De cerca

Políticas de la lectura

Oche Califa, el nuevo director de Cultura de la Fundación El Libro, anticipa las características que tendrá la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Las editoriales, el mercado y el rol del Estado.

 

No es un nombre desconocido para muchos lectores de Acción, que lo vieron firmando notas sobre literatura o tango, entre otros temas. El de periodista cultural es un oficio que Oche Califa ejerció en numerosos medios, paralelamente a una obra literaria –más de 20 títulos– que lo destaca entre los autores de libros para niños de la Argentina. Entre otras tareas cumplidas, como las de guionista de televisión y editor, acaba de agregar una más, que ahora acapara sus energías: director de Cultura de la Fundación El Libro, lo que incluye el manejo de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, que el 23 de abril dará comienzo a su 41° edición, y de la Feria del Libro Infantil y Juvenil. El trabajo es mucho y el tiempo poco, pero Califa se siente seguro en su despacho de la Fundación. «Es que el equipo fijo que tenemos acá es muy bueno y todo se trabaja con una enorme anticipación», afirma.
Por de pronto, está prevista la participación, entre otras personalidades del exterior, del ex primer ministro francés Lionel Jospin, la novelista nicaragüense Gioconda Belli, el irlandés John Banville y el español Arturo Pérez Reverte. «Además, la ciudad invitada este año es México DF, que viene con escritores, músicos y artistas. También, por segundo año, vamos a llevar a cabo el “diálogo de provincias”, en el que alrededor de 15 escritores de distintas provincias comparten mesas durante 3 días. Y continuamos, por tercer año consecutivo, con el “diálogo latinoamericano”, que incluye a escritores de la región. Además de mesas, conferencias, cursos, talleres, más las visitas escolares y todas las actividades que se llevan a cabo en la mañana, cuando la Feria no está abierta al público, y que el público masivo desconoce».
–¿Son muchas actividades?
–En la primera semana tenemos las jornadas de profesionales, básicamente un encuentro de negocios, del que participan unas 2.000 personas, entre libreros, distribuidores, escritores, editores, agentes de derechos. Después, en la segunda semana, tenemos el congreso de educación, el congreso de ciencia y tecnología, el de promoción de la lectura y el de narración oral, que juntan varios miles de personas que se inscriben para participar. Somos una fundación cuyo objetivo es la promoción del libro y de la lectura: tratamos de desarrollar una cantidad de actividades que sostengan y aumenten la masa lectora en la Argentina. Eso queda tapado por el acontecimiento de una Feria que convoca a más de un millón de personas y que dura 20 días.
–No es para menos.
–Sí, pero la Fundación no es solo la Feria. Porque tenemos también otra feria, la infantil, que cumple 25 años y los vamos a celebrar. Y porque durante el resto del año se siguen haciendo actividades. Por tercer año consecutivo, estamos coordinando una incipiente red de ferias y eventos en todo el país. Lo que pasa es que a nosotros, como Fundación de carácter nacional, nos importa el libro en Buenos Aires tanto como en Córdoba, en La Quiaca o en Tierra del Fuego. Estamos en la tarea de construir un público asistente a las ferias, porque no es que uno arma los estands, abre las puertas y la gente entra: es un hábito que cada ciudad tiene que construir.
–Algo que me llama la atención, habiendo visto las ferias del libro de La Habana, de Lima, de La Paz, de Santo Domingo, es la enorme convocatoria que tienen.
–Y además la nuestra tiene una característica: nació como feria de público. En Europa, en Estados Unidos, en general las ferias son de negocios. Tienen una alta concurrencia de público, pero van a ver libros que se exhiben, no se venden: son personas involucradas directamente en la industria del libro. La Feria de Frankfurt, por ejemplo, la mayor del mundo, dura 6 días, el tiempo suficiente para que el interesado, con su agenda ya acordada, vaya y negocie lo que tenga que negociar, pasee y encuentre aquello que no previó, y se vuelva. La nuestra, si incluimos los 2 días anteriores a la apertura al público, dura 22 días. No hay otra tan larga. La Feria de Guadalajara también tiene público, pero es mucho más corta.
–Tu relación con la Fundación es muy anterior a este cargo.
–Antes estuve como voluntario, que es uno de los tres niveles de organización que tenemos. Hay un Consejo de la Fundación, que integran delegados de las distintas instituciones de la industria del libro. Después tenemos una planta fija, que somos los empleados, yo incluido, compuesta por 20 personas, a la que se le agrega personal temporario para la Feria. Y también hay comisiones de apoyo: una comisión de actividades culturales que integré durante 14 años, un comité para la Feria del Libro Infantil, y otras para el congreso de educación o las jornadas de profesionales. Son grupos voluntarios de entre 10 y 20 personas, que se reúnen periódicamente, elaboran programas, proponen ideas y, después, ayudan a organizarlas.
