosa extraordinaria que es el amor que te brota para poder inspirar a los demás. Nuestra misión es tocar el centro vital del espectador. Dicen que si has despertado al menos a uno solo del público a la vibración musical, la misión está cumplida.
–¿Hay una exigencia física muy grande en un concierto?
–Claro. Hay una exigencia física, de precisión. El toque, la magia. A veces, tenés que hacer el amor con el piano, acariciarlo, y a veces, darle una trompada. Es que en el piano están todos los sentimientos del mundo. Tenés diez músicos, que son tus dedos, que tienen que corresponder a un cierto sentimiento. Es maravilloso, y al mismo tiempo tenemos una cosa que es un horror: si pasan diez días, quince, sin tocar un concierto, aunque lo hayas estudiado, ya no lo sabés de la misma manera. Te queda en el corazón y en la cabeza, pero en los dedos no, ¡se te va de las manos! Siempre está el temor al salto: un milímetro más allá o más acá, tocás otra nota.


–¿Te costó llevar una vida de tanto esfuerzo y orden en plena adolescencia?
–Nada es sacrificante si está hecho con vocación. La vocación es una especie de amor imparable, que si no lo satisfacés, te morís. No hay sacrificio, es la aceptación de todo lo que conlleva el éxito. Lo aceptás porque sabés que el resultado es maravilloso. Embarcarse en este tipo de vida es muy bravo. Yo hice un casamiento unitario a los 5 años con un señor de cola larga y dientes blancos y negros que me sonríen todos los días: el piano. Y es muy adueñante de vos. Tenés que dormir lo necesario, comer bien, cuidarte, hay miles de cosas que no te podés permitir. Está todo basado en el servicio a la música a través del piano. Es una religión. Yo no tuve mi propia familia, si bien tengo la familia de la gente amiga, porque es incompatible con esta vida. Pero el placer que produce sentir que sos, como dijo Leonardo, el medio de paso de la emoción de los genios, un espejo que transmite sus momentos de sublime inspiración, es impagable. La música sola, en un texto, no es nada; depende de la vida que se le dé. Y entonces se enciende y es maravilloso.
–¿Disfrutás la vida de pianista?
–Ser ciudadano del mundo, viajar, es fascinante, pero al mismo tiempo te acostumbrás a vivir en lo excepcional, lo excepcional es normal para vos. En todas partes te elogian. Es difícil que no se te suba a la cabeza, que no creas tener todo permitido. Pero lo que te importa, o a mí al menos, es tu propia conciencia: yo escucho la grabación de cómo toqué y sentirme satisfecho me importa mucho más que el halago del público.     
–Mientras estás tocando, ¿hay otros pensamientos que compiten en tu cabeza?
–El pensamiento no para nunca, ni cuando estás durmiendo. Al pensamiento lo tenés que aprender a amaestrar, porque en realidad es un servidor, y nuestro espíritu debe ganar por sobre él. Pero a veces las contingencias cotidianas te obsesionan.  
–¿Qué es la música para vos?
–Yo creo que ya era músico en estado fetal. No podría vivir sin música. Es el gran amor de mi vida. Lógicamente, a mí me gusta el cine, la pintura, el teatro, hay muchas cosas que disfruto, pero nunca las he preferido por sobre la música. Nunca preferí nada por sobre la música, ni siquiera una relación afectiva. Pero la música es también un modo de amor, es desnudarse el alma. Para que reciban lo que das, tenés que abrirte.
–Tocaste en más de 50 países, ¿cuáles te quedan pendientes?    
–No toqué en Irlanda, porque mamá estaba enferma y me vine a verla, y no me llamaron más. En Albania y China no toqué todavía. Me encantaría ir a tocar a Emiratos Árabes, ver lo que es la fiebre del petróleo. Después, más o menos he tocado en todos lados.
–Hace 50 años que tocaste en Japón por primera vez.
–Sí. Cuando aterrizamos, lo único en lo que pensaba era en una cama y en una almohada. Empezamos a bajar la escalerilla y vimos que las terrazas estaban llenas de gente. No entendíamos a quién estaban esperando. Mi amiga, que me había acompañado, me pidió que levante la mano, a ver qué pasaba. Así lo hice, y empezaron a los gritos. ¡Era a mí! No lo podía creer. Cuando terminó el recital estuve una hora y media firmando autógrafos, sacándome fotos. En un momento, mi asistente se puso pálido y me indicó con la mirada. Había una japonesa, de rodillas, besándome el abrigo.
–¿Por qué decidiste volver a Buenos Aires, después de tantos años?
–Uno se siente muy cobijado en su país. Tengo la impresión de haber hecho todo un círculo  y he vuelto al origen. He vivido todo el tiempo en lo excepcional: conocí ciudades, personalidades, dormí en los mejores hoteles, comí los platos más deliciosos. ¡Todo eso lo hice todo el tiempo! Hoy lo que me gusta es tener una linda conversación, comer con amigos. Y los sentimientos: el mundo de los sentimientos es un mundo extraordinario. No hay nada que me fascine más que un ser humano.  
–¿Qué balance de tu vida hacés estos días?
–Siento que la vida es como si yo estuviera en un trineo que avanza en un sendero, en algún lugar arbolado, un sendero con nieve, y el trineo sigue solo el camino. No creo que uno tenga que forzar nada, las cosas van llegando. Me considero un hombre feliz. El hecho de trabajar con lo que me gusta, estar dotado para ello, poder hacerlo con éxito y vivir de eso… Cuando uno hace lo que le gusta no existe el sacrificio, a pesar de lo difícil que pueda llegar a ser.
–¿Alguna vez te leyeron la suerte?
–El primer concierto que hice fuera de Argentina fue en Chile, con 16 años. Un crítico importante de allá me vaticinó todo lo que me iba a pasar. Tarotistas, no. Yo creo en la gente que sabe ver, pero hay que tener cuidado. Tuve sí un astrólogo alemán, muy metódico. Una vez, cuando yo era chiquito, mamá y papá fueron a dar una vuelta y aparecieron en la esquina cuatro gitanas. Una de ellas le ofreció a mi mamá tirarle la suerte. Ella no quiso, y en cambio, le tomó la mano a mi papá y se la leyó: «¡Su nombre va a ser famoso en todo el mundo! ¡Cuántas recepciones, cuánto éxito!», le dijo. Ellos se murieron de la risa, le dieron un billete y siguieron camino.

 

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