De cerca

Una vida en canciones

La actriz presenta Traducción de las noches en el CCC, una obra hecha de poemas, anécdotas y temas musicales que evocan, entre la realidad y la ficción, su infancia y su adolescencia. El recorrido artístico que la llevó a la televisión, el cine, el teatro y, finalmente, a descubrir su voz como cantante.

En mi casa he reunido juguetes pequeños y grandes, sin los cuales no podría vivir. He edificado mi casa también como juguete y juego en ella de la mañana a la noche». Las palabras de Pablo Neruda dan la bienvenida y se erigen como el lema del hogar-estudio que Virginia Innocenti tiene en Villa Ortúzar. La dueña de casa prepara un café y pide un ratito para terminar de maquillarse. «Vengo de días duros que me han ajado la cara», avisa. Mientras se espolvorea su delicado rostro, se anima a hablar de su papá, que murió hace unas semanas, y de lo complejo que fue afrontar tamaña pérdida sola. Hace un esfuerzo por no quebrarse y pide cambiar de tema y conversar de «cosas más luminosas». La mira Pompis, un Yorkshire que heredó de la casa de los padres y que ahora es su compañero de sillón.
Huele a historia familiar la sala donde recibe a Acción. Hay muebles antiguos, portarretratos, imágenes de la actriz y cantante de cuando tenía cuatro años. En otro rincón, una salamandra rodeada de troncos aporta calor y calidez al ambiente. Una pared ostenta orgullosa un cuadro que enmarca a la Tita Merello que encarnó hace unos años en la obra Dijeron de mí. Y llama la atención un cassette con los grandes éxitos de Sui Generis. Es que de esta reliquia setentosa sale buena parte de la música de Traducción de las noches, que Innocenti viene presentando desde fines de agosto en el Centro Cultural de la Cooperación.
–¿En esta sala jugás, como se lee en el pizarrón junto a la puerta de entrada?
–Compongo, creo, ensayo y, básicamente, juego a trabajar en esto que me apasiona que es la poesía, el canto y la actuación.
–Un atractivo cóctel para volver al CCC.
–Esa institución que desborda arte, pero también ideología, es como mi casa. Allí estrené Noches romanas en 2013, una obra que retrata la amistad de Anna Magnani y Tennesse Williams. Y después debuté con mi primer espectáculo como directora, La oscuridad de la razón, en 2015. Yo trabajo donde me convocan, pero con el Centro Cultural de la Cooperación tengo una relación especial, ya que se trata de uno de los contadísimos espacios que defienden y valoran la poesía.

Después de la oscuridad
El título Traducción de las noches, que desembarcó en la Sala Tuñón, tiene un subtítulo inquietante, «Biografía descarnada». Innocenti completa: «Es un relato biográfico hecho de poemas, anécdotas y canciones, un recorrido de tono oscuro con final feliz, que abarca mi niñez, preadolescencia y adolescencia, que transcurrieron en la década del 70 y hasta 1983, con la llegada de la democracia».
–¿Cuál fue el punto de partida de la obra?
–Hacer un retrato personal, en forma de relato poético, en el que juego entre la ficción y la realidad. Y en el que busco repasar un clima de época con música que me ha acompañado, pero también con poemas sobre anécdotas y hechos personales, en relación con el contexto del país en aquellos tiempos aciagos.
–¿Por qué elegiste el título Traducción de las noches?
–Supongo que porque apareció en mi mente aquella niña solitaria que fui, evolucionada y que se las rebuscaba de tal forma que me leía los cuentos solita. Así sucedía, no sé bien por qué. En un momento de la obra me pregunto: «¿Cómo sobrevive una niña entre seres voraces que suponen ser acreedores de su luz?». Que yo bailara y cantara de tan chiquita eran las herramientas que tenía para abrazarme a la luz del ambiente que me dio vida, pero también me proponía un proyecto de muerte.
–En tu obra la palabra «muerte» no pasa desapercibida.
 –Creo que hay madres que te dan la vida y después te la quitan. Convengamos que es poesía que tiene que ver con cuestiones que la mayoría de los hijos les reclaman a sus padres. Me refiero a la relación amor-odio a la que tantas veces nos hemos referido en las sesiones terapéuticas.

