Cultura | JULIO CORTÁZAR

Del surrealismo a la política

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Susana Cella

A 40 años de su muerte, la obra del autor de Rayuela e Historias de cronopios y de famas cosecha nuevos lectores y genera diversos estudios y homenajes.

Compromiso. El escritor no solo descolló en el terreno literario, sino que también tuvo una destacada actuación contra las dictaduras del cono sur.

Foto: Getty Images

Después de más de tres décadas de residir en Francia, Julio Cortázar regresó por última vez a su país cuando retornó la democracia. Fue una triste despedida poco antes de su muerte en 1984. Por diversos motivos que se alegaron el entonces presidente Raúl Alfonsín no lo recibió. El autor contaba no solo con una sólida obra que abarcaba los diversos géneros literarios, sino que también había tenido una destacada actuación contra las dictaduras del cono sur: se sabe que donó pagos por sus libros para contribuir a la defensa de las víctimas de los Gobiernos de facto.
Figura emblemática por sus escritos reconocidos a nivel nacional e internacional, defensor de los derechos humanos, fue también promotor y figura clave del boom de la literatura latinoamericana que emergió en la década del 60. Córtazar fue una especie de hermano mayor de los jóvenes escritores cuyas obras dieron consistencia a ese fenómeno.
Había nacido en 1914 en Bruselas, todavía niño su familia regresó a Argentina y vivió con su madre en el barrio de Banfield. Ya en Buenos Aires estudió en el Colegio Mariano Acosta, de cuyas clases ha dejado un hermoso testimonio grabado, donde homenajea a un profesor que les relataba las peleas de un entonces famoso boxeador, Justo Suárez, inspiración para el magnífico relato titulado «Torito», en el que la voz de Cortázar asume el relato del peleador en primera persona al tiempo que reflexiona sobre el lenguaje oral y sus cambios.
En 1951 apareció un volumen de cuentos que haría fortuna tanto en la literatura como en el cine, Bestiario. Además de su debut narrativo, ese mismo año se produjo una especie de punto de viraje. Al concedérsele una beca de la Unesco para desempeñarse en París como traductor –ya era eximio experto en inglés y francés– se traslada a Francia, una residencia que le permitirá realizar múltiples viajes, como puede ratificarse en su voluminosa correspondencia de siete tomos, donde se evidencian sus reflexiones literarias simultáneas a sus intereses en tanto testigo presencial de lo que acontecía en el mundo.
Se había manifestado opositor al peronismo –valga citar la novela El examen de 1950, publicada en forma póstuma– pero cambia su visión social cuando en 1963 viaja a Cuba, invitado a ser jurado en Casa de las Américas. Al tiempo que se consolida su posición en favor del subcontinente en plena lucha por la liberación, se publica su más famosa novela, Rayuela, representativa de la renovación literaria latinoamericana, que reveló su interés no solo por los textos que emergían en ese momento sino también por la tradición que los antecedía. En tal sentido, la publicación de Luis Haars, Los nuestros, muestra claramente el reconocimiento a autores anteriores de América Latina (Jorge Luis Borges, Juan Carlos Onetti, Juan Rulfo) como a los más recientes como Carlos Fuentes o Gabriel García Márquez. En ese contexto, Córtazar fue partícipe de polémicas en las que se discutía un tema central en aquellos años: el compromiso, la relación entre política y literatura, la innovación en las técnicas narrativas para proporcionar una escritura acorde con una nueva sociedad.

Amistades y solidaridades
Además de ser notoria referencia en el ambiente literario, su obra alcanzó mayor difusión al incluirse en las lecturas escolares (por ejemplo «La Señorita Cora», «Circe») y, en tal sentido, vale destacar un libro que, además de evidenciar la impronta surrealista que fue marca en este escritor, ostentaba un atractivo para las rebeldías adolescentes: Historias de cronopios y de famas de 1962, una serie de breves relatos que atraían por los personajes que forjó. Los «cronopios» resultan comparables al éxito que tuvo su personaje de Rayuela, la Maga, así aparecieron revistas como El Perseguidor, Cronopios o La Maga, a lo que se suma su influencia en el cine de esos años: las películas de Manuel Antín, La cifra impar, Circe o Intimidad de los parques; Blow-Up, de Michelangelo Antonioni, basada en su cuento «Las babas del diablo». Hubo también musicalizaciones como la del Tata Cedrón, que realizó un álbum basado en textos de Cortázar, Trottoirs de Buenos Aires (Veredas de Buenos Aires). Fueron los años de las amistades y solidaridades durante el exilio.
Las posturas coetáneas y posteriores no carecieron de diversidades. Córtazar pudo ser denostado o valorado tanto en la década del 70, que lo veía como un tibio liberal, hasta en las siguientes, que o bien alababan al autor de Nicaragua tan violentamente dulce o cuestionaban sus relatos de costumbres y creencias de un tiempo que consideraban definitivamente cambiado. Lo que contrasta con la pervivencia y atención que se expresa en estudios especializados, congresos y homenajes como esta conmemoración del presente aniversario. A 40 años de su muerte, la tumba con su cronopio en el cementerio de Montparnasse en París sigue siendo un lugar de culto, sembrado de colillas de cigarrillos, flores y otros objetos, a la par que sus cuentos y novelas se siguen leyendo, como cabal expresión de un artista plenamente ubicado en una época que es necesario no olvidar.

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