De cerca

Escenario vital

Inició su carrera en la televisión, pero el teatro se convirtió en su espacio predilecto. Mientras se presenta con «Juegos de amor y guerra» en el CCC, protagoniza una nueva tira en Telefe. Experiencias, temores y desafíos de una actriz apasionada e inquieta. El cine, una asignatura pendiente.

Andrea Bonelli utiliza palabras como «angustia» y «dramatismo» para calificar su estado en general cada vez que tiene un estreno teatral por delante. Pese a la seguidilla que viene protagonizando –las últimas fueron Gigoló, La casa de Bernarda Alba y Recordando con ira–, no hay un antídoto que permita encontrar cierta serenidad durante la semana previa a una primera función. «Si le sucedía a Alfredo Alcón…», parece ser el consuelo al que apela sin mucho convencimiento.
Así las cosas, Bonelli reconoce que sufrió más de la cuenta con las primeras funciones de Juegos de amor y guerra, coprotagonizada por Luciano Castro, que desembarcó en la Sala Solidaridad del Centro Cultural de la Cooperación. «Esta vez me tocó una sensación de malestar, de inapetencia, insomnio, una cosa espantosa», ilustra, ademanes incluidos, sobre los síntomas que padeció con la obra de Gonzalo Demaría, dirigida por Oscar Barney Finn. La historia transcurre en la Buenos Aires de 1942, durante el gobierno de Castillo, en tiempos de la Segunda Guerra Mundial: una ciudad dividida entre los simpatizantes del nazismo y los que apoyaban a los aliados.
Además de lo anterior, la intérprete anda a las corridas con las grabaciones de Fanny, la fan, la tira protagonizada por Agustina Cherri que desde fines de mayo emitirá Telefe. «Yo no soy proclive a semejante desgaste y a desdoblarme en teatro y televisión. Que esté haciendo doblete es una excepción: me costó muchísimo tomar la decisión. Lo hice porque eran dos proyectos muy interesantes y porque en el CCC, en principio, serán tres meses. Entonces acepté, proponiéndome ser una eficiente administradora de energías».
–¿Qué oferta laboral llegó primero?
–La de Juegos de amor y guerra, pero apenas días después apareció Fanny, la fan. No quería decirle que no a ninguna. Volver a la tele con una productora como Underground, a la que conocía, y en la que me siento comodísima, fue determinante.
–¿Cuesta en general rechazar una propuesta laboral?
–Hoy me cuesta más que antes, porque yo era una actriz que solía decir que no. Y me quedé un poquito acomplejada.
–¿Por qué?
–Porque me arrepentí de muchas de las cosas que había rechazado.
–¿Y por qué las habías rechazado?
–Porque en su momento pensé que no me iban a aportar demasiado, por diferentes razones: no podía, creía que no me iba a interesar o estaba de viaje.
–En un ambiente sensible como es el mundo de la actuación, ¿eso se paga?
–Temí que se pagara, sí. Quedé un poco traumada, entre culposa y perseguida. En un ambiente tan sensible, si decís mucho que no, te lo facturan.
–¿Y ahora aceptás lo que venga?
–¡No! Estamos hablando de cosas que podían interesarme. Si la propuesta no tiene nada que ver con mi norte, ahí no lo dudo. Y no me cuesta para nada decir que no.
–Estás haciendo teatro y grabando una tira, ¿qué te pesa más?
–El teatro, sin dudas. Requiere una energía, una entrega, una concentración enormes. Lo que tiene la televisión es que se trata de jornadas maratónicas y aparece esa sensación agridulce de no poder manejar el tiempo de uno, algo que francamente no está bueno. Pero al aceptar un trabajo televisivo, implícitamente estoy dando por sentado que pierdo la potestad de mi tiempo durante seis meses o un año. En cuanto a lo laboral, según mi experiencia, la tele me exige menos que el teatro.
–¿Es realmente sanador el teatro, como se suele decir?
–Yo creo que sí. Además, requiere de una salud infalible. Tenés que estar muy entero para subirte a un escenario. Y ser cuidadoso y solidario, porque formás parte de un engranaje.

Antes y después
De extensa trayectoria, Bonelli empezó a trabajar en el programa de Tato Bores en 1983, y pasó por recordados ciclos televisivos como La viuda blanca, Celeste y Estrellita mía. Su popularidad creció con Los Roldán, en 2004. También desfiló por ciclos como Gerente de familia, Los exitosos Pells, Guapas, La celebración, Graduados y Mujeres asesinas. Pese a su intenso recorrido, su preferencia por el teatro es incondicional, tal vez porque allí encontró su lugar en el mundo de la actuación. «El teatro es una forma de vivir y de sentir», resume.
–Más allá de tu amor por las tablas y de tu continuidad, por lo general no hacés más de una temporada.
–Sí, es cierto. Necesito cambiar. Creo que cada cosa tiene su tiempo, no me gusta alargarlas. Dejé La casa de Bernarda Alba en pleno éxito y había que tener audacia para abandonarla, había buen dinero, pero mi cuerpo me lo pedía. Íntimamente sentía que no tenía mucho más que hacer, había cumplido un ciclo.


