De cerca

«No sé qué es lo realista»

Referente ineludible del nuevo cine argentino, el director explica por qué necesita tomar distancia del retrato estereotipado de la marginalidad. Al frente de la serie Puerta 7, se mete de lleno con la barra brava de un club de fútbol imaginario. Un repaso de los trabajos más destacados de su carrera.

Bosteza una y otra vez, reclinado sobre el respaldo del gastado sofá de un desordenado living con onda. Israel Adrián Caetano recibe a Acción a las 10 de la mañana en su casa chorizo de Floresta, a dos cuadras de la cancha de All Boys. «Era un yuyerío que compré hace una década, parecía un baldío, pero lo fui haciendo de a poco», explica y, sin mediar consulta, dice que se quedó viendo fútbol hasta tarde la noche anterior y que le costó conciliar el sueño. Este uruguayo de 50 años redondos es fanático de Peñarol y, de este lado del río, es hincha de Independiente.
Pese a la cara de dormido, se entusiasma a la hora de hablar de Puerta 7, la serie de Netflix que dirigió y coescribió. La historia gira en torno a Ferroviario, un club ficticio que está peleando el campeonato de primera. Y pone la lupa en los negocios sucios de la barrabrava que comandan Lomito (Carlos Belloso) y Fabián (Esteban Lamothe), mientras Diana (Dolores Fonzi), una abogada contratada por el presidente (Antonio Grimau), intenta poner cierto orden en la institución.
«Creo que es un producto distinto, original, narrativamente diferente. Estaba un poco aburrido de ser obsecuente con una manera de filmar y con eso de buscar el lado más conocido de las cosas. La serie tiene marginalidad y violencia, pero intenta escaparle a los lugares comunes que tiene este tipo de género, con esa forma de hablar y ese estilo coloquial en los diálogos», dice Caetano, que se ha ganado su prestigio por películas como Pizza, birra, faso, Bolivia y Crónica de una fuga, además de ficciones televisivas como Tumberos y Disputas y, más recientemente, series como El marginal, Apache y Sandro de América.
–Decías que estabas un poco aburrido de cierta obsecuencia, ¿a qué te referís?
–Estaba hinchado las pelotas de ser un apéndice de Crónica TV, haciendo hincapié solo en la noticia policial, relatando un tipo de mundo marginal donde los chabones violentos hablan todos de la misma manera, muy superficial y sin profundizar.
–Un estilo que de alguna manera trajiste vos.
–Sí, no reniego de eso. Viene desde fines de los 90 con Pizza, birra, faso, siguió con pinceladas en Bolivia, Tumberos, que fue un boom en la tele y que marcó el inicio de un montón de programas sobre el mundillo de la cárcel. También aparece ese entorno en Un oso rojo y El marginal, pera ya está, me embolé.
–Pero evidentemente hay un público fiel a esa temática.
–Sí, muy adicto a ese tipo de serie costumbrista, que transcurre en los márgenes del Conurbano, pero yo, lamentablemente, no tengo más nada que contar, siento que lo di todo, hablé de todo lo que podía y hasta aquí llegué. No quiero saber más nada con la jerga «fierita», «amigo» y la violencia en las cárceles. Basta, quiero construir otros mundos. Lo necesito.
–Por eso pegaste el volantazo con otros trabajos, como enfocarte en las vidas de Sandro y de Tevez.
–Claro, fue realmente apasionante zambullirse en la historia de dos ídolos populares tan cautivantes, en las que si bien se cuenta lo difícil de sus vidas, sus entornos, también aparecen las familias, que permiten entender cómo llegaron adonde llegaron Sandro y Tevez.
–El guion de Puerta 7 ya estaba escrito y fuiste contratado para dirigirlo. ¿Qué fue lo que te atrajo?
–Lo primero que me atrajo fue trabajar, porque estaba sin hacer nada. La verdad es que 2019 fue un año complicadísimo para todos y estaba un poco preocupado, literalmente en banda, ya que Apache la había hecho en 2018. Y Puerta 7 fue el comienzo de una nueva etapa para mí, donde estética y narrativamente se cuenta otra cosa.
