De cerca | ENTREVISTA A RUBÉN RADA

«Yo soy candombe»

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Gabriel Plaza - Fotos: Martín Pérez

Con 80 años recién cumplidos, el músico uruguayo celebra los principales hitos de su trayectoria y prepara nuevo material. Historia y presente de una leyenda.

Nació en el barrio de Palermo, en la calle Tacuarembó de Montevideo. Vivía en una pieza con siete personas. Fue criado por su madre y su tía. A los dos años se enfermó de tuberculosis y, con el tiempo, su sueño de ser jugador de fútbol de Peñarol se esfumó: cuando se fue a probar al club tenía una mancha en los pulmones. Trabajó limpiando las butacas en el estadio Centenario y el cine Premier, pero tenía un plan B: la música. En los 50 encontró su camino profesional primero con la orquesta de Pedro Ferreira y con los Hot Blowers, una banda de dixie jazz, donde marcaba la diferencia imitando a Louis Armstrong. En paralelo salía con la comparsa Morenada y la murga La Nueva Milonga. En los 60 un productor lo dejó afuera del proyecto Los Shakers que lideraban los hermanos Fattoruso por su color de piel, pero tuvo revancha. Un día se cruzó en la calle con el músico Eduardo Mateo. Fue el big band de un nuevo género, el candombe beat. Rubén Rada reveló entonces su genio en las agrupaciones más importantes de la historia del Uruguay: El Kinto, Tótem y Opa.
Con «Las manzanas», su primer hit como solista, entró en todas las casas del Uruguay y de ahí en más no se detuvo: grabó cerca de 45 discos, y sus canciones forman parte sustancial de la música del Río de la Plata. El 16 de julio cumplió 80 años de edad. Sentado en el living de su casa en Montevideo, mira para atrás todo lo que vivió. «El balance que hago es que a los 80 años estoy entre los cien mejores de América Latina y para mí eso es un honor. Soy un tipo querido por los artistas y por eso me mantengo, no porque venda muchos discos», dice. El departamento del músico está cerca de su barrio de la infancia, sobre un boulevard arbolado, en una zona tranquila cercana al Parque Rodó. Son días agitados. La celebración de sus 80 años con una serie de cuatro conciertos con entradas agotadas en el teatro Sodre, tuvo la presencia de invitados como León Gieco, Los Auténticos Decadentes, Julia Zenko, Emiliano Brancciari de NTVG, Laura Canoura, Pinocho Routín, Sebastián Teysera de la Vela Puerca, Pitufo Lombardo, Ricardo Lew, Daniel «Lobito» Lagarde, exbajista de Tótem, Ricardo Nolé, Facundo Balta y Samantha Navarro.

«Más que nada soy un crooner. Me crie cantando en cabarets, boites, barcos, pizzerías, donde vivía haciendo repertorios de jazz, bossa nova, lo que fuera.»

