De cerca

«Hay que luchar contra la mecanización»

Graciela Dufau protagoniza «La mujer justa» en el CCC. Sus experiencias en cine, teatro y televisión. La obra que García Márquez escribió para ella.   Actriz de televisión, teatro y cine de larga trayectoria y con numerosos premios en su haber, Graciela Dufau –una señora de suave voz, delicado trato y mirada inteligente– es una de las personalidades destacadas de la escena local. Debutó en cine en 1962 con Los jóvenes viejos, de Rodolfo Kuhn, y un año después, en teatro con La espina bajo la piel, de Patrone Griffi. En televisión ha trabajado en varios ciclos exitosos como Nosotros y los miedos, La bonita página y Los especiales de Doria. Por su desempeño en la película Momentos (1981), de María Luisa Bemberg, recibió el premio a la mejor actriz en los festivales internacionales de Huelva y Chicago. En 1988, dirigida por su marido, Hugo Urquijo, estrenó en el Teatro Cervantes Diatriba de amor contra un hombre sentado, escrita especialmente para ella por Gabriel García Márquez. Reconocida por el gran público por sus roles cinematográficos y televisivos, de modo preponderante por su participación en Brujas, desde 2012 Dufau viene trabajando sin interrupción en La mujer justa, una adaptación teatral –firmada por ella y Urquijo, también director de la obra– de la novela del escritor húngaro Sandor Márai, en la sala Solidaridad del Centro Cultural de la Cooperación. Recibió a Acción en su departamento, ubicado a metros de la Biblioteca Nacional. –La mujer justa va por su tercer año de representación. ¿La considera un éxito? –Nosotros pensábamos que la daríamos tres meses, así que sí, después de estas tres temporadas, puede considerarse un éxito, porque, además, en la Argentina a Sandor Márai lo han leído muchísimo y la novela La mujer justa lleva 31 ediciones. Con mi marido, Hugo Urquijo, que también es el director de la obra, hicimos la adaptación del libro, que se compone de 3 monólogos. Pero eso engaña, porque la acción dramática es otro tema. Hicimos 14 versiones, hasta que la final nos conformó. –¿Había leído a Márai antes de este trabajo? –Sí, lo había leído mucho y también lo había regalado mucho. –¿Qué le interesó? –El modo de narrar. Por momentos, me recuerda a Chéjov. Me parece que una de las bendiciones de La mujer justa es que habla del amor, de la traición, de la incapacidad de amar, de la entrega que hace falta para amar. Habla también del amor a los hijos, de las clases sociales cuando el amor interviene entre ellas. La obra transcurre hacia el final de los años 30 y están Peter, un burgués aristócrata que hace Arturo Bonín, María, que es mi personaje, una mujer de clase media que trabaja en una oficina y aprende idiomas, y Judith, la mucama de la casa desde los 15 años, que finalmente termina como segunda mujer de Peter, interpretada por Victoria Onetto. Me interesa la mirada de Márai porque se dirige a la fragilidad de las personas; como los aristócratas bien educados, que han vivido en grandes mansiones donde todo estaba en penumbras y el inmenso comedor nunca se usaba. –Algo de eso se encuentra en la biografía de Márai. –Sí, me impresionó mucho cuando él cuenta que, no en su casa, pero sí en otras de familias ricas, las mujeres del personal doméstico dormían en los cajones de grandes cómodas. En el caso de Judith, vivía en un hoyo en la tierra y tuvo zapatos, y encima usados, recién a los 10 años. Para ella, dormir en un cajón de la cómoda, aunque no se menciona esto, era un progreso. En la casa sólo le permitían limpiar los baños y Judith sentía que debía contener la respiración para no ensuciar el inodoro que utilizaban los señores. Es un gran personaje. –¿Es más joven que Peter? –Tiene más o menos la mitad de edad que él. Pero lo