De cerca

Estrella del hombre común

Sus personajes logran una conexión con el público, que llena las salas con cada película. Antes de estrenar «Relatos salvajes», Ricardo Darín repasa su carrera y su lugar en los medios.    
(AFP/Dachary)

A lo largo de una carrera cinematográfica estrechamente vinculada con el policial, Ricardo Darín se consolidó como una de las mayores estrellas locales de la industria componiendo personajes que le ofrecen al espectador la posibilidad de identificarse con ellos, ya sea el bueno de la película, el villano o, como las más de las veces, sujetos definidos por su ambigüedad moral. Ahora, con Relatos salvajes, la nueva película de Damián Szifrón –la que viene de sacudir al público de Cannes, donde participó de la competencia oficial y fue ovacionada de pie–, Darín va a repetir: el éxito de convocatoria, seguro, pero también esa conexión directa con los espectadores, que de un modo u otro se sentirán compelidos a ponerse en el incómodo lugar de su personaje. El actor ha hablado anteriormente sobre esa empatía que genera, acaso relacionada con su capacidad para representar al hombre común, que es la que le ha dado su popularidad (casi todas las películas protagonizadas por él se acercan al millón de espectadores) y que, de algún modo, ha vuelto su opinión relevante: si Darín es un hombre que se comunica tan bien con el público, lo que tiene para decir afuera de la pantalla –sobre el país, sobre el mundo– se ha vuelto requerido por los medios. Será por eso que, de unos años a esta parte, se le pregunta a Darín sobre la política y la sociedad argentinas. «Uno se siente, de acuerdo con las distintas épocas que va atravesando –y cuando acumula años tiene más épocas para registrar–, con mayor o menor libertad de opinar en función de lo que quiere decir, tratando de no ser un petardista», dice en diálogo con Acción, a días del estreno de Relatos salvajes. «Cuando sos más más joven, te parece que las cosas giran en torno a otro tipo de temas, pero después empezás a juntar kilometraje y te piden que opines de tal o cual cosa porque da titulares que levantan. Eso es un poco un error de vocación argentino, esto de ser opinólogos, de hablar aunque no seamos expertos ni tengamos la información ni la formación necesaria para tocar ciertas cuestiones. Pero lo cierto es que yo siempre dije más o menos lo que pensaba y que, en todo caso, lo que pasa es que tu pensamiento está en movimiento: vas creciendo, la vida te va moldeando, te desasnás de algunas cosas». –De algún modo, podría haber una relación entre el nivel de representatividad que alcanzaste como estrella del cine argentino y las expectativas que se vuelcan en lo que vas a decir sobre Argentina cada vez que das una entrevista. –Es cierto, puede haber una correlación entre los personajes y las historias que te tocan hacer y ese lugar de opinador. Pero esto también tiene una contracara, por la que me convirtieron en un personaje con el que no comulgo: tengo unos usurpadores de nombre e identidad en las redes sociales. En Facebook y en Twitter hay un tipo que, con descaro, usa una foto mía y hace unas declaraciones impactantes bastante fuera de lugar. Por esto vivo encontrándome con gente por la calle que me hace referencia a todo tipo de cosas que yo no dije. Averigüé qué tenía que hacer para detener esto, pero es complicado, me tengo que abrir otra cuenta en Twitter, cosa de la que reniego poderosamente. Pero mientras tanto pasa esto y me endilgan cosas terribles, me convierten en algo que no me gusta, en un quilombero. Cada vez que habla de su imagen pública, como personaje de referencia dentro y fuera de las salas, Darín no puede dejar de recordar la repercusión no buscada que tuvo una entrevista que dio hace algo menos de dos años a la revista Brando –y la decisión editorial de destacar aquello de «Quisiera que alguien me explicara el crecimiento patrimonial de los Kirchner»–, que se viralizó enseguida y produjo una respuesta casi inmediata de la presidenta Cristina Fernández, con una carta pública y abierta. –¿Y en qué quedó todo eso? –Al final no sirvió para nada, fue utilizado tanto de un lado como de otro. Me pasó que me abrazaban tipos por la calle con los que no me sentaría a cruzar dos palabras. No estaba buscando nada: fue una de las muchas cosas que se dijeron en una conversación con un amigo, tomando café, comiendo; era una charla que trascendió las características de una entrevista, pero luego quedó eso y se convirtió en una cosa que no paraba. Ocurrió lo que ocurrió y no sé si lo lamento, porque de todo se aprende. Lo que sí lamenté fue la utilización posterior que se hizo de una entrevista que tenía otra esencia general, contraria a la que se dio: la de generar no más enfrentamiento, sino más reflexión, y un poco más de fraternidad.   