–¿Cómo aparece esa señal que te avisa que «ya está»?
–Es un cóctel de sensaciones: el personaje, el grupo de trabajo, las rutinas. Hay un momento en que siento que no tengo más nada que aportar. Por supuesto que aviso con tiempo, y me voy de la mejor manera.
–De La casa de Bernarda Alba pasaste a Gigoló.
–Una obra preciosa, inolvidable, pero que quedará en el recuerdo por ese accidente que me marcó de por vida, cuando me tropecé en el escenario y me rompí la cadera. Un accidente increíble, pero que puede suceder. Me operaron, me recuperé y por suerte pude volver al escenario, gracias a que el teatro tuvo paciencia y me bancó.
–¿Quedó alguna secuela física o emocional?
–Y… algo debe quedar en algún rinconcito. Yo físicamente estoy perfecta, volví el año pasado para retomar Gigoló y, la verdad, tuve un regreso con gloria. Era la vuelta que necesitaba. No podía terminar la temporada con aquel accidente, habría sido muy triste para mí. Tenía que exorcizar esa situación insólita y por suerte pude salir adelante. Para mí ese accidente fue un antes y un después en muchos aspectos.
–¿Cómo cuáles?
–El cuidado de mi cuerpo y de mi energía. Si bien hice actividades desde chica, como danzas y todo tipo de entrenamiento, hoy siento la necesidad de estar más preparada físicamente antes de subirme a un escenario. Después de la fractura, soy constante, tengo disciplina, cosa que antes no. Es como que siento la obligación de cuidar mi herramienta más importante, que es mi cuerpo.

Pasión por el trabajo
Gonzalo Demaría es uno de los autores y guionistas del momento. El escritor es responsable de piezas como Tarascones –que se exhibió en el teatro Cervantes–, Pequeño circo casero de los hermanos Suárez y Juegos de amor y guerra, que Bonelli protagoniza junto con Luciano Castro. La actriz reconoce sus «ganas de trabajar con una pluma como la de Gonzalo. Pero se juntaron muchos aspectos: primero fue el llamado de Oscar Barney Finn, un director al que respeto y disfruto. Luego la obra me interesó desde el vamos, pero fue un interés in crescendo. Y, finalmente, actuar en un lugar como el Centro Cultural de la Cooperación, uno de los mejores teatros de Buenos Aires, algo que ya había experimentado cuando hice La mujer justa y también en un musical con Nacho Gadano, mi marido».
–¿Cómo fue ese interés creciente que te generó Juegos de amor y guerra?
–Es que cuando la leí por primera vez no me pareció tan intensa y movilizante como ahora, que la estoy personificando. Quizá porque por momentos pareciera que vivimos en una realidad de tercera guerra mundial, con estas amenazas de «madre y padre de todas las bombas», que me parece horroroso. Me gustó la época en la que transcurre la historia, 1942, en una Buenos Aires militarizada, donde estaban muy presentes los ánimos de la Segunda Guerra. Y también me inquietó que estuviera basada en hechos reales.
–¿De qué se trata tu personaje?
–Interpreto a Carolina Nazabal, una mujer de clase alta, que forma parte de una familia de militares que, por supuesto, sigue la tradición heredada. Luciano Castro encarna a un teniente que es el instructor de mi hijo en la Escuela Militar, además de ser el novio de mi otra hija. Y Carolina, mi personaje, mantiene una relación con ese teniente. La historia que está sucediendo en escena será el disparador de la revolución de 1943, que derrocó al gobierno de Ramón Castillo y puso fin a la denominada Década infame.
–¿Tuviste que estudiar la temática de la obra, para ubicarte en tiempo y espacio social y político?
–Es que no sabría hacerlo de otra manera. No sé a ciencia cierta cuánto me sirve estar en tema, pero es parte de este viaje al pasado al que me lleva el teatro. Forma parte del proceso creativo. A mí me importa saber de mi personaje, del entorno, de la situación política y social que se vivía en el país en este caso. Me genera placer leer libros temáticos, ver películas alusivas, googlear datos. Por eso me gusta el teatro de época, porque te transporta: esta vez me tocó Buenos Aires, pero he vivido en la Edad Media o durante el Renacimiento.
–¿Esta clase de obras te exige como actriz?
–Sin duda. Me pone a prueba, me plantea un desafío y me incentiva, porque investigar como investigué significa que tengo ganas de más.
–¿Qué es «ganas de más»?
–No perder pasión por este oficio.