interesante es que ellos no pueden resolver las desigualdades sociales, ni siquiera a través del sexo y ni siquiera a través del amor, pese a que Peter ama como a nadie a Judith. Es tanto lo que ella ha padecido que nada le alcanza porque siente que se le debe mucho. –Aparte de La mujer justa, ¿qué otro éxito de su carrera destacaría? –Bueno, Brujas duró 10 años, pero era una propuesta totalmente diferente. En principio, iba de miércoles a domingos, mientras que nosotros hacemos La mujer justa viernes y sábados. Como sea, logramos formar un grupo donde hay una gran pasión por el espectáculo. Cuando Arturo hizo El conventillo de la paloma, todos esperamos a que él volviera, lo mismo que cuando con mi marido nos fuimos de vacaciones: el resto nos esperó. Es un equipo y no sólo un elenco el que hace La mujer justa. –¿Quién eligió la novela de Márai para adaptarla? –Primero la leí yo, pero caí en el error de ver una obra teatral en los tres monólogos. Luego la leyó Hugo, que tiene más experiencia como director. Empezamos a trabajarla en 2009, y después yo abandoné porque me parecía muy complejo. Pero después retomé con él la adaptación. Incluso la obra se ensayó con un elenco donde yo no trabajaba, aunque hubo problemas y no se pudo hacer. Mi personaje lo hacía Claudia Lapacó.  A mí me costó bastante encontrar la llave para entrar al personaje de María. –¿Por qué? –Durante la adaptación, había varios aspectos del personaje que me molestaban. Por ejemplo, María es una mujer que elige tener un hijo para tener al marido aferrado: eso significa que no ama realmente a ese hijo que, por otra parte, se muere a los 2 años.  Me costó mucho entender las razones de María y darles validez. –Usted interpretó a Blanche DuBois en una puesta de Un tranvía llamado Deseo, de Tennessee Williams. ¿Cómo le fue con un personaje tan difícil? –Pero Blanche DuBois es Hamlet para las actrices: un personaje muy difícil que sólo se puede hacer para aprender. Hay que ser muy torpe para pensar que uno puede lucirse interpretando a Blanche DuBois. Son poquísimas las actrices con dominio de las herramientas expresivas para plantarse ante ese personaje, por lo menos a la edad que yo tenía cuando la hice, que era la que correspondía para ella. Hoy tengo los instrumentos más afinados, lo que no quiere decir que funcione a la perfección. Para mi Blanche DuBois, como otras, fue una experiencia que me dio la oportunidad de aprender como actriz. Me sucedió algo parecido con Diatriba de amor contra un hombre sentado, la obra que García Márquez escribió para mí, que se estrenó en 1987, pero 10 o 12 años después pude reestrenarla. Entonces yo tenía más horas de vuelo. –¿Cómo se despertó su vocación? –Yo empecé a trabajar como modelo, porque me llevó mi madre, pero como modelo gráfica. Hacía las tapas de la revista Para Ti y otras fotografías publicitarias. Era otra época. Las modelos que tenían 16 años, como yo, desfilaban con ropa de adolescentes. Como a esa edad se murió mi padre, trabajar de modelo fue una necesidad. Sucedió, entonces, que me llamaron para hacer en televisión un programa de moda que dirigía un director de teatro, y él incluía un argumento teatral y siempre invitaba a un actor o una actriz. En ese programa, debuté como actriz. Y al tiempo me llamaron para participar de un ciclo donde escribían Tomas Eloy Martínez, Ernesto Schoo, entre otros, y dirigía Rodolfo Kuhn. En esa época se salía en televisión en vivo. –Entonces no fue estrictamente una vocación. –No, no lo fue. Mucho después, cuando ya había hecho teatro y tenía hijos, en una oportunidad estaba lavando ropa en una bañadera, porque el departamento donde vivía era muy pequeñito y colgaba la ropa de una soguita, y me cayó una gota dentro del oído. Entonces pensé: esto