Héroes y villanos Si suele considerarse que el policial es el género narrativo que mejor decodifica las señas de su época, no es un detalle menor que la carrera de Darín en cine esté intensamente ligada con el policial desde sus comienzos con El desquite, de Juan Carlos Desanzo, en 1983, hasta sus últimos éxitos, pasando por algún título «de quiebre» como fue Perdido por perdido, de Alberto Lecchi, en la que expresaba la fantasía de venganza de la «clase media contra el sistema». Hasta aquella película de Lecchi –dijo alguna vez–, sus elecciones siempre fueron un poco inconscientes, pero hoy ve más nítidamente la línea que une filmes como los que hizo con Bielinsky (Nueve reinas y El aura), el que fue su debut en la dirección, La señal; la primera de las dos películas que hizo hasta ahora con Pablo Trapero (Carancho), y dos de los más grandes éxitos nacionales del año pasado: Tesis sobre un homicidio y Séptimo. En estos filmes no siempre interpreta al héroe, sino a personajes que tienden a tener dobleces, como los tenía el punga canchero de Nueve reinas, el protagonista de El secreto de sus ojos –que, a pesar de que tiene objetivos nobles, recurre a acciones al margen de la ley–, y el abogado de poderosos nefastos en Séptimo. Pero por algún motivo siempre nos caen bien sus personajes, sus cretinos seductores, y esa parece ser en parte la razón de su presente estelar en el cine argentino. «Recuerdo que no fui la primera opción de Bielinsky para Nueve reinas, porque venía de interpretar a un chanta durante 7 años en Mi cuñado, en televisión. Y Fabián estaba obsesionado con que mi personaje no fuera un tipo querible», cuenta Darín. «Nos cuidamos, buscamos que no sonriera, mostramos su lado oscuro y, sin embargo, no lo pudimos evitar. ¿Por qué pegué esa conexión con el público? Supongo que hace tanto que laburo, que me ven desde chico, entonces me convertí en el tipo al que conocen. Y creo que atravesando distintas etapas llegué, sin quererlo, a conformar un perfil de ciudadano común. Todo pasa porque la gente llega a pensar: “Si le pasa a este tipo, me puede pasar a mí”. La familiaridad que siento con la gente por la calle habla de una distancia que ya no existe».
Rodando. Darín es uno de los protagonistas de Relatos salvajes, la nueva película de Damián Szifrón, que fue ovacionada en Cannes.

Conflictos cotidianos Relatos salvajes –el tercer largometraje del creador de Los simuladores, después de El fondo del mar y Tiempo de valientes– no es un policial, pero no cabe duda de que va a ser la película argentina del año. Aunque Darín no es su protagonista integral, sino el de una de las seis historias que componen el film, se trata del tipo de personaje destinado a conectarlo una vez más con el público a nivel masivo. Los 6 relatos pergeñados por Szifrón son independientes entre sí, pero hay un hilo conductor que queda bastante bien definido por el eslogan promocional: «Todos podemos perder el control». Darín interpreta a un ingeniero experto en demoliciones que, obligado a enfrentar a la burocracia estatal, queda primero al borde de un ataque de nervios, hasta que finalmente estalla. Fantasía violenta pero gozosamente artificiosa y catártica, casi todas las situaciones (también encabezadas por actrices como Julieta Zylberberg y Érica Rivas) proponen una mirada sobre conflictos cotidianos, con algún componente de clase y aristas explosivas que impiden mantenerse indiferentes ante lo que estamos viendo. –Es probable que la película, y especialmente tu episodio, produzca más de una controversia. –Las cosas que pasan con mi personaje vienen produciendo reacciones en cada lugar en el que se vio, así que sí, puede pasar. Damián es un guionista muy inteligente, y su película tiene un paraguas, una cobertura, que pasa por el hecho de estar todo puesto en escena con un grado de exageración tal que la premisa siempre es sobrepasar los límites, la frontera de lo aceptable, con lo cual no te deja otra opción