De cerca

Vivir para contarlo

Creador de personajes memorables que se repiten en sus novelas y relatos, el escritor Pablo Ramos desmenuza la relación entre realidad y ficción. Sus proyectos actuales, entre la literatura, la TV y la música.   Pablo Ramos es una máquina de hacer cosas. Ya está en el aire el ciclo que terminó de filmar en octubre para el canal Encuentro (son 8 emisiones), está trabajando en una nueva novela, tiene casi listo un libro de crónicas sobre adictos, menciona varias veces el próximo recital que va a dar con una de sus dos bandas, participa activamente en la filmación de El origen de la tristeza, película basada en su primera novela. El hotel que había inaugurado en Palermo el año pasado ya no está entre sus proyectos; se lo dejó a su socio porque, dice, se aburrió. Además, da taller literario los martes y miércoles, a dos grupos distintos. Se lo ve muy entusiasmado con cada una de estas cosas y va saltando de un tema al otro. En cierto momento, usa la palabra «hiperkinético» para hablar de él mismo. ¿Eso le molesta? «No, para nada. Sufro lo contrario. Porque son ciclos. Cuando estoy en la cresta de la ola, aprovecho. Y cuando estoy deprimido, me quedo en la cama». Siempre recalca cuánto disfruta de la lectura. En cierta época, dice, leía hasta 8 horas diarias. Eso llama la atención al verlo gesticular, al escucharlo hablar: la lectura parecería ir a contrapelo de sus movimientos ansiosos. Sin embargo, en cuanto un libro cae en sus manos se pone a leer como si lo demás no existiera, en las situaciones más diversas. «Yo hice de todo, trabajé de todo. Lo que pasa es que me aburro rápido», comenta. Por ejemplo, muchos años atrás (hoy tiene 48) conseguía trajes de bombero y viajaba con uno o dos amigos vendiendo rifas falsas por pueblos de la provincia de Santa Fe. Del mismo modo que se dedicó a eso, entrada la década del 90 estuvo a cargo de una empresa de electromecánica con 150 empleados. Seguramente podría pasar días enteros contando anécdotas sobre sus diferentes experiencias laborales. De muy joven fue mozo en el café La Paz, sobre la avenida Corrientes, y le tiró un pocillo encima a Enrique Symns, quien dirigía entonces la revista Cerdos & Peces. Symns le había pedido que le llevara un café y una barra de chocolate. Sumergió el chocolate en la taza y le dijo que podía llevárselo: «Es un lujo que nos damos Marlon Brando y yo». Esa jactancia enojó a Pablo Ramos, que le tiró el café encima. A Symns le gustó esa actitud y lo invitó a colaborar en la revista. El primer libro de narrativa de Ramos salió en 2004. Ha publicado ya tres novelas (El origen de la tristeza, La ley de la ferocidad y En cinco minutos levántate, María) y dos libros de cuentos (Cuando lo peor haya pasado y El camino de la Luna). Los personajes de la primera novela –Gabriel Reyes, su familia, sus amigos– reaparecen en las dos siguientes, en algunos de los cuentos y en la novela para jóvenes El sueño de los murciélagos. Sin embargo, surgieron en un libro anterior, de poemas: Lo pasado pisado. «Ese libro nadie lo va a ver. Desapareció», asegura. –¿Por qué? –Porque es muy malo. Estaba entusiasmado cuando lo saqué, pero después me quería matar. Fijate que el título tiene tres palabras y los demás tienen cinco. –Pasaron 7 años hasta que volviste a publicar. ¿Hubo algún motivo para eso? –Había decidido no escribir más. Después del libro de poemas, dije «la escritura no es lo mío». Un par de años más tarde, conocí a Edgardo González Amer. Él vio el libro, había una parte que se llamaba «Tardes sarandinenses» (unos poemas en un lunfardo que había inventado yo, un desastre) y me dijo: «Acá hay una novela, están todos los personajes: Gabriel, Rolando… ¿Por qué no vas a un taller literario? ¿Vos escribís narrativa?». Entonces le mostré el cuento «Luces de colores», que después incluí en Cuando lo peor haya pasado. A partir de lo que me dijo, fui al taller de Abelardo Castillo y pasó lo que ya se sabe. En un momento, Abelardo medio me echó porque yo estaba muy borracho. Fui al taller de Liliana Heker y ahí me ordené un poco. Al mismo tiempo, me metí en una clínica de recuperación. –¿Seguís escribiendo poesía? –Sí. Misteriosamente, insisto. –¿Y pensás volver a publicar poemas? –Hace poco publiqué algunos en mi blog, La arquitectura de la mentira. Mi hijo mayor