Cultura | PABLO MILANÉS (1943-2022)

El digno adiós del poeta

Cantautor sutil y un verdadero artista político, el compositor cubano dejó un legado imborrable de música para la canción iberoamericana.

Versos delicados. Milanés fue un tenaz divulgador de la buena poesía.

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Cantante extraordinario, compositor sutil, vector de la formidable tradición musical de su país, Pablo Milanés murió a los 79 años en Madrid y deja un vacío que opiniones extremas no deberían contaminar. Circunscribirlo al artista crepuscular que no denostó el derrotero de la Revolución cubana es tan torpe y limitado como ponderarlo solamente por su acción política en tiempos de la irrupción de la Nueva Trova.
En el corazón popular quedó cristalizado ese cantautor de trinchera, como una foto de juventud: junto a Silvio Rodríguez propagó por América Latina y España una maravillosa y disruptiva poética. Sin soslayar las tensiones –un péndulo autocrítico que le valió condenas excesivas y alabanzas ciegas–, Milanés fue en esencia un exquisito artista popular.
Logró integrar raíz y vanguardia en el Grupo de Experimentación Sonora del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos, bajo la dirección de Leo Brouwer. Ese grupo fue una usina –una revolución dentro de la revolución– que entre 1969 y 1974 templó el temperamento musical de Milanés. Se abocó a cimentar artesanalmente un cancionero de vocabulario pulido, con lúcidos comentarios sobre el amor, el abandono y la pérdida.
Argentina lo descubrió en años que, observando el devenir de la historia, hoy se presentan idílicos. En tiempos de dictadura su voz entonada circulaba clandestinamente en casetes, como una contraseña. Ya en democracia, echadas al viento, esas canciones se enredaron en la búsqueda de un mundo más justo. Formó una indivisible dupla con Silvio Rodríguez. Los legendarios encuentros en el estadio Obras tenían tanto de recitales como de mitines festivos, en los que flameaban estandartes de las juventudes políticas, en especial los del Partido Comunista y el Partido Intransigente. Eran los temas de «Silvio y Pablo»: un improbable «Lennon & McCartney» cubano con diferencias estilísticas unidas por una blindada cohesión ideológica.
Tapizaron la región con un repertorio sofisticado y audaz. Rodríguez –si bien no soslayaba ritmos de la isla– representó la figura de un juglar a la manera de un Dylan caribeño, influido por Bach y por cierto surrealismo deudor de Los Beatles. Milanés aparecía como un puente de la cultura afrocubana, con un pulso bailable que tanto como autor o mero intérprete abrevó en el son, el filin y el bolero.
En perspectiva su obra representó una posta entre la nueva y la vieja trova, ese perfume tropical de los tiempos en que La Habana era un cabaret de los Estados Unidos, que se hizo conocido a través de Buena Vista Social Club. Milanés fue un tenaz divulgador de la buena poesía. Su primer disco solista fue Versos sencillos de José Martí (1973) y el siguiente Canta a Nicolás Guillén (1975). Tal vez esas lecturas apasionadas configuraron su carácter como letrista. ¿De dónde salieron, sino, versos tan delicados como los de «El breve espacio en que no estás», «Yo no te pido», «Yolanda», «Para vivir», «Cuánto gané, cuánto perdí», por citar solo un puñado?
Mercedes Sosa popularizó definitivamente «Años» y hasta Charly García grabó con él una vieja canción titulada «Los años mozos».

Invencible
Uno de los elementos más insistentes de su lírica es el paso del tiempo. La nostalgia por lo perdido. También le ha cantado a su tierra («Amo esta isla») y supo componer himnos políticos descollantes. El más estremecedor fue «Yo pisaré las calles nuevamente», escrita al calor del derrocamiento de Salvador Allende en la Casa de la Moneda de Santiago de Chile.
Era muy querido por sus colegas. Dos álbumes dobles, Querido Pablo 1 y 2, constituyen el temprano homenaje en vida por parte de la aristocracia de la canción iberoamericana. Allí participan desde Ana Belén y Joan Manuel Serrat hasta Chico Buarque y Mercedes Sosa. Ya por entonces empezaba a luchar por su salud. Sin embargo, parecía invencible: sorteaba cada una de las dificultades que le presentaba su maltrecho cuerpo con el anuncio de un nuevo disco, una nueva gira. Padeció internaciones larguísimas.
A medida que se distanciaba del Gobierno cubano, fue tejiendo una relación estrecha con España. En los últimos años se radicó en Vigo. Se había casado con una historiadora gallega, Nancy Pérez, con la que tuvo dos hijos. En Madrid se sometió a tratamientos de un cáncer que parecía encapsulado.
Pero sabía que le quedaba poco tiempo. El 21 de junio de este año se presentó en La Habana. Fue una ceremonia masiva y catártica. En silla de ruedas, digno y feliz por el reencuentro con familiares y amigos, eligió como último tema del concierto «Amame como soy». Más que capitulación ante tantas batallas, era la manera que encontró de dejarse arropar por su gente: «Ámame como soy, tómame sin temor/ tócame con amor, que voy a perder la calma/ Bésame sin rencor, trátame con dulzor/ mírame por favor/ que quiero llegar a tu alma».
No lo podía saber, pero fue su despedida. Pablo Milanés, un artista que cabalgó el tempestuoso tiempo que le tocó vivir, ofrecía lo que podía dar: canciones. Era consciente de lo que eso significa. Lo dijo con precisión en «El tiempo, el implacable, el que pasó»: «En este breve ciclo en que pasamos/ cada paso se da porque se sienta./ Al hacer un recuento ya nos vamos y la vida pasó sin darnos cuenta./ Cada paso anterior deja una huella/ que lejos de borrarse, se incorpora».
Esa huella no se borra: se incorpora. Es pura nobleza y ternura. Es una huella que funciona como un faro del siglo XX. Más allá, o más acá, de la ideología, las canciones lo trascienden en cada conversación, cada beso, cada abrazo.


Mariano del Mazo