De cerca

El mundo en un charango

A los seis años descubrió el instrumento que lo acompañaría durante toda su vida. Hoy, a los 78, el intérprete tucumano repasa su trayectoria artística y recuerda los caminos transitados arriba y abajo del escenario. Un presente de plena actividad entre la radio y su gran amor, la música.


Todo empezó como un juego. Aprovechando que el charanguista y tío adoptivo don Mauro Núñez no lo veía el niño Jaime se acercó al instrumento que se parecía más a un bichito que a una guitarra. Lo acarició. Primero le pasó suavecito la mano por el lomo de lo que antes había sido un quirquincho: sobresalían unos pelos duros y era áspero. Después lo dio vuelta y recorrió las cuerdas con sus deditos. Sonaba y era divertido. El músico lo observaba de reojo y lo dejaba hacer. «Juegue, m’hijo, juegue nomás». El niño, como haría cualquier niño, se tomó el juego en serio. Se colgó como pudo el instrumento y jugó durante horas. Lo de tocar el charango vino después; lo de jugar fue para siempre. «Mi vida está ligada al instrumento que fue mi primer juguete. Tenía 6 años y era como la mascota de los músicos de don Mauro Núñez, que es la figura máxima del charango. A mí me ha quedado una gracia de esa época, de haber vivido con él y asimilado muchas cosas. No me adjudico nada, soy el continuador de un trabajo», dice Jaime Torres a Acción, a los 78 años, con esa voz que tienen los que andan sin apuro por la vida.
Sus padres, Eduardo Torres y Pastora Moyano, emigraron de Bolivia a Tucumán en 1937. Jaime nació el 21 de setiembre de 1938, en San Miguel de Tucumán, y a los pocos meses se mudaron a la Ciudad de Buenos Aires en busca de mejores oportunidades laborales. «Mi madre era una chola que tuvo que dejar de usar pollera para vivir en Argentina y mi padre era un ebanista que realizaba charangos y otros instrumentos. Pienso que tiene que haber sido difícil cambiar la cultura para ellos», cuenta Jaime que posee tanto la nacionalidad argentina como la boliviana. En el espacio donde se realiza la entrevista –una luminosa habitación-estudio-taller-oficina en el segundo piso de su casa de Barracas– Jaime atesora centenares de fotografías: muchas en blanco y negro, que dan cuenta de sus giras por el mundo y de los amigos con los que ha tocado en más de 70 años de carrera. Máscaras de barro que remiten al carnaval, discos de vinilo, un centenar de discos compactos perfectamente clasificados por música y país. Una serie de fotos del Che Guevara, siempre sonriente. En otro rincón hay un cuadro con dibujos de Clemente, el popular personaje que creó el Negro Caloi, que fue su amigo y luego su consuegro ya que un hijo de Torres está casado con una de las hijas del dibujante.
«Ese que está allá al fondo, en aquella foto en blanco y negro, es don Mauro, mi maestro. En la foto de al lado estoy yo, era un changuito de 7, 8 años que andaba para todos lados con el charango. Y ese que está ahí al costado, en aquella pared, es mi padre trabajando en su taller», dice Jaime describiendo una parte de su vida en esos instantes congelados para siempre. Pero las joyas del músico están en el mueble que ocupa todo lo ancho de la pared del fondo. Una variedad de quenas, sikus, bombos, cajas y más de 40 charangos de distintos tamaños, algunos hechos en madera y otros con armadillos. «Por suerte pude recuperar mi primer charango, que lo hizo mi padre», dice Torres sobre aquel instrumento que rastreó durante décadas hasta dar con él.
 –¿Cuál es el verdadero origen del instrumento que lo acompaña hace más de siete décadas?
–Cuando nace el charango el mundo andino era una nación y hasta donde llegó la cultura, sobre todo la incaica, se tocó el charango y se hablaba la misma lengua (quechua) en Ecuador, Bolivia, Perú y una parte de Argentina. El instrumento nació antes de la llegada de los españoles y el alma está en lo que hoy es Sucre y Potosí. Algo parecido sucede con el bandoneón, ¿quién nos va a decir que no es argentino?, pero nosotros sabemos que es alemán y así como tantos otros instrumentos.
–¿Cómo aprendió a tocar el charango?
