De cerca

Detrás del poder

En la última temporada de House of Cards, el personaje que interpreta la actriz llega a la presidencia de Estados Unidos gracias a su propia estrategia política. El diálogo entre ficción y realidad. La escandalosa salida de Kevin Spacey y la conclusión de la serie que impulsó el avance de Netflix.

(Mike Coppola/Getty Images/AFP)

Aunque fue nominada 5 veces al Emmy por su labor como Claire Underwood y se llevó un Globo de Oro y otras dos nominaciones por el mismo papel, durante años el que se llevó todos los aplausos por su labor en House of Cards fue su compañero de elenco, Kevin Spacey. Pero tras el escándalo generado por las denuncias de acoso sexual, que terminó con el despido del actor de la serie y su exilio inmediato de Hollywood, Robin Wright se encontró con la que es, quizás, la mejor oportunidad de su carrera: la de cerrar la serie que convirtió a Netflix en una potencia mundial con su personaje como único protagonista. Con una extensa carrera en el cine que incluye papeles icónicos como el personaje central de La princesa prometida, Jenny en Forrest Gump y Antíope en Wonder Woman, la actriz debe buscar cómo reinventarse ahora que Claire es parte del pasado.
–¿Cómo fue continuar la serie sin Spacey? ¿Hablaron sobre lo que había pasado?
–Fue algo a lo que nos tuvimos que adaptar y todos los que participamos de la serie, incluyendo a Netflix y los productores, tuvimos muchas conversaciones al respecto. Nos tuvimos que tomar un tiempo para procesarlo todo y esa fue la razón por la que suspendimos las grabaciones durante unos meses, porque había que sopesar todas las opciones. El clima era muy intenso en ese momento y nadie sabía qué hacer, porque el tema estaba en todos los noticieros. Tuvimos que considerar muchas cosas y, a la hora de tomar una decisión, por sobre todas las cosas pensamos en los fans de la serie. Sentíamos que no correspondía que se terminara de modo abrupto y, finalmente, encontramos la forma de cerrar el ciclo de la manera que lo habíamos pensado, porque desde hace mucho sabíamos que House of Cards iba a terminar cuando Claire fuera presidente. La forma en la que ella iba a llegar al sillón presidencial es lo único que se fue alterando a lo largo de estos seis años, por lo que no tuvimos que hacer ningún cambio estructural en la historia. Lo que cambió cuando volvimos a grabar fue que yo tenía más escenas y que estaba mucho más involucrada con los guionistas.
–¿Tuviste que encarar a tu personaje de una manera distinta una vez que el personaje de Spacey había desaparecido?
–No, porque Claire aprendió de los mejores maestros, adquirió ciertos talentos que tenía Frank y afortunadamente tuvo que usarlos, porque en esta temporada se enfrenta a todos los hombres de Washington DC. Como es mujer, aprende muy rápido que debe dejar atrás el enojo y hacer nuevos amigos para poder enfrentarse a sus enemigos.
–¿Cuáles fueron los obstáculos y los placeres de sentarse en el sillón presidencial?
–Obstáculos no hubo. Mis días de trabajo fueron más largos y tuve que estar mucho más involucrada con cada departamento. Además, me tocó dirigir el último episodio, en el que tuvimos que modificar las últimas escenas. Pero no siento que hayamos tenido obstáculos, sino simplemente más trabajo. Fue como tener que mover las piezas del cubo mágico rápidamente, cambiando a cada minuto. Los placeres fueron muchos. A mí me encanta dirigir porque puedo trabajar con todos los que me han acompañado en estos seis años. Estoy segura de que todos los que participaron en una serie dicen lo mismo, pero tus compañeros se convierten en tu familia. Pasamos más tiempo juntos que con nuestras propios hijos y esposos, y por eso queríamos terminar House of Cards como se lo merecía.
–¿Tuviste algún contacto con Spacey después de lo ocurrido?
–No, ninguno.
–¿Había un ambiente distinto en el set?
–No. Todos nos queremos y somos muy unidos. Siempre ha sido un grupo muy divertido, con el que nos reímos mucho. Y eso no cambió nunca. Además, no teníamos tiempo ni margen para que el set funcionara de otra manera.
–¿Dirías que Claire Underwood es una discípula de Frank?
–Por supuesto. Ella aprendió del mejor. Adquirió todos sus conocimientos sobre política de alguien que es formidable en lo suyo, su esposo. En las primeras temporadas ella era la socia silenciosa, la que observaba. A veces, él quería ir por la derecha y ella simplemente le decía que no, que era mejor por la izquierda. Y él le hacía caso. Hubo un momento en el que ella decidió dejar el asiento del acompañante, agradeció toda la información y sintió que era hora de sentarse en el volante.
–¿Claire es buena o mala?
–Creo que es un poco de las dos cosas. Explorar esa dicotomía fue muy divertido. A veces el guionista venía a verme con una idea y yo le contestaba que no era lo suficientemente mala, que había que hacer que fuese peor.
–¿Por qué sigue repitiendo las mismas tácticas que sus predecesores hombres?
–Es que esa fue, precisamente, nuestra intención. Claire ni siquiera puede entenderse con su vieja amiga, que interpreta Diane Lane, porque no se tienen confianza. De todos modos tratamos de mostrar que una mujer presidente en Estados Unidos puede lograr que se apruebe una ley, pero nos preguntamos si lo puede hacer sin amenazar con un ataque nuclear. La respuesta es que no puede. No es capaz de conseguir lo que quiere con pura comunicación y una trayectoria honesta. Tiene que usar la amenaza como arma y por eso le dice a los ciudadanos que es algo que detesta, pero que lo tiene que hacer.
–¿O sea que no cambiarían mucho las cosas si Estados Unidos tuviera una mujer presidente?
–No lo sé. No pierdo las esperanzas. Tal vez cuando asuma pueda usar algún polvo mágico con el que logre cambiar las cosas.
–¿Cuál es la clave a la hora de convertirte en un personaje?
–Yo tengo una necesidad muy física como actriz. Me hacen falta la ropa, los zapatos, la peluca y el maquillaje. Y recién entonces siento que me convertí en esta otra persona, y luego incorporo la forma de moverse. Aunque también es cierto que después de seis años de haber estado interpretando a Claire, no necesito prepararme. Simplemente me convierto en ella. Si me pidieras en este instante que me ponga a hablar como si fuese Claire, no tendría ningún problema. Es como andar en bicicleta para mí. Lo más difícil que tiene interpretarla es que siempre está muy erguida y eso me hace doler la espalda.
–Cuando recién comenzó, ¿qué esperabas de House of Cards?
–Poder mostrar exactamente lo que mostramos, a esta pareja con un arreglo empresario entre ellos, esta unión de la corrupción con la eficiencia en donde la interacción entre ellos es lo que los hace ir hacia adelante, proque de verdad se quieren y se respetan. Lo que no sabíamos en ese entonces era que en algún punto se iban a convertir en rivales. Sin embargo, desde un principio David Fincher, director y productor ejecutivo de la serie, dijo que ella iba a ir más allá de él, pero que no sabía cómo lo iba a hacer. Era algo que íbamos a construir, pero que Claire nunca iba a ser simplemente la esposa de un político.

