1 de enero de 2026
Autor de libros e investigaciones que inspiraron series como Yiya o En el barro y películas como El robo del siglo o El Ángel, Rodolfo Palacios repasa su personal vínculo con criminales célebres.

«¿Vos lo conocés?», le preguntó Robledo Puch a uno de los responsables del Robo del Siglo en el penal de Sierra Chica. «Si lo ves, decile a ese que cuando salga de acá lo voy a matar de tres cuetazos», agregó. El mensaje era para Rodolfo Palacios, hacedor no solo de crónicas y de libros sobre asesinos y ladrones célebres (El ángel negro, Sin armas ni rencores, Conchita) sino también, desde hace ya una década, de guiones para cine (El Ángel y El Jockey) y de colaboraciones en varias series de televisión.
Pasaron catorce años de aquella amenaza lanzada desde la cárcel por el famoso criminal y Palacios, bautizado el «escriba del hampa» por Andrés Calamaro, la recuerda con la distancia y la naturalidad que dan las etapas cerradas. Si bien Arquímedes Puccio, el Gordo Valor, Ricardo Barreda o Yiya Murano fueron algunos de los protagonistas de sus perfiles en medios como Playboy, Caras y Caretas, Brando o Society de París, hay algo de ese universo sórdido y cruel que, incluso para no repetirse, su maquinaria narrativa ya dejó atrás.
«Con Yiya, Barreda, Puccio, Robledo Puch o Nahir Galarza, más que la verdad, me interesa saber cómo son ellos fuera de lo que aparece en los medios.»
Marplatense, hincha de Independiente y heredero de un legado periodístico forjado por nombres como Emilio Petcoff, Osvaldo Soriano o Roberto Arlt, Palacios aclara sonriente, y por las dudas, que tampoco le cierra la puerta a un caso o a alguien que quiera pasarle un dato. ¿Quién sabe, al fin y al cabo, dónde puede haber una buena historia? Además de presentar la reedición de Adorables criaturas: crónicas grotescas de ladrones y asesinos, en los últimos días también dio testimonio en el documental Barreda, el odontólogo femicida, y aparece de modo imaginario en Yiya, cuyo personaje principal –interpretado por las actrices Cristina Banegas y Julieta Zylberberg– está inspirado en los encuentros que la envenenadora tuvo con el cronista.
–En la serie Pablo Rago asume tu rol. ¿Te consultó para el personaje?
–No, y creo que fue lo mejor para poder tener un vuelo creativo, de ficción. Mejor que Pablo no me haya consultado porque en realidad lo que el periodista busca en la serie es la verdad, y yo cuando estaba con Yiya sabía que era imposible saber la verdad: jamás la iba a decir. Además, yo tampoco la buscaba. No la busco. Lo que me pasa con Yiya, Barreda, Puccio, Robledo Puch o Nahir Galarza, más que la verdad o saber cómo mataron, que esa pregunta está de rigor, me interesa saber cómo son ellos fuera de lo que aparece en los medios. Lo humano. No es que lo busco: se descubre, aparece. No busco saber. Ya está, se recontra sabe qué fueron. El tema es tratar de ver por qué, cómo eran sus vidas antes de eso, cómo fueron después.
–Con Yiya incluso salías a comer.
–Sí, yo trataba de sacarme los prejuicios, olvidarme que iba a ver a una envenenadora, a una manipuladora. En sus últimos años, cuando estaba en un geriátrico de Caballito, la pasaba a buscar y nos íbamos a un bodegón de la esquina donde se pedía la «milanesa Yiya Murano». La habían puesto así en la carta, era una milanesa napolitana con papas fritas a lo bestia. Y un día se atragantó y pensé que se moría. Estaba toda violeta, se moría. Por suerte la salvaron los mozos y terminó lanzando la papa frita. Pero estuvo a punto de morir frente a mí. Eso hubiese sido tremendo: haber matado a Yiya Murano. Quizá quedaba como un héroe, o probablemente hubiese quedado como un miserable.
–¿Cuántos encuentros tuviste con ella?
–Más de diez. Capaz que alguno era ir a comer y no hablar nada; no proponer nada, no llevar ninguna pregunta. No fue un experimento: fue tratar de buscar algo natural. Lo mismo me pasaba con otros. Nunca los juzgué. Busqué siempre entender sus mundos. Verlos en sus mundos, no solo sentarme en una mesa de café y prender el grabador. Y con Robledo también fueron más de diez encuentros.
«A través de las oscuridades ajenas, como decía el viejo Symns, uno es el oscurecido. Terminé ensimismado. Esas energías, quieras o no, se transmiten.»
–¿Fue el más oscuro de todos?
–Fue el que más me marcó a mí de oscuridad, sobre todo por estar tantas horas en Sierra Chica. Ya ese lugar tiene una atmósfera de Lovercraft. Pero el más oscuro fue Arquímedes Puccio: tenía una oscuridad tremenda. Monologaba, no había empatía. No tenía un atisbo de arrepentimiento. Lo más humano que pude verle fue su soledad. Uno terminaba de hablar y él inventaba otra anécdota para que el fotógrafo y yo nos quedáramos. Fue por lejos el más oscuro. Distinto a Barreda y a Yiya, que son parecidos en el sentido de que fueron los únicos que vivieron una segunda vida. Y felices. Uno cuando mata se mata a sí mismo, dice Borges. No fue el caso de ellos: vivían en la calle, firmaban autógrafos como si no hubiesen hecho nada y habiendo cumplido pocos años de cárcel.
