De cerca | ENTREVISTA A DANIEL DIVINSKY

Oficio de editor

Fundador del emblemático sello De la Flor, hoy conduce un programa radial y ocupa un lugar relevante en la industria del sector. El pasado y el presente del libro.

JORGE ALOY

Los lunes, a partir de las 15, Daniel Divinsky habla sobre libros en Radio UBA. El programa que conduce se llama justamente Los libros hablan y pocos como él saben tanto de la materia en la Argentina, después de su trayectoria al frente de Ediciones de la Flor, el sello que fundó en 1966 y del que se desvinculó en 2015. Editor de Quino, Roberto Fontanarrosa, Caloi, Rodolfo Walsh y Sendra, entre otros autores gráficos y escritores, es además un actor reconocido por su actividad en ferias nacionales e internacionales, que lo posicionaron en un lugar relevante dentro de la industria.
Divinsky nació en Buenos Aires en 1942. Recibido muy joven como abogado, tuvo sus primeros hitos como editor con los libros de Mafalda y títulos emblemáticos como Operación Masacre, de Walsh. En 1977, después de que la dictadura prohibiera el relato infantil Cinco dedos, fue detenido junto a su esposa, Kuki Miler, y se exilió en Venezuela hasta 1983. Retirado ya del trabajo editorial, su vínculo con los libros es más distendido y placentero, como lo sugiere una frase de Borges que suele citar: «El verbo leer, como el verbo amar, no soporta el modo imperativo».
–Ediciones de la Flor surgió en un momento de renovación de las editoriales argentinas, con referentes como Jorge Álvarez. ¿Ese clima de época puede ser comparable al fenómeno actual de los sellos independientes?
–Hubo una familia de editoriales ligadas al empuje de Jorge Álvarez: Galerna, donde se asoció con Ángel Rama; Tiempo Contemporáneo, fundada por dos abogados; Carlos Pérez Editor, que había trabajado con Álvarez; y De la Flor. Comparada con la época actual, es distinta la cuestión cuantitativa: se hacían tiradas más grandes, se publicaban más novedades y se vendían más libros. Pero en cuanto a la eclosión de sellos y a la posibilidad de publicar casi cualquier cosa se parece mucho a lo que vemos hoy: editoriales chicas y medianas que no son bonsái, como dijo un editor español, sino que crecen moderadamente y han sobrevivido a crisis como la de 2001, la de 2008 y la pandemia. Fiordo, Mansalva, Gog y Magog, Caja negra, hay una cosecha inagotable.
Siguiendo con las comparaciones, ¿en los años 60 y 70 los problemas eran de otro tipo para los editores? Por ejemplo, la censura que imponían los gobiernos militares.
–La censura tenía diversos grados. Estaba la municipal, cuando se prohibía la circulación de un libro o se lo declaraba de exhibición restringida y no se podía poner a la vista en las librerías o en los quioscos; la judicial, por la aplicación del artículo 128 del Código Penal; la política, que ejercía el Poder Ejecutivo por decreto; y la de la Aduana, que podía prohibir la exportación o la importación de determinados títulos. No nos perdimos ninguna, siempre con el libro ya publicado. Alguna vez discutí con Juan José Saer que era mejor el sistema español, porque te censuraba antes y entonces no invertías en un libro que después no podías vender.

JORGE ALOY

–Al fundar Ediciones de la Flor tenías 24 años y eras abogado. ¿Tu formación como editor fue a través de la práctica?
–¡Totalmente! No hice un curso.
–¿Y qué te parecen las actuales carreras de Edición?
–Di charlas con alumnos en distintas oportunidades, invitado por amigos que tenían cátedras, y vi que todas tenían muy buenas intenciones pero poca posibilidad de salida laboral. Ante la producción de una vacante en una editorial, lo más probable es que le den el puesto a alguien con experiencia antes que a un recién graduado aunque se haya recibido con medalla de oro. Básicamente el trabajo de editor es una praxis, no hay teoría. Incluso el marketing del libro es un disparate, porque los intereses de la gente son tan variopintos que no hay forma de mensurarlos. Y así de repente se convierten en sucesos libros que son totalmente sorprendentes. Stoner, de John Williams, una novela excelente, no tuvo un solo aviso y se convirtió en un éxito por el boca a boca de los lectores. Eso es lo que permite que subsistan tantas editoriales, la diversidad de intereses de la gente.
–Pero entre los editores es común la añoranza de la época en que la Argentina lideró el mercado en lengua española, hasta los años 50.
–En esa época el libro tenía muy poca competencia dentro del rubro entretenimiento. Al aparecer después otras fuentes, obviamente ocuparon espacios que tenía el libro. Por otro lado, si las tiradas eran mucho más grandes, también era un escollo la distribución para cualquier editorial que se estableciera. Ahora, con internet y las posibilidades de la venta y la publicidad gratis online, cualquier editorial mediana o chica puede difundir su libro y hacer que la gente lo conozca. La difusión y la distribución son mucho más fáciles ahora.
–¿Y los intereses de los lectores se restringieron desde entonces?
–No, siempre hay intereses para las producciones más marginales. El otro día recibí un envío de una editorial preciosa, Libros del zorro rojo, de unos argentinos que la fundaron en Barcelona y que hace poco se instalaron también en Buenos Aires y en México. Tienen un libro llamado La anarquía explicada a los niños, hecho por un colectivo anarquista de 1931 y que se publica ahora con las ilustraciones de un taller de estampas, también anarquista, de ese momento. ¿A quién se lo van a vender? Es admirable que se arriesguen de esa manera, probablemente a pérdida. También publican, y me emocionó mucho, uno de mis primeros libros de entretenimiento, Cómo divertirse en un día de lluvia. Se publicó en Estados Unidos en 1946 y Emecé lo tradujo y adaptó los juegos en 1949. Cuando tenía 6 años, una nefritis me tuvo en cama varios meses sin poder ir al colegio y me lo regalaron, yo hacía todos los juegos posibles. Vistos hoy parecen absurdos, no sé qué chico podría engancharse, incluso tenía un capítulo sobre obras de arte hechas con limpiadores de pipas. Bueno, reeditaron el libro con el mismo contenido: los admiro.
Se suele decir que la formación de un catálogo es la marca de un editor. ¿Cuál es tu opinión?
–Es válido para editoriales personales, donde la persona que toma la decisión es la misma que pone la plata y administra y cuyo pan y jamón depende de los libros que publica. En los grandes grupos editoriales hay un gerente o director editorial que puede ser más o menos independiente, pero que si se equivoca cuatro veces seguidas se va a trabajar a otro lado o se queda sin laburo.
–¿Cómo ves la situación de las librerías?
–Sigo siendo consejero honorario de la Cámara del Libro pero no voy a las reuniones por Zoom, aunque podría hacerlo. Es muy meritorio lo que está haciendo allí la gente. Se fueron defendiendo, primero con los aportes del Estado y después con las ventas por internet. Compré libros por internet pero cuando quise ir a la librería había una barrera en la puerta. Es distinto que te traigan un libro a poder andar por los corredores, que te tiente un libro y llevarlo para ver cómo es.

