Cultura | RECITALES CON PROTOCOLOS

El show debe esperar

El sector de la música había regresado a los escenarios con los cuidados correspondientes, pero la actividad quedó suspendida con el último decreto presidencial.

Postal en vivo. Con distancia, el público disfruta del concierto de un referente histórico como Nebbia al aire libre, en el ciclo de Bebop. (Guido Piotrkowski)

Paula Maffia entra al escenario como una gacela con la cabeza en alto, los rulos eléctricos movidos por el viento. Y entre el público no se escuchan gritos, sino un murmullo excitado. La cantante mira a las 200 personas sentadas sobre pequeñas mantas en el piso y suspira: «Bienvenidas a este experimento social de tocar en pandemia». A Maffia, una amazona del rock independiente que sacudió la escena con la orquesta de mujeres Las Taradas, le cuesta entrar en calor. Y al público también. La sensación no deja de ser extraña. A pesar de la cercanía entre artista y público, una especie de barrera invisible pone cierta distancia: la pandemia.
Poco a poco el miedo, la tensión, se va evaporando. La cantautora, una de las artistas que abrieron el ciclo de recitales en la terraza del Centro Cultural Recoleta, despeja esa niebla invisible con su voz de animal salvaje. En cuclillas, empieza a pedirle temas a sus seguidoras. Alguien desde el fondo grita «Córcega», uno de sus clásicos, y comienza una serenata. «No hay otra guía que esta sensación de inmensa libertad», canta. Los versos adquieren otra resonancia después de los meses de encierro.
Alejandro Bataloff, el manager de Maffia y otros artistas emergentes como Marilina Bertoldi y Miss Bolivia, corre de un lado a otro, saca fotos, chequea el sonido. «Es vital poner a los artistas a tocar», dice al pasar. Días después, en un audio de voz, agrega: «Las restricciones hacen que sea difícil salir a producir y vender tickets. Personalmente me genera cierta contradicción incentivar a ir a los shows cuando están desbordando los casos, pero al mismo tiempo queremos demostrar que se pueden hacer shows en vivo con protocolos».
El último decreto del presidente Alberto Fernández puso en pausa las actividades en las salas hasta el 30 de abril, para evitar la circulación del virus. La Asociación de Managers Musicales Argentinos (ACMMA), que reúne a unos 186 asociados de todo el país, emitió un comunicado donde pide que se decrete la emergencia cultural. La presidenta de la asociación, Ana Poluyan, dice: «Nosotros cumplimos, no hubo contagios y trabajamos mucho. Un día como hoy, añoras el aforo reducido. Hay una sensación de desazón por haber sido tan prolijos, con buenos protocolos, costosos de aplicar y que, por unos que no hayan sido responsables en otros ámbitos, seamos nosotros quienes debamos cerrar».
Es una cuestión de supervivencia. Después de más de un año de pandemia, mucha gente empezó nuevos emprendimientos por fuera de la música para subsistir. «Una manager se dedicó a fabricar máscaras de protección y otro manager fue el que me entregó el pedido en mi casa. Es solo un caso pero representa la situación de muchos que la están pasando mal o se están pasando de rubro. Algunos quizás no vuelvan a la música», dice Poluyan.

El fin del verano
Detrás de un concierto se moviliza un equipo de técnicos, productores, asistentes, administrativos, sonidistas, iluminadores, transportistas, empleados de ticketeras y salas. «En nuestro caso, cuando armás una fecha hay 20 familias que comen», dice Margarita Bruzzone, manager de Conociendo Russia y Kevin Johansen. «Alrededor de la música se mueve una economía grande, la cultura no es ocio, genera trabajo. Es fundamental el toque en vivo para que no se genere una situación crítica. La ecuación económica no da. Con Kevin hasta ahora hicimos 8 recitales cuando teníamos programada una gira de 50. El impacto fue como un palazo en las piernas», agrega.
Los conciertos en vivo son la principal fuente de ingreso en la industria musical. El regreso a los shows con público, después de la implementación de nuevos protocolos, la reducción de los aforos al 30% de la capacidad y las nuevas normas de seguridad, permitieron que el circuito se reactive tímidamente. «Los números no cierran para nadie. Se trata de algo más anímico. Da mucho placer hacer los shows en vivo. Esa sensación de cuando se apagan las luces y estás frente a la consola es maravillosa para mí. Estar con todos tus sentidos ahí frente a lo que los músicos están haciendo es irremplazable», dice Coca Monte, uno de los mejores sonidistas del medio, que trabajó con Divididos y Adriana Varela.

