De cerca

Ideas en mente

El dramaturgo y director radicado en París se instaló en plena pandemia en Buenos Aires para montar una obra de teatro y terminar una película que, desde diferentes ángulos, refleja su fascinación por el peronismo. Balance, recuerdos y proyectos de un creador formado en el Di Tella.

(Foto: Leandro Allochis)

La mayor parte de la pandemia la pasé en París, donde estuve activo, movedizo, con mucho trabajo y viajes a Grecia y España. Nunca me hice la cabeza ni tuve miedo, hasta que llegué a la Argentina, donde el mensaje que bajaba de las autoridades era un poco atemorizante. Y aquí me empecé a sentir inseguro», da cuenta Alfredo Arias, que llegó a Buenos Aires a mediados de septiembre para dirigir la obra Happyland en el teatro San Martín y para encarar la posproducción de la película Fanny camina, sobre la vida de la actriz y cantante Fanny Navarro. Ataviado con camisa, saco y su omnipresente sombrero, el dramaturgo, director y regisseur nacido en Lanús toma sus previsiones y cumple con los protocolos, pero no detiene su marcha.
–¿Qué secuelas dejará el coronavirus?
–La más dura y difícil de aceptar es que la vida ha cambiado y que, por muchos años, será distinta. Por mi edad, no creo que vuelva a vivir la realidad que tenía antes, de moverme de aquí para allá, de ir a cuanto estreno y premiere me interesaran, de asistir a reuniones, eventos. Todo eso que era parte de mi mundo artístico ha cambiado radicalmente.
–¿Y cómo imaginás que será la nueva normalidad en tu hábitat natural, el teatro?
–El teatro es uno de los sectores más damnificados, conozco cientos de artistas que han estado sin trabajar por más de ocho, nueve meses. Hay salas que no abrieron y varias probablemente no vuelvan a abrir en la Argentina, especialmente, y en el mundo. Este virus nos vino a decir a los artistas que no somos importantes, que se puede prescindir de nosotros, lo cual es muy penoso.
–¿Cómo resultaron las funciones presenciales de Happyland en la sala Casacuberta?
–La emoción de volver al teatro en vivo es algo indescriptible, sobre todo para los actores y el público que experimenta ese momento único e irrepetible. Después de las primeras funciones, mi cabeza me martillaba a pensamientos y cuestionamientos. El teatro es un momento de entrega, si uno como espectador va con tantas alarmas a su alrededor se vuelve imposible recrear lo esencial, que es la comunicación en el inconsciente mediante la cual la gente se deja llevar por la trama narrativa.
–Tan esencial como el acercamiento de un intérprete con otro, que el COVID no permite.
–Lógico, es imposible hacer la representación de algo con un actor que no se puede acercar al otro. ¿Alguien duda de que, de producirse ese acercamiento, se transformaría en el tema del espectáculo?
–¿No ves peligro en el escenario?
–Puede resultar näif, ingenuo y trivial, pero yo creo en los anticuerpos metafísicos, en un ser que es tan sólido que el virus no entra. Y por otra parte, con todo respeto, siento que hay que arriesgarse. Yo lo hago a los 76 años, y a la vez tomo todos los recaudos.
–¿Qué podés decir de Happyland?
–Es una obra sobre la figura de Isabel Perón, lo cual me permite seguir esta especie de reflexión y análisis que hago sobre el peronismo. Y me pareció oportuno también porque Isabelita es un personaje olvidado, del que nadie habla y que por circunstancias aleatorias llega a ser presidenta de la Nación. Creo que Happyland, que yo dirijo con textos de Gonzalo Demaría, contribuye a la gran fábula de la política argentina, tan pletórica de episodios absurdos.

Vidas paralelas
Condecorado como Comendador de las Artes y las Letras en Francia, poseedor del anhelado Premio Moliere, Arias es conocido por su formación en el Instituto Di Tella, por sus puestas de Shakespeare, Genet, Copi, Sartre y Mishima, y por piezas propias como Familia de artistas, Mortadela, Deshonrada, Cinelandia y Hermafrodita. El artista piensa montar durante marzo en Buenos Aires este último trabajo, que está basado libremente en Memorias de Herculine Adélaîde Barbin, un hermafrodita francés del siglo XIX. «El texto aparece en Vidas paralelas, de Foucault, quien hace un análisis sobre cómo la sociedad del siglo XIX reaccionaba frente a un hermafrodita. La obra no tiene una ambición de referir la realidad actual, porque estamos hablando de un material histórico».
–En París sos un baluarte del mundo del teatro, el cine y la ópera, pero no sos profeta en tu tierra.
–No es algo que me quite el sueño. Buenos Aires es mi casa, mi lugar de conexión y caminar por la ciudad en medio de la indiferencia general es algo que me agrada. Por otra parte, estoy radicado en París desde hace 50 años, por lo cual es lógico no ser una figura pública aquí. Además, soy una persona muy mayor, no busco ningún reconocimiento porque siento que ya lo tengo. Y si no lo tuviera o no lo sintiera, tampoco lo diría.

