De cerca

Misterios de la escritura

Narrador, periodista y poeta, ocupa un lugar central en la cultura rioplatense. La irrupción de la pandemia lo sorprendió en Montevideo y le provocó un bloqueo, que finalmente pudo sortear con un puñado de relatos que funden autobiografía y ficción. Géneros literarios, premios e industria editorial.


(Gentileza Diario Perfil)
 

Elvio E. Gandolfo ocupa desde hace tiempo un lugar central en la cultura rioplatense. Narrador, periodista, traductor y poeta nacido en 1947, creció en Rosario, donde trabajó junto a su padre en una imprenta familiar y en la edición de la revista El lagrimal trifurca, y vivió entre Buenos Aires y Montevideo hasta que la pandemia lo obligó a permanecer en Uruguay. Pero la circulación de sus textos y sus intervenciones críticas persiste en las dos orillas con la agudeza y el humor que lo definen.
Gandolfo recopiló su producción como cuentista en Vivir en la salina. Cuentos completos (2016) y luego publicó otros dos libros de relatos, Los lugares (2018) y Las diez puertas (2019). Entre sus últimos libros se cuentan también El año de Stevenson (poesía, 2014), Mi mundo privado (novela, 2016) y El libro de los géneros recargado (ensayo, 2017).
–Las diez puertas, tu último libro de cuentos, abre la ficción en distintas direcciones a partir del título. ¿Cómo pensaste la unidad?
–Es un libro más bien variado. Además es corto, y fue un alivio, porque después de recopilar Cuentos completos un día miro y tenía ocho relatos nuevos. A su vez, leí la cita inicial de Henry James que dice que «la casa de la ficción no tiene una sola ventana sino un millón». Diez ventanas quedaba didáctico, en cambio diez puertas es un poco lo que tiene el cuento: abrís, entrás y te metés en un mundo paralelo.
–Uno de esos mundos, sobre el que has trabajado como crítico y narrador, es el de la ciencia ficción y el relato fantástico.
–Sí. Había dos cortos, que fueron los que agregué a los relatos nuevos: «Muerte y resurrección de un padre» y «Pegando la vuelta». Ahora tengo terminado un libro nuevo. Me había bloqueado totalmente la pandemia, no escribía absolutamente nada. Y por un lado hice un par de relatos largos y por otro terminé al fin el libro que estaba escribiendo, que son cuentos con un mismo personaje, Ludueña, el del cuento «Un error de Ludueña», que había incluido en el libro Ferrocarriles argentinos. En el cuento se menciona, por ejemplo, que el personaje estuvo con una mujer muchos meses, en el Norte, entonces hice «Mujer del norte». Es un personaje distinto de mí, morocho, flaco, medio pesado, y a la vez contrabandeé mucha cosa personal.
–¿Qué aspectos de tu historia personal, por ejemplo?
–Por la fecha del cuento original, las cosas transcurren tipo años 60 yendo hacia los 70. Como en mi caso, es una familia más bien pobre y trabajadora, que vive en una ciudad chica o pueblo grande en vez de Rosario. Y son cuatro hermanos en vez de seis, como es mi caso; el padre trabaja en una fábrica en vez de una imprenta. La abuela, en cambio, está basada totalmente en mi propia abuela materna. Cuando Ludueña termina por irse a la ciudad grande, impulsado por el padre, los paralelos aumentan, aunque en otra clave. He sido periodista cultural, él en cambio trabaja en grandes tiendas y pizzerías, y después es ayudante de un jefe de banda criminal. No es una novela en forma de cuentos: son cuentos que despliegan una vida. Por ahora se llama Ludueña.
–Rosario y tu historia familiar suelen presentarse en lo que escribís, como una usina inagotable de escritura. Lo puramente imaginario, a la vez, tiene un peso muy fuerte. ¿Son mundos diferentes en la escritura?
–La usina inagotable de la que surge toda la literatura, incluso la más supuestamente imaginativa, es la realidad que atravesás mientras vas viviendo, afuera, y la personal que vas atravesando, adentro. En ese sentido mi familia ocupa un sitio importante pero no total, hay muchos otros núcleos reales: las relaciones sentimentales, la amistad mezclada con lo creativo, los viajes. La zona imaginativa es un rasgo de mi cerebro que se produce naturalmente, entre otras cosas porque absorbí de joven mundos como la literatura fantástica argentina, en Borges, Bioy Casares, Cortázar, Angélica Gorodischer, y la ciencia ficción anglosajona en su mejor época de producción y difusión, de los años 50/70. Para decirlo con una frase de youtuber: me intrigaba lo extraño en lo familiar, y lo natural en los géneros weird. Mucho menos, en cambio, el tratamiento realista, incluso en un género como el policial.
–¿Qué fue lo que, según decías, te bloqueó para escribir en la pandemia y cómo lo pudiste superar?
–De un día para el otro me vi atrapado en una distopía, un género ahora de moda que siempre me fastidió un poco. Las únicas dos que recuerdo con aprecio son 1984, de George Orwell, y El clamor del silencio, de Wilson Tucker. El hecho de la edad y de estar jubilado, hicieron más potentes la mezcla de frustración y furia. No me parece un buen momento político o social en casi ningún lugar del mundo, pero eso es lo racional. El efecto, no poder escribir, es irracional, misterioso. Por suerte tenía que seguir haciendo críticas para la prensa argentina, y el plazo de entrega me obligaba y me mantuvo los dedos ágiles para la PC. También fue irracional y misterioso el desbloqueo, hace unos días. No tengo la menor idea de si fue real o transitorio. Incluso si el último cuento, que tenía trancado, quedó bien o no. Lo que lo provocó fue un impulso interno de acción, de lanzarse a escribir de una vez la idea que tenía como cierre desde hacía meses.