Burbuja. Barbijos en el show de Maffia. (Prensa)


En el verano comenzaron los conciertos con burbujas y corralitos en espacios al aire libre como el Hipódromo de Palermo. El joven productor Facundo Cruz vio una posibilidad para posicionar a las nuevas figuras del trap –Lara 91k, Chita, Taichu y Catnapp– con el festival Clik.
«Afortunadamente se terminó agotando y el resultado fue muy bueno. Fue lindo para la gente encontrarse con una experiencia así después de tanto tiempo. Desde el punto de vista del negocio fue una inversión: a pesar del soldout, tuvimos números en rojo», dice.
Sin festivales masivos de folclore durante el verano, figuras como Soledad decidieron hacer una movida arriesgada. Con su banda de ocho músicos hizo temporada en Villa Carlos Paz, en una plaza con menos restricciones que en el resto del país, y realizaron 16 conciertos. «Fuimos sin saber demasiado qué resultado iba a tener o si nos volvíamos a casa al otro día por los contagios. Era la primera vez que salíamos de casa con todo el grupo. Para nosotros fue sanador. Cada show fue único. Nos recordó lo lindo que es tocar en vivo con gente», dice Soledad.
Litto Nebbia ofreció tres actuaciones para 50 personas en el ciclo de Bebop en el local Aldo’s, al aire libre. En una de las fechas cayeron unas gotas durante el concierto y, como la gente no se movía, dos técnicos se acercaron con paraguas para que pudiera seguir tocando. Tantas eran las ganas del público y del músico de seguir adelante. «Al comienzo de la pandemia hice un par de streamings y salieron bien, con buen sonido, pero es irremplazable el contacto con la gente», dice el autor de «La Balsa» y pionero del rock local con Los Gatos.
Eruca Sativa tuvo que esperar un año para presentar en vivo su último disco Seremos primavera. El trío mantuvo los ensayos a distancia vía Zoom. El 26 de febrero fue la primera vez que tocaron juntos en el Mandarine Park. La sensación para la cantante y guitarrista Lula Bertoldi es inolvidable. «La verdad fue muy fuerte y emocionante tocar esas canciones en vivo por primera vez. El streaming fue una manera de salir del paso, no quedar oxidados y seguir reencontrándonos. Pero el contexto de tocar al aire libre, mirando la luna y el río, le dio mucha emoción, fue súper intenso».
Ricardo Elías Taier, director general de Quality Espacio, en Córdoba, dejó de sentir esa angustia en el pecho cuando abrieron para el primer concierto de Luciano Pereyra. «Después de tanto tiempo de lucharla y conseguir que nos aprobaran el protocolo, fue una alegría poner en marcha la rueda y darle la posibilidad de trabajo a toda la gente que estuvo esperándonos y que la pasó tan mal. Llegamos a realizar 12 conciertos por mes. Ahora estamos con la complicación en base al nuevo decreto del presidente, pero seguramente saldremos adelante».
Como en otros órdenes de la vida, la aparición de la pandemia trajo una crisis económica y emocional en el corazón de la escena musical argentina. Los conciertos en vivo no solo motorizan la economía del sector, sino que forman parte de un ritual comunitario que logra que el tejido social no se resquebraje.


Gabriel Plaza