que reflexionar sobre lo que está pasando en la pantalla. Eso anula, por lo tanto, la posibilidad de que sea interpretado como una apología de la violencia y de las acciones de sus personajes. –Lo que puede ser especialmente polémico es que el espectador se sienta identificado con el peligroso camino que decide tomar tu personaje. –Bueno, pero eso es en parte lo que te obliga a reflexionar, porque te ves obligado a ponerte en el lugar de otro. Cada vez que aparece la palabra violencia en cualquier discusión, me permito preguntarme cuándo y dónde se originó la violencia; qué tipo de violencia condenamos, cuál es el germen de violencia. Muchas veces condenamos a un tipo que reacciona ante otro, y decimos que es violento porque se agarró a trompadas, pero no sabemos qué ocurrió antes, de dónde viene el episodio que condenamos. Por eso hay un germen reflexivo muy potente en la película, que te empuja a ponerte en el lugar da cada uno de los personajes que van atravesando las distintas historias. Son cuentos de alto impacto en los que los personajes cruzan varias líneas y, al obligarte a ponerte en un lado o en otro, no te queda otra que preguntarte en qué momento te detendrías ante situaciones como las que plantea, dónde frenás para decirle al otro: «Pará, pensemos cómo nos fuimos a la mierda». –Tu episodio va a resonar especialmente sobre situaciones de la vida real, cotidianas, de presencia mediática. ¿Vos pensaste en situaciones análogas de tu propia experiencia? –Trato de ser una persona respetuosa, educada, afectuosa y he tratado de educar así a mis hijos, pero me he visto en situaciones en las que estuve a punto de irme a la mierda. Uno no puede controlar todos los componentes emocionales involucrados en determinadas situaciones, y creo que estamos viviendo una época caracterizada por la falta de consideración, de atención, de confianza en el ciudadano; de espacio para reflexionar con respecto a un tipo al que le está ocurriendo algo. Hay una cosa de mi personaje –esto es la mano de Szifrón– que a mí me da casi ternura, que es cuando él pregunta dónde está la oficina municipal en la que piden disculpas cuando se equivocaron con vos. Es naif, porque jamás te vas a imaginar que ese pobre tipo que hace una pregunta tan ingenua va a terminar reaccionando como lo hace. Lo que sobrevuela en la vida de la gran ciudad hoy es la sensación de que te boludean, que es irritante. Hay que ver qué hace cada uno para controlarse y seguir con su vida, pero lo cierto es que hay gente que no lo puede hacer y se saca y se va a la mierda. Y me parece que es algo que debería estar previsto en el, digamos, contrato ciudadano: que un buen tipo pueda perder el control de esta manera ante una injusticia. Yo creo que la película muestra algo que nos pasa hoy en la vida, especialmente en Buenos Aires, que tiene que ver con esa especie de ser argentino que se ufana de cagarse en todo. Necesitamos un cambio de paradigma, un debate y una revolución cultural pacífica; dejar de ser esa sociedad en la que desde hace décadas vivimos aplaudiendo al vivo, al que «la hace» y no al que la merece, al que la sacó de la galera y se hizo millonario en lugar de al que trabajó toda su vida. Creo que esto tiene un poco que ver con lo que hablábamos antes de la simpatía que generaba un cretino como el que interpreté en Nueve reinas: vivimos aplaudiendo al poronga. Tuvimos gobiernos de tipos a los que no adherimos, pero decíamos: «Te ponés a hablar con ellos y no sabés qué carisma, cómo te da vuelta». La película expresa en parte eso: la desconfianza, la falta de respeto y ese cagarse en los demás que es hoy la convivencia en la ciudad. La reflexión que va a generar la película nos debería hacer preguntarnos de dónde viene todo esto; ojalá no sea de nuestro ADN, porque si es así, estamos jodidos. –La película fue aplaudida en Cannes y muy bien recibida por la crítica internacional, ¿qué expectativas tenés para el estreno local? –Lo que sé es que no va a pasar desapercibida. Hasta ahora tuve una sola oportunidad de verla con gente, así que quiero ver qué pasa en Argentina. En el festival la proyección fue como una montaña rusa: uh, oh, carcajadas, silencios sepulcrales, una actitud muy activa del público, como la que pocas veces se manifiesta en el cine. Emociones como las que muestran los chicos ante una película. Va a dar que hablar. ---Mariano Kairuz