En estos días en Montevideo no se habla de otra cosa que de los shows de Rada. «Estoy muy contento con lo que pasa con mi música en Uruguay. Nunca había llenado el Sodre más que una vez. Ahora fueron cuatro y podrían haber sido cinco. Le decía al público: “No sé si vienen a verme o a despedirme”», cuenta, y se ríe. La familia lo acompaña arriba y abajo del escenario. Sus hijas, las cantantes Lucila y Julieta, y su hijo Matías, guitarrista, forman parte de su banda. «Eso, para mí, es muy importante», confiesa. Su mujer Patricia estuvo a cargo de la producción de los conciertos. «No los quería hacer. Lo tuvimos que convencer», dice la esposa. Ahora faltan seis horas para el último show de la seguidilla. En su casa el ritmo se intensifica, pero Rada se mueve lentamente. Camina en pantuflas, parece cansado –son más de dos horas y media de show de concierto por noche–, pero enseguida se pone el traje de anfitrión, bromea con su cuñado que está en la sobremesa, convida un alfajor de dulce de leche y cuenta la historia del muñeco de Ray Charles en miniatura, ubicado entre los premios Gardel, que cuando le aprietan un botón empieza a cantar «Georgia on My Mind». «Lo amo a Ray Charles. Cuando empecé a escucharlo le afané un montón de piques, como esa manera de llorar y roncar, que hago en el tema “Mi país”», comenta.
La voz es uno de los grandes tesoros de Rada. Es dueño de un impresionante registro vocal y de un notable buen gusto como intérprete. «Más que nada soy un crooner», se autodefine. «Me crie cantando en cabarets, boites, barcos, pizzerías, en cualquier lado, donde vivía haciendo repertorios de jazz, bossa nova, lo que fuera. Cuando recién empecé a grabar discos que empecé con los Hot Blowers, con Fattoruso, Cacho de la Cruz, Bachicha, tocábamos temas de Armstrong, trabajamos de eso. Después vino Pedro Ferreira con una orquesta y ahí aprendí el candombe, porque Pedro era el tipo que mejor cantaba el candombe. Hay que meterle swing, dejar que el ritmo corra y cantar sobre la melodía. Pedro me enseñó eso. Y mi ídolo, el primer ídolo que tuve, fue Carlos Gardel. Escuchaba Radio Clarín, desde las 10 de la mañana hasta las 11 de la noche, con todos los tangos de Gardel. Fanático, enfermo de Gardel. Iba al cine a verlo en Cuesta abajo, El día que me quieras. Veíamos todo, bo. Para mí, fue el mejor».
–Te diste el gusto de grabar el disco Tangos, milonga y candombe en 2015, un homenaje a ese ídolo popular. ¿Fue como evocar el sonido de la infancia?
–Mi forma de cantar el tango es como si un negro cantara un blues. Todas mis vivencias de chico me ayudaron a cantar el tango, porque si no tenés vivencias no podés. Tiene que haber una mina que te dejó, un amigo que no fue a visitarte al hospital, alguien que se portó mal con vos. Las vivencias de la vida: quedarte solo, sin un mango, tirado. El tango se empieza a entender a partir de los veintipico de años.
–¿Qué es el candombe para vos?
–Diríamos que yo soy candombe. Mi padre era candombero. Mi madre se moría con el candombe aunque era brasileña. Lo primero que escuché en mi vida fueron los tambores: era como en África. Estábamos jugando a las bolitas en la tierra y de golpe escuchábamos el sonido del tambor y salíamos corriendo, y por ahí los tambores estaban a diez cuadras, pero teníamos el oído afilado. Yo no me puse a tocar candombe. Es igual que un salteño que toca el bombo legüero, lo tocan desde que nacen. Lo tenés adentro, es parte tuya. No te das cuenta. Pero estás en una fiesta, te lo dan a tocar y lo hacés.

«Mi forma de cantar el tango es como si un negro cantara blues. Todas mis vivencias de chico me ayudaron a cantarlo, porque si no tenés vivencias no podés.»

–¿Pensaste que ibas a llegar tan lejos?
–No, todavía no llegué. El candombe es el único ritmo que no es conocido mundialmente, a pesar de que para mí es el ritmo más poderoso que dejó África en estos lugares. Rítmicamente es maravilloso. Ir a las llamadas y ver cuando pasan es tremendo, pero no tenemos país. Cuando digo que no tenemos país es que el Uruguay nunca habló del candombe. Cuando viajas todos piensan, o no saben, que hay negros acá. Y en un momento el 10% de la población era negra.

