Cultura

Desasosiego productivo

Tiempo de lectura: ...

El actor y dramaturgo reestrena «Asuntos pendientes», una obra que indaga en las adopciones ilegales y la marginalidad social. A los 81 años, afirma que sus ganas de salir a escena siguen intactas.

 

Zonas oscuras. Pavlovsky interpreta a Aurelio, un personaje al que describe como «impregnado de violencia personal y social».

Ni animal de escenario, ni el último mohicano del teatro. Eduardo Tato Pavlovsky no es muy adepto a los apelativos. Hasta se incomoda cuando lo llaman maestro, algo que sucede cada vez con mayor frecuencia: dice que le parece extraño. «Yo soy yo, lo único que no quiero es transformarme en un personaje», desliza con un guiño cómplice el actor, que está por reestrenar Asuntos pendientes, pieza de su propia autoría que, dirigida por Elvira Onetto, volvió al Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini el 3 de abril. «Moviliza un reestreno, porque hay que revalidar lo realizado en 2013 y las 5 funciones que hicimos el año pasado. Es cierto que no despierta la misma adrenalina de un estreno, pero por el tema que rodea a Asuntos pendientes, no salís ileso: hay que transmitirle al público tamaña densidad».
No es para menos porque, según su autor y protagonista, se trata de una obra «incómoda, que obliga a buscar posición en la butaca». El elenco se completa con Susy Evans, Paula Marrón y Eduardo Misch. La trama hace foco en la compra-venta de chicos, en la marginación de ciertos sectores sociales y en el futuro incierto de los jóvenes. «Reconozco que es cruel y perversa, pero es el teatro con el que más me siento identificado, aunque sé que, por ser así, de alguna manera lo pago con la gente que me critica o deja de ver mis obras», admite. A la vez, Pavlovsky se esperanza: «Los reestrenos sirven para renovar el público. Me encantaría que viniera gente menos armada y agazapada, más dispuesta a dejarse penetrar por la intensidad de la temática y por la fogosidad de los personajes. Y que además vinieran jóvenes con la intención de vivir no una representación, sino un viaje de experimentación».
Sabe que su teatro «obliga a pensar» y que, a veces, hasta «desquicia la cabeza», pero insiste en que él sólo intenta reflejar el impacto de «las muchas cosas que nos pasaron a los argentinos» con el objetivo de sacudir hasta al más indiferente. «Pretendo que la gente abandone la sala cavilando, elucubrando; me molestaría si saliera pensando en la hamburguesa que se va a comer», describe. Más allá de que no es amigo de las definiciones, ve con simpatía la etiqueta de «francotirador intelectual», porque admite que con obras como El señor Galíndez, Potestad, Solo brumas y Variaciones Meyerhold, su objetivo era la denuncia. «En el escenario transmito, tiro, denuncio, informo cosas que a veces no se ven, por eso me siento un francotirador. El personaje de Aurelio que compongo es un tipo impregnado de violencia personal y social, que no reconoce leyes. Vive en una villa, no tiene un mango y ve la relación incestuosa de una madre con su hijo adoptado como algo natural», detalla. ¿Disfruta esta clase de interpretaciones? «Me entusiasma trabajar esas zonas oscuras, saber cómo piensan este tipo de seres humanos».
A los 81 años, Pavlovsky enfatiza que el teatro lo puede, lo desvela y que no imagina su vida sin subir al escenario. Pero, como contrapartida, se resigna a la edad que tiene: «Es mi gran problema», confiesa. ¿Por qué? «Es que hay momentos en que uno deja de mirar con la intensidad con que lo hacía, como me pasaba con las chicas», arriesga. ¿Perdió intensidad, acaso? «Espero que no, aunque mi temor pasa por perder la pasión por el teatro, el cual para mí es un alboroto de sensaciones y sentimientos», ilustra el también psicoanalista, que se cuestiona no estar más relajado. «Nunca estoy sosegado, al menos no tengo la tranquilidad de cualquier persona normal. Pero, al mismo tiempo, ese desasosiego produce que mis ganas de escenario permanezcan intactas. Finalmente, es en el escenario donde me olvido completamente de los achaques y de la edad que tengo: allí arriba soy inmortal y solo pienso en construir historias».

Javier Firpo

Estás leyendo:

Cultura

Desasosiego productivo