De cerca

«No es lo mismo ver que mirar»

Perrone dice que concibe su obra entre las películas mudas y el futuro. La trilogía que lo llevó a salir de Ituzaingó, su escenario natural. Su polémica visión sobre el INCAA y el Nuevo Cine Argentino.   Durante dos horas y media, en blanco y negro y con diálogos sustituidos por cartelitos como en el viejo cine mudo, la película centra la mirada en los movimientos y los gestos de chicos y chicas de barrio que practican el skate, a través de un lenguaje que se sale de todo lo previsible, como la cumbia electrónica que, mezclada con el ruido ambiente, la vuelve casi un musical. Considerada por muchos como la mejor película argentina de 2013, premiada en muchos países, P3nd3jos, de Raúl Perrone, parece también marcar un cambio en la singularísima obra de su autor: son más de 30 obras –La mecha, Graciadió, Pelusa y Marisita, La Navidad de Ofelia y Galván, entre otras−, filmadas todas en Ituzaingó, en el Conurbano bonaerense, que muestran la vida de gente común en un estilo aparentemente amateur, con muy bajo costo de producción. Antes de que su trabajo como director lograra trascender, Perrone se había hecho conocer como caricaturista, en el viejo diario Tiempo Argentino, de principios de los 80, y en otros medios, incluido Acción, para luego convertirse en un caso único del cine argentino, con una muy prestigiosa carrera transitada siempre al margen de los circuitos comerciales. A propósito de la desconcertante propuesta que plantea P3nd3jos, Perrone escribió: «Ya no me importa que mis películas se entiendan. Sólo siéntense y déjense llevar. Miren y escuchen». ¿Esa es la conclusión a la que llevan varias décadas de hacer películas sin parar? Conversando con Acción en un café de Ituzaingó, su hábitat natural, Perrone responde que «es a lo que llegué después de haber transitado por muchos lugares. Llegué a un cine que transita entre el viejo cine mudo y el futuro, entonces la verdad es que no me interesa mucho que se entiendan las películas. Claro que es una frase, porque de todas maneras se entienden de algún modo, pero ya no me interesa que tengan un desarrollo como tienen las del mainstream. Me interesa que tu cabeza tenga que laburar. Con P3nd3jos, que es una película muy difícil, la verdad es que me senté y me dejé llevar. Es una vía sensorial, que te entra por algún lado, digamos. Puedo cerrar los ojos e imaginarme la película, puedo escuchar la música y me imagino la película y puedo mirar la película e imaginarme la música. Y es lo que recibo de pibes y pibas que la vieron y quedaron muy flasheados». −¿Te referís a pibes sin experiencia cinéfila, espectadores «comunes»? −Sí. Conozco algunos pibes que la han visto hasta 15 veces. Y también algunos estudiantes de cine, que son los más difíciles por toda la mierda que les meten en la cabeza. Entonces, cuando ven una obra que rompe con los cánones habituales, eso los descoloca, pero a la vez los hace pensar que el cine es otra cosa y eso me alegra mucho. Esta película lo que ha producido es que los pibes tengan ganas de filmar. −¿A qué creés que se debe tanto interés? −Yo creo que los pibes necesitan que alguien los cachetee, como para despertarlos. Esta película los cacheteó y dijeron: «Hay otra manera de ver cine y de hacer cine». Aunque consumen mucho cine independiente, nunca habían visto una película como esta. −O sea que, a pesar de todo, existe un público que no está programado por la costumbre o las convenciones. −Absolutamente. Eso me alegró. La película estuvo en el Gaumont, con una asistencia de público muy grande, y la bajaron. Son tan estúpidos que la sacan porque el Gaumont es la sala que el INCAA dedica a pasar películas argentinas y, como hay tantas películas argentinas, actúan como quien cuenta ganado: «Ahora va esta, después va la otra». Y cuando la sacaron, hubo pibes apostados en la puerta pidiendo que la película vuelva, con pancartas. Pero algo que demostró P3nd3jos es que, siendo una película «difícil» y de dos horas y media, estaba