es un gran poeta. Tengo tres hijos, todos de madres distintas: Antonia, que tiene un año; Julio, que tiene 17 y es músico; y Nuncio. Ellos son de apellido Petitto, yo soy Ramos por parte de madre. Nuncio todavía no publicó, tiene 23 años y es un excelentísimo poeta. No quiero sacar un libro de poesía antes de que él publique. Me parece ya bastante pesado para él tener un padre como yo. –Cuando salió El origen de la tristeza, ya había ganado dos premios tu libro de cuentos, que estaba inédito. –Sí. Escribí la novela en el taller de Liliana, la llevé a Alfaguara y no me dieron bola. Imaginate: eran fotocopias de una máquina de escribir. Todavía escribo a máquina; ahora estoy usando una eléctrica porque me agarró tendinitis. Resulta que con los cuentos gané el premio del Fondo Nacional de las Artes y el Casa de las Américas. Yo había dejado la casa al cuidado de una paraguaya amiga, que limpiaba. Llamaban preguntando por el escritor Pablo Ramos y ella decía: «No, acá no vive ningún escritor. Acá vive el Tano Petitto, que está internado». Cuando volví, resulta que me estaban buscando desde Cuba porque tenía para cobrar el premio, y también me estaban buscando las editoriales. –¿Entonces nadie en tu entorno sabía que escribías? –No. Mi mamá sabía porque ella escribe desde hace mucho tiempo un diario, pero en el barrio no sabía nadie. Hay una anécdota famosa… Me tocaron timbre a la mañana, había salido en Clarín una nota a página completa sobre El origen de la tristeza. Vinieron en comitiva el diariero, el verdulero, el de la parrilla, el peluquero. Yo estaba por acostarme, había escrito toda la noche. Entraron y uno me dijo, con el diario abierto: «Tano, ¿sos escritor? ¡Yo decía que eras un buen pibe! Como no laburás y tenés la luz encendida toda la noche, pensábamos que vendías falopa».   Infancia y familia Es difícil no hacer referencia a los aspectos autobiográficos de la obra de Ramos. Él mismo, cuando habla de sus libros, salta de pronto de la ficción a la realidad. Dice que entrevistó a Rolando para el libro de crónicas sobre adictos y lo menciona sabiendo que uno lo identificará enseguida, porque se trata de un personaje importante en sus libros; sobre todo, en el primer capítulo de El origen de la tristeza. Hace tiempo, Ramos tenía escritas 12 crónicas para ese libro, que va a llamarse Hasta que puedas quererte solo. Sin embargo, sentía que le faltaba algo. Su hermano estaba mal: se internó y ahora lleva más de un año sin consumir. «Esa era la crónica que faltaba para cerrar el libro», asegura. El hermano se llama Gabriel Alejandro. Hay una cifra ahí, los nombres de dos personajes que se repiten en su obra: Gabriel Reyes, una suerte de alter ego del escritor, y Alejandro, su hermano. –¿Por qué sentís que esa era la crónica que le faltaba al libro? –Porque yo le di el primer pase de droga a mi hermano y llevo esa culpa en el alma. Ya sé que él habría tomado igual, pero ojalá no hubiese sido yo el que le generó un mal al darle esa porquería. Entonces, no tenía que publicar el libro sin la crónica de mi hermano. –¿Te preguntan muy seguido cuánto de autobiográfico hay en tus textos de ficción? –Sí, siempre. La palabra «autobiográfico» me parece equivocada; «autorreferencial» sería un poco más precisa. No hay datos de mi vida privada en los libros, sino que trato de verme o entender algo que no se dio, imaginar. El camino de la Luna empieza con un cuento en el que Gabriel cumple 63 años. ¿Es autobiográfico? Sí, aunque yo tengo 48. Ahí escribí algo plenamente autorreferencial, porque le tengo un profundo miedo al Alzheimer. –La familia aparece como algo importante en tus tres novelas y en toda tu literatura. ¿Qué es la familia para vos? –Creo que hoy está vinculada con un concepto bastante egoísta: «Salvémonos nosotros y que los demás no entren». Antes, la familia era mucho más abierta. En mi casa entraban y salían permanentemente todos los pibes y en las casas de los demás también. La familia era la cuadra, te podría decir. Ahora le ponemos cada vez más cerraduras a la puerta. Acá, en esta casa, vivió mucha gente: venía, se quedaba un tiempo, se iba. Después, me puse en pareja y bueno, las cosas cambian. La familia, para mí, tendría que ser un lugar donde el «yo» se convierte en «nosotros». Así debería ser la sociedad también. La idea del