Cultura | Cuento | Por Valeria Tentoni

El cascabel

Valeria Tentoni (Bahía Blanca, 1985) publicó entre otros libros Ajuar (poesía, 2011), El sistema del silencio (cuentos, 2012), Antitierra (poesía, 2014) y Furia diamante (cuentos, 2018). Es editora de Eterna Cadencia blog.

Sale de la casa sin lavarse el pelo, cosa que detesta. Debajo de la campera tiene un pulóver amarillo canario, pero debajo del pulóver amarillo canario está la parte de arriba de su pijama. Hace años que usa el mismo pijama, y en las axilas el algodón se convierte poco a poco en una capa de cuero. Así es como se ve en el vidrio espejado de un negocio: hedionda y entredormida, acercándose a sí misma de cuerpo completo. Huele como su cama después de muchas horas de uso, pero para saber eso habría que acercarse un poco más. Mientras tanto, tiene doscientos pesos en un bolsillo y la llave en el otro.
Todo el día estuvo por llover. El cielo está electrificado por una sola y tenue luz perla que no define en ningún momento la hora; podrían ser las diez de la mañana o las cinco de la tarde. Al llegar a la línea de cebra se cruza un cusco que se le arrima con la desesperación insolente de los perros perdidos. Pero no es de nadie: está sucio y raquítico, su cola es larga donde otros hubiesen amputado para diferenciarlo de los perros callejeros. El pelaje, grandes manchones blancos y negros, está salpicado acá y allá por el gris lodoso de los charcos y las cunetas, y el perro lo luce con saltitos frenéticos, indiscernibles.
No es una cuadra movida, la esquina ni siquiera tiene semáforos, pero ella se queda ahí, de pie, como si el tránsito no cortara nunca. Pasa un camión de mudanza. Pasa después un taxi vacío. Una mujer muy alta cruza en perpendicular. Le parece una mujer mayor pero no está tan segura de cuántos años le lleva, en realidad. Necesita alguien a quien contarle su secreto sin quebrarlo. Alguien que no se asuste más que ella por su secreto ni diga cosas terribles que después no pueda olvidar, sobre todo en las noches. Necesita a alguien, con urgencia.
No es simple.
En la plaza del barrio hay un cartel de chapa, fijo en el alambrado del centro de jubilados por dos aros de metal. Cuando hay viento, el aire levanta la chapa con violencia y, al abandonarla, la golpea de regreso. El tañido se escucha a varias cuadras a la redonda, especialmente de madrugada, pero no es fácil asociarlo al cartelito, que es pequeño y está escondido en las enredaderas. Suena como alguien que se está quejando. Suena como alguien con alguna urgencia indisoluble. En sus letras negras y mayúsculas se lee, quién sabe desde cuándo, la línea: «Lloré porque no tenía zapatos hasta que vi a un hombre que no tenía pies». Entre avisos de clases de taekwondo y yoga, hay otros carteles con leyendas parecidas, pero ninguna igual. Aun así, nadie se detiene ante el cartel con atención especial. Nadie lee en el cartel ninguna cosa extraña. Ella lo observa cada vez, todas las veces. Y, como si una fuerza umbría y superior la dirigiera, no logra cruzar la plaza sin pasarle por enfrente.
Esta vez, sin embargo, encaró para el otro lado. Ahora aprieta el puño en su bolsillo y el cascabel que le regalaron alguna vez como llavero tintinea. El perro responde moviendo su larga cola de cusco roñoso. Parece ser un sonido que en algún momento significó algo para él. No para ella. No todavía. ¿Por qué alguien le pondría un cascabel a las llaves? ¿Qué quisieron decirle con ese regalo? Necesita a alguien, pero no a quien le hizo ese regalo ni a nadie que le haya hecho ninguno.
Sigue sin cruzar, estacada en la misma baldosa donde comenzó. El perro queda cerca, imantado. Siente algo atravesando su frente, y cuando levanta la vista se encuentra con la de un encargado que no le saca los ojos de encima, ni siquiera ahora que ella lo descubre. No se siente halagada. No siente nada dulce ni alentador de esa mirada que, en cambio, la eriza. Él no es la persona que necesita.
Se pregunta cuánto hace que está ahí parada, cuán grave puede ser el espectáculo de alguien que no sabe a dónde va y tarda solo un poco más en decidirlo. Ya no recuerda por qué había salido con dinero, qué era lo que iba a comprar ni dónde. Era importante, recuerda, pero es poco dinero y no le alcanzaría en realidad para nada.
Por hacer cualquier cosa que la aleje del campo visual del encargado cruza la calle, se apura. No voltea la cabeza en ningún momento.
Algunos pasos después baja la velocidad. Deja de mirar a las personas: van todas demasiado rápido y en dirección contraria, quizás adelantándose a la lluvia. El perro la sigue, se acomoda a su tranco. Huele a que se estuvo alimentando de la basura. Huele a que duerme de día. Tiene heridas de guerra con otros animales y no camina del todo bien. En una pata delantera, una infección le dejó al aire el hueso. Sin darse cuenta, ella ya no puede sacar la vista de la aureola roja que lo rodea, y está a punto de tropezar cuando llegan a la otra esquina.
En esta sí que hay tránsito y semáforo, así que esperan. Vuelve a hacer sonar el cascabel, esta vez a propósito. El perro mueve la cola y deja caer su hermosa lengua rosada, una ciruela madura. Ella saca la mano del bolsillo y la deja colgando, indiferente, a su costado. El animal acerca su pequeña nariz brillante y la toca por primera vez. Siente el filamento de la humedad.
Lo mira: hay mugre, polvo, ramitas, barro por todo el cuerpo. Pestes que desaparecen en nombre de un sentimiento que aflora y se entroniza y dirige su mano derecha hacia arriba, primero, y hacia abajo, después, mientras los ojos turbulentos del perro se le dirigen con total honestidad, con total veneración.
La mano desciende, independiente y delicada, en la coronilla del perro, para después correr hacia atrás bordeando la cabeza, así hasta dibujar completa la curva en que comienza el lomo. Ahí ya casi no hay barro y en el animal aparece una suavidad correspondiente al gesto que recibe. De repente ella retira la mano, con asco. Y después lo ahuyenta a los gritos.


Valeria Tentoni