De cerca

En busca de la canción perfecta

Fue bajista de Almendra y Aquelarre. Mientras le da forma a su demorado segundo disco solista, Emilio Del Guercio encabeza un ciclo televisivo que indaga en las joyas de la música popular.

 

Habla de política, de artes plásticas, de música y de televisión. No en ese orden: los temas se entrecruzan, languidecen, reviven, se licuan. Emilio Del Guercio es un gentilhombre que pese a estar ocupado como un ministro y de estar resolviendo, en este mismo instante, notas, horas de edición y de estudio de grabación, parece disponer de todo el tiempo del mundo para la entrevista con Acción.
Quizás desde el minuto cero de su vida –pero seguro que desde que se cruzó en la escuela con Luis Alberto Spinetta para hacer en los recreos contrapuntos vocales a capella con inspiración tanto en los Huanca Huá como en los primeros discos de Los Beatles hasta este presente de canciones nuevas y programa de TV–, Del Guercio siempre estuvo atravesado por el arte.
Con Almendra, con Aquelarre, con La Eléctrica Rioplatense –esa banda mítica y fugaz, que no dejó registro grabado–, como solista, como diseñador y publicista, como pintor, como ideólogo y conductor de Cómo hice, el ciclo de Canal Encuentro que vivisecciona canciones populares argentinas. El programa ya ha rastrillado una impresionante cantidad de temas de diferentes géneros, en un arco federal que va desde «Merceditas» a «Muchacha (ojos de papel)», de «La última curda» a «Yo vengo a ofrecer mi corazón» o «Si se calla el cantor».
Jura que se va a meter a grabar su demoradísimo segundo disco solista (el anterior, el extraordinario Pintada, data de… ¡1983!), habla de las decenas de canciones nuevas agolpadas que tiene para elegir, recuerda a Luis Alberto Spinetta y se refiere, sí, a los misterios de la canción popular, esos que intenta develar en Cómo hice, que va por su cuarta temporada.
–¿Qué es exactamente Cómo hice?
–Lo veo como una especie de biblioteca de las grandes canciones argentinas de todos los estilos. Hace mucho que lo vislumbré así, era una idea que tuve cuando fui Director General de Música en la Ciudad, durante la gestión de Jorge Telerman. Ese era el plan: presentaciones en teatros y charlas con los compositores sobre paisajes, inspiraciones, acordes. Después se convirtió en programa de televisión, y se transformó en lo que es: un gigantesco archivo audiovisual. Encuentro tiene menos audiencia que un canal de aire, pero se ve mucho. Además Cómo hice tiene presencia porque lo repiten cinco veces por semana. Pero la idea inicial era hacer presentaciones en teatros, algo más coloquial. Después fue a parar a la tele. Hace mucho que doy vueltas con esto.
–Casi como una obsesión.
–Sí, digamos que sí.
–¿Qué es lo que te obsesiona?
–Antes que nada, tratar de trazar un mapa emocional de la Argentina. Más que hablar de estéticas, me interesa lo emotivo. Si una canción perdura es porque tiene algo por lo cual la gente la eligió y se identificó. Eso me desvela, esa identificación, esa corriente de empatía. Por ahí es un fragmento del tema, que pega en algún lugar del inconsciente colectivo. Yo creo firmemente que existe un inconsciente colectivo. Creo que más allá de nuestras ideas políticas, que pueden ser muy diversas y hasta antagónicas en algunos casos, hay una base que ciertas canciones configuran. Un sustrato de la emocionalidad en el que compartimos elementos que nos unen. Eso es más fácil de advertir cuando se viaja, cuando estás lejos y ves en perspectiva, desde un ámbito diferente del cual venís: ahí surge sola la identidad.
–Como conductor de Cómo hice, pero también como autor, ¿cuál creés que es el poder de una canción?
–Para mí una canción es un microrrelato, una especie de juego con el tiempo y la emoción, que se completa con el sentimiento de la gente. Por otra parte, hay zonas, frases, palabras de las canciones que tienen como una llave mágica, que abren compuertas y generan un nivel de comunicación que puede ser de empatía o de sorpresa, por lo diferente, por lo novedoso o por la ubicación que tiene esa palabra.
–¿De dónde viene esta necesidad de indagar en las canciones?
–Mi conciencia proviene tal vez del laburo específico que nosotros hicimos con Almendra y Aquelarre. Son bandas que, con sus diferencias, quedaron prendidas a la emocionalidad de la gente. Muchos se te acercan de una manera en la que está establecido un vínculo afectivo, aunque vos no conozcas a esa persona.

