De cerca | ENTREVISTA A SANTIAGO MITRE

Camino al Oscar

El director analiza la repercusión de Argentina, 1985, la película sobre el juicio a las Juntas que compite por el premio a la mejor producción extranjera.

Foto: gentileza Prensa

El que terminó hace algunas semanas fue un gran año para Santiago Mitre. Estuvo en boca de todos gracias al estreno de Argentina, 1985, centrada en el histórico juicio a los genocidas de la última dictadura militar que, además de convocar a más de un millón de espectadores en salas de todo el país, se quedó con el Globo de Oro a la mejor producción extranjera, la misma categoría en la que competirá en la próxima entrega de los Oscar.
Sin dudas, fue la película nacional de la que más se habló en los últimos años. También fue estrenada con buenos resultados de taquilla en Brasil, Chile, Uruguay y España.
Pero no fue el único film dirigido por Mitre en 2022: aunque hizo menos ruido que el protagonizado por Ricardo Darín, también estrenó Pequeña flor, una muy buena adaptación de la novela homónima de Iosi Havilio, una de las voces más personales de la literatura argentina actual. La vieron 15.000 personas, una cifra razonable para una producción de su tipo, sobre todo si se tiene en cuenta el contexto: un mercado dominado por el cine de Hollywood que ahora también está en la mira de las plataformas de streaming. De hecho, Argentina, 1985 fue producida por Amazon Prime Video y por eso tuvo salida en menos salas de las que Mitre hubiera deseado: algunos distribuidores locales no quisieron estrenarla porque solo tenían dos semanas sin la competencia directa de la plataforma.
Aunque prefiere no adelantar mucho, Mitre ya está trabajando en el guion de un nuevo largometraje, que otra vez se ocupa de un hecho histórico argentino. Hasta ahí puede contar, según el contrato que firmó. Y también sueña con el Oscar, claro. «Es como un ícono del cine, ¿a qué director no le gustaría ganarlo?», plantea. «Obviamente que con los años empezás a investigar más, a descubrir otros espacios de legitimación o prestigio como los festivales, pero esa estatuita dorada es lo primero con lo que fantaseás cuando empezás en el cine. De chico, nunca me había imaginado que podía llegar a suceder. Y ahora lo veo como algo divertido que también me hace aprender más sobre cómo funciona el mercado del cine, algo que me interesa mucho». 

¿Te imaginabas antes de estrenarla que Argentina, 1985 iba a andar tan bien? 
–Me parecía que el de la película era un tema que iba a interesar. Me di cuenta cuando empezamos la investigación con Mariano Llinás para escribir el guion que podía andar bien, porque hablamos con muchas personas que habían participado en el juicio, o con periodistas que lo habían cubierto, y a todos les entusiasmaba la idea. Ese fue un primer téster que indicaba que iba a generar interés. Lo que sí superó mis expectativas fue el rendimiento en salas. Porque es una película originalmente pensada para una plataforma de streaming y no imaginábamos que podía tener también un estreno en salas. Normalmente, una película con Darín como protagonista sale con 350 copias, pero solo pudimos salir con alrededor de 200 por esta negativa de algunos distribuidores a exhibirla en exclusiva solo dos semanas. Pero estoy feliz porque fue una especie de gran evento que motivó a mucha gente a volver al cine después del encierro de la pandemia. El hecho de que muchas personas valoren la experiencia colectiva que implica ir a una sala me pone muy contento. También fue una demostración de que las plataformas y las salas de cine pueden coexistir. En ese sentido sentamos un precedente que cuestiona esta idea de «ellos o nosotros».

«Me gusta que se hayan armado discusiones alrededor de la película. Que se la impugne desde un lugar y que eso haya abierto un espacio de reflexión.»

La película fue muy valorada, pero también generó alguna polémica. ¿Esperabas eso?
–Me gusta que se hayan armado discusiones alrededor de la película. Que se la impugne desde un lugar y que esa impugnación haya abierto un espacio de reflexión en otra dirección. Eso siempre le suma a una película.

Fiscalía. Lanzani, Darín y elenco, los encargados de llevar adelante la investigación.

¿Hubo alguna crítica que te haya sorprendido? 
–Me sorprendió que hayan dicho que Raúl Alfonsín no estaba bien retratado en la película. Si hay una bandera del alfonsinismo, es la del juicio a las Juntas. Alfonsín se comportó de la manera en la que se comporta un presidente respetuoso de las instituciones: firmó el decreto, lo pasó a la Cámara de Diputados, ahí se hicieron algunas modificaciones y se habilitó la posibilidad del juicio. Pero él no participó de una manera directa en el juicio simplemente porque no correspondía. Tenía que gobernar un país, con la complejidad que implicaba hacerlo en esa etapa, con la democracia mucho más frágil que ahora, después de los años de la dictadura. La observación vino de gente cercana a Alfonsín que quería verlo más en la película. No la esperaba… Pero me quedo con la emoción que me produjo que muchas de las organizaciones de derechos humanos apoyaron la película y entendieron que era importante para este contexto: Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, el CELS y la Asociación de Ex-Detenidos Desaparecidos pidieron copias para organizar proyecciones y agradecieron que se haya estrenado porque aportó al proceso de construcción de la memoria. Eso fue para mí lo más importante que sucedió con esta película. 

