De cerca | PABLO DE SANTIS

Mundos imaginarios

El reconocido escritor publicó una novela policial que gira en torno a una escuela de asesinos. La literatura de género y la influencia de Agatha Christie.

Pablo De Santis empezó a escribir al mismo tiempo en que descubrió la literatura. «Fue a los 11 o 12 años», recuerda, después de que su madre le regalara un libro de cuentos de Ray Bradbury y se le revelara una zona específica de la ficción: la narrativa de género. El policial, el relato fantástico, la ciencia ficción y el terror se convirtieron en sus lecturas básicas y desde entonces, como dice un poco en broma y un poco en serio sobre la persistencia de sus intereses, «no he avanzado mucho». Academia Belladonna, su última novela, reabre ese mundo a través del joven empleado de una tienda de camisas que asiste a una escuela de asesinos con el plan de formarse en el oficio para vengar la muerte de sus padres.
De Santis tiene una amplia y reconocida trayectoria como narrador, guionista de historieta y autor de literatura infantil y juvenil. En 2012 recibió el Premio Nacional de Cultura, en 2015 su álbum de historieta El hipnotizador (con dibujos de Juan Sáenz Valiente) dio origen a una serie homónima en HBO y actualmente es miembro de número de la Academia Argentina de Letras. «Hay algo que no puedo evitar cuando escribo una novela: los grupos de personajes haciendo cosas», cuenta. «En El inventor de juegos son los inventores, en El enigma de París, los detectives, en La sexta lámpara, los arquitectos y copistas de planos y en la última, los asesinos».
Academia Belladonna retoma personajes y temas de tus libros anteriores. El protagonista es un personaje bastante típico en tus novelas, el del joven que se inicia en un saber específico y en una aventura.
–La literatura en general ocurre así, uno cuenta lo que se hace por primera vez o lo que se hace por última vez. Lo que no cuenta es la repetición, la rutina. Por eso estos personajes jóvenes, inexpertos, sin que me lo proponga, representan también al lector. Uno abre un libro, se asoma al mundo narrativo que el libro plantea y de alguna manera acompaña al protagonista.
–La historia está ambientada en Londres en la década del 30. Ese es otro dato recurrente en tus novelas, transcurren allá lejos y hace tiempo. ¿Por qué?
–Son mundos de fábula, un poco irreales. Cuando era chico tenía en mi casa algunos tomos de una enciclopedia que parecía infinita, Lo sé todo. No recuerdo cuántos tomos eran, yo tenía cuatro. Me fascinaba, la leía e imaginaba viajes. No era una enciclopedia alfabética sino con artículos diversos: el iglú al lado de Madame Curie y de los hombres de las cavernas, los dinosaurios y la fabricación del caucho. Cada vez que escribo un libro hay algo en la construcción de los espacios imaginarios que tiene que ver con eso. Por otra parte, escribir siempre es crear un mundo imaginario. Por más que sea el mundo real, uno lo resume, ilumina ciertas partes y deja en la oscuridad otras. Nunca me atrajo la ficción realista, ni repetir las cosas como son. Me quedó un poco fijado el mundo de las viejas novelas policiales, el de Agatha Christie, y también el de la televisión cuando era en blanco y negro y había programas como Los vengadores. Las novelas son como sueños donde uno toma ciertos elementos de la realidad y de la fantasía y los hace aparecer en otro orden. En mis novelas aparecen muchas cosas de la infancia cambiadas de lugar. Además tengo cierta reacción frente a la novela policial que se pone en el lugar de la denuncia social. Nunca me resultó demasiado simpática la ficción realista y tampoco la demasiado sangrienta o muy sádica. Academia Belladonna es una novela policial más romántica.