 

Laboratorio cancionero
Es bastante remanida la diferencia entre masividad y popularidad. Seguramente Almendra tiene que ver con la popularidad, con un peso específico que la banda que integraron, además de Emilio, Luis Alberto Spinetta, Rodolfo García y Edelmiro Molinari, desarrolló fugazmente, pero de un modo profundo, sustancial. Almendra tuvo una vida breve, menos de dos años sin contar el retorno de 1979. Y fue seguramente el proyecto musical en el cual la influencia de Spinetta estaba más democráticamente repartida, en pos de la idea de banda. «Almendra era un grupo conocido, pero famosos famosos eran Leo Dan y Palito Ortega. Igual es raro», desliza Del Guercio.
–¿Qué cosa es rara?
–Hace poco fui a la imprenta donde se hizo el box set de la obra de Almendra, y el imprentero me dijo que entre vinilos, casetes y CD, ya había impreso dos millones y medio de veces la tapa del primer disco, la del payaso. Yo no podía creerlo. Porque desde que salió en 1969 hasta ahora hemos cobrado regalías, pero por cifras muy inferiores. Es un disco de catálogo. Más allá de todo, con Almendra y también con Aquelarre, pero en menor medida, lo que ocurre es una construcción de popularidad lenta. El sentido de la obra tomó su tiempo en configurarse: lo que hicimos con Almendra fue una construcción de sentido de la obra, entonces por acumulación pasó eso.
–¿Qué canción tuya podría ser incluida en tu programa?
–Me da un poco de pudor pensarlo así. Hay gente que me dice «Violencia en el parque» de Aquelarre o alguna otra, como «Trabajo de pintor». A mí me gusta «Brumas en la bruma», también de Aquelarre. Creo que habría más de una, pero no me parece por el momento hacer nada al respecto. Antes hay otras grandes canciones argentinas.


