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10 años sin Spinetta

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Mariano del Mazo

Edificó una matriz artística única, hecha de rebeldías e iluminaciones. Murió el 8 de febrero de 2012, dejando como legado sus canciones de original belleza.

CARREIRA VÍCTOR/TÉLAM

A 10 años de su muerte, el legado de Luis Alberto Spinetta se abre en múltiples direcciones. Ese legado lo sostienen sus canciones –hermosas, trascendentes, de una originalidad única en la música popular–, pero también la coherencia de una conducta acerada. Esa conducta fue ampliamente ideológica. Desde su irrupción a fines de los 60 apenas salido de la adolescencia hasta poco antes de morir, Spinetta edificó gesto a gesto, al mismo tiempo, una manera de ser y una matriz artística. Esa fue su gran enseñanza: el camino siempre es propio. Lo escribió en la canción «Dale gracias», partiendo de Castaneda: «Un guerrero no detiene jamás su marcha».
En un territorio que todavía no había fraguado del todo como el del primer rock argentino, él fue quien lo soldó con conceptos, como portavoz de una rebeldía que conservó toda su vida. Esa actitud obcecada desplegó un sistema de valores, moral se diría, y fundó un tipo de público que muchas veces confundió lealtad con fundamentalismo.
A los 18 años mostró las primeras hilachas de su carácter. A partir del debut de una banda de barrio como Almendra, comenzó a edificar su leyenda. Una épica. Spinetta se plantó frente a la industria del entretenimiento desde el minuto cero. La RCA quería hacer una tapa con una foto de los cuatro integrantes, a la manera beatle; el cuarteto quería en la portada el dibujo de un payaso triste. La discográfica no tuvo mejor idea que decirle a los Almendra que el dibujo se había extraviado. Spinetta lo volvió a hacer, exacto. «No queríamos dejar las cosas en manos de tipos mediocres de la empresa que hacen tapas de discos como chorizos», contó.
Esa tensión de origen con la industria del entretenimiento fue una constante. Ahora es adorado de forma unánime, pero Spinetta padeció períodos de ostracismo a consecuencia de su intransigencia. Siempre hizo lo que quiso, y el capitalismo no perdona a los que eligen hacer las cosas a su manera.
Cuando en 2009 encaró la titánica maratón de Las Bandas Eternas, podría haber reunido solo a Almendra, hacer una gira y ganar mucho dinero. Pero prefirió el gesto grandioso, memorable, de juntar en una sola noche, además de a Almendra, a Pescado Rabioso e Invisible, entre otros, e invitar a Charly, Cerati, Páez, Juanse, Mollo.

Las formas y el sentido
De principio a fin, ética y estética. En 1973, cuando la palabra «liberación» era una de las más utilizadas de la época y la juventud comenzó a ser un actor político clave, ofreció su propia idea de liberación: la de las formas, la del sentido. Editó Artaud, un disco con un diseño irregular imposible para las bateas, que contenía entre otras canciones una suite de más de nueve minutos como «Cantata de puentes amarillos» y la audacia semántica «Por».
Spinetta invitaba a la incomodidad. Obligó al público a leer, a ser permeable a la poesía y a otras músicas. Además de Artaud y Castaneda, se inspiró en escritores y pensadores como Borges, Foucault, Basho, y fue marcado por el tango, el jazz rock, la fusión, el folk, el heavy metal sin dejar de ser… Spinetta. En el libro de conversaciones Martropía le contó a Juan Carlos Diez: «La música se potencia con la intensidad de mi vida y lo que viví. Yo creo que los grandes cambios generan crecimiento. A medida que uno se hace grande, ese cúmulo de experiencias y conocimientos son intensidad. Una ecuación que genera intensidad emocional, física y espiritual. Hay un equilibrio entre los sentimientos arrebatados y la paz del corazón».
Esa intensidad –ese equilibrio de sentimientos arrebatados y paz del corazón– se apagó hace diez años. El 8 de febrero de 2012 Spinetta partió, como decía Yupanqui, «al silencio». Como la luz, los ojos y el cielo, la muerte fue un elemento clave del corpus de su obra. Todo era parte de un inextricable misterio: siempre más preguntas que respuestas, más enigmas que certezas. Él mismo interrogó en «Ah… Basta de pensar»: «¿Qué razón de ser /me habrá puesto piel /en la inmensidad?».

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