–Esa oscuridad que decís tampoco está en el robo al Banco Río.
–Claro. Sin hacer apología del delito, Fernando Araujo, el líder de la banda del Robo del Siglo, estaba loco en el mejor de los sentidos: pintaba y se autoproclamaba Donatello, como la tortuga ninja, por el verde del cannabis que fumaba, porque también era artista marcial y porque planeó el robo por los túneles y las alcantarillas. Cuando la policía entró, ya llevaban dos horas viendo por televisión lo que pasaba en el banco. «Inminente irrupción del grupo Halcón para detener a los delincuentes», veían, y estaban comiendo pizza y contando la plata. Eso es como irreal, como un mecanismo de ficción. Estuve también con ellos muchas veces. Con los siete, porque cayeron cinco.
–¿Y te seguís viendo?
–Con la mayoría, sí. A veces es bueno seguir las vidas que uno retrata por una cuestión humana. El Gordo Valor, que pasó a ser en 1994 el enemigo público número uno, hoy está sin dinero y no llega a fin de mes. Esa parte humana me interesa. Siempre, en toda historia de estos criminales, hay otra historia. En Puccio, como decía, la soledad; en Barreda, esa segunda vida, repetir un poco lo que hizo, pero sin matar. Porque a Berta, que fue su última pareja, la maltrataba, le decía «Chochán, hay que ir a recuperar la casona de La Plata». En cada historia, aparte del hecho en sí, hay otra historia.

–¿No estás un poco agotado de ese mundo sórdido?
–Sí, justamente la reedición de Adorables criaturas fue como el cierre de una etapa. De hecho, los últimos casos que cubrí fueron el del Hombre Gato y el de Nahir Galarza, poco después de la pandemia. Y no volví a entrar a una cárcel. No tengo más ganas. Eso de estar solo, esas horas de viaje, la espera y todo el laburo que no se ve pero que hay que hacer fue mucho. Mucho de la vida personal, porque a través de las oscuridades ajenas, como decía el viejo Symns, uno es el oscurecido. Esto no quiere decir que yo termine robando, no, pero sí terminé ensimismado. Esas energías, quieras o no, se transmiten. Y estoy no solo agotado en lo mental, físico o espiritual, sino también en las historias. Sentía que ya me repetía.
–¿Pero te siguen llamando personajes del hampa?
–Sí, todo el tiempo. Que quiero que escribas mi libro o que hagas tal nota. Y la verdad es que ya no, no quiero. Los policiales de los diarios los leo cada tanto, cuando hay algún elemento extraño que se sale de lo común.
–¿Y los policiales de la tele?
–Prefiero ver MasterChef… con todo respeto a MasterChef. No, es siempre lo mismo. A veces también se da que cuando vas a una reunión y hay un caso te preguntan «quién mató a Dalmasso». Che, contame, ¿qué pasó con tal otro? Y yo no sé. Yo lo que hago es cubrirlo, pero hay algo que la gente necesita saber. Por eso el furor del true crime en las plataformas, donde se busca que el espectador sea juez, testigo, fiscal, abogado, defensor. A la gente le encanta. Y no es una crítica a la gente, digo que es lo que está pasando porque en las propias plataformas me lo dicen, «queremos hacer un documental y no dejar nada cerrado para que la propia gente se crea juez y parte».
«En El Ángel y El Jockey fue una experiencia maravillosa aprender tanto de Luis Ortega y Fabián Casas. Quizás estás diez, doce horas para que no salga ninguna escena.»
–Asesoraste en varias series. ¿Cómo fue pasar de la crónica al mundo de la pantalla?
–Seguimos siendo cronistas, porque es un asesoramiento periodístico, de buscar material y verosimilitud. No tenemos decisión. A mí me dicen, por ejemplo, que hay un papel de un juez que tiene una ruleta en la oficina. ¿Hay un juez así? Yo investigo, pero terminan eligiendo los guionistas. Para En el barro, por ejemplo, entré a cárceles de mujeres. Y cuando fue Historia de un clan entrevisté a toda la banda. Es como un periodista que entrega el material, el informe. Y lo que hacen el director y los guionistas es una interpretación ficticia de ese mundo real. Ahí, cuando uno es guionista, ya está en función del director. Más que decir, trata de aportar.
–En El Ángel y en El Jockey fuiste guionista
–Sí, fue una experiencia maravillosa aprender tanto de Luis Ortega como de Fabián Casas. Quizás estás diez, doce horas, para que no salga ninguna escena. Salen, pero no quedan. Y quizás de lo que no queda va apareciendo algo que termina por quedar. Cuando se trabaja con Luis Ortega hay como dos mundos paralelos: uno es el guion, la historia que se va desarrollando. Y otro es Luis, que va formando y proyectando la película en su cabeza.
–¿Te ves haciendo solo ficción?
–Sí, es lo que más me interesa y lo que más tengo que aprender. Ahora lo que quiero es separarme un poco de todo. Estoy en la etapa de despegarme de todo lo que se me quedó pegado en estos años. Como una especie de decir «bueno, no sé nada y estoy para aprender». Borrarme a mí mismo, que es un poco para lo que sirve la ficción.