–Es un instrumento del arriero que se acompaña mucho con la rítmica. El conocimiento de la música es esencial porque si no es difícil, aunque la parte académica uno la puede aprender en una escuela de música, un instituto y la otra parte recorriendo los lugares de origen de la música y del instrumento. No tuve un maestro, tuve muchísimos maestros. Para mí fue importante la aparición de Jaime Dávalos, un hombre que me ayudó a madurar los sueños que tenía porque yo fui hombre de los muebles con mi padre hasta los 30 años. Ya había ido a Europa pero seguía ganándome la vida con los muebles, como ebanista en Buenos Aires, en Rosario y también un poco en Bolivia donde tuve la posibilidad de vivir en el departamento de Cochabamba, un lugar hermoso. De todos modos yo no hubiese sido charanguista si mis padres no me hubiesen apoyado como lo hicieron para que no dejara de tocar y estudiar.
–¿Usted fue el primero en sacar el charango al mundo o ya lo habían hecho otros artistas?
–No lo sé, pero hay un grupo de gente al que sí pertenezco, en Bolivia y en Perú, que sí lo han hecho. Hay que pensar que no había espacios para estos instrumentos, se los consideraba instrumentos menores. Acá en la Argentina se producen hechos formidables, por ejemplo la aparición de intérpretes como el caso de don Mauro. Cuando hablaba en Bolivia de él nadie sabía quién era y eso que ya había estado por distintos países de gira con Yma Sumac, una cantante que luego fue más que prestigiosa y que vivió en Europa.
Hace unos años atrás Jaime Torres estaba en el norte de México, a 120 kilómetros de Estados Unidos, donde había sido invitado a participar en un congreso de guitarristas y, para su sorpresa, se le aparecieron 30 charanguistas mexicanos. «La proliferación del instrumento es increíble», dice.
–Cuando toca el charango ¿qué imágenes se producen en su cabeza?
–El charango es la luz, es la vida, el movimiento, el viento, el aire, el sol, la luna. Uno puede sobre la misma obra aumentar ese paisaje sonoro que está produciendo si es que se tiene ese otro paisaje interior.
Cuando Jaime Torres salió a recorrer escenarios del mundo con su charango eran pocas las personas de otros países que reconocían el instrumento andino que llevaba colgando de su espalda. «Llegaba a un lugar y me presentaba como músico. Me preguntaban, ¿y usted qué toca? Cuando yo les decía «charango» la gente no tenía ni idea de qué les estaba hablando. En cambio hoy puedo asegurar que en muchas ciudades, de lugares remotos del mundo, se venden charangos en las casas de instrumentos musicales o se los puede ver y escuchar en las plazas de Europa y Asia. Creo que el charango, en la actualidad, es realmente conocido.
Por haberse criado en un conventillo porteño, sentir la proximidad del «tano» como algo familiar y por un amigo al que nunca dejó de extrañar, a Jaime Torres le hubiera gustado vivir en Italia. «La de antes, no la de hoy, allí vive Alessandro Kokocinski, que se casó y vivió con Lina Sastri, una cantante y vedette italiana. Lo vi hace poco cuando se hizo la Misa Criolla con el papa, en el Vaticano. Él tuvo la dicha de conocer ahí a Rafael Alberti y luego se fue de acá un poco corrido, era un pseudocomunista y trabajó como obrero dándole de comer a los leones, se fue con el circo de Moscú».
Pero los destinos tenían preparada otra carta para el hombre del charango. La historia quiso que fuera un pionero en la difusión de la música del Altiplano en latitudes tan lejanas como Japón, Rusia, Argelia o Indonesia y ha puesto el sonido de su instrumento al servicio de grandes artistas y grupos entre los que se pueden mencionar a Ariel Ramírez, Mercedes Sosa, Paco de Lucía, la Camerata Bariloche, Dino Saluzzi, Daniel Melingo y las bandas de rock Divididos y Bersuit Vergarabat.
A la vez, Jaime Torres tiene su propio espacio radial en la FM Nacional Folklórica 98.7, los lunes de 21 a 22. Allí el músico repasa parte de su carrera con anécdotas, desanda la música andina de antaño, muestra lo nuevo y se acerca a los oyentes a través de los llamados y sus muestras de afecto.