«Me quedo con la emoción que me produjo que las organizaciones de derechos humanos apoyaron la película y entendieron que era importante en este contexto.»

¿Tenés la misma mirada del juicio a las Juntas que tenías antes de hacer la película? 
–No, porque lo cierto es que yo sabía muy poco del juicio antes de ponerme a investigar para la película. Si bien mi vieja trabajó siempre en la Justicia y algo sabía de cómo había funcionado ese proceso, no conocía los pormenores: que el decreto decía que debía actuar la Justicia militar, por ejemplo, y que fue decisión de los jueces apelar la sentencia de ese tribunal militar y llevar el juicio a los tribunales civiles. Tampoco sabía que Strassera había tenido que formar su equipo con chicos de 20 años casi sin experiencia porque la mayoría de los funcionarios del Poder Judicial se negaron a participar del juicio. Era una democracia muy joven y había una posibilidad muy nítida de un nuevo asalto al poder de los militares. Son cosas que aprendí y me parecieron reveladoras. Y muy cinematográficas. También sabía que Luis Moreno Ocampo venía de  una familia de clase alta, pero no que tenía un tío que era coronel del Ejército. Muchas de las mejores cosas de la película aparecieron en el proceso de investigación.
¿Cómo es trabajar con Ricardo Darín? Es la estrella más importante del cine argentino contemporáneo, y no siempre es fácil trabajar con estrellas.  
–En principio quiero decir que nos hicimos muy amigos. Somos amigos desde antes de haber trabajado juntos en La Cordillera, la película que estrenamos en 2017. Nos entendemos, nos llevamos bien, nos potenciamos. Yo admiro mucho su trabajo, realmente. Ricardo trabaja una zona de la actuación muy particular: tiene mucha conciencia de su personalidad y de cómo esa personalidad puede potenciar al personaje. Es como un actor de Hollywood de la década del 50, pienso en alguien como James Stewart, por ejemplo. Tiene una impronta propia y a partir de ahí se mete a trabajar en los personajes. Es muy inteligente, le gusta mucho el cine y le gusta también ser partícipe de la construcción de cada escena. Con él no ensayamos, o ensayamos muy poco, pero sí leemos el guion infinitas veces. En más de una oportunidad he cortado una toma y cuando me acerqué para decirle algo él me para antes de que llegue: «Sí, Santiago, voy de vuelta». Ya sabe lo que tiene que repetir sin que yo se lo diga. Creo que eso habla bastante del vínculo que pudimos construir y del trabajo previo que hacemos antes de cada película.   

«Ricardo trabaja una zona de la actuación muy particular: tiene conciencia de su personalidad y de cómo esa personalidad puede potenciar al personaje.»

¿Vas a hacer otra película con él? 
–Me encantaría, como me encantaría hacer otra con Esteban Lamothe y con Dolores Fonzi. Se establecen vínculos profundos haciendo una película, y yo particularmente necesito que pase eso. Ricardo es una estrella, sin dudas, pero el mejor tipo de estrella: una que impone su lugar con respeto y entrega. Es un placer para mí trabajar con él.  

Foto: gentileza Prensa

Estrenaste el año pasado dos películas muy distintas: Argentina, 1985, pensada para el gran público, y Pequeña flor, que es mucho más personal.
–No sé si diría que es más personal: es más libre. Me permití jugar con cosas con las que no había jugado antes, entrar a un territorio del cine que no había explorado tanto. Pero igual Pequeña flor no es una película de vanguardia ni mucho menos. Está enmarcada dentro de una tradición cinematográfica, de una tradición literaria. No responde tanto a la lógica representativa de causa y efecto tan vinculada con el realismo, nada más. El libro de Iosi es como un parque de diversiones en el que pude moverme con una libertad enorme. Y fue muy lindo hacerla, pero tuvimos muchos problemas para estrenarla. Para mí es una película importante porque rompió con la lógica de lo que venía haciendo, me permitió inaugurar la posibilidad de sorprender. Los productores y los entes de financiación te van encasillando, y uno también se aprovecha de ese encasillamiento: «Santiago Mitre es el que hace películas de política». Es lo que se espera que hagas, repetirte. Es una especie de trampa que uno también autoconstruye y utiliza a su favor, ojo. Pequeña flor me sirvió para abrir una puerta más, a mí me gusta mucho. Y también quiero seguir haciendo películas que abordan temas políticos. Una cosa no excluye a la otra. El dilema que me planteo ahora es si hacer o no hacer películas en inglés para acceder a un mercado mucho más grande. Me estoy preguntando qué es lo que me aporta a mí y qué puedo aportar yo. Ya se enterarán. 


Alejandro Lingenti