Cultura

El siniestro Dóctor NoNo

Luisa Valenzuela (Buenos Aires, 1938) ha publicado más de 30 libros entre novelas, volúmenes de cuentos, microrrelatos y ensayos. Recibió la beca Guggenheim y, entre otras distinciones, el año pasado fue la primera mujer en obtener el premio Carlos Fuentes de la Secretaría Cultural de México. Entre sus últimas obras se encuentran La máscara sarda, el profundo secreto de Perón (2012) y Entrecruzamientos. Cortázar - Fuentes (2014).

(Pablo Blasberg)

Nadie conocía su verdadero nombre. Lo habían apodado Dóctor NoNo con bastante humor y no sin cierta bronca. Dóctor NoNo, por diversos motivos pero sobre todo