–Pero a este cargo llegaste a través de un concurso, ¿no?
–Y un concurso con 2.000 participantes, porque se hizo una convocatoria en los diarios. Tiene que haber sido complejo, porque duró varios meses. Después de la renuncia inesperada de Gabriela Adamo, me enteré de que esta vez la convocatoria se iba a resolver a través de una consultora externa y entonces, considerando mi experiencia, mandé el currículum. Acá en la Fundación fue una sorpresa que yo fuera el elegido.
–Siempre estuviste vinculado con el mundo del libro.
–Es cierto, y además me gusta ver la cultura desde un punto de vista político. Es decir: me interesan las industrias culturales, cuál es su mecánica, su problemática. Soy una persona que lee todo lo que está referido a las industrias: ensayos, estudios, estadísticas. No solo de la industria del libro: me interesa qué pasa con el cine o el teatro, incluso desde un punto de vista económico.
–Te referís a políticas culturales, pero no deben faltar los problemas de presiones políticas sobre la Fundación y la Feria.
–Es lógico que cualquier institución de este carácter tenga interrelaciones con el mundo político y gubernamental. En el caso nuestro, el Gobierno nacional y el de la Ciudad. Pero la importancia de la Feria es tan alta que, en general, los gobiernos, sean cuales sean, se portan bien, por así decirlo, con la Feria.
–De todos modos, cada vez más la Feria se ha vuelto un espacio para eventos políticos y debates, como por ejemplo cuando los funcionarios presentan libros.
–Estoy seguro de que este año va a ser impresionante la cantidad de libros políticos que se van a presentar. Por otra parte, todo en la Feria es tema de debate, si no hubiera debate sería preocupante. Hegemonía absoluta, gris, donde no se discute nada: no somos una institución así.
–Hablabas de promover el libro y la lectura, ¿de qué modos?
–Este año, por tercera vez, vamos a llevar a cabo en la Feria la encuesta del lector. La hace la Dirección de Estadísticas y Censos de la Ciudad de Buenos Aires y provee una valiosa información, que incluso impugna algunos mitos. Las encuestas nos dan que, en un alto porcentaje, el asistente a la Feria es un lector real, no alguien que va a ese lugar como si fuera a un shopping. La pregunta acerca de si tres meses antes de la Feria concurrió a alguna librería, por ejemplo, nos da un porcentaje muy alto. Hay mucha gente con estudios terciarios, completos o incompletos. Y tenemos una gran participación juvenil, por supuesto.
–¿Cómo ves, entonces, la situación de la lectura en la Argentina?
–Por supuesto que uno siempre ambiciona más, pero la Argentina es un país con tradición lectora. Es un país donde se construyeron tempranamente las industrias gráficas, el país de los primeros diarios grandes de América Latina, de las primeras editoriales importantes que abastecían a todo el mercado de habla hispana, y con sectores populares alfabetizados tempranamente: las ediciones populares fueron numerosísimas. Todo eso está en la tradición y es parte de la inercia con la que se mueve la sociedad, pero a partir de ahí hay que trabajar. Uno podría quedarse con que eso ya está y somos un país lector, pero también podemos dejar de serlo.
–¿No puede estar ocurriendo eso?
–Si no trabajamos, sí. Pero las percepciones que tengo no son negativas. Si vemos las estadísticas anuales, vamos a encontrar que la venta de la novedad y la venta del catálogo, lo que llamamos el fondo editorial, van prácticamente empatados. Esto, si no hubiera un lector genuino no ocurriría, solo venderían los lanzamientos de novedades. En diciembre hicimos una campaña en todo el país, «Regale libros en Navidad», que tenía como premios una lista heterogénea de más de 200 libros: novedades, literatura, divulgación científica, infantiles, etcétera. El libro que más se llevó la gente es Los miserables, de Víctor Hugo.
–Daría la sensación, sin embargo, de que a las editoriales ya no les interesa tanto tener catálogos y apuestan a la novedad.
–Según qué editorial. La Cámara Argentina del Libro tiene casi 500 editoriales aportantes, y todas esas editoriales no pueden vivir de la novedad, solo las grandes pueden vivir de lanzamientos. Y además hay mercados regionales, con editoriales que en Buenos Aires no se conocen. Córdoba, por ejemplo, tiene una industria editorial y una veintena de sellos editoriales propios, que en muchos casos no desembarcan en Buenos Aires, venden en Córdoba y a veces exportan.
–En ese panorama, ¿cómo ves la industria editorial?
–También en la industria editorial incide la inercia de esa tradición. La industria editorial no se detiene, aunque el momento no sea bueno. Los momentos son cíclicos, hay buenos y malos. Hay algunas dificultades crónicas que no se solucionan. Una es el papel, que es el insumo principal, y otras las dificultades de supervivencia de las librerías: una librería necesita 20 metros cuadrados de superficie, y tener un stock, que en gran medida es un capital inmovilizado: tenés que tener un Quijote, por ejemplo, por si te entra un tipo una vez al año a comprar El Quijote. Y no hay políticas de gobierno que ayuden.