(Gentileza Prensa)
 

–El concurso literario del Fondo Nacional de las Artes promovió una discusión sobre los géneros en las redes. Se criticó la idea de que el terror y el fantástico necesiten promoción; también la supuesta exclusión del realismo. ¿Cómo analizás el debate?
–Me pareció impresionante y exagerado el tamaño que se le asignó a la polémica. Al principio solo había leído un apoyo de Gustavo Nielsen. Un rato después vi una de las innumerables columnas de Facebook sobre el asunto, y le salí al cruce. Por un lado, la medida había sido tomada por Mariana Enríquez, a quien admiro por su equilibrio y contundencia como crítica y periodista, y su producción creativa como escritora; no estaba enterado de su cargo en el Fondo. A su vez, la argumentación para bloquearla me parecía totalmente disparatada y tendenciosa. Tanto por promover la idea de una especie de lujo económico de los géneros, como en pintar al realismo como crítico excluyente de la realidad, idea progre desmentida una y otra y otra vez por esa realidad. De hecho, buena parte de la crítica a fondo del último medio siglo ha aparecido primero en la ciencia ficción, o después en el terror: Farenheit 451, de Ray Bradbury; Soy leyenda, de Richard Matheson; o 22/11/63, de Stephen King, son algunos ejemplos. En la literatura, los que logran con altura mínima el lujo económico son un puñado de nombres en el mundo.
–Para unos, los géneros tienen una posición central en la industria editorial; para otros, asumen una impronta crítica, son alternativos al mainstream. ¿Cuál es tu opinión?
–La visión de los géneros como algo central en el mercado me parece que atrasa un poco. Los géneros se han mezclado con lo literario, en ese sentido la ciencia ficción casi ha desaparecido dentro de la corriente principal, a veces con muy buenos resultados. O se han interpenetrado, un ejemplo paradigmático sería Blade runner. El que sigue bastante puro es el policial, pero la explicación es más económica que estética: se produce y vende bastante en cualquier país, es global, al igual que la literatura de y para mujeres. Las dos cosas son atractivas para las escritoras o escritores que empiezan, porque tienen casi garantizada la publicación, o la obtención de algún premio. Pero juntos tienen una relación de tamaño de cien a uno con la presencia del realismo, desde el más berreta al más lúcido y crítico. O con el autor masculino, blanco y anglosajón, en el caso de las autoras o los nombres de países africanos o árabes, por dar solo dos áreas culturales.