–¿Cómo fue trabajar con un guion ajeno?
–Difícil cuando uno está acostumbrado al propio, a trabajar con un equipo que patea para el mismo lado. En Puerta 7 heredé un guion que me dio Pol-ka, que tuve que aggiornar, acortar y, por momentos, rehacer, ya que le saqué un estilo chabacano que traía para llevarlo a algo más pulido. Fue una apuesta interesante y salió bien.
–¿Sentís que es realista la serie?
–¿Qué sería realista? ¿Creíble? Creo que sí, pero no sé qué es lo realista, la verdad es que nadie sabe un pomo del día a día de las barrabravas. Yo busqué recrear un mundo que imagino, que supongo, pero sin tener certezas de que sea así. Pero me gustó imaginarlo.
–Además existen muchos prejuicios.
–Es difícil no caer en los prejuicios cuando hablás del ambiente del fútbol, de los barras, los dirigentes y los negociados que hay detrás. Pensar que son todos borrachos, drogadictos y barderos es sencillo, pero es mucho más complejo que eso. Mucho.
–¿Son más caballeros que marginales los capos de las hinchadas?
–Claro, el barra en este país es gente casi de bien. Son reconocidos en todos lados, uno va a un restaurante y está la foto de Rafa Di Zeo con el dueño. Es gente que viaja a los mundiales, que tiene dinero, buenas casas, buenos vínculos. Está el caso de Raúl Pistola Gámez, que empezó siendo barrabrava y terminó siendo el presidente de Vélez. Hoy ve al equipo desde la platea más cara.
–Entonces, ¿cuál fue el mayor desafío?
–El reto residió en desentrañar cómo funciona y entender cuáles son los valores que se mueven en ese mundo.
–En un mundo machista, aparece una mujer para intentar hacer justicia. ¿Se te ocurrió a vos?
–No, ya estaba esa idea e incluso estaba el nombre de Dolores Fonzi para hacer el papel de la exsecretaria de Seguridad de Independiente, Florencia Arieto, en los tiempos en que Javier Cantero fue el presidente del club. Y Dolores está bien, hace un buen rol y es una actriz que trasciende las fronteras.
–¿Y vos decidiste que tuviera una novia?
–Sí, eso sí. Es que de entrada casi no había mujeres en Puerta 7. Mónica Ayos, que encarna a la mujer de Lomito, casi estaba dibujada, tuve que darle algo más de letra. Y el personaje de Dolores tenía un novio, pero decidí que tuviera una novia. Y ahí es donde aparece Jimena Anganuzzi.
–Si hablamos de barras, ¿cuál es tu relación con el paraavalanchas?
–Nunca me subí a uno. Soy hincha de toda la vida, desde chiquito me llevaba mi viejo al Centenario a ver a Peñarol: íbamos a la popular, pero nunca me metí en la entrañas de la hinchada. Me gustaba cantar y saltar, pero nunca me enganchó el quilombo de la cancha.
–¿Qué significaba para vos ir a la cancha con tu viejo?
–El paraíso, era esperar toda la semana para que llegara el domingo. Y mi papá era metalúrgico, se mataba laburando, nosotros venimos de una familia muy humilde y poder ir a la cancha era un lujo. Después yo, gracias al cine, pude saltar a la clase media y darles una mano a mis viejos.
–¿La clase media no te seduce como tema?
–Es un buen tema la clase media, salvo por un solo aspecto: no tiene héroes. La clase media es un anhelo de puro hedonismo, un deseo de solo pasarla bien y ser feliz, cuando en la realidad hay otras clases con verdaderos problemas. Hay objetos de deseo tan diferentes que, en algún aspecto, la clase media a la que pertenezco me pasa por al lado y no la registro.
–¿Y qué te gustaría filmar?
–Tengo ganas de hacer cine de género, estoy medio podrido de hacer esos laburos que radiografían un tipo de vida. Extraño a ese director de Bolivia, de Crónica de una fuga, de El otro hermano y de Francia. Espero que vuelva pronto. Yo construí mi trayectoria a partir de la versatilidad y la incursión en distintos paisajes, pero reconozco que el último tiempo mi trabajo se volvió medio reiterativo.