–¿De ahí viene la elección del subtítulo «biografía descarnada»?
–Claro, de hablar de lo que más conozco; o sea, de mí. Y de la construcción de un relato que sea universal, es decir, que el público pueda identificarse con el personaje, porque básicamente la que está allí en el escenario no es Virginia, sino que se trata de una actriz hablando de alguien que conoce mucho.
–¿Sentías urgencia de escarbar en tu interior, en tu pasado y en tu familia?
–Yo escribo poesía desde los 9 años y empecé a componer música a los 16, por lo que gracias a esa precocidad me abracé a lo luminoso y a lo positivo que mi familia me pudo ofrecer. Y como digo en la obra, escribo lo que escribo porque mis padres están agonizando, por lo que siento una profunda necesidad de sacar a la luz lo oscuro y de proteger mi psiquismo del daño recibido. Es algo así como un exorcismo.
–¿Para sanar?
–Sí, para liberarme, para estar más aliviada y liviana por la vida. Hoy estoy aquí pudiendo hacer todo lo que hago gracias a la música, la poesía y el psicoanálisis. Soy una sobreviviente de lo doméstico y del afuera. Hoy vivo después de haber sobrevivido mucho tiempo. Hago terapia desde los 18 años y me parece que es una de las ciencias más revolucionarias del siglo XX. Sin ella, yo siento que estaría muy mal.
–¿Cómo es la relación que establece con la música una artista que llegó a la popularidad como actriz?
–Para mí en el espacio musical no hay ninguna especulación posible: todo es muy personal. A lo largo de mi vida me han ofrecido grabar discos de salsa, ir a Miami, pero no. Yo con la música tengo una relación casi religiosa que se adecua a esta persona que soy hoy, que poco tiene que ver con aquella que fue conocida en la televisión.
–¿Una relación religiosa con la música?
–La música siempre me ha rescatado. Canto lo que necesito cantar y me representa en este momento tan importante.
–¿A la poesía llegaste desde la música?
–De alguna manera, el canto me acercó más a la poesía que la actuación. Hace un tiempo me empecé a animar y decir que soy una artista que hace poesía musical. Pero, fundamentalmente, soy una mujer que se ha formado en muchas áreas del arte. Y todas las herramientas las pongo al servicio del área artística en la que decido expresarme.
–¿Cómo te sentís de haber encontrado una voz musical, un estilo propio?
–Me da mucha satisfacción que la gente me reconozca por mi voz musical y no actoral, me genera mayor confianza para apostar a la cantante que está cada vez más consolidada. Yo no soy una actriz que un día le pintó cantar. Me crié en un mundillo con padres que tocaban el piano y la trompeta y hermanos vinculados al rock y al jazz. Crecí escuchando ópera, tango, canciones populares románticas y también el folclore formó parte de mi vida.
–¿Pasó a ser más importante la música que la actuación?
–Yo creo que sí. La música me enriquece y me alegra la vida, porque también mi repertorio es vivaz, ecléctico y disfruto de todas las canciones que elijo interpretar, más allá del género al que pertenezcan.
–¿La artista integral que sos ahora fue consolidándose a partir de tus espectáculos autogestionados?
–¿Y si no, cómo? ¿Quién te contrata hoy para recitar poesía? Y por suerte todavía hay gente a la que le interesa lo que tengo para decir y paga la entrada. Pero es muy raro que un productor te convoque para un show de poesía y música. Agradezco que existan espacios como el CCC, que siguen apostando a la utopía, de lo contrario me tendría que dedicar a otra cosa.