siempre lleno de gente. −Tocaste el tema del INCAA, el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales, y el hecho de que ahora se hacen muchas películas argentinas. ¿No es bueno eso? −Debe ser bueno para los tipos que las hacen. Y a la vez creo que es malo, porque se hace mucha mierda. Creo que lo dijo Abbas Kiarostami: «Con las cámaras digitales hay que tener mucho cuidado, porque son armas, y si las toman aquellos que no saben empezamos a matar gente». −¿Estás en desacuerdo con los subsidios del INCAA? −Es que yo no sé. Como no paso por ahí, no me interesa realmente. No dependo del INCAA, ni de subsidios, ni de nada. Pero así y todo, mi película representa a Argentina en los festivales. Y, en cuanto a lo que se está haciendo, no voy al cine, no salgo de Ituzaingó, tengo en mi casa como un pequeño estudio con un proyector y me quedo ahí. Para mí el cine, hacer películas, es un trabajo, en el cual estoy todo el día involucrado. Me lo tomo muy en serio y creo que otros hacen películas para ir a festivales. P3nd3jos estuvo en 20 festivales y yo no fui a ninguno. Tienen que ver la película, no me tienen que ver a mí. Eso de ir a los festivales lo inventaron los directores a los que les gusta viajar. −O salir en las revistas. −Sí, yo salgo en las revistas igual y tengo más notas que ellos. Pero odio profundamente viajar, y los festivales en sí, porque me parece que son mercados persas, donde no se habla de cine sino de plata. Y otra cosa que comprueba P3nd3jos es que no hace falta ir a hacer lobby para que tu película gane un premio. Esta película ganó muchos y yo no estuve en ninguno para hacer fuerza ni para hacer lobby. −Hablaste de «un cine que transita entre el viejo cine mudo y el futuro». ¿Podés explicar un poco esa idea? −Es que en esta etapa de mi vida me estoy nutriendo mucho del cine del pasado, de los años 20, de Murnau, de Dreyer. Eran tipos brillantes, llenos de ideas. Quiero decir: hice una película que lleva una estructura de película muda, pero también tiene una estructura musical. No se hizo nada así antes, y menos con esa música: podría haber puesto ópera, o bien música punk, porque los protagonistas son skaters, pero yo busqué la cumbia. Una cumbia rara, que no existe, que es distinta: hice remixar temas de Händel, de Puccini, entonces es una mezcla explosiva. Pero tampoco está estructurada como un videoclip. Es una película que tiene momentos de silencio y de sonido ambiente. Tiene sonido, por lo tanto no es una película muda: no hay un pianito con un tipo que está acompañándola. Hay una banda de sonido muy estructurada, que tiene música pero también tiene el ruido de los trenes. −Por eso y por mucho más, P3nd3jos aparece como un corte. ¿Te cansaste de lo que venías haciendo antes? −Es que encontré muchas fórmulas y me aburro rápido. Yo podría haber hecho La mecha 78, si quería, porque La Mecha funcionó, se dio mucho en Europa y acá anduvo muy bien. Tampoco ahora voy a hacer P3nd3jos 2, ni 3, ni 4. Ya hice otra cosa que es muy distinta de P3nd3jos, va más allá de P3nd3jos. −Fuiste a filmar a Córdoba, ¿decidiste salir de Ituzaingó? −Esa es otra película, la tercera de la trilogía. Sí, salí de Ituzaingó porque necesitaba trabajar con unos pibes carreros, que son los que juntan cartón. Pero no me interesa eso, me interesa la historia de los pibes cuando dejan de laburar y van al río: entonces son criaturas bañándose, y por la mañana son tipos que tienen que mantener la casa. Pero forma parte de toda una película más larga que se llama Sinfonía, porque tiene cuatro movimientos, y cada movimiento tiene que ver con el otro, como en una sinfonía musical. −Ese interés en los chicos que van a laburar está muy vinculado con el resto de tu filmografía: parecería que lo que más le importa a tu cine, desde el principio, es lo que les pasa a las personas. −Sí, a eso no lo voy a abandonar nunca. Si ves todas mis películas, eso está. Bueno, no creo que nadie pueda llegar nunca a ver todas mis películas, porque filmo más de lo que la