–¿Sos consciente de que lo que te aburre funciona bien y por ende da plata?
–Sí, lo sé. Si fuera un fracaso sería más sencillo correrme a un costado, pero estaría preocupado por la guita. Evidentemente hay un público seguidor, yo quiero marginarme, pero aparecen los productores que me terminan convenciendo. Pero ya no más: esta vez me pondré fuerte.
–¿Cómo pensás hacer?
–Escribiendo y escribiendo. Lleva más tiempo, pero es la única manera de sentirme tranquilo y satisfecho, porque el guion es la base de todo. Si el guion falla, ni Leonardo DiCaprio te salva. Además el guion propio te permite estar más enfrascado en la historia y analizar la dinámica de la narrativa. Claro que puede que me lleguen guiones que me gusten, pero eso es cada vez más esporádico.
–De todos tus trabajos, ¿cuál es el que más te enorgullece?
–Te diría que dos: Francia, una película enternecedora y pequeña, que marcó mi regreso a la pantalla grande luego de mucho tiempo y que fue el debut oficial, y despedida también, de Milagros Caetano, mi hija, ahora dedicada a la música. Y le fue muy bien a la peli, fue a cuatro festivales, ganó dos de ellos. La verdad que es la película que más alegría me trajo. Y no podría dejar afuera a Bolivia, esa hermosa historia de Freddy, un cocinero que labura en Constitución y debe luchar contra una sociedad intolerante que lo mira de reojo.
–¿Y alguno te cambio la vida?
–El primero, claro: Pizza, birra, faso. Me metió en un mundo desconocido como el cine, que me enamoró y con el que sigo manteniendo un vínculo inquebrantable. A partir de Pizza, birra, faso empecé a meterme de lleno como autor y director y empecé a ganar plata para vivir, después de ganarme la vida haciendo tragos.
–¿Tragos?
–Sí, en Córdoba, en distintos hoteles de Villa Carlos Paz. Me iba bien, hacía unas mezclas que gustaban mucho. Eso lo alternaba con otro laburo de recepcionista que tenía.
–De los actores que dirigiste, ¿cuáles disfrutaste más?
–El Leo Sbaraglia de El otro hermano fue consagratorio. Un hijo de puta maravilloso el Duarte que supo construir en ese thriller, coprotagonizado por Daniel Hendler. Me han dicho que fue un Sbaraglia tan magistral como desconocido, pero yo sabía de su humor oculto, algo que había conocido cuando trabajamos en la televisión.
–¿Qué opina Caetano del director que es?
–¿Respondo en tercera o primera persona? Espero no tener que volver a ser quien fui para ser la mejor versión de mí mismo. En lo que más me reconozco es en volver a buscar el cine de género y en no caer en la tentación de lo fácil.
–¿Cómo siguen tus planes laborales?
–En la búsqueda, viendo qué pasa con este año de transición. Venimos de un 2019 complicadísimo y no se cambia tan fácilmente. El laburo estuvo muy parado, sé que dependo de mí, de mis creaciones más que del llamado de alguien que me esté buscando.
–¿Y en qué instancia están tus creaciones?
–Tengo varias ideas avanzadas, ninguna concreta. Muchas sé que no sirven para nada, veremos cuál decanta.
–¿Te gusta escribir?
–Mucho, tanto como filmar.
–¿Tenés momentos de inspiración?
–A la mañana y mateando, ya no me da el lomo para quedarme escribiendo hasta la madrugada.
–¿Qué temas te atraen?
–Tengo mucha basura, pero trato de aggiorname y ahora estoy buceando en el mundo de mis hijos, que tienen 18, 19 y 23 años. Tienen otra cabeza, otra perspectiva, pero tengo la obligación de acercarme a ellos e indagar en lo que hacen, en lo que hablan, en lo que les gusta hacer, en su música.
–¿Es un mundo lejano?
–Me siento a años luz, la verdad. Es un mundo nuevo el de los pibes. Yo con mi viejo compartía lecturas, fútbol, películas, música, charlas. Ahora los pibes hablan poco, se comunican a través de las redes sociales, es un universo muy particular. Mi hija Milagros, por ejemplo, no ve tele, solo YouTube y series por streaming. Tengo que ser creativo para entusiasmarla y compartir actividades.
–¿Tenés que esforzarte para llegarles a tus hijos?
–Mucho y, finalmente, no me engancho: me termino yendo para mi cueva, con mis libros, mi música y mis películas.


Fotos: Nicolás Pousthomis