(Phillip Faraone/Getty Images/AFP)
 

–¿Sentiste que hacer la serie para Netflix era un riesgo, porque hasta ese entonces nunca habían producido material original?
–Un poco sí. Estábamos ingresando en un territorio desconocido, pero por otro lado nos parecía una buena apuesta. La gente ya pagaba una cuota a Netflix para ver contenido, ¿por qué no darles lo que buscaban?
–¿Te sorprende que la realidad política en Estados Unidos se parezca tanto a lo que plantea House of Cards?
–Un poco sí. En el pasado el arte imitaba la realidad, y ahora las cosas se han invertido. Lo interesante es que nosotros grabamos la serie un año antes de que la audiencia la pudiera ver. Y ciertamente impacta que algo en lo que pensaste como ficción ocurre en la realidad. En una serie como esta uno siempre está tratando de adelantarse a los acontecimientos. El problema es que, cuando dura más de una temporada, terminás reciclando ideas viejas. Y entonces te preguntás cuánto más corruptos los podés hacer. ¿Qué otra cosa se nos ocurre que sea aún más venal? Aún así, siempre buscamos hacer cosas que la audiencia no se espera.
–¿Te parece que la serie, al mostrar lo que ocurre detrás de bambalinas, educó a la audiencia sobre cómo funciona la política?
–Eso espero: que haya educado, que haya provocado y que le haya confirmado a la audiencia sus sospechas. House of Cards es como una ópera o una obra de Shakespeare. Hay mucha verdad en Hamlet si te ponés a pensar en la dinámica del poder, en cómo derrotar a tus enemigos. El arte de la guerra y cómo ganar tiene mucho de operístico y por eso esa es la estructura de la serie.
–Cuando te dieron el guion, ¿en algún momento te preguntaste si no era demasiado exagerado lo que te proponían?
–Sí, y probablemente esas fueron las escenas que la audiencia encontró delirantes y absurdas. Pero, precisamente, lo que tiene de bueno la serie es que a veces nos matamos de la risa antes de una toma, porque era verdaderamente increíble lo que íbamos a hacer.
–Da la sensación de que te atrae interpretar a mujeres fuertes e independientes.
–Es exactamente así. Tanto Claire como Antíope, en Wonder Woman, son icónicas por derecho propio, tienen su código moral y en cada una de ellas hay un mensaje muy fuerte y muy bueno para la audiencia sobre su voluntad y su misión en la vida. Siento que ya interpreté a ese otro tipo de mujeres en la parte previa de mi carrera, en donde hice de esposas quebradas y doloridas. Por eso estoy muy agradecida de que me hayan dado la oportunidad de mostrar la otra cara de la moneda, de interpretar a las que se sienten fuertes y están decididas a luchar.
–¿Por qué crees que la sociedad le tiene tanto miedo a las mujeres poderosas?
–Porque es un territorio desconocido. Hay una manera convencional de pensar que ha estado vigente durante siglos. Recién ahora nos estamos atreviendo a romper ciertos moldes, pero va a llevar algún tiempo acostumbrarnos. De todos modos, quiero aclarar que de esto no trata el feminismo: no pasa por excluir al otro género. Y por eso a la palabra feminismo le han quedado ciertas connotaciones negativas, que vienen de la década del 70. Feminismo equivale a igualdad. Yo creo que eso es algo que podemos aprender como sociedad, especialmente la gente joven. Ese es el objetivo. Es difícil enseñarle nuevos trucos a un perro viejo, pero si se los enseñás a los cachorros van a poder mirar las cosas de una forma diferente. De la misma manera que casi todo el mundo ha terminado aceptando el matrimonio gay, va a llegar el momento en que lo mismo pase con la igualdad de géneros.
–¿Cuán complicado es tener que dirigirte a vos misma?
–No es complicado, pero es una pérdida de tiempo, porque tengo que ponerme delante de la cámara y después tengo que ponerme detrás para ver lo que hice y asegurarme de que no hace falta otra toma. Pero fuera de eso, es bastante fácil.
–Si pudieras ser presidente, ¿qué es lo que harías?
–Tengo una lista interminable. Hay muchas cosas que necesitan ser corregidas. Ni siquiera se por dónde debería empezar.