–¿Ninguna?
–Alguna cosa hay. Está la Semana de las Librerías, en Buenos Aires. Hay parches, digamos.
–Este no sería, entonces, uno de los buenos momentos.
–Los últimos años no fueron malos, en general, porque el consumo ha estado bien sostenido, y ha habido muchos años seguidos de compras del Gobierno muy grandes. Hubo volúmenes muy importantes de compra de libros, y muy diversificadas: todas las editoriales que se han presentado han podido colocar algo. Para el editor argentino exportador fue muy malo el uno a uno, porque era imposible ir a vender un libro afuera: ahora está en mejores condiciones.
–¿Entonces el problema lo tienen los importadores?
–La importación tiene una limitación en este momento, puesta por la Secretaría de Comercio, a los libros, zapatos y cualquier otro producto.
–Habría un problema entonces, considerando que a los derechos de muchos autores los tienen representantes españoles: si el libro no se importa, no se consigue.
–Pero en general son editoriales extranjeras que están asentadas en la Argentina e imprimen acá. A un libro de Vargas Llosa, por ejemplo, lo imprime una imprenta argentina para la filial de un sello español. Lo mismo con los sellos mexicanos, colombianos o de donde sea. El que sí viene de afuera, muchas veces, traído por un importador, es el libro académico, que tiene un público limitado y no se justifica imprimirlo acá, pero si traen 200 ejemplares los venden.
–Para terminar, ¿cuáles son los planes de acá en adelante?
–Bueno, tenemos la Feria del Libro Infantil, vamos a continuar en la tarea de establecer una red de ferias y eventos culturales y vamos a trabajar también en mejorar nuestra comunicación, particularmente en la formación de un observatorio de la industria del libro que nos permita tener permanentemente un acopio de todo lo que ocurre, y luego procesarlo, para transmitirlo a los medios para que tengan buena información. Queremos avanzar en el sentido de poder tomar decisiones que no se basen solamente en la percepción y la experiencia personal, sobre todo en un mundo tan cambiante. Hay una política hacia los sectores juveniles, y otra actividad que se llama Zona Futuro, que ya el año pasado se hizo, donde vemos cómo se está leyendo en los formatos digitales, cómo están leyendo los jóvenes. El mundo cambia y, si nos distraemos, vamos a encontrarnos un día contra las cuerdas pegando trompadas, creyendo que vamos ganando cuando en realidad fuimos retrocediendo.

Daniel Freidemberg
Fotos: Martín Acosta