–¿Corrés riesgos de no ser convocada para puestas ajenas?
–Es tan fuerte lo que me pasa con mis espectáculos, es tan poderoso lo que siento con la producción de mis contenidos, que no me afecta ser dejada de lado, no ser llamada. Pero eso no significa que cierre las puertas o rechace propuestas, al contrario.
–Está claro que hacés lo que sentís.
–En lo musical, nunca nadie me dijo qué tenía que cantar. Y, en el plano actoral, escucho la propuesta y decido. Y si acepto, me pongo la camiseta como si fuera algo propio. Pero puedo trabajar en grupo y ser dirigida por otro, no soy una persona hosca.

Caminos transitados
En algún punto de su carrera, Innocenti comenzó a alejarse progresivamente de la televisión, el teatro comercial, el cine. «No quise especular con ganar plata haciendo cosas que eran para una edad o no me interesaban demasiado», explica. «Podría haber seguido haciendo Confesiones de mujeres de 30: me llené de plata y pude haberlo hecho hasta los 50. ¿Tenés alguna duda de que nos habría ido bien? Pero por esfuerzo y por prepotencia de trabajo tengo lo que necesito para vivir. Llevo una vida austera, no soy una persona consumista. Eso es así más allá del momento económico que esté atravesando».
–¿Nunca pensaste en volver a hacer Dijeron de mí?
–A pesar de que fue una de las obras más importantes, con un texto escrito por mí, no pienso relanzarlo. Me parece que fue una obra bisagra en lo personal, y por tratarse de una artista como Tita Merello, pero lo fue para un determinado momento. No lo siento en la sangre como para retornar.
–En este momento, ¿la televisión también suena muy lejana?
–Mirá cómo son las cosas: hace diez años que no hacía televisión y me llamaron para hacer un capítulo de Rizhoma Hotel, el unitario de Telefe, junto a Jorge Marrale. Quién te dice que sea el trampolín para hacer tele no tan esporádicamente.
–¿Cómo fue el reencuentro con el timing televisivo?
–Sin problemas; tengo bastante oficio, aunque reconozco que terminé agotada. Hoy no sé si podría trabajar en una tira con las exigencias horarias que demanda. Ya no tengo la edad que tenía cuando hice Antonella, con Andrea del Boca. ¡Por Dios, qué épocas! ¡Qué rating! Se paraba el país para ver esa novela a las tres de la tarde.
–Cuando la volvés a ver, ¿reconocés a aquella Virginia veinteañera?
–Sí, la reconozco, es una pariente cercana. Habiendo pasado la barrera de los 50, hoy puedo decir que no me arrepiento de nada de lo que hice. El camino que tomé por entonces lo volvería a elegir porque siempre estuve atenta a las puertas que se me abrían y que yo golpeaba.
–Trabajaste en 18 películas, pero la última fue Lengua materna, en 2010. ¿A qué se debe que no hayas vuelto al cine?
–A que estoy muy inmersa en mis proyectos, que son mi prioridad, porque me alegran el alma. De todas maneras, veo la posibilidad de hacer cine más cercana que la de hacer televisión.
–¿Seguís disfrutando de la actuación?
–Sí, me gusta, pero no siempre, a veces la padezco. Prefiero darle vida a los proyectos poético-musicales poniendo yo las manos en el barro. Cuando actuás o representás, encarnás a otro ser que moldeó otro cerebro, y tenés que estar al servicio de una historia que no siempre resulta agradable. Pero quiero remarcar que estoy muy agradecida con el recorrido realizado.
–Tuviste el privilegio de trabajar con Leonardo Favio en Gatica. ¿Cuánto te influenció artísticamente?
–Un montón. Me siento una hija de Leonardo, una hija artística. Y aprendí mucho observándolo en el set de filmación, con esa intensidad y energía abrasadoras que lo caracterizaban. Favio fue el primer director que me permitió proponerle ideas, intercambiar figuritas; él me escuchaba, tenía esa grandeza. Hace 25 años, cuando hicimos Gatica, Favio tuvo la percepción de decirme que yo tenía un virtuosismo dentro de la música. Y recuerdo que me dio un consejo: «Tenés todo para hacer lo que desees en este mundo. Solo dale bola a lo que te pidan tu corazón y la tripa». Y aquí estoy: algo de razón tenía.