De cerca

Jugadora profesional

En su cuarto trabajo solista, la cantante que fundó Man Ray y acompañó a Charly García aterriza por completo la nave de sus canciones en Buenos Aires y opta por la autogestión. El recuerdo de su experiencia como fotógrafa, sus comienzos en el rock under de los 80 y su retiro fugaz en Córdoba.

Hilda Lizarazu no se la cree. Todavía habita el ecosistema del rock argentino con el asombro y la alegría de una recién llegada, y no es una sensación que esté dispuesta a dejar ir. Hija de un militar y de una poeta, nació en Curuzú Cuatiá, Corrientes, y pasó su infancia en Buenos Aires. Fue al mismo colegio de pupilos que Charly García, en Caballito, pero no se conocieron sino hasta unos años después, cuando regresó al país tras atravesar la adolescencia en Nueva York. A esa ciudad se había ido a vivir con su mamá y su segunda pareja, un dibujante de historietas. Volvió convertida en fotógrafa profesional, con lo que calculó que iba a ganarse la vida de ahí en más. «Pensé que iba a encauzarme por el lado de la imagen», asegura, aunque tocaba la guitarra desde muy chiquita. Si se lo decía una adivina frente a una bola de cristal, no le hubiese creído que iba a ser la voz inconfundible en hits como «Extraño ser», de Suéter, que iba a convertirse en el reemplazo perfecto en Los Twist, que iba a conformar la mitad creativa en una banda del porte de Man Ray, y es que Lizarazu, además completa, junto con nombres como Fabiana Cantilo, Juana Molina y Gabriela Epumer, el elenco de mujeres que abrieron, del todo y para siempre, el camino del pop rock en la Argentina. Después de una pila de años arriba de los escenarios –además de doce discos con Tito Losavio, su socio en Man Ray, y un contrapunto perfecto con García en paralelo– decidió abandonarlo todo. Se fue a vivir a un pueblito en Córdoba, Sinsacate, experiencia de la que salió doblemente convertida: en madre y en solista. Volvió a Capital Federal con una hija y un disco bajo el brazo. Le siguieron otros. Las vueltas de la vida es el cuarto desde entonces. –¿Cómo te llevás con las vueltas de la vida? –Hay que tener fortaleza y tenacidad. Nuestra vida, la de los músicos, así como la de los fotógrafos, los actores y los poetas, es una incertidumbre constante. Eso, a su vez, es lo que tiene de lindo. Para mí todos los días son diferentes, pero a mucha gente no le gusta eso. Muchos prefieren armarse una rutina y otros no tienen opción. Nosotros, los trotamundos, tenemos una paleta muy diversa de momentos y situaciones que habitamos. –¿La primera vez que grabaste en estudio fue con Los Twist? –La primera vez que salí, en una situación profesional, con la música, fue en el 85. Había grabado antes con Suéter canciones como «Amanece en la ruta» y algunos coritos, así, tímidos, por atrás. Pero la primera vez que sale mi voz como solista es con el disco La máquina del tiempo, de Los Twist. Era un momento emergente, principios de los 80. Fui testigo, por ejemplo, de la primera vez que cantó Andrés Calamaro en un estudio. –Él produjo un disco de ustedes, ¿no? –Claro, el primero de Man Ray. Con Andrés tenemos un inicio común. Es un músico muy astuto y muy prolífico; cosa que yo no puedo ser, ni quiero. Digamos, no me quedo una noche larga, hasta que amanezca, tocando. A mí me encanta dormir. Me gusta el día. –¿Cómo te llevás con el lugar de corista, como fue tu caso con Charly García? –A mí me encanta, pero con Charly no sé si era corista. Por esa misma osadía vasca que tengo, creo que me posicioné naturalmente en un lugar más de par. Energéticamente, no era el lugar de la corista contratada que no emite más que una armonía. De algún modo lo sostenía, en toda su animalidad. Siempre me sentí muy respetada por él. No es que considere que seamos pares artísticamente, claro; él es un hombre con una obra que no llego a igualar. Pero tampoco es una competencia esto. –Cortaste con todo en un momento y te fuiste a Córdoba, ¿de ese proceso saliste solista? –Cuando dejé Man Ray, dije: tiro los guantes. Ya no estaba siendo sincera conmigo, genuina. Tardé en tomar esa decisión, porque