(Gentileza Diario Perfil)

–Desde hace muchos años has estado en tránsito entre distintas ciudades. ¿Cuál es el lugar que sentís como propio?
–Ese tránsito tuvo siempre motivaciones muy concretas. Me fui de Rosario porque su realidad, tanto en lo personal como en lo general, me asfixiaba. Sin embargo, debido al peso que tiene para mí, ya que estuve hasta más allá de los 20 años y tuve decenas de amigos inolvidables, algunos que fueron maestros, como Víctor Sabato, hace que me sorprenda siempre la referencia en las preguntas al Río de la Plata, cuando el río que más me partió siempre la cabeza fue el Paraná. Lo mismo le pasaba a Juan José Saer: le encargaban un libro sobre el Río de la Plata, y se las arreglaba para terminar hablando siempre del Paraná. En general, en Rosario no se despliega el potencial de lo muy bueno que hay en periodismo y en cultura. A su vez, Buenos Aires es casi la única salida del área nacional y hasta diría latinoamericana, si no fuera por el inconsciente colectivo porteño, que en parte explica el carácter catastrófico del país a nivel económico y social, en relación con su potencialidad. Los años que pasé allí me sirvieron para captar de cerca el modo en que los centros de poder económico, político, tienen claro, aunque sea intuitivamente, cómo alentar el divisionismo, la entrega, el camino fácil tanto creativo como de rendimiento en pesos, lo trucho, la negación de todo lo que no sea la ciudad propia, devoradora. Basta fijarse en la combinación letal entre Capital y Gran Buenos Aires, como se está viendo con la pandemia. Montevideo comparte, con su tono muy particular, muchas de las cosas de Rosario –incluso, en las últimas décadas, el narcotráfico–, pero tiene una presencia de paisaje y cultura muy especial, que se multiplica en los numerosos centros del interior, como Tacuarembó, Salto, Melo, Maldonado. El ritmo es manejable, para ser la capital del país, salvo en invierno, cuando si no tenés un buen ingreso das saltos jabonados de delfín, como diría García Lorca, para bancártelas, más si tenés hijos, porque es una ciudad carísima. En lo realista, natural, normal, es profundamente provinciana y dispuesta a morir con tal de que nada cambie. Hay un consumo inexplicable de lo más berreta de las televisiones argentina y española, o de copias locales sin la menor variación, por ejemplo. El trato personal, la gente, los amigos del palo artístico o no que tengo constituyen un valor resistente y disfrutable, a pesar de todo. Pero creo que en realidad cada una de las tres ciudades tiene su zona de latido y su zona de mal karma.
–¿Y la literatura cómo interviene en ese sentido? ¿Puede tratarse también de un lugar «donde uno se puede ir a vivir», como decía Mario Levrero?
–Cuando podés, y siempre podés a través de la lectura, es así. La especie se encarga desde siempre de engendrar épocas rígidas, que parecen cerrarse, desde las guerras de religión pasando al intento de eliminar las monarquías con sus respectivas noblezas. Siempre me llama la atención la idealización extrema de Europa, que sin embargo tiene y ha hecho crecer ese tipo de agujeros negros tanto como sus intentos de unidad: fascismos, oposición al otro emigrante, etcétera. Los dos grandes lugares para irse a vivir son el amor y la literatura. Los dos son muy exigentes en cuanto a la autenticidad, pero te dan un tipo de materia que no hay en ningún otro lado. A su vez, cuando notás que no entrás en esas zonas, no conviene forzarlas. Más bien tenés que esperar, y observar, y leer o ver cine. O charlar con las amigas y amigos, respetando los protocolos.