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«La poesía es un misterio absoluto»

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Valeria Tentoni - Fotos: Horacio Paone

Luego de recibir el Premio Internacional Margarita Hierro, María Negroni publica Colección permanente, una combinación de memorias, citas y exploraciones literarias. Maestros y enseñanzas.

Poesía, ensayo, novela, la obra de María Negroni se despliega desde 1985 con su primerísimo libro de poemas, De tanto desolar, publicado por Libros de Tierra Firme. Y acaba de engrosarse con Colección permanente (Random House), un extraño artefacto que combina el manifiesto, el reportaje apócrifo, las memorias, la cita literaria y la imaginación, para ofrecer, quizás, su apuesta más personal después de El corazón del daño. Además de ese texto en prosa, acaba de publicar Utilidad de las estrellas en España, donde obtuvo el Premio Internacional de Poesía Margarita Hierro.

Sus libros han sido traducidos al inglés, francés, italiano, sueco y portugués, y han recibido becas y distinciones como la de la Fundación Guggenheim, la Fundación Octavio Paz o el Premio Internacional de Ensayo Siglo XXI. Desde 2013, Negroni además dirige la Maestría en Escritura Creativa de la Universidad Tres de Febrero.

–Acabás de recibir una distinción muy importante en España, ¿cómo te llevás con los premios?
–No sé cómo me llevo, me cuesta mucho registrarlos. No sé qué significan, entonces los dejo ahí. Igual me alegró mucho, porque el jurado de ese premio en particular, nucleado en la Fundación José Hierro, está compuesto por poetas que me encantan. Eso me dio mucha alegría. El premio incluía la publicación en Pretextos, que fue mi editorial durante muchos años.

–¿Cuál es la génesis de Utilidad de las estrellas?
–Había leído un libro del brasileño Paulo Leminski, Ensayos crípticos. Allí hay un texto que se llama «La poesía como inutensilio», me pareció como un neologismo muy interesante, muy ingenioso. Una vez le preguntaron a Borges para qué sirve la poesía y él contestó: «¿Para qué sirven los pájaros?». Yo me dije, ¿para qué sirven las estrellas? Se me ocurrió que las estrellas tenían una utilidad igual que la poesía. Ahí empecé a escribir. Pero bueno, los libros de poesía se van escribiendo solos y a lo largo del tiempo. 

–¿Cómo descubriste que esta práctica era «inútil»? 
–La poesía es un misterio absoluto y la gente suele acercarse a ella con muchos prejuicios; creen que la poesía expresa los sentimientos del autor o la autora, que está hecha con versos o rimas. La poesía no es eso, es muchísimo más que eso. Es, de todo lo que se puede escribir, el lugar donde la persona que escribe tiene más conciencia del instrumento que está usando, que son las palabras. En la poesía se pone en juego básicamente la insuficiencia de la poesía. No hablemos de inutilidad sino de insuficiencia, porque no alcanzan las palabras. Las palabras son instrumentos torpes, a veces mentirosos, a veces ambiguos. Es muy difícil llegar a agarrar con palabras lo que uno querría agarrar, que son las preguntas más básicas de la existencia: de dónde venimos, por qué todo cambia, todo es impermanente, por qué nos tenemos que morir. Esas son las preguntas de la poesía. La poesía no tiene temas, no tiene argumentos. En realidad no es que yo piense que la poesía es inútil. Yo pienso que es importantísima y que tiene una función fundamental: la poesía es una especie de núcleo disidente frente al discurso del poder. Los discursos del poder siempre buscan calcificar el sentido, dar una definición de las cosas y proponerla como verídica e incontestable. Y la poesía, por naturaleza, justamente por ese manejo tan sutil que hace de su instrumento, que son las palabras, está todo el tiempo introduciendo un virus, como decía William Burroughs. La palabra poética es un virus que viene a corroer las certezas del discurso mayoritario. No me refiero solo al discurso del poder, sino al discurso que escuchamos en la calle, en la televisión, esa especie de bombardeo que tenemos del mundo, del afuera, que se expresa como el sentido común, la repetición aburrida del cliché, donde no hay una sola idea.

–¿Cómo nació Colección permanente?
–Nació del deseo de juntar por escrito todo lo que pensé y estudié y sentí sobre la poesía en muchos años que vengo haciendo esto. Lo que quiero hacer ahí no es una pedagogía, sino mostrar la cocina de la escritura, qué es lo que se puede hacer para ponerse en estado de escritura, qué cosas hay que desaprender para poder escribir. Es el repaso de mi propia experiencia con eso, que por supuesto no es la única posible, porque cada escritor es un mundo y tiene su manera. Aunque no escriban libros al respecto, todos los escritores tienen una poética que está en su obra.

