De cerca

Devoción por las tablas

Despojada de ambiciones materiales, la actriz solo piensa en la aventura de meterse en la piel de un personaje –por estos días, Filomena Marturano– para emocionar al público en el teatro. Balance de una trayectoria destacada, que abarca la comedia musical, las obras clásicas y las telenovelas.


Claudia Lapacó recibe a Acción en su acogedor camarín del Centro Cultural 25 de Mayo. Tiene una sonrisa de oreja a oreja, porque esta noche vuelve a encarnar «a esta mujer asombrosa, de gran fortaleza, vitalidad y dignidad», que da título a la obra: Filomena Marturano, que coprotagoniza con Antonio Grimau. Habla de bendición, de papel soñado, de que el oficio siempre fue muy generoso con ella. «Hasta hoy, que tengo 76 años», subraya la actriz, de enorme trayectoria en teatro y en televisión. «Con el cine, hay que admitirlo, no tuve la oportunidad de hacer una buena amistad. Será en otra vida», desliza, risueña.
Lapacó cuenta que pese a haber sido escrita en 1946, en Italia, por Eduardo de Filippo, la historia de Marturano «no perdió vigencia, porque retrata la vida de una analfabeta que vivió en la extrema pobreza, habiendo sido prostituta y hasta esclava de Doménico, el personaje que interpreta Antonio». Se la escucha entusiasmada a la actriz, que suele llegar tempranito al teatro, dos horas y media antes de cada función. Le gusta aclimatarse en su camarín, como ocurre en el momento de la charla: acomoda la foto de sus hijos y la de sus padres Denise y Nethaniel –ella francesa, él ruso–, enciende una vela aromatizante, bebe agua con jengibre y se escudriña ante el espejo.
«Estuve pensando mucho con relación a esta obra y llegué a la conclusión de que es la mejor que he realizado en mi carrera, porque mi personaje pasa por todos los estados posibles: violencia, pasión, ternura, vulnerabilidad e ilusión», enumera. Y hace saber que Filomena Marturano fue interpretada por figuras como Sophia Loren, Tita Merello, China Zorrilla, María Rosa Gallo y, más acá en el tiempo, Virginia Lago y Betiana Blum. «No quería competir con ellas, pero es complejo encarnar a alguien tan interpretado», asegura.
–¿Qué es lo que más goza una actriz de un personaje como el de Filomena Marturano?
–Poder transmitir: esa posibilidad que me da el personaje es impagable. No te das una idea de lo que es para mí poder encarnar a una mujer con tantos matices. Me siento viva, plena, porque para expresar todo lo que le pasa a Filomena, tengo que estar con los cinco sentidos a flor de piel.
–Luego de la obra debés de quedar exhausta.
–Tal cual, porque Filomena saca lo mejor y lo peor de mí. Por eso necesito mucha concentración, no es un rol para hacer de taquito. Bah, ni este ni ningún otro. Antes de la función voy entrando en personaje, de a poco y en silencio.
–Siendo tan diferente a ella, con necesidades tan opuestas, ¿la llegaste a comprender?
–Absolutamente, desde la primera lectura del texto. No porque me identifique, sino porque tiene una polenta, unas agallas envidiables. A ella no le interesa la plata ni el poder de Doménico, su amante poco convencional, con el que vive desde hace 30 años. A ella la desvela que sus tres hijos tengan un apellido, que para la época era una empresa complicada.
–¿Es más difícil ponerse en la piel de alguien con quien no se tiene ningún denominador común?
–Bueno, en cada función intento encontrar algo. De todos modos, ella es madre y allí es donde coincidimos y nos parecemos, siendo madrazas. Filomena me exige como actriz, me saca de la zona de confort porque me obliga a buscar empatizar con ella y estoy orgullosa de haberlo logrado.
–¿Sos de juzgar a tus personajes?
–No me atrevería, menos a Filomena, a quien tampoco cuestiono: solo siento admiración por esa mujer de profunda valentía. Después por supuesto que tengo mis diferencias, pero nada más.


Alegría de la dificultad
«Solo soy el presente», afirma Lapacó. Explica que no le gusta remontarse al pasado y mucho menos mirar para adelante. «Sé que mi actualidad tiene que ver con lo realizado años atrás, pero es el pasado, ya está, es inalterable. Y decirte cómo se viene el año es entrar en un juego de adivinanzas que no aportará nada. Yo soy esto que ves aquí. Pensarlo así me hace bien, nunca me desesperó saber  con tanta anticipación qué trabajos tendré».
–¿Qué recuerdos tenés de Filosofía de vida, en la que compartiste elenco con Alfredo Alcón y Rodolfo Bebán?
–Qué maravilloso momento, qué obra tan deliciosa y qué suerte que tuve de poder actuar junto a esos dos próceres de las tablas. Fue muy creativo y productivo para mí poder ensayar y pasar largas horas con ellos, y ser dirigida por un realizador innovador y didáctico como Javier Daulte. Recuerdo que en las primeras 15 páginas del libro solo estábamos Alfredo y yo, lo que para mí fue uno de esos pasajes actorales más sublimes de mi carrera. Alfredo fue un compañero maravilloso y toda actriz debe agradecer haber compartido un espacio con un actor de otra galaxia como fue él.