(Foto: Prensa)
 

–¿Por qué?
–Detesto a esa gente quejosa, que se pone en el rol de exigir algo o que protesta porque no tiene un lugar asignado en este universo. Me parecería una actitud muy triste de un artista que se considera tal. Aunque no viva aquí, este es mi país, pero no ambiciono estatus alguno.
–Venís todos los años, ¿es una necesidad dar a conocer tu material?
–Tiene un dejo sentimental la necesidad de volver al lugar donde nací, el lugar que me vio crecer, desarrollarme y también partir. Yo estoy formado con otra cultura, la francesa, la europea, pero no veo por qué debería cortar el vínculo con Argentina. Cada vez que vuelvo estoy conectado con mi interior más profundo que en ningún otro lado, ¡qué paradoja!
–De alguna manera también provocás esa conexión, ya que buena parte de tu producción tiene como eje el peronismo, como sucede con Happyland y con Fanny camina.
–Es una conexión, un viaje interior hacia el niño y adolescente peronista que fui dentro de una familia de radicales. ¿Por qué? Supongo que para rebelarme en una familia que no me entendía. Yo en mi niñez daba muestras de que quería aprender música, ballet, pintura y, al no ser escuchado, me refugié en la iconografía peronista, en Eva Perón.
–Tal vez porque venía del mundo del cine.
–Muy probablemente. Evita me llegó cuando yo tenía 8 o 9 años y su figura, su imagen me hechizó por su aura y por lo que se decía de ella, que iba tirando juguetes por las calles o que podía aparecer, como una imagen divina, en cualquier lugar por donde estuviéramos. Evita era la esperanza de que podía surgir algo extraordinario.
–¿De qué se trata Fanny camina?
–La película está ambientada en la Buenos Aires de hoy y propone un recorrido por la vida de Fanny Navarro, una actriz reconocida de cine, teatro y televisión durante el peronismo, presidenta del Ateneo Cultural Eva Perón y amante de Juan Duarte, el hermano de Evita. Falleció en el olvido a los 51 años. Entonces lo que busco es contar quién fue esta mujer que interpreta de manera maravillosa Alejandra Radano. Se va a estrenar en el canal Encuentro y en CINE.AR.

Rebelde con causa
Arias hace memoria antes de explicar cuál pudo haber sido el origen de su vocación artística. «Imagino que porque quería modificar la realidad todo el tiempo y el abc de un artista es desacomodar para volver a acomodar, algo que tiene que ver mucho conmigo», dice. ¿Entonces cómo se explica que haya pasado cinco años en el Liceo Militar? «Se explica por mi familia, que de alguna manera no sabía qué hacer conmigo. Como veían que yo apuntaba para otro lado, a los 11 años mis padres me mandaron al Liceo Militar como para que me “lavaran” la cabeza y me sacaran esas ideas terroristas que tenía».
–¿Te verían rebelde?
–Me veían distinto para el contexto familiar, deduzco que les incomodaba. Mis padres eran muy estructurados y tenían programado que yo sería abogado a los 20 años. Entonces, poniéndome en la cabeza de ellos, pensaron: «Se lo damos un tiempo a los militares, que lo van a poner en caja». Cuando salí de allí cinco años después, estaba más convencido que nunca de que quería ser artista.
–¿Cómo hiciste para aguantar cinco años?
–Todavía muchas veces me lo pregunto. Y es cierto que me costó un montón al principio, el primer año fue insoportable, el segundo lo mismo, hasta que me dije: «Pará de sufrir, tratá de pasarla lo menos mal posible el tiempo que te queda». Y terminé aceptándolo y la empecé a pasar mejor. ¿Cómo? Cuando salía del instituto me iba así vestido, con el uniforme del Liceo, al teatro, a ver obras de Ionesco o Camus. Y leía a Beckett y a Sartre, que en definitiva son los que me protegieron.
–¿De qué manera?
–Creando un mecanismo de protección que es imaginar cosas: cuentos, fábulas, films, piezas de teatro, imágenes. Es lo que me salvó de un ambiente y de unas circunstancias que me eran constantemente hostiles.
–¿Qué es lo que les reprochás a tus viejos?
–La falta de comprensión. Yo era un chico que pedía a gritos ser artista, y ellos me respondieron mandándome al Liceo Militar. Cinco años de encierro, con esa formación primitiva, imaginate la falta de comunicación que sufrí en esa familia. En lugar de facilitarme los instrumentos para avanzar, hicieron todo lo posible para que retrocediera.
–¿Y cómo hiciste para seguir adelante?
–Solo, como pude, siendo un joven grande, que empecé a estudiar Derecho, como querían ellos, pero a la vez me metí en el mundo del teatro que me permitió unirme afectivamente a algo, porque ni en mi infancia ni en mi adolescencia tuve ningún eco afectivo. No tenía otra cosa de qué aferrarme más que el teatro y ese grupo al que me estaba uniendo. Era sobrevivir ahí o renunciar a esta vida.

(Foto: Leandro Allochis)

–¿Mantuviste la relación?
–Me independicé de mi familia. Bah, me fui, no quería verlos más. En ese aspecto, el Liceo fue positivo, porque a partir de entonces pude empezar mi vida artística muy tempranamente, con el ingreso al Instituto Di Tella en 1966, el templo de las vanguardias que me cambió radicalmente la existencia. Y, claro, abandoné Derecho.
–¿Pensaste alguna vez que habría sido de vos sin esa formación?
–Sería un artista muy distinto al que soy. No sé si éramos grandes figuras por pertenecer a ese semillero de talentos que se conoció como la «generación Di Tella», pero estuvimos en el momento justo para escribir una historia increíblemente creativa que no se volvió a repetir.
–¿Qué fue lo principal que te aporto el Di Tella?
–Me abrió la cabeza, me llenó de ideas y de conceptos para que, con el tiempo, me convierta en un think-tank, un abastecedor de historias. Sin ufanarme, puedo decir que tengo en mi interior una gran biblioteca con ideas que todavía sigo descubriendo. No sé qué es tener la mente en blanco.