JORGE ALOY

–¿Hay una recuperación del sector después de la presidencia de Macri?
–Ese fue un agujero negro, porque desaparecieron todos los apoyos que derivaban del Estado, desde las compras de la CONABIP hasta las del Ministerio de Educación, que eran utilísimas y permitieron sobrevivir a muchas editoriales. La CONABIP tuvo el mismo presupuesto durante los cuatro años, o sea que cada vez podía comprar menos libros, aunque por suerte mantuvo la independencia de criterio y no se plegó a las directivas del Gobierno imperante. No hubo el menor interés en fomentar la industria editorial, a todo nivel. Y fue letal para muchos sellos.
–Un aspecto importante de tu trabajo como editor fue la participación en ferias. ¿Qué destacarías de esa actividad?
–En la Feria de Buenos Aires parte del placer era para mí atender el stand: ver qué miraba la gente cuando levantaba un libro, qué quería saber, qué preguntaba. Ser vendedor de libros era un placer enorme cuando la editorial era tan chica. En 1973 fui por primera vez a la Feria de Frankfurt, donde se compran y venden derechos de publicación. Entonces me conecté con Marcelo Ravoni, un argentino residente en Milán que fue el agente de Quino y de otros humoristas gráficos, como Ziraldo, durante muchos años en Europa. Ravoni me explicó que una editorial pequeña no tenía que buscar los libros en las grandes editoriales sino entrar en los kiosquitos. Era una obra detectivesca que me gustaba muchísimo, y así encontré en L’Age d’Homme, una editorial suiza, un texto del director polaco Tadeusz Kantor, El teatro de la muerte. Lo compramos cuando no lo conocía nadie en Argentina con un anticipo de 150 dólares, que ya era poca plata en ese momento, y lo vendimos durante años.
–La relación entre editores y agentes literarios suele tener momentos de tensión. ¿Cómo fue tu experiencia?
–Fue muy variable. Tuve una relación bastante exótica con Carmen Balcells, la agente catalana. La visité en 1970, durante el viaje de bodas con mi primera mujer. Llegamos, charlamos y de pronto nos dijo: «Os invito a comer, pero no crean que es porque voy a venderles muchos derechos sino porque es la hora». La encontré en la Feria de Frankfurt en octubre de 1977, después de que los militares nos liberaron por la presión de las editoriales europeas que inició Pluto Press, una editorial trotskista inglesa. Teníamos los derechos de En el tribunal de mi padre, de Isaac Bashevis Singer, pero no lo habíamos publicado. «Daniel, el contrato está vencido», me advirtió. «Carmen, no sé si sabés que estuvimos presos. Vamos a publicar de todas maneras el libro», le contesté. No iba a demandar a editores que venían de ser prisioneros de la dictadura. «Bueno, ¿me dejarías libres los derechos para España?», dijo finalmente.
–¿Cómo ves la edición actual en términos de calidad?
–Se edita más de la cuenta. Pero mejor eso a que falten los libros. No solo las editoriales chicas sino algunas que editan por cuenta de los autores y son una forma de salida. La autoedición en internet no es publicación porque no hay control de calidad, pero también es una forma de difusión. Cuando empezó la pandemia las editoriales publicaban sus novedades como ebooks y me mandaron de Alfaguara una de las mejores novelas de los últimos años, Salvar el fuego, del mexicano Guillermo Arriaga. La leí en el Kindle de mi mujer, yo no tengo. Me resulta más incómodo, pero puedo leer si no hay más remedio.
–¿Por qué tu programa de radio se llama Los libros hablan?
–Se me ocurrió ponerle así cuando comencé en diciembre de 2015. Los libros hablan bajito, hay que leerles los labios. Siempre fui buen titulero. Las tumbas, de Enrique Medina, se llamaba Las marcas del frío: piantavotos total. El libro tuvo 32 ediciones y fue uno de los éxitos de De la Flor.

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Osvaldo Aguirre