Estado de bienestar del peronismo me parece maravillosa: hacer del país una gran familia. Por eso, cuando viene un proyecto como el de los Kirchner… voy a extrañarlo ahora que se va. –La infancia también está muy presente en tu obra. ¿Es algo que recordás seguido? –Totalmente. Creo que fue la única etapa feliz de mi vida. Después tuve momentos de felicidad, pero ya no de levantarme con ganas de encarar cada día. –¿Con qué tiene que ver? ¿Lo asociás con la inocencia, con los juegos? –Tiene que ver con la no-idea. Con vivir como un animal, no pensar en mañana ni en que tenés que pagar la tarjeta de crédito. Cuando la madre de Julio estaba embarazada, di un adelanto para un alquiler y era una estafa. A mí, que no me como una, se me escapó. Y terminamos en la calle, viviendo en un hotel. Recuerdo que me levantaba y decía «otro día más…». Muchas noches me dormía y todavía me duermo con la ilusión de no despertarme. Sin embargo, hay que vivir como se pueda, ir para adelante pese a todo lo que te perturba y te tira para abajo. Creo que escribir es la gran salvación. Todo el mundo debería escribir un poco. Yo esperé mucho tiempo para hacerlo, pero siempre tuve la intención, desde chico.     Por instinto En principio, Animal que cuenta, el programa de Ramos en canal Encuentro (los martes a las 21), iba a ser únicamente la adaptación de cuentos a la pantalla chica, uno por cada emisión. Nada más, nada menos. Sin embargo, sobre la marcha, fueron sumándose ideas. Entonces, aparte de la adaptación, el escritor reflexiona en el programa sobre cada uno de los relatos y entrevista al autor. «La gente de Encuentro quería hacer algo conmigo, insistió y terminamos armando esto. Llegamos juntos a darle un formato. Ellos trabajan mucho y son muy buenos a la hora de opinar», dice. Se grabaron 8 emisiones y él ya tiene ganas de seguir, de hacer otros. Los cuentos son de Mariana Enríquez, Sergio Olguín, Samanta Schweblin, Horacio Convertini, Naty Menstrual, Ricardo Romero, Fabián Casas y Pablo Ramos. Sí, el propio Ramos, porque «la gente del canal quería incluir un cuento mío». Actúan, entre otros, Violeta Urtizberea, el payaso Chacovachi, Claudio María Domínguez (hace de sí mismo en el cuento de Convertini, donde un hombre secuestra a Domínguez) y Willy Piancioli, de la banda Los Tipitos. Los autores de todos los cuentos son argentinos y más jóvenes que Ramos. Eso fue lo que le pidieron en el canal «por ahora», agrega, volviendo a conjurar el deseo de seguir. El criterio con el que seleccionó los textos fue, simplemente, el que le indicaba su gusto. Sin falsa modestia, quizá un poco sorprendido, repite y vuelve a repetir que el programa quedó muy bueno. «Es dinámico, divertido y profundo». –¿De dónde viene el nombre? –Abelardo Castillo dice que el hombre es el único animal que cuenta. Y yo me siento un animal que cuenta, en diferentes sentidos. Está la idea de contar como un animal, contar por instinto. Sergio Olguín dice que soy un escritor antiguo, que tengo ideas literarias del siglo XIX, porque tiendo a sacralizar la escritura. Cuando filmamos con él, me comentó: «No estoy muy de acuerdo con lo que planteás, pero el programa me parece muy bueno». –¿Cómo te sentís cuando él dice lo de «escritor antiguo»? –Bien. Sé que la diversidad de ideas existe. Además, tengo una certeza: el lector, cuando compre un libro mío, me va a encontrar ahí, estoy yo. Por eso no causo indiferencia. Soy yo y lo mismo cuando juego a la pelota, cuando toco la guitarra. Soy yo siempre. Aparte, Sergio me lo dice con cariño, es un tipo de buena leche, una persona que me ayudó mucho. Y, si la crítica viniera con mala leche, lo mejor que podés hacer es usarla en tu favor. –Más de una vez te relacionaron con Arlt, pero me cuesta un poco encontrar esa relación. –Mi influencia no es Arlt. A mí me influyeron los escritores estadounidenses. Sobre todo Salinger, Cheever y Carver. Lo de Arlt tiene que ver con la fuerza y la locura de lo que escribo. Mi primera novela salió en un momento en que estaba medio aburguesado lo que se publicaba en Argentina. El origen de la tristeza muestra una aventura, no es una novela intelectual. –¿Te gusta la posibilidad de definir El origen de la tristeza o La ley de la ferocidad como novelas de aventuras? –Sí, absolutamente. ---Salvador Biedma Fotos: Jorge Aloy