gente puede ver: son como 35 películas. Hace un año desde P3nd3jos y ya hice dos películas más, es un delirio. La que viene ahora se llama Fávula, con «v» corta: está hecha en un estudio, en una fábrica abandonada. Es una fábula bien fábula, con una bruja, con tiros, pero con mi estilo, aunque también va más allá. Forma parte de una trilogía: P3nd3jos, Fávula y Sinfonía. −Parece que cada película «va más allá» de las anteriores. −Actúo casi como un músico de jazz. Si yo fuera músico improvisaría todo el tiempo, como en el jazz. No haría partituras, porque me aburriría escribirlas. Una película tiene tres pasos: cuando la pensás, cuando la filmás y cuando la editás. Y a la película la escribís cuando la editás: yo hice la película de los pibes en Córdoba en un día y medio, pero voy a estar siete meses editando, porque ahí la voy a escribir. P3nd3jos la hice en cuatro días, pero tiene un gran laburo de posproducción, de sonido, ahí está el laburo del artesano. −Mucho laburo, y además hacés una película tras otra. −Siempre digo que para mí hacer películas es como respirar: es casi un asunto fisiológico. Empecé a filmar a los 17 años, porque yo sabía que quería hacer cine. Fui a una casa de fotos que existe todavía, por acá, y dije: «Quiero hacer una película». Y el tipo hizo números y dijo «bueno, te sale tanto», como si hubiera ido a para hacer un cumpleaños de 15. Y así empecé. −Pero no vivís de las películas. −Doy clases. Pero ahora vivo del cine, porque vendo mis películas, doy charlas. Y a las charlas voy si me pagan. Yo tengo una vida austera, no tengo auto, no tengo nada de lo que le gusta a la gente. −¿Te favorecen en algo los modos de exhibición, de distribución actuales? −Hace años que vengo diciendo que estrenar una película es más difícil que hacerla. Lo que te contaba antes del Gaumont: si la película funciona, ¿por qué no la dejás? Si sabés que no hay espacio para ponerla en otro lado. No es como cualquier película que va a 78 salas. Esta fue al Gaumont y al Malba, y después de eso la única oportunidad que hay de verla es online o en festivales, o en la provincia, cuando algunas salas te la piden. −¿Qué opinás sobre la posibilidad de ver películas online? −Y… yo pienso que el cine no se puede ver en la computadora. Si viste P3nd3jos en una computadora no es lo mismo, te perdiste un 95% de belleza: en un cine, esos planos y la música te vuelan el cerebro. O si tenés un proyector en tu casa: si tenés un proyector acá, aen esa pared la ves completa. Y la ves desde una computadora, por supuesto, pero no lo estás viendo en una tele. −Entonces también aprovechás el mundo digital. −Es que no hay otro mundo ahora. Yo descubrí las películas de Murnau porque están en YouTube, pero las veo en pantalla grande: tengo un proyector, una pequeña salita que me hice, en vez de irme de vacaciones. En DVD estás perdiendo calidad. Si hacés un archivo que pesa 14 gigas y en un DVD tenés 4 gigas, perdiste más de la mitad de la película. Claro que hay gente que no tiene otra que verla en DVD y no está mal, pero no es lo mejor. Yo no podría, porque me distraigo mucho. Yo quiero que se mire una película, no que se vea. No es lo mismo ver que mirar. Lo que busco es que la gente, cuando termine de ver una película, piense. Que no se coma una porción de pizza y se olvide de la película. Lo que yo busco es que pasen los días y todavía tengas imágenes en tu cabeza. −Hablando de mirar, algo que caracteriza a tus películas es una capacidad de mirar el mundo: me acuerdo de la importancia que adquiere un viejo barriendo el patio de su casita en La Navidad de Ofelia y Galván. −Los pequeños detalles. Esas películas que pueden parecer simples son las más complicadas, porque dentro de la simpleza está la complejidad. Está en la mirada, ¿me entendés? Está en cómo mostrás a ese viejito barriendo. Yo rescataba lo que el tipo hacía todos los días, que era su vida: barrer ese patio para él era importante. Por eso no es lo mismo ver que mirar. ---Daniel Freidemberg Fotos: Jorge Aloy