–Protagonizaste piezas como El zoo de cristal, La profesión de la señora Warren, Viaje de un largo día hacia la noche y La laguna dorada. ¿Te han sofisticado como actriz ese tipo de trabajos?
–Claro, porque haber pasado por obras tan heterogéneas te permite sortear los obstáculos con menor dificultad. Hoy estoy preparada para transitar estos caminos a base de esfuerzo y trabajo. Yo estudié, canté, bailé, toqué el piano; todo me sirvió para tener más herramientas y generar más confianza en la persona que te contrata.
–¿Seguís buscando perfeccionarte?
–Trato de estar en movimiento constantemente. El aprendizaje, la curiosidad me mantienen viva. Por eso no me instalo nunca en la comodidad, siempre intento que el trabajo que estoy por hacer me demande esfuerzo. Gracias al teatro y a los diferentes personajes, pude encontrar la alegría de la dificultad.
–«La alegría de la dificultad», una frase no apta para cualquier actor.
–Apta para un actor que quiera salir adelante, que sepa resolver problemas, sortear obstáculos y soñar con los grandes clásicos teatrales.
–Te brillan los ojos cuando hablás de teatro.
–Es que a mí me lo dio todo. Desde mis comienzos, cuando hacía café-concert con Antonio Gasalla y Carlos Perciavalle, donde cantaba y bailaba, hasta hoy, aquí, en esta bella sala de Villa Urquiza a punto de salir a escena.
–¿Tenés alguna fórmula para ganarte al espectador en la primera escena?
–Salir con todo, a comerme el escenario y, figurativamente, agarrar al espectador de las solapas y zamarrearlo para que no me saque los ojos de encima.
–¿Qué tipo de relación tenés con la TV?
–Buena relación, nos conocemos hace mucho y tuvimos épocas de gran química. Hace 50 años hice mi primer gran personaje en El amor tiene cara de mujer, una telenovela que afianzó a quienes, con el tiempo, fueron grandes figuras, como Norma Aleandro, Bárbara Mujica, Federico Luppi, Soledad Silveyra, Evangelina Salazar y muchos otros. La recuerdo como una gran experiencia, pero también fue una bisagra y allí supe que las tiras no iban a formar parte de mi vida televisiva.
–¿Cuán importante fue en tu carrera?
–Apenas fundamental. Yo le debo mi popularidad a una sola tira: El amor tiene cara de mujer. Entré en la sexta temporada, en 1969, y me fui después de haber estado dos años. Estaba esperando a mi segundo hijo, actué hasta el séptimo mes de embarazo y cada vez me hacían planos más cortos, para que se notara menos. Ese fue el año que más trabajé en mi vida. También hacía la tira La dama del Maxim’s y radio.
–En los últimos tiempos no hiciste muchas tiras: Resistiré, Naranja y media, Floricienta y pocas más.
–Es que hacer novelas me obligaba a dejar de lado el teatro, y desde hace muchos años supe que el teatro comandaría mi vida profesional y artística. Y no puedo llevar a cabo dos trabajos simultáneamente, menos si el otro es televisión, que te demanda tanto. Nunca me gustó superponer actividades, creo que uno termina descuidando uno de los dos trabajos. Además, ¿para qué?
–¿Para tener unas monedas más o una casa más grande?
–Hace 23 años que vivo en un monoambiente en Colegiales y no lo cambio por nada. Después de haber vivido en pisos enormes, ya no me interesa más sostener y mantener paredes: disfruto con tener lo justo y necesario. No me falta nada. ¿Para qué más? Tener mucho genera preocupaciones, temores. Yo sé que la tele paga bien y te brinda oportunidades laborales y materiales, pero ya estoy grande y no me interesa nada más que tener trabajos espiritualmente reconfortantes.
–¿Siempre fuiste así de desapegada de lo material?
–Total. Cuando gané buena plata, lo primero que hice fue comprarle una casa a cada uno de mis hijos. Y hoy trabajo para que a mí no me falte nada. Hace años que pienso así y me gusta saber que tengo ese pensamiento, y que es auténtico.
–¿Esa forma de ser tiene que ver con el ejemplo de tus padres?
–Supongo que sí. Ellos fueron muy austeros, siempre vivieron con lo justo y necesario. Papá era ingeniero y mamá, ama de casa. Y yo siempre observé esa cuestión de no tener de más ni derrochar. Hay veces que los extraño mucho. Eran padres de avanzada para la época.
–¿Por qué?
–Cuando les dije que quería ser actriz, hace más de 60 años, ellos me apoyaron abiertamente. Yo estudiaba teatro desde los 12 y sabía que era lo que más me gustaba. Lo único que pidió papá, y que no admitía discusión, fue que terminara el secundario, porque necesitaba una educación básica. Me acuerdo que el viejo me dijo: «Es tu vida, aprovechala porque es una sola. Solo te voy a pedir algo: tratá de destacarte en lo que hagas».
–¿Te acordás de cómo reaccionaste?
–En silencio la miré a mamá y sonreí. Sabía que tenía su aprobación, pero también ya tenía en claro que destacarse, como papá me pedía, era disciplina, estudio, esfuerzo y dedicación.
–¿Y lo lograste?
–Hasta hace unos quince o veinte años, en el imaginario popular, me ubicaban como vedete porque bailaba en Sábados Circulares, el programa de Pipo Mancera. Hice comedias musicales, café-concert y, como estaba muy bien preparada, pasé de la danza a la actuación con total naturalidad, porque fui una catadora de cosas nuevas. Siempre pensé que el actor debía saber cantar y bailar.


