Cultura | TROVA ROSARINA: 40 AÑOS

Desembarco histórico

Con un puñado de canciones perfectas, una nueva camada de músicos santafesinos conquistó Buenos Aires en 1982 y dejó su impronta en la música popular.

GENTILEZA FERNANDA FORCAIA/LA TROVA
PRENSA/LA TROVA

Hace 40 años, dos o tres canciones perfectas y una guerra parieron una movida denominada, desde una evidente óptica porteña, Trova Rosarina. Fue la revelación de una escena variopinta que deshilachadamente trajinaba circuitos en Rosario, perdigones de bandas y salas míticas como Pablo, el Enterrador, El Banquete, Irrreal, el Teatro Lavardén, el Bar Savoy, el Café de la Flor. Como ocurría en Buenos Aires, inventaban espacios de libertad en medio de una dictadura que ya mostraba signos de debilidad.
Hubo un kilómetro cero que, insospechadamente, se relaciona con la figura de Frank Sinatra. 
Al revés de lo que ocurre en el presente, en 1981 Palito Ortega era el símbolo de todos los males del mundo. Colaboracionista del «Proceso», había contratado al intérprete estadounidense para que viniera por primera vez a la Argentina. La Revista Humor se había constituido en una publicación progresista de resistencia contra la dictadura y su director, Andrés Cascioli, decidió organizar un contrafestival de música popular y federal en oposición a los shows de «La Voz». Cuando se empezó a discutir la grilla, el productor Julio Avegliano le habló de Juan Carlos Baglietto, a quien había visto en el Café de la Flor. Cascioli dijo que sí. Avegliano, quien además era manager de Facundo Cabral, viajó a Rosario a invitarlo, pero el cantante puso como condición que fuera toda la banda. Cascioli resopló, pero al final accedió. Baglietto, Silvina Garré, Fito Páez, Rubén Goldín y compañía actuaron en el Estadio Obras, en medio de un encuentro de tres días que incluía a Luis Alberto Spinetta, el Cuchi Leguizamón, Dino Saluzzi. «Todos nuestros ídolos», recuerda Baglietto.
Fue el bautismo de fuego, en el Templo del Rock. El público quedo hechizado con canciones que contaban historias extraordinarias, con un nivel poético, musical e interpretativo pocas veces escuchado. Dos temas destacaron del resto: «Era en abril» (de Jorge Fandermole) y «Mirta, de regreso» (Adrián Abonizio). La primera era el relato de una pareja que pierde a un hijo y que baraja suicidarse, y era interpretada por las voces alternadas de Baglietto y Garré, que en ese momento eran pareja. A la belleza de la canción se sumaba el morbo de muchos que pensaban que se trataba de una historia verdadera, cantada por sus protagonistas. «Mirta, de regreso», en tanto, es una obra prosaica que narra las peripecias de un tipo que sale de la cárcel después de tres años. Algunas frases reverberaban en sintonía con el momento político del país, y luego fueron resignificadas por Malvinas: «La moda ha cambiado un poco, Mirta/ Ya no hay ni un pelo largo, todos parecen soldados/ Me siento parado en un cementerio/ Me recibió el frío y un nuevo gobierno».
La guerra del Atlántico Sur fue la gran propaladora de la Trova. La prohibición de pasar música en inglés dio una inusitada visibilidad a músicas que el poder ignoraba e, incluso, que había censurado. Baglietto al frente de una banda de compositores formidables (además de Fandermole y Abonizio, Rubén Goldín y un Fito Páez de 18 años) sintonizó con la época. El disco, inmejorablemente titulado Tiempos difíciles, fue editado en abril de 1982 por el sello EMI e incluía un cancionero sólido, a contramano de lo que estéticamente empezaba a conocerse desde los sótanos. 
En la transición entre dictadura y democracia, hubo un desplazamiento de forma y fondo que la guerra no hizo más que precipitar. Una modernización musical en sintonía con lo que ocurría en Europa y los Estados Unidos, y una lírica que hablaba de liberar los cuerpos y bailar. Los músicos de los años 70 reformularon su sonido (Charly García, Miguel Cantilo con Punch, Los Abuelos de la Nada, Raúl Porchetto, León Gieco) y surgió una movida heredera del punk, el glam, el funk: Los Violadores, Virus, Sumo y tantos más pusieron el rock patas para arriba. En esa escena, la Trova fue una rara avis, una implosión desde un puerto como Rosario. Pedía una escucha atenta y ofrecía un nivel poético que solo se encontraba en la tradición tanguera y folclórica. 
Tiempos difíciles fue un éxito instantáneo. Páez aportó cinco de los diez temas: «Aunque mañana no estés», «La vida es una moneda», «Puñal tras puñal», «Sobre la cuerda floja» y «La música del Río de la Plata» (letra compartida con Baglietto). También figuraban «Los nuevos brotes» (letra de Juan Monfrini y música de Rubén Goldín) y «Dulce pájaro» y «Sin Luna», ambas de Goldín. En los créditos destacaba Baglietto (voz y guitarra acústica), Garré (coros), Páez (piano, teclados, coros y arreglos), Goldín (guitarra eléctrica, voz y arreglos), Sergio Sainz (bajo), Luis Cerávolo (batería), José «Zapo» Aguilera (percusión), además de las colaboraciones de Manolo Juárez y Chango Farías Gómez.
Lo presentaron en Obras el 14 de mayo, un mes antes de la rendición de Puerto Argentino. Provocaron un furor nunca antes visto para el debut de un solista. Sería injusto considerar que el fenómeno fue apenas una esquirla de la guerra. Hace 40 años, en una Argentina que había tocado fondo («no hay rima que rime con vivir», escribió por esos años Abonizio), Baglietto y su brillante troupe de bohemios demostraron el poder imperecedero de esa unidad misteriosa –música y palabra, poesía y silencios– que es la buena canción popular. La Trova Rosarina lejos estuvo de ser una moda pasajera; por el contrario, su matriz pervive en la vigencia de estos artistas que sin pelos o con canas continúan peleando contra molinos de viento en estos, otros bien diferentes tiempos difíciles.


Mariano del Mazo