sintió el padre de Hamlet cuando estaba dormido y lo envenenaron. Mientras seguía lavando me dije: ese es un pensamiento de actriz y tengo que ponerme a estudiar. Había estudiado música en el conservatorio, y también danza clásica, pero no había estudiado nunca la técnica de la actuación con un maestro. –Y al aprender la técnica, ¿su trabajo como actriz se le facilitó o se le complicó? –Eran otras circunstancias aquellas; se iba a pedir trabajo, y no sólo yo: si uno sabía que se iba a ensayar una obra, entonces llamaba por teléfono al director o iba a los canales de televisión para presentarse a los directores. Había recomendación entre nosotros, pero no existían representantes, ni casting, ni videos, como hoy, en los que los actores se muestran y que suelen ir a parar a los cestos de papeles de las productoras con gran frecuencia. Era otro el modo de funcionamiento para conseguir trabajo. Además, yo era una mamá joven, con dos chicos, sola. Y se me hacía muy complicado trabajar en teatro y televisión a la vez. Como en diciembre se terminaba todo en la televisión y recién volvía en marzo o abril, en diciembre empeñaba el tapado de nutria y dos anillos que tenía y, con lo ahorrado, me bancaba el verano. –¿Cuándo comenzó a irle realmente bien como actriz? –De a poco. Durante muchos años, 10 o 12, yo hice de actriz secundaria en la televisión. Por ejemplo, la buena era Nora Cárpena o Alicia Bruzzo y yo era la mala. A veces me tocaba ser la pareja del rol protagónico, que era un varón. Después, todo depende de las circunstancias, que se van modificando; por eso uno debería aprender a vivir sólo en el presente si eso fuera posible: lo planificado no se cumple. Como cuando Gabo decidió corregir Diatriba de amor contra un hombre sentado y se tomó 12 años para hacerlo. Y cambió sólo cuatro palabras: cuatro. –Entiendo que Brujas fue un momento importante. –Brujas trajo la seguridad económica, y yo estoy muy agradecida de que un éxito así me sucediera al menos una vez en la vida, pero uno no estudia teatro para hacer el mismo personaje prácticamente todas las noches durante 10 años. Hay que luchar todo el tiempo contra la mecanización. Es un poco enloquecedor. Es cierto que uno todos los días se lava la cara, se cepilla los dientes, pero no de la misma manera. El público cambia y todo lo que quieras, pero es imposible no mecanizarse. Hay actores que pueden con eso y lo disfrutan, porque los tranquiliza poner la copa en el mismo lugar durante 20 años. En mi caso, la copa una vez la puedo poner acá y, en otra función, a 10 centímetros de distancia, a menos que sea algo esencial del personaje. –¿Cuál es el personaje o la obra que más la conformó? –Conformarme no sé, pero estrenar la única obra de teatro de García Márquez, y escrita para mí, fue una situación muy especial, pero también una responsabilidad agobiante. Creo que a él también le pasaba algo parecido, porque iba a venir al estreno y, al final, dijo que no podía. Un tiempo después la vio en La Habana. Pero fui muy feliz diciendo esos bellos textos, como ahora los de La mujer justa, ante un público como el de la Villa 21, que va por primera vez al teatro: hay incluso bebés. En una oportunidad, un bebé lloraba y empezaron a chistar, pero, cuando la mamá empezaba a irse, yo paré la función y dije que no nos molestaba ese llanto. Para mí era más importante que esa madre pudiera ver la obra, aunque hay en el centro cultural una guardería. –¿Dónde se realizan esas funciones? –En la Villa 21, en Barracas, a la altura de Iriarte al 1500. Es un centro cultural extraordinario, con una sala teatral muy buena, con unos camarines que ya los quisieran tener los teatros profesionales, con exposiciones de pintura, con un cine, con una guardería donde las mamás pueden