En el set
«El tiempo, esa gran inquietud», grafica Andrea. Fue nada más y nada menos que eso lo que puso en duda si iba a aceptar o no la propuesta para regresar a la televisión con Fanny, la fan, que se verá por Telefe. «Lo que me temía está ocurriendo. Hay jornadas de grabación que empiezo a hacer en exteriores a las 12 de la noche, y madrugones en los que me cuesta poner primera. Pero es así, cuando firmé el contrato lo sabía. Estoy encantada con el elenco, que está integrado por el Puma Goity, Verónica Llinás, Nico Furtado, Luis Ziembrowski y Soledad Fandiño», explica.
«La historia transcurre en un canal de televisión, donde se está grabando un programa de vampiros que se llama Cuando el amor muere, que protagoniza el personaje de Soledad, que es mi hija», cuenta sobre su rol en la ficción. «Pero además mi personaje, Adriana Pecoraro, es una actriz frustrada, que deposita toda su desazón y obsesión en su hija. Es un personaje con matices, una antiheroína: todo le sale mal y eso, finalmente, es lo que me gusta de este tipo de roles».
–¿La vas entendiendo a Adriana Pecoraro?
–De a poco le voy sacando la ficha. Al principio me costaba ver hacia dónde encararla, pero con el paso de las grabaciones ya nos conocemos más. Ya le encontré el tono de voz, la forma de caminar y el estilo de ropa. Esta construcción de personajes es lo que me sigue pareciendo mágico en la televisión: no hay nada estricto, se va viendo a medida que la historia va creciendo.
–En televisión trabajaste con actores experimentados y otros más jóvenes. ¿Notás alguna diferencia? ¿Hoy se llega más fácil?
–Puedo afirmar que me ha tocado trabajar con actores de verdad, gente que ha hecho carrera, que ha estudiado, se ha sacrificado y eso no tiene edad. Sin ir más lejos, en Fanny, la fan no hay ninguna carita que haya salido de algún reality, ni que resulte un exitoso tuitero.
–Conociste otra televisión en los 80. ¿Te gusta la versión actual del medio?
–Me gusta en qué derivó, sí. A pesar de que es muy criticada, la tele supo reinventarse, con ficciones muy interesantes, con estupendos actores, directores, guionistas y cámaras. Me identifico con esta televisión habiendo debutado a principios de los 80, siendo muy chiquita. Las formas de trabajo, la originalidad de las historias, la estética de las escenografías: dejó de ser un cartón pintado en el que vos entrabas a una habitación, cerrabas la puerta y temblaba todo.

Primer amor    
Andrea confiesa que se dedicó a la actuación, puntualmente, por el cine. ¿Por qué? Porque se hizo muy cinéfila a partir de la influencia de sus padres, que le inculcaron a directores como Visconti, Fellini, Rossellini, también el cine ruso y el soviético, los clásicos estadounidenses, los inicios de Woody Allen. «La paleta fue amplia, ecléctica y formadora. Crecí con eso y fue lo que terminó impulsándome a elegir este oficio. Y paradójicamente, el cine es una asignatura pendiente en mi carrera. Hace unas semanas me llegó una propuesta, y tuve que decir que no. Me dolió en el alma, pero con tele y teatro me resultaba imposible».


–Qué raro que en más de 30 años de carrera no se haya presentado la ocasión para hacer películas.
–Cosas que pasan. Igual quiero remarcar que cuando empecé a dedicarme a este oficio, el cine argentino no era bueno, no se hacían cosas como las que hay ahora, no existía el Nuevo Cine Argentino. Eran tiempos del destape, del cine que nacía con la democracia y las propuestas que me llegaban, porque las tuve, no me apetecían.
–¿Qué directores te gustan actualmente?
–Muchos. Te mencionaría de un saque: Trapero, Campanella, Caetano, Martel, Burman, Ariel Rotter, Szifrón. La aparición de esos realizadores me agarró muy embarcada en otras cuestiones, más teatrales. Pero estaría encantada de poder ser dirigida por alguno de ellos. Sería una manera de sentirme, no satisfecha, sino completa como actriz.
–¿Para vos el cine no es tan accesible?
–Sí, lo creo. Yo tengo más facilidad para el teatro y la tele. Hay una gimnasia en esos vínculos que no se dio con el cine.
–Sin embargo, ¿sentís que hay un largo camino por delante?
–Yo creo que todavía nos debemos muchas cosas con la actuación. Siento que tengo un largo camino, espero. Y además pienso que este oficio tiene alguna sorpresita más para mí. El bichito lo tengo, las ganas de seguir en esta senda y sumarle otra faceta están intactas.