–Llevemos aquella charla a estos tiempos. ¿Qué le puede pedir un padre a un chico que quiere actuar para ser famoso?
–Es lamentable, pero es cierto. Yo a veces escucho a los jóvenes que están empezando en la actuación y lo único que les importa es ser famosos. ¿Qué es ser famosos? ¡Explicame! Creo que hay una tremenda necesidad de trascender a cualquier precio, con lo que sea, se busca fama, no destacarse en algo.
–¿O sea que la fama no sirve para nada?
–Solo para conseguir buenos trabajos.
–Te referías a tu época de vedete, que para muchos resulta desconocida. ¿Qué recordás de aquellos tiempos luciendo plumas?
–La pasé bárbaro, me divertía y tenía mucho trabajo. Mi mejor época fue en 1979, cuando me pasé siete meses bajando las escaleras del Maipo en una revista de Antonio Gasalla, en la que estaba enroscada en lentejuelas.
–Tuviste un cortocircuito reciente con Gasalla, que llegó hasta los programas de chimentos.
–Es que jamás hubo una pelea. Se dijeron tantas cosas, ay, Dios, fue un horror. Nunca dije que me peleé, sino que me maltrató y no resistí ese juego, no es para mí. Todos los días, en plena función, era algo distinto hacia mí. Ya está, le agradezco a Antonio que haya pensando en mí para Más respeto que soy tu madre 2.
–¿Pero no te fuiste de la obra?
–No, lo que hice fue no renovar contrato, que es muy distinto. Nunca dejé a nadie en banda. Simplemente no quise seguir, me sentía incómoda, pero eso no cambia la admiración que siento por Antonio.
–¿Qué te desvela hoy?
–Mantenerme en el escenario y sentir lo que siento ahora, esa devoción por las tablas. Lo único que pido es trabajar hasta el último minuto de mi vida. No importa si es en la avenida Corrientes, en el teatro más glamoroso o en un sótano del under.
–¿A quién se lo pedís?
–A Dios, aunque no soy practicante ni creyente de ninguna religión.
–¿Entonces?
–Rezo todas las noches el Padre Nuestro en francés, como me lo enseñó mi madre, que era francesa. Es una manera de agradecer la salud, la vida y el trabajo.
–De tener la oportunidad, ¿volverías a hacer el mismo recorrido profesional o harías algún cambio?
–Sin duda que lo haría. Porque si bien he pasado por momentos dolorosos, como todos, la balanza se inclina claramente hacia el lado positivo.
–No haber entrado al Teatro Colón como bailarina, allá lejos y hace tiempo, ¿quedará como el único lunar de tu recorrido artístico?
–Para nada, más bien todo lo contrario: me hicieron un favor. De haber entrado, probablemente no habría podido hacer todas las cosas que hice, porque no te das una idea de lo exigente que es la vida de una bailarina clásica.
–Si el día de mañana se buscara en un diccionario de actores «Claudia Lapacó», ¿qué definición se podría encontrar?
–Algo así como: «Una mujer que intentó hacer lo mejor que pudo aquello que la apasionó, que fue vivir. Y dentro de la vida está la actuación».


Fotos: Jorge Aloy