Cultura

Dejarlo fluir

El escritor cordobés afincado en Buenos Aires publicó un libro de cuentos en el que refina su mundo apoyado en el terror. Los secretos del oficio y la complicidad con sus contemporáneos. Recorrido ascendente de una voz joven de la literatura argentina.

(Prensa Lamberti)

Quiero ser un escritor del siglo XIX», dice Luciano Lamberti. Licenciado en Letras Modernas, el cordobés es uno de los autores que está desarrollando una nueva mirada sobre la literatura de terror en el país. Tiene claro su rumbo y, por esa razón, simplifica cada vez más sus posibilidades metodológicas. «Quiero contar bien una historia y lo que está de moda me chupa un huevo. O mejor dicho, los debates intelectuales de la época, por ejemplo, cómo influye en nuestra vida el flujo de la información y la inteligencia artificial. Trabajo con cuestiones muy básicas de la literatura y es lo que quiero, cada vez más», advierte.
Lamberti fue parte del circuito cordobés que en los últimos años se proyectó con destino a Buenos Aires. Si bien su traslado tuvo que ver en un principio con el amor, algunos de sus colegas también terminaron viviendo en la gran ciudad. «Extraño un poco a mis amigos, pero otros escritores de la provincia andan por acá: Federico Falco, Carlos Godoy, Carlos Busqued», dice. Antes de empezar a editar por Random House y de trabajar en la librería-sello Eterna Cadencia (además de dictar algunos talleres de literatura), Lamberti ya era noticia. Había editado el libro de poemas San Francisco (2008) y tres volúmenes de relatos: Sueño de siesta (2006), El asesino de chanchos (2008) y El loro que podía adivinar el futuro (2012, elegido como uno de los mejores del año en la encuesta de la revista Ñ).
Cuando Lamberti llega al bar donde cita a Acción, chancletea con jeans y cuenta que hace poco arrancó taekwondo. Dice que le gustaría encontrar un oficio paralelo, para «limpiarme la cabeza de letras». Y enseguida vuelve a los libros. «El terror en la literatura argentina está pasando un gran momento», afirma. «Más allá de Mariana Enríquez y Samanta Schweblin, que son las más conocidas, el otro día leí El conserje y la eternidad, una novela de Ricardo Romero, y me volvió loco. Me pareció remaduro como escritor, no va a ninguno de los lugares fáciles del terror: es emocional y al mismo tiempo intelectual. Censo Lunghi también me gusta mucho: es como Puig, pero con terror».

Historias directas
Establecido en el barrio porteño de Caballito, Lamberti terminó de corregir La maestra rural (2016), lo que sería su primera novela y su debut en una editorial grande. «Nunca somos los mismos, pero cuando sos adolescente, ese cambio se puede dar de un día para el otro. Por eso, quizás, se me complicaba para escribir una novela. Con el tiempo eso se estabiliza. Ahora puedo sostener un proyecto en el tiempo, de hecho tengo una nueva protonovela de terror que en algún momento voy a tener que empezar a corregir», explica.

«Escribo todos los días, me hace bien a la autoestima», dice. El año pasado salió un nuevo libro de cuentos, La casa de los eucaliptus (Random House). Impregnado de gore, con la pasividad y la quietud rural habituales de sus personajes, Lamberti explica que este libro es más directo, que los anteriores llegaban hasta cierto punto y se detenían. «En El loro… había bastante sangre y huesos. Ahora no hay tanto delirio, es más clásico en ese sentido, es más de terror puro. Y tiene imágenes impresionantes: era algo que a mí me interesaba, que esté como en primer plano el terror, que no aparezca suavizado por otra cosa, que sea una experiencia intensa», dice.
Lamberti se queda pensando sobre el proceso de escritura, mientras se fuma el tercer cigarrillo de la mañana. «Lo mejor es lograr un estado casi zen donde las cosas se hacen solas», suelta. «No siempre lo lográs. Cuando lo dejás fluir, es cuando mejor funcionás como escritor, que es lo mismo que pasa en cualquier arte. No pensar; cuando pensás, la cagás, es lo que decía Bradbury».