–¿Ves algún denominador común de la canción argentina a través del tiempo y de los estilos?
–No, no es fácil. Tal vez la nostalgia.
–¿Vos creés, como dicen, que la canción la completa el que la oye?
–Sí, sí. Lo creo. De hecho, todos dicen que «Violencia en el parque» habla de los episodios de Ezeiza cuando volvió Perón, y no es así. Fue hecha antes. Pero qué importa, si la gente cree que habla de Ezeiza… está bien. Por otra parte, no sé por qué razón, a veces los artistas percibimos situaciones que se dan en la sociedad, como estados emocionales generales. Yo tal vez percibí en ese tema la cuestión de la violencia que acechaba.
–Siempre salvando la cuestión de que Almendra funcionaba como un auténtico grupo, ¿qué le veías a Spinetta en su faceta compositiva que te sorprendía?
–Me resulta difícil de describirlo ahora, porque nosotros estábamos dentro de la película. Yo no podía ver a Luis con esa perspectiva, porque para mí era normal cómo componía. Nos conocíamos tanto que ya estaba implícito qué queríamos. Los Beatles nos mataron, pero la gran influencia que tuvieron los Beatles sobre nosotros no fue de cristalizarnos en una admiración, sino que nos potenció. Luis creó una cosa nueva sobre eso que él admiraba, y el resto del grupo también.
–Pero tenían menos de 20 años, y decidieron meter un bandoneón o arreglos de cuerdas.
–Es que éramos amantes de música muy diversa. Por ejemplo, fuimos al teatro Apolo a ver el estreno de María de Buenos Aires, de Piazzolla y Ferrer. También fuimos a ver a Ray Charles, a Dizzy Gillespie, solíamos concurrir a conciertos de free jazz. Adorábamos músicas muy variadas. Amábamos mucho el folclore, sobre todo yo. Luis también, pero no tanto. La zamba «Barro tal vez» Luis la hizo cuando tenía 16, y estaba relacionada con la admiración que teníamos por lo que estaba haciendo Mercedes Sosa y por los compositores que ella cantaba. Todo el boom folclórico. Era natural, no podía analizar el nivel de trascendencia que podía tener. Por supuesto que me daba cuenta de que Luis era una persona súper talentosa para la música y también para el dibujo, otra disciplina con la cual tuvimos una gran afinidad.
–Siguen siendo sorprendentes las similitudes en el modo de cantar y, también, en el modo de hablar.
–Era mucha gimnasia a la par. Antes de Almendra incluso, Luis y yo cantamos mucho a dúo. Tocábamos juntos, o él solo tocaba la guitarra y yo cantaba con él. Cuando vos cantás a dúo o a más voces, tenés que hacer un trabajo de emisión de sonido y de articulación para que esas voces empalmen y enganchen bien. Y de ahí proviene esa manera de cantar. Después con el tiempo traté de diferenciarme, porque la voz de Luis había quedado muy grabada con el diseño de esa articulación. Mirá, hay algo que pocos saben de «Muchacha (ojos de papel)».
–Una de las canciones que revisaste en Cómo hice.
–Claro. Cuando Luis trae «Muchacha» al ensayo, que era en la casa de sus viejos, me acuerdo perfectamente que empieza a tocar ese bordoneo en la guitarra. La guitarra era del papá, y era muy parecida a una que había usado Gardel, con una clavija que se metía a presión. Empieza a tocar ese bordoneo tan característico y a cantar, y Edelmiro, Rodolfo y yo comenzamos a meterle las voces en forma instantánea. Teníamos mucho entrenamiento vocal. Cada uno sabía la posición de su cuerda, cuando uno tiraba la voz, el otro se ponía arriba y el otro abajo y la armonía aparecía. Eso que hicimos instantáneamente es el arreglo vocal que después se grabó. No hizo falta más.
–¿De dónde viene tu pasión por el folclore? Se notaba en La Eléctrica Rioplatense, por supuesto en el disco Pintada, también en algunas cositas de Aquelarre, debajo de esos arreglos progresivos, jazzísticos.
–Es cierto, Aquelarre tenía mucho componente de blues, pero también dejaba contrabandear folclore. Cuando era chico me encantaba el chamamé.
–Un dato muy poco conocido.
–Es que yo no lo decía, porque en esa época que un rockero dijera que le gustaba el chamamé, ¡no era bien visto! En casa se escuchaba mucho folclore, mis viejos iban a peñas y mi mamá cantaba muy bien. Nunca fue profesional, pero siempre cantó muy bien. Todo el folclore que mamé de chico lo escuché de ella. De hecho, hay un tema bastante folclórico que voy a grabar en mi nuevo disco.
–Es uno de los más esperados de la música argentina. ¿Hace cuánto venís amagando? ¿Al final sale?
–¡Ya nadie me cree! En cuanto termine de grabar Cómo hice, me meto en el estudio. Ya tengo los demos, estoy avanzando. Tengo mucho material, como para dos discos. Muchos de los temas ya están tocadísimos en vivo. Me gusta que sea así. Porque la canción tiene que meterse en la boca del que la canta y para eso la tenés que hacer muchas veces. En la ejecución también: empiezan a aparecer maneras, respiraciones internas de la música y del montaje de la palabra con la música. Ciertas palabras aparecen como una especie de luz dentro de una canción. Hay que saber descubrirlas. Si no tenés apuro, las canciones llegan.
–Es como si estuvieras buscando la canción perfecta.
–Uno se pasa la vida buscándola.

—Mariano del Mazo
Fotos: Juan Quiles