De cerca

Jugar a lo opuesto

El actor hispanoargentino atraviesa uno de los mejores momentos de su carrera vestido de villano en Escuadrón suicida 2 y Rocambola, además de protagonizar la serie White Lines. La influencia de Federico Luppi y su particular forma de entender el oficio de intérprete. Dictadura, exilio e identidad.


(Coppola/Gina/AFP/ Dachary)

Si bien a lo largo de su extensa carrera ha tenido algunos privilegios, como ser el niño mimado de Adolfo Aristarain y el pupilo de Federico Luppi, lo mismo que acompañar a Gerard Depardieu de la mano de Ridley Scott cuando interpretó al hijo de Cristobal Colón en 1492: Conquista del paraíso, Juan Diego Botto nunca ha pasado por un mejor momento que el que vive actualmente. Aunque la pandemia demoró su proyecto de dirigir a Penélope Cruz en un largometraje y también postergó hasta 2021 el estreno de la gran superproducción hollywoodense Escuadrón suicida 2, por estos días se lo puede ver en White Lines, la nueva serie de Álex Pina, el creador de La casa de papel, en la pantalla de Netflix.
Las películas independientes que el intérprete ha filmado recientemente en España no han pasado por las salas de cine: mientras que Rocambola, un thriller en el que encarna a un militar desquiciado, se pudo en ver en la plataforma Filmin, la salida de Los europeos se produjo a través de Orange TV. El hijo del actor Diego Botto, desaparecido por la dictadura militar, llegó a España cuando tenía 3 años junto a su madre, Cristina Rota, quien con los años se convirtió en la maestra de varias generaciones de actores ibéricos. De niño compartía las veladas nostálgicas que los argentinos organizaban en el exilio, mientras sopesaban un potencial regreso. En esta entrevista que concede desde su casa en Madrid, cuenta cómo fue recomponiendo la relación con su tierra natal con el paso de los años.
–Acabás de filmar una superproducción en Estados Unidos, hacés series con Netflix y, sin embargo, seguís dedicándole tu tiempo a proyectos del cine independiente español. ¿Por qué?
–Aunque parezca un lugar común, las buenas historias pueden venir de cualquier lado. No entiendo mi profesión como una escalera en la que vas subiendo peldaños y una producción te abre la llave para otro futuro proyecto. Para mí los proyectos no son llaves, son fines en sí mismos. Si me involucro es porque tiene algo que me aporta, que me parece interesante. Y eso puede suceder con un personaje en Escuadrón suicida 2 o con un villano en una película con un equipo primerizo en Cuenca, bajo las órdenes de Juanra Fernández. En Rocambola había una buena historia, un buen personaje y un director con una gran inquietud. Y me pareció que merecía la pena la aventura y dar el salto. Pero creo que el riesgo, el amor, el cariño y el cuidado por lo que es la profesión en sí tiene que prevalecer por encima de esa otra forma de entender el oficio, como si hubiera pasos adelante y atrás, como si hubiera películas que implicaran retroceder. No, yo no lo entiendo así.
–¿Cómo te conectás con un personaje tan nefasto como el de Rocambola?
–Sí, es muy psicótico. Paradójicamente, la fuente de inspiración fueron dos amigos que por supuesto no diré sus nombres porque me matarían si lo supieran. Ellos no son psicóticos, son dos personas completamente sanas, pero tienen rasgos de personalidad muy marcados, muy extrovertidos, muy dominantes. Uno de ellos tiene esa voz que intenté sacar en la película, su personalidad me dio el primer envión para entender a este personaje. Es como si hubiera agarrado a estos dos amigos, hubiera juntado sus personalidades y les hubiera subido el volumen: lo que en ellos es un 1.5 lo hubiera llevado al 20. Realmente ellos fueron la fuente de inspiración y bueno, salió lo que salió.
–Hiciste de todo en tu carrera, pero te salen muy bien los villanos, como los que interpretás en Rocambola y en Escuadrón suicida 2. ¿Cuál es la clave para ese tipo de personajes?
–No lo sé, tal vez la clave sea no pensar que estás haciendo un villano, de la misma manera que si estuviera haciendo un héroe trataría de encararlo como si fuera un villano, o si tuviera que interpretar a un seductor intentaría componerlo como si fuese alguien tímido. Supongo que se trata de no poner un sí sobre un sí, porque el sí ya está en el texto. El énfasis de su villanía está en el guion, en la historia. Cuando me aproximo a personajes que son claramente malvados, lo que intento es encontrar su opuesto, su cara amable, porque lo otro ya viene en el texto. Si tienes que matar o traicionar, eso estará en la historia. Entonces busco ese otro color para que el personaje termine resultando como somos los seres humanos, con dobleces, con matices, con colores, con contradicciones. Así que en jugar a lo opuesto siempre hay algo interesante. Es verdad que en la vida hay veces que vemos arquetipos que parecen impensables, que uno diría «qué mal escrito está este ser humano», porque no puede ser que sea tan obvio. El tipo que te va a cagar y tiene pinta de que te va a cagar y actúa como si te fuera a cagar, es poco interesante como personaje. El que interesa es el que parece que te va a salvar la vida, que va a ser tu amigo para siempre y termina cagándote. Ese me importa, ahí hay riqueza para un actor: en los grandes villanos de la vida real, que dices «es un pobre tipo» y termina siendo un tremendo dictador o un pusilánime. Y, desgraciadamente, de esto hay grandes ejemplos en la historia.


