Cultura

Doble memoria

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Ganadora de un Premio Gardel por el disco que grabó con el grupo Don Olimpio, la cantante refleja la diversidad de la nueva generación del folclore. Entre el paisaje natural y el mundo digital, una artista que admira por igual a Mercedes Sosa y Björk.


Solista y en banda. La compositora de Andalgalá participa en varios proyectos. (Rocio Coelho)

Una camioneta blanca, modelo 78, atraviesa el ripio de los cerros que envuelven Andalgalá, en Catamarca. Al volante va Nadia Larcher, masticando tierra pero con los ojos iluminados: un fuego que rodea la canción. La postal representa a las primeras giras de la cantora, una de las voces más importantes de la renovación del folclore argentino. La primera de la familia en nacer en un hospital y no en la montaña, como su madre. Arriba de ese móvil llegó a mil pueblos con su música y talló su destino.  
Larcher dice que antes, en Andalgalá, no había instituciones para aprender su oficio. Así fue que su padre mecánico la anotó con Pipo, un guitarrero del lugar que se dedicaba a enseñar. Allí Nadia comenzó a ordenar sus vivencias musicales y forjó la voz de su tierra. Grave e indefinida, potente y escurridiza, con una profunda marca geográfica pero también encolumnada en la estética irreverente de referentes como Liliana Herrero y Luciana Jury.

Analógica y digital
«Somos una generación que está entre la vida analógica y la digital. Cantamos el pasado más próximo y lo vinculamos con nuestras experiencias en línea: tenemos esa doble memoria», asegura la compositora que a sus 34 años recuerda el momento en el que, todavía estando en su pueblo, comenzó a llegar la conectividad y, con ella, las corrientes estéticas que no eran las que heredaba de generaciones anteriores. Fue ahí que le puso una pausa a la búsqueda de raíz y profundizó en, por ejemplo, Björk. Todo cierra.
Antes de instalarse en Buenos Aires, realizó un viaje con el espíritu de indagar en la obra de referentes como Leda Valladares y Violeta Parra. «Cuando ordené la tradición en mi cabeza, salí a buscar las líneas más antiguas de nuestra música en Catamarca: la vidala y el canto de coplas con caja. Fue otro de mis viajes iniciáticos para pensar una postura en relación con mi canto. Ese viaje quedó registrado, se llama El país de la vidala y se puede ver en YouTube».
Además de hacerse un nombre como solista y destacar en los festivales del género, formó Proyecto Pato, dedicado a la obra de Luis Víctor Gentilini; el dúo Seraarrebol, junto a Nacho Vidal; el octeto Don Olimpio y el sexteto Triángula. En este último comparte el canto y la composición con Micaela Vita (de Duratierra) y Noelia Recalde (de Valbé).
En medio de la quietud que la música vive por el coronavirus, Don Olimpio ganó un Premio Gardel por su último disco: Mi fortuna. «Mejor álbum de folclore alternativo», dice la placa, dando pistas de lo que significa el octeto de selección que integra Larcher junto con músicos como Andrés Pilar y Juan Pablo Di Leone. «Habito un conjunto de artistas que representan un eslabón conectado con un pasado reciente, muy potente. No es un lugar cómodo, tenemos la responsabilidad de cuidar y equilibrar el impulso creativo y sostener la música que heredamos en un medio líquido», dice.
Hay quienes piensan a Larcher como una descendiente directa de Mercedes Sosa, pero ella drena su influencia de manera orgánica. «Mercedes nos está esperando en el futuro. Necesitamos ser miles para poder llegar a su intensidad. Necesitamos entender todo el horizonte de su obra. Mercedes es la búsqueda, el riesgo, el canto, la intérprete, el dolor, el amor. Ir al hueso requiere un trabajo muy profundo. No hay individualidades que la reemplacen», asegura.
Su rasgo docente no es casual: Larcher también es profesora de lengua y literatura. Estudió el terciario en Andalgalá y pudo hacer base en Buenos Aires gracias a esa carrera. Da clases en la Villa 31 porque asegura que ahí dejó de sentirse extraña en la ciudad: «Descubrí que ahí estaba mi gente, en ese lugar me siento como en casa».

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