–Una vez te vi en el subte leyendo una novela de Agatha Christie. ¿Pudo ser ocasional o forma parte de tus lecturas? En general es considerada una escritora menor.
–En la casa de mi familia había un cuartito que daba a una terraza donde se guardaban los libros más viejos. Ahí estaban los de Agatha Christie, que mis padres leían y que en parte recuperé. A los 12 años los leí con mucho entusiasmo, después los abandoné y me pareció algo imposible de leer. Después, en cierto momento, empecé a redescubrir a Agatha Christie. Leo todos los años dos o tres de sus novelas. Hay dos versiones de los autores clásicos: la idea de que son los que inician una nueva época y la idea de que son los autores que cierran una época. Agatha Christe es este tipo de clásico: tomó una serie de elementos de la novela policial que cuando ella empezó a escribir, en la década de 1920, ya tenían muchos años, y los llevó a un grado de perfección. Se desinteresó de los elementos del cuarto cerrado, de la cosa más mecánica y supuestamente ingeniosa de la novela policial, y le dio un grado de cierta sofisticación psicológica y simbólica más atractivo. Ahí está su maestría, además de que construye personajes inolvidables, como sus detectives, que cobran vida mientras la estás leyendo, y de que los temas de la pasión y de la venganza están siempre en el centro de su interés.
–En tu última novela aparece el tema del crimen en el cuarto cerrado. ¿Te propusiste dar una versión personal sobre ese tópico de la literatura policial?
–El cuarto cerrado me gusta como idea literaria. En esta novela está ligado con el pasado del personaje: la idea de que el pasado es un cuarto cerrado. El género policial nace con el tema en «Los crímenes de la calle Morgue», de Edgar Allan Poe. Si uno se pone a pensar, eso de que los asesinos quieren dejar el cuarto cerrado es algo totalmente absurdo: ¿por qué crearían ese enigma adicional al de su identidad? Pero literariamente funciona y también es una especie de metáfora de la novela como género. Italo Calvino hablaba del ambiente irrespirable de toda gran novela, en el sentido de que todo está cerrado. Cuando uno lee está dentro de un mundo narrativo en el que las partes deben estar trabadas, y yo creo que el cuarto cerrado da una idea de ese orden.
–El duelo entre el detective y el asesino es otro gran tópico del policial clásico.
–Sí, en El enigma de París aparecía la escuela de detectives y en Academia Belladonna, la de asesinos. Las dos tienen personajes románticos. El de Academia está más afectado por el pasado y por el enigma familiar que es el corazón de la novela. El enigma de París era un libro complicado, pero lo hice bastante rápido y con mucho entusiasmo. Tenía la historia general pero además quería que cada uno de los doce detectives que aparecen en el libro contara un caso y su visión del enigma: para uno era la página en blanco, para otro el rompecabezas. No lo hice con todos los detectives, pero hay varios cuentos metidos en la novela, y fue lo que más me costó.
–En Saturno, tu último guion de historieta, hay otro registro de lo policial: Buenos Aires en una época cercana a la actual. En la presentación de la historieta recordaste tu iniciación como periodista a los 19 años, en la revista Radiolandia 2000. Parece una situación de tus novelas. ¿Fue un aprendizaje?
–Sí. Por otro lado, seguía la carrera de Letras en la facultad, pero me parecía mucho más vivo el periodismo. Conocí gente, estaba Enrique Sdrech con sus investigaciones policiales, que eran absolutamente centrales y de verdad, recuerdo que una vez balearon su casa. Era un personaje divertidísimo y encantador. El periodismo te da la velocidad para escribir, el hecho de que tenés que entregar la nota en el momento o en el día. En Saturno está el ambiente de las redacciones periodísticas de fines de los años 80 y principios de los 90. En esta época las redacciones son lugares desiertos, en ese momento eran lugares de paso de todo el mundo. Caía gente incluso en Fierro, una revista de historietas donde fui jefe de redacción: éramos tres haciéndola, y pasaba gente todo el tiempo, inclusive locos. Me imagino que hoy nadie va a una redacción.
–¿En ese momento empezaste a escribir guiones?
–Fue poco después, porque Fierro sale en el 84, en el primer número lanzan un concurso de historieta que gana Max Cachimba como dibujante y yo como guionista. Juan Sasturain nos pone a trabajar juntos. Pero yo no venía pensando para nada en historieta y tampoco era muy lector del género, había leído apenas unas cosas sueltas. Era un fanático de las historietas de terror. Había dos revistas Dr. Tetrik y Dr. Mortis, que me gustaban mucho.
–¿Cómo fue trabajar dentro del género, hubo cruces con la narrativa o con la literatura juvenil que escribías al mismo tiempo?
–Fui a hacer mi primera nota y me la publicaron sin que hubiera estudiado periodismo. Me puse a hacer historietas sin haber visto nunca un guion de historieta, y de hecho nunca lo vi. Y también escribí para cine sin haber visto un guion cinematográfico. Siento que las cosas son lo que uno se imagina que son. Siempre tuve esa conciencia de cierta falta de técnica o de lenguaje específico vinculado con estos géneros. Hice las cosas de manera más intuitiva que profesional. Así me puse a hacer historietas y creo que mi estilo para hacer guiones estuvo muy marcado al principio por los dibujos de Max Cachimba. Hacía las historietas para él. Después, cuando trabajé con otros dibujantes, como Juan Sáenz Valiente o Matías San Juan, fui cambiando.
–¿Cómo ves hoy a la literatura de género? Después de un período de auge del policial, parece más importante la narrativa de terror.
–Hay muchos autores que han sido fieles a los géneros. Sergio Aguirre ha trabajado todos los géneros en sus novelas, que me encantan. Elvio Gandolfo también, para mí es el que más ha estudiado el tema en Argentina. Los géneros siempre están vivos porque hablan de las formas más puras del relato, de lo más auténtico en literatura: contar una historia que debe sorprender. Los géneros tienen ese atractivo, no cuentan una historia de todos los días sino algo que incluye un elemento de sorpresa, que está fuera de la realidad. Y siguen presente en la literatura argentina.
–Si bien no te gusta la literatura realista, en Academia Belladonna el protagonista reflexiona sobre cierto carácter ilusorio de la vida cotidiana, como velo de realidades más inquietantes. ¿Cómo pensás a la ficción, en ese sentido?
–La ficción no pertenece solo a la narrativa. Vivimos imaginando situaciones. Cuando alguien joven se presenta a su primer trabajo inevitablemente se hace una imagen, una ficción de lo que ese trabajo puede ser, que después tendrá que corregir. Si uno se va a encontrar con alguien desconocido es difícil que pueda contener su imaginación y no proyectar lo que tiene por delante. Si vamos a un lugar nuevo de veraneo, lo pensamos de alguna manera antes de llegar. A veces puede ser decepcionante, generalmente es más complejo, pero siempre imaginamos y corregimos.


Osvaldo Aguirre – Fotos: 3Estudio/Juan Quiles