estaba dejando mi laburo. Me preguntaban, ¿qué vas a hacer? Y yo no tenía ni idea. Tenía una guita ahorrada, estaba enamorada, se dio una cosa así y decidí irme al monte. Pero la guita se la quedó el corralito. Mucho de lo que había hecho en esos diez años de Man Ray, dinero de mi trabajo que había ahorrado en dólares, se lo comió el sistema neoliberal. Me sentí muy humillada, después entendí que había millones de personas como yo. Me pasó y ya, seguí viviendo. No era mi intención volver a cantar, pero brotó de nuevo, solo. –¿Tuvo que ver con la maternidad? –No sé si fue eso exactamente. Hubo otra cosa que me hizo ver que era una posibilidad. Que podía salir con mi nombre, pasar de ser «la cantante de Man Ray» a ser Hilda Lizarazu. Me llamaron de un centro cultural ahí, en Córdoba, y me propusieron cantar una noche. Les respondí que no estaba tocando, pero insistieron. Les pedí que me llamasen en media hora. Colgué y me puse a listar los temas que podía hacer, sola, en la guitarra. Cuando volvieron a llamar les dije que sí. –Ahí se despegó tu carrera solista, pero en Man Ray ya componías, ¿no? –¡Claro! Pero la dirección era de Tito Losavio, era una especie de acuerdo tácito. Él tenía en claro qué quería, qué arreglos, y a mí me gustaba su estética. Generalmente tiraba ideas, pero toda la parte de producción era suya. Como solista empecé a elegir yo, y fue muy lindo. –Tu primera guitarra ¿te la regaló una maestra? –Una profesora de música en primer grado, vio que yo tenía afinidad con el instrumento, algo innato porque no estudié. Después mi padre vio que estaba bastante prendida y me regaló una mejor. En casa se escuchaba folclore, marchas militares. Mi mamá escuchaba a Violeta Parra, por ejemplo. Sigo sosteniendo que me falta más estudio de viola. Es un deseo, una materia pendiente. –¿Llegaste a los escenarios de casualidad? –Sí, pero también fue inherente a mi histrionismo, por un lado, y a mi intrepidez por el otro. Decir: yo acá irrumpo y me mando. Hubo un poco de desfachatez, cierta seguridad extraña. Y la pasión de que me guste. Yo nunca imaginé que me iba a dedicar a la música, que hacer canciones podía ser una profesión, que me iba a convertir en una cantante. Para mí siempre fue un juego. Me parecía una cosa hermosa, increíble, y resulta que ahora es mi laburo. Sigo sintiendo lo mismo: ¡wow! Estoy muy agradecida de que este sea mi trabajo. Fotógrafa de carrera Man Ray, el gran maestro de la fotografía parisino que nació en Estados Unidos, era el favorito de Lizarazu en sus años de Nueva York. En su honor bautizaron a la banda que conformaron con Losavio en 1987. Esa es una de las tantas marcas del arte de la luz en su música. –Cuándo volviste a vivir a Buenos Aires, ¿trabajabas como fotógrafa? –Sí, en Cerdos & Peces, en El Porteño, en las páginas amarillas de Hugo Paredero en Revista Humor, que eran redensas: estaban haciendo investigaciones de centros clandestinos de detención, y yo iba a sacar fotos. Era el comienzo de la democracia, todo bullía. –Pensé que te habías dedicado al retrato de rockeros, no al fotoperiodismo. –Hice eso, pero también lo otro, aunque con cierto fusible interno ahí. Siempre tendí a la cosa más poética. Me interesaba más por la belleza de las cosas. Nunca fui una persona metida en la política. Tengo una postura comprometida con mi propia artesanía, pero nunca milité en ningún lado. –En el nuevo disco, hay un tema en el que citás a Marcos López, el fotógrafo. –Sí, porque lo compuse a partir de una obra suya, «El sireno del Río de la Plata», que vi en una muestra en un museo en Mar del Plata, de seres fantásticos. La vi y me encantó. Marcos López tiene un sarcasmo especial, hay algo con lo que me siento representada. No tiene nada que ver lo que él hace con lo mío, además ya no hago nada de fotos, pero hay un lugar en el que me hace reír mucho. Lo conozco hace años, él hizo la tapa de nuestro disco Ultramar. Es muy lúcido, muy irónico. –¿Con tus fotos vas a hacer algo? –Prefiero hacerlo y después decirlo. Por ahora estoy con el disco nuevo. –¿Te definís como fotógrafa de la música?   –A veces en lo que canto hay descripciones de paisajes o miradas que puede que sean medio fotográficas. Pinto con palabras. Voy armando frases que no sé si son poesía o qué, pero es lo que se me revela a mí como cantora, como música y autora. Aunque no me la creo mucho con que soy autora. A veces me siento mejor cantando temas de otros que propios. Todavía me falta una vueltita de rosca con respecto a mi propia visión de lo que hago. –Pero ya vas por el cuarto disco solista. ¿Por qué creés que seguís? –No sé, es algo que no me puedo explicar. Es una necesidad espiritual. Mujer orquesta Lizarazu sonríe, fresca, mientras recibe a tres periodistas, uno detrás del otro, en un bar de Palermo. Es su propia manager y su propia responsable de prensa, pero no parece, ni por un segundo, cansada: por el contrario, se la ve entusiasmada, enérgica, radiante. De ahí se va directo a tocar. Hace poco incursionó con mucho éxito en teatro junto con Andy Kusnetzoff, acompañándolo en la obra Happy hour. Este año, además, dejó el sello con el que sacó sus trabajos anteriores y creó uno propio, Díscola Discos, para darle salida a su más reciente material. Además de componer las melodías de sus canciones en la guitarra, de escribir las letras y de dirigir el proyecto creativo que lleva su nombre, desde hace unos años se encarga de todas las tareas de producción, en una lógica autogestiva con la que busca preservar su ritmo personal, sus deseos. –¿Cómo fue el proceso de este disco? –Lo terminamos y salió a finales del año pasado, pero preferí dejar que ruede el verano antes de presentarlo. Yo también necesitaba dejar un espacio. Me estoy tomando muy pausadamente todo, me gusta que sea así; ya estoy cansada de correr. –Usaste sonidos de la calle. –Sí, hay un audio de un camión que grabé en bicicleta, lo capturé con el teléfono. Siempre me gustó ese sonido, el del hombre que pasa con el camión de compra y venta de muebles y cosas usadas. Es muy porteño y lo metí en el tema «Adorable Buenos Aires». Lo capté, quedó buenísimo, pero me alcanzó para la intro y ya estábamos en el estudio, así que para el final del tema tuve que salir a buscar el camión. Encontré uno estacionado y le pedí por favor que dijera lo suyo por el altoparlante, así lo podía grabar. Me dijo que sí y empezó: «Compro heladeras, sillones, cocinas, televisores, camas, su consulta no molesta». –Tiene muchos elementos más, es un disco abundante. –Sí, tiene instrumentaciones que hacía mucho no usaba, como vientos y cuerdas. ¡Tiene arpa! Todo eso lo puedo hacer sonar en la presentación, pero no lo repito en vivo. Es una gran infraestructura, difícil de sostener en medio de un viaje. Ahora todo está reduciéndose; el año pasado volví al cuarteto, pero el anterior estaba saliendo a tocar en trío. Te vas adaptando, haciendo cabriolas. –También te ocupás de la producción. –Sí, de la parte ejecutiva. Como música, y también como líder de este nombre, voy haciendo todo lo que puedo como para seguir tocando, ya desde hace un par de años. Esta vez me convertí además en sello discográfico. –Díscola Discos. –Sí, así que me sumé una tarea más. Es parte del signo de los tiempos. Todos hacemos de todo, por lo menos las personas que somos independientes, que no pertenecemos a ninguna empresa más que a la propia. –¿Con Futuro perfecto sí tenías sello? –Sí, uno argentino, Leader Music. Hice tres discos con ellos: Hormonal, ese y un disco en vivo en el Teatro Ópera. –¿Y cómo fue con el primero de tus discos solista, Gabinete de curiosidades? –Lo saqué con Pop Art. Lo que pasa es que empezás a entender que los sellos, a veces, no son funcionales a vos; están más con otra cosa, y tiene su lógica. Buscan artistas que les rindan comercialmente, y yo no tengo una convocatoria masiva. –¿Qué balance hacés de la experiencia de la autogestión? –Es positiva, y es mucho más trabajosa. Al no tener una infraestructura grande, hay un montón de cosas que podría estar haciendo y no hago. Pero sigo llegando a donde tengo que llegar, y si no llego es porque no tengo que llegar. Las canciones están ahí, y eso es lo importante. Fotos: Jorge Aloy