dejar a los chiquitos, pero no todos quieren quedarse o son muy bebés. En ese contexto, el personaje de Judith de La mujer justa tiene otro peso. A la salida, una vez, una mujer me dijo que era la primera vez que iba al teatro, y yo le pregunté qué le había parecido, y ella me respondió que le había gustado cómo habíamos plasmado, y utilizó esa expresión, «la vida real». Se había emocionado con el episodio de los zapatos de Judith, porque seguramente ella conocía esa realidad. En el final de la obra, reaparece el personaje de Bonín, después de la guerra, cuando ya ha perdido todo, con un sobretodo y una valijita. Y en una función hubo una gran carcajada y un aplauso, como diciendo: «Claro, ahora te toca a vos, ahora vas saber cómo es nuestro mundo». –¿Le interesa especialmente la literatura con relación al teatro? –Sí, tuve la suerte de que cuando era chica todavía la televisión no existía. En mi casa se escuchaba Las dos carátulas y las transmisiones de los teatros por la radio. Mi papá era periodista deportivo y llegó a ser jefe de redacción de un diario de Avellaneda que ya no existe, se llamaba La libertad. A los 12 años yo leía Corín Tellado, y mi papá, cuando se dio cuenta, me sacó el librito que estaba leyendo y me dio Madame Bovary, una gran novela, pero para un piba de 12 años… De todas maneras, seguí leyendo Corín Tellado y empecé a leer teatro en la adolescencia. –Es raro que alguien lea teatro. –Sí, leía Ibsen, O’Neill, lo que publicaba Losada. Todavía los tengo. Me gustaba más leer teatro que leer novelas. Me resultaba más fácil ver la acción, cómo transcurría la historia. Todavía no había ido al teatro, pero lo escuchaba por radio. –¿Le gusta el teatro argentino actual? –Creo que tenemos muy buenos directores, actores, escenógrafos y autores. En este momento hay cerca de 400 espectáculos en cartelera. Además, hay muchos teatros independientes. –¿Esa actividad teatral forma parte de un resurgimiento cultural en el país? –Durante la dictadura, el teatro fue un lugar de resistencia, y si yo no participé de Teatro Abierto, fue porque estaba haciendo una obra de Aída Bortnik en el Astral, Domesticados. Y la verdad es que tuve miedo de hacer otra obra de una autora prohibida y en Teatro Abierto. En los últimos 10 años hubo muchas experiencias. A mucha gente de mi generación no le parece bien que los jóvenes escriban la obra, la actúen, la dirijan y hagan la música, pero no estoy de acuerdo.  A mí me parece bien que los jóvenes se den ese permiso y que sean omnipotentes: es una forma de aprender. –¿Cuál debería ser el rol social del teatro hoy? –Hay que elegir muy bien aquello que uno cree que debe transmitir. Algunos actores y actrices muy prestigiosos se preocupan por lo que hacen en teatro y no les importa lo que hacen en televisión. Sin embargo, ojo, porque en televisión a uno lo pueden ver un millón y medio de personas. Y a esa cantidad de gente puede llegar uno con un mensaje ya no banal, sino estúpido. Hay que tener cuidado. Mi nieta de 6 años entre Pakapaka y Disney, elige Disney. Por eso le hago ver Pakapaka, porque nosotros no hablamos como en Disney. –Desde luego, usted apoya el gobierno de Cristina Fernández. –Sí, yo siempre fui radical, pero apoyo a este gobierno. Lo voté a Néstor Kirchner porque estaba en contra de Menem, para ser honesta. Después me di cuenta, por lo que decía y hacía, de que tenía un proyecto distinto. A Cristina la voté las dos veces. Realmente no entiendo por qué tanta gente dice que no la puede ver, que no se la banca, incluso estando de acuerdo con sus políticas. Sólo deseo que le permitan cumplir con su mandato hasta el final. Ya Raúl Alfonsín advertía acerca de un posible golpe de Estado contra Kirchner. ---Rubén H. Ríos Fotos: Juan C. Quiles/3 Estudio