(Kambouris/Gina/AFP/Dachary)

–¿Qué es lo que te da como actor trabajar en superproducciones como Escuadrón suicida 2 o la serie White Lines?
–En el caso de Escuadrón suicida 2, nunca había participado en una película de ese calibre. Nunca había jugado en esa liga, había hecho filmes grandes y de mucho presupuesto pero nunca nada tan gigantesco. Los decorados eran impresionantes, el vestuario era apabullante, los efectos eran asombrosos. Todo era muy grande, muy sorprendente y eso, debo reconocer, me pareció muy divertido. Cada día de rodaje era como un viaje a Disneylandia. Era estar en contacto con el niño que sueña con ver extraterrestres y pelear con monstruos gigantescos. Fue una experiencia magnífica, tuve la suerte de trabajar con tremendos actores y actrices, de los que siempre uno puede aprender. Ver actuar a Margot Robbie, por ejemplo, fue sorprendente. Me ocurre cada vez que comparto el set con actores que me parecen muy buenos: lo común suele ser que haya mucho trabajo y disciplina detrás.
–¿Hollywood es un mundo en el que te gustaría quedarte o es mejor repartirse?
–Como decía al principio, uno nunca sabe de dónde vienen las buenas historias. Algunas de las películas de las que más orgulloso estoy las filmé en Buenos Aires. Hay muy buenas propuestas que vienen desde Madrid, México, Los Ángeles obviamente, Londres o Grecia. Lo que sí es cierto es que en Hollywood están las grandes ligas y que escogen a los mejores jugadores del mundo. Cuando alguien gana el Festival de Cannes, el de Berlín o el de Venecia, a los dos días recibe una llamada de Hollywood. Les gusta atraer el talento de todas partes del mundo y una de sus grandes virtudes es que no tienen ningún tipo de nacionalismo. Si nos fijamos en lo que pasó en los Oscar en los últimos años, no han tenido problema en repartir los premios entre directores mexicanos y coreanos. La situación ideal sería poder combinar distintas cinematografías, trabajar en Hollywood y también en historias más pequeñas en Europa o en Latinoamérica.
–Te dedicaste a la actuación desde que eras muy chiquito. Si pudieras darle un consejo a aquel muchacho que conocimos en Martín Hache, ¿qué le dirías?
–Que está todo bien. Creo que si pudiera volver atrás me equivocaría más, le tendría menos miedo al error. Probaría más, arriesgaría más y estoy seguro de que fallaría más pero disfrutaría más. Hay que atreverse más al error. Supongo que ese es el consejo que le daría. ¿Viste las bicicletas de los niños, que tienen dos rueditas cuando aprenden a andar? Bueno, hay que subirse sin esas rueditas desde antes.
–En tu caso, tu padre era actor, tu madre era actriz y profesora de teatro. ¿Había alguna posibilidad de que hicieras otra cosa?
–Estaba la posibilidad de odiar el teatro, porque mi papá era actor, mi mamá tenía una escuela de teatro que, cuando empezó, estaba literalmente en el salón de nuestra casa. Así que crecimos en ese mundo, podríamos haberlo detestado o amado. Y tanto mis hermanas como yo terminamos enganchados a esta suerte de veneno familiar que es el mundo de la interpretación. Creo que esto es como en las tragedias griegas: por herencia de sangre estaba condenado a ser actor.
–¿Nunca hubo un plan B?
–El otro día mi hija me preguntaba qué quería ser de chico y le contesté que actor, aunque a los 10 años quizás pensaba en ser astronauta o profesor. Pero fue un momento muy breve, nunca hubo un plan B y, de hecho, si no pudiera dedicarme a esto me moriría de hambre porque no sé hacer otra cosa.
–De todos los actores que integraban el círculo de tu madre cuando eras chico, ¿quién fue tu mayor influencia?
–Federico Luppi, sin dudas. No solo era un excelente actor, sino un ser humano excepcional. Y yo lo recuerdo de chiquito, el respeto, el cariño y el afecto con el que siempre nos trató. Luego tuve la suerte de trabajar con él en Martín Hache. Ya era uno de los mejores actores de habla hispana y, sin embargo, lo veía trabajar con una gran disciplina. Recuerdo que cuando rodamos en Almería, mi habitación en el hotel estaba al lado de la suya y lo escuchaba todas las noches haciendo ejercicios de vocalización y preparando la secuencia del día siguiente. Yo pensaba: «Es Federico Luppi y todas las noches le dedica por lo menos dos horas al trabajo». Más tiempo que yo, que era alguien que recién estaba empezando. Para mí eso fue una lección de vida y de humildad que no he olvidado nunca y que me guía hasta el día de hoy.
–¿Hay un argentino todavía en vos o sos un español que nació en Buenos Aires?
–La verdad que sí. He escrito cinco obras de teatro, las cuatro primeras tienen que ver con el exilio, con la emigración y la quinta pensaba que no, porque es sobre Federico García Lorca. Pero hace poco, hablando con Sergio Pérez Mancheta, el director que la va a montar, me he dado cuenta de que lo que había escrito es una obra sobre un desaparecido: García Lorca fue asesinado por una dictadura militar y su cuerpo nunca fue encontrado. Entonces me vi abocado a la reflexión de que llevo toda la vida escribiendo, de distintas maneras, sobre lo mismo. Obviamente a cada uno le interesa lo que le interesa y, claramente, a mí me llama eso. Por supuesto que mis referentes culturales son españoles. Mi crecimiento fue en Madrid, mi vida está hecha aquí, mi mujer y mi hija son españolas. Pero en algún momento tomé la decisión de no romper el vínculo. Y cuando me dicen que soy un actor hispanoargentino, a pesar de que he vivido 42 de mis 45 años en España, digo «Sí, está bien, lo soy», porque no quiero dejar de ser eso.