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El año de la revolución escrita

Al calor de las vanguardias, James Joyce, T. S. Eliot y César Vallejo publicaron en 1922 verdaderas obras maestras que cambiaron el mapa de la novela y la poesía.

Existe una expresión proveniente del latín, annus mirabilis, que significa año milagroso o admirable. En la literatura designa inequívocamente el año 1922 como hito, símbolo de un punto de viraje en el arte de escribir a partir de la coincidente aparición de una novela y dos libros de poemas. La primera fue en febrero, y para ser exactos, el dos de ese mes, el mismo día del cumpleaños de su autor: el irlandés James Joyce conseguía finalmente que la versión completa de Ulysses, su obra mayor, encontrara en la estadounidense Sylvia Beach una editora que no se arredró ante las censuras que venían sufriendo las publicaciones parciales, sobre todo por «inmoralidad».
Los poemarios aparecieron en el mes de octubre, en circunstancias y latitudes muy diferentes. The Waste Land (La tierra baldía) del poeta anglonorteamericano Thomas Stearns Eliot fue publicado en la revista inglesa The Criterion. El otro libro de poemas no compartía la lengua de los otros dos, ni su autor los vínculos que sí tuvieron Joyce y Eliot en Europa. Tenía además un título intrigante: se llamó Trilce, fue impreso en los talleres de la Penitenciaría de Lima y su autor, César Vallejo, era un peruano nacido en el pueblito de Santiago del Chuco, quien había arribado a la capital del país después de haber conocido la cárcel.
Las tres obras surgen en un contexto de profundos cambios y cuestionamientos de todo orden. En la literatura y el arte es el tiempo de las vanguardias, ese conjunto de movimientos (dadaísmo, cubismo, surrealismo, futurismo y otros tantos «ismos») que, pese a no ser idénticos, tenían como rasgo común el gesto de ruptura con lo anterior, en un nuevo ámbito marcado por la primera posguerra y la Revolución Rusa. El reclamo era producir un nuevo arte acorde con una época sin precedentes.
Con distinto grado de virulencia, los manifiestos vanguardistas declaraban sus rechazos y sus propuestas. Sin embargo ni Joyce, ni Eliot, ni Pound se incorporaron a ellos, en todo caso su movimiento consistió en colocarse en un puesto de avanzada, de riesgo. Junto con los «ismos», otras propuestas estaban en pleno desarrollo; cabe mencionar entonces que ese mismo año se publicó una parte de otra de las novelas centrales del siglo pasado, En busca del tiempo perdido. Su autor, Marcel Proust, murió ese mismo año. Es decir, 1922 es como la punta de un iceberg cuya parte mayor incluye muchos otros escritores fundamentales, valga mencionar a Kafka, por ejemplo.

Cambio vertiginoso
En el plano de la narrativa, Joyce condensó en un día su extensa novela, el 16 de junio de 1904, cuando conoció a su compañera de toda la vida, Nora Barnacle. Y ubicó su historia en el minucioso recorrido que hacen los personajes por la ciudad de Dublin. Mezcla de lo serio y lo cómico, uso de lenguaje coloquial y culto, del monólogo interior y de una libertad expresiva a la vez organizada metódicamente en los episodios, constituía para la época un cambio vertiginoso en cuanto a la expectativa de lectura.
El mismo T. S. Eliot pudo decir que Joyce buscó «un modo de dominar, de ordenar, dar forma y significado al inmenso panorama de futilidad y anarquía que es nuestra historia contemporánea». Por su parte, La tierra baldía presenta la visión de una época signada por el caos al que se trata de dotar de algún orden o sentido. Tanto Joyce como Eliot no desdeñaron, al contrario, la gran herencia literaria occidental, como alimento para sustentar una propuesta renovadora.
Eliot habría comenzado a escribir su obra hacia 1920, tensado entre sus estudios superiores y su vocación poética, cuando tuvo un encuentro decisivo con su compatriota Ezra Pound, ya residente en Inglaterra. Fue este quien intervino directamente, haciendo modificaciones y supresiones, la inicial versión de La tierra baldía. La resultante fue el libro que se publicó. La cantidad de referencias insertas en los poemas llevó a incorporar notas indicando las fuentes. En cuanto a Vallejo, Trilce fue su segundo libro de poemas después de Los Heraldos Negros de 1918: se trata de una apuesta de máxima a través de setenta y siete poemas en los que el uso del verso libre, los neologismos, los arcaísmos, la invención de palabras, los cambios gramaticales y la disposición espacial desbarataron las convenciones poéticas.
El rasgo común a las tres obras es la dificultad, son textos sin concesiones, fieles al proyecto creador de cada uno de ellos. Por eso las denostaciones o elogios, pero no pasaron inadvertidos. Y su valía fue cimentándose con el tiempo, como lo testimonian los homenajes que tuvieron lugar este año. Entre ellos, en Argentina, la publicación de una nueva y esmerada traducción de La tierra baldía, por Pablo Imberg, la edición facsimilar de la primera de Trilce y la del último capítulo del Ulysses, realizada por Jorge Luis Borges.


Susana Cella