–Allí se menciona tu vínculo con Juan Gelman, ¿qué podés contarnos de ese encuentro?
–En la época que terminé mi primer libro no había internet, no había más que teléfono. Le mandé el manuscrito por correo a José Luis Mangieri, de la editorial Libros de Tierra Firme, lo que ahora llamaríamos una editorial independiente que publicaba poesía. Ahí tenían unos autores que me encantaban, Szpunberg, Gelman, Bellesi. Era un catálogo impresionante. Y al tiempo Mangieri me llamó por teléfono y me dijo «te voy a publicar el libro». Así, sin conocernos. Pronto yo me fui a vivir a Nueva York. Cuando estaba allá, Mangieri me volvió a llamar por teléfono para pedirme que reciba y aloje a Gelman por un tiempo, porque iba para trabajar como traductor en la Asamblea de Naciones Unidas. Yo no consulté con nadie en casa y dije sí, por supuesto, que venga. Llegó con una valijita, yo tenía dos hijos chiquititos, un compañero, y resultó una experiencia extraordinaria. Después le ayudé a conseguir casa y para entonces ya nos habíamos hecho amigos. Gelman no tenía la menor arrogancia. 

–Es interesante pensar en él como maestro, porque en el libro se reflexiona sobre el magisterio y vos además dirigís una Maestría en Escritura Creativa. ¿Cómo se puede aprender a escribir?
–Leyendo. Los maestros son los libros, son los autores que nos deslumbran, que nos emocionan. Está todo en los libros. Está todo en lo que ya se escribió hace siglos. Por eso, yo le digo a los chicos en la maestría dejen de comprar libros de los contemporáneos, porque no hay tanto tiempo para leer. Está bien de vez en cuando, pero hay miles de cosas en otros lados, en otros siglos, que no pueden desconocer. Hay que ir a la Ilíada primero. A mí cuando me preguntan si se puede enseñar a escribir, respondo que no. Pero sí se puede enseñar otras cosas, por ejemplo, a leer, que es importantísimo porque uno escribe como lee, entonces si vos sabés leer y sabés pescar y ver qué es lo que está haciendo ese escritor con la lengua, lo podés usar. Nada es inventado. La escritura se hace con lo que ya se escribió. En el libro inventé o traje esa figura del maestro, que obviamente es una amalgama, porque he tenido muchos maestros en la realidad, maestros y maestras que me han enseñado cosas en la escritura y en la vida, también.

–¿Cómo comenzaste a vincularte con los libros en la infancia?
–Tengo una especie de trauma ahí, porque yo digo que en la casa de mi infancia no había libros y mi madre lo cuestiona. En la casa de la adolescencia sí recuerdo libros. Mi padre solo leía el diario, pero mi madre sí leía literatura y tenía una biblioteca muy ecléctica. Ahí estaba, por ejemplo, Hermann Hesse. Después, mi gran descubrimiento de la literatura fue en la Alianza Francesa. Los franceses te enseñan la lengua con su literatura, con su cultura. Yo tenía catorce años y ya estaba leyendo a Sartre, a Camus, a Simone de Beauvoir o a Beckett. Ahí me enamoré de la literatura. Y eso después ya no paró. Esa es otra enfermedad, otro virus.

–Estudiaste Derecho después, ¿ya escribías por entonces?
–Escribía diarios y siempre me gustó escribir. En la Alianza todos los años había un concurso de ensayo. El primer premio era un viaje a París. Yo me debo haber presentado unas cinco veces, y siempre sacaba el segundo premio, que eran libros. Nunca el viaje. Tenía un compañero que me insistía y me decía que yo escribía bien, que me tenía que dedicar a eso; pero cuando estaba en eso, me agarró la política. Ahí me pasé unos años, mientras hacía que estudiaba Derecho. Pasa que era muy buena alumna, entonces avancé igual, pero yo estaba en otra. Y en esa época la escritura pasó. Escribía, pero no guardé nada.

–¿Cómo te reencontraste con la escritura después?
–Nunca había podido estudiar Letras acá, y cuando me fui a Estados Unidos hice un doctorado en Letras. Me acuerdo que el primer curso al que entré se llamaba «Borges». En realidad empecé a escribir porque si no me mataba, venía con toda la época de la dictadura, en un exilio interior, momentos sin trabajo, un nene recién nacido. Mi hijo más chiquito nació ahí, cuando volvió la democracia; pero no quiero ni recordar.

–¿Creés en la poesía como un modo de resistencia?
–No creo que la poesía tenga que servir como acto. Para mí, si hay un problema político hay que salir a la calle. A la acción no la reemplazo con escribir un poema. Yo creo que hay que ir, salir a la calle a protestar. El poema va por otro lado. A la poesía no hay que pedirle mensajes, panfletos, no hay que pedirle que tome posición, porque la poesía ya es una toma de posición dentro de la convención peor de todas, la convención del lenguaje, que es como una cárcel. Ahí va sembrando semillas. El poema enciende una llama interior y sale como si fuera la erupción de un volcán. Después hacé con la lava lo que puedas. 

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