Jaime Torres es padre de siete hijos, abuelo de trece nietos y siete bisnietos. Pero desde mediados de 2016 tiene un hijo nuevo: su marca de vino Sumaj Tika. «En vocablo quechua significa “bella flor”: así le decía a una de mis hijas cuando era niña. Para mí es como una criatura más que uno ha parido y como tal uno viene de esta tierra», explica sobre el Malbec, estacionado en barricas de roble, que ya se vende en vinotecas.
Con más de 20 discos grabados y distintas colaboraciones, su camino musical transita obras que fueron creciendo a la par de su carrera como Virtuosismo en charango (1964); Taquirari (1968); De la Tierra (1971); el elogiado Pacha Manka Andina (1976); Charango (1985); el consagratorio Chaypi (1993) y los experimentales Electroplano (2007) y Altiplano (2008).
–¿Cómo vivió la experiencia de tocar música house y electrónica?
–Todo surgió de la reunión con un formidable músico francés de origen africano, Magic Malik, intérprete de flauta traversa, y con otro percusionista, Minino Garay. Ese disco por sobre todas las cosas tiene vida, pero se maneja por sí mismo con el lenguaje único que tiene la música, que no precisa palabras, es un mensaje del alma.
Su tarea de hacer que se escuche la música y a los músicos de los Andes tiene su correlato puertas adentro, en la Quebrada de Humahuaca con la creación, en 1982, del Tantanakuy. «Desde ese entonces empezaron a aparecer músicos de todas partes de la Puna y la Quebrada: gente del campo, pastores y también el Tantanakuy infantil y me llevo cada sorpresa al ver tocar a esos changuitos», dice Torres sobre el encuentro musical que busca reivindicar las manifestaciones regionales y promueve un intercambio con músicos, documentalistas y antropólogos que llegan de otras regiones.
«El día que los pueblos sean libres la política será una canción», dice Jaime Torres citando una frase de León Felipe que suena en la canción «Canto al sueño americano» de Jaime Dávalos y Eduardo Falú. «Es un sueño con muchos intereses, lo único que puedo creer es en la fe, el resto creo a medias porque el mundo se maneja con la palabra de la paz y el deseo de la paz, pero el negocio más grande es el de las armas».
–¿Hay una nueva generación de charanguistas?
–Son muchísimos los jóvenes que tocan el charango pero lo que más interesa es el movimiento que provocan, el tema fundamental es tratar de aunarse. Si bien el gran volumen de jóvenes sigue consumiendo este aparato (señala el celular) que lo impone la sociedad de consumo, hay muchos más chicos que sí entienden que este es el suelo nuestro y que no es necesario para esto que tengamos que vestirnos con el poncho y con el chulo (sombrero) pero sí saber lo que llevamos adentro.
–¿Qué espacio ocupa la mujer en la música andina?
–La sociedad es muy de hombres y estos hechos están íntimamente ligados y este compromiso de la mujer para con la vida está cada vez más en la piel de todos, la voz del amo en un matrimonio ya no es la del hombre, ahora es más compartido. Incluso te diría que la compañera, la mujer, en la vida, es la que maneja el piolín de las cosas.
La charla se interrumpe cuando suena el teléfono. Un inalámbrico que Jaime tiene cerca, sabiendo que en cualquier momento podían llamarlo. «¿Cómo le va don Viti? Y por acá andamos, bien, bien».
El 4 y 5 de noviembre Jaime Torres y Vitillo Ábalos, el último de los hermanos Ábalos, de 94 años, se reunieron para tocar en el Torquato Tasso en el espectáculo que llamaron Charango y bombos con historias. Una reunión cumbre de dos de los máximos representantes de la historia del folclore argentino que, por primera vez, se juntaron a tocar en público.
«Son vidas que terminan siendo mucho más próximas de lo que uno cree. Más allá de que uno esté identificado con una chacarera y el otro con un carnavalito, tiene que ver con la vida porque es el canto en libertad. Por eso hace un momento le decía a Vitillo: soñemos con esto que vamos a hacer», dice el charanguista con los ojos de un niño al que le prometieron ir al circo.
Cuando Jaime Torres habla de música de charango suena como su causa. Una vida de trabajo y persistencia para que ese instrumento considerado menor, tan solo unas décadas atrás, sonara en los grandes escenarios del mundo y su eco se haga sentir en la cosmovisión de un mundo andino que es infinito, como su arte.

Fotos: Juan C. Quiles/3Estudio