–Te preocupaste por dejar un legado en el candombe y en la música del Uruguay.
–No solamente yo. Soy solo uno de ellos. Otro es Beto Satragni con Raíces. Otro es Cacho Tejera, Hugo Fattoruso, Jaime Roos, Lágrima Ríos, una cantante increíble, Pedro Ferreira, el Lobo Núñez. Quizás fui el más visible de todos, pero no soy el único. El candombe, el samba, el cha cha cha, la rumba, son ritmos. Los músicos lo que hacemos es afanar, captar el ritmo y componer sobre esa base, pero el ritmo no necesita de nadie.
–Alguna vez dijiste que tu canción preferida es «Malísimo», ¿por qué?.
–Para mí «Malísimo» es una de las mejores canciones que hice por la música y la letra, a pesar de que cuando la canto en los shows de ahora les explico a las mujeres que esa letra tiene que ver con la omnipotencia del hombre. La escribí en un momento de despecho. Es como el tango «Tomo y obligo». Los hombres pasamos por una época brava, pasamos por una época de reyes, hemos hecho cada cosa tremenda bo. 
–Tenés dos hijas mujeres. ¿El feminismo te ubicó en otro lugar?
–Claro. Con mi mujer Patricia aprendí a hacer otro tipo de letras. Por ejemplo «Terapia de murga» tiene que ver con que ella es psicóloga. Entonces le afané todas las palabras de Freud y Lacan cuando digo: «Que no vale proyectar mi culpa hacia los demás/ no hay que ser tan pesimista». Todas palabras que ni conocía. A mí me ayudó muchísimo. Pero realmente siempre pido disculpas no solo a las mujeres, sino a las personas que piensan distinto sexualmente, que en este momento son cantidades de ideas nuevas. Estamos aprendiendo un libreto nuevo todos los días. Lo más grande que tengo es Julieta porque cuando digo algo sobre las mujeres ella me dice: «Papá, deconstruite». Me lo merezco.
–A la vez, fuiste criado por mujeres fuertes
–Por mi madre y mi tía, que tenía un hijo de la misma edad que yo. Entonces como mi madre no tenía leche en los pechos me amamantó mi tía que era soprano. Ella cantaba como Lily Pons, pero tenía un marido del rrioba que le decía: «Que vas a cantar, anda para allá». Ella me amamantaba y cantaba. A veces pienso que gracias a mi tía afané esos agudos. Divina. Eran cinco brasileñas que vinieron de Santana do Livramento y mi abuela las colocó a todas con cama en Pocitos. Era la época que en Uruguay había trabajo, con una clase media grande. Los tiempos de la Suiza de América.

Sintonía actual
Rubén Rada no terminó la escuela y nunca estudió música formalmente. Todo nació de una intuición natural para escribir melodías que quedaron grabadas en la cultura uruguaya: «Montevideo», «Dedos», «Candombe para Gardel», «Malísimo», «Biafra», «Blumana». Pero no vive del pasado. «Estoy muy contento con las bandas jóvenes que hay. Grabé con el Peke77 y tengo dos nietos, uno de 11 y una de 7. Un día cuando llegué a mi casa me dijeron: “Abuelo te fuiste pa’ arriba, grabaste con el Peke”. El video del tema (“Rangos II”) tuvo como quince millones de visitas. O sea todo lo que hice a ellos no les importa, a los pibes jóvenes tampoco, pero el Peke me colocó en otro lugar».

«Me falta el Oscar. Cuando era chico plumereaba las butacas en el cine Premier y soñaba con ganar un Oscar. Gané un Grammy y lo perdí. Lo dejé en un taxi.»

Actualmente integra el jurado del programa La Voz Kids en la televisión uruguaya y eso le dio una nueva notoriedad frente a un público que no va a sus conciertos. «Ando por la calle todos los días, pero ahora es como si fuera otra persona», afirma. Rada alcanzó la categoría de leyenda musical. En la vida diaria sigue siendo el mismo. El que va al almacén de la esquina. El que está atento a lo que pasa en la calle. El que observa con preocupación la aparición de nuevos personajes de la política argentina. El que hace divertir a su familia como antídoto frente a las penurias. El que no deja de componer todos los días.
En pocas semanas subirá a las plataformas su último disco, Candombe con la ayudita de mis amigos, que cuenta con invitados como Fito Páez, Pablo Milanés, La Vela Puerca, Adriana Varela y Fernando Cabrera, entre otros. Todavía tiene, a la espera de su edición, cuatro discos más.
–¿Pensás que hiciste todo lo que querías hacer o no te da el tiempo?
–Pa’ loco, qué pregunta. Pienso que no, que no hice todo lo que tengo que hacer. Me falta el Oscar. Cuando era chiquito plumereaba las butacas en el cine Premier en mi barrio y, mientras cantaba «Singin’ in the Rain» y me aprendía todos los pasos de Gene Kelly, soñaba con ganar un Oscar. Gané un Grammy y lo perdí. Lo dejé en un taxi. Pero bueno, siempre sueño con eso. No voy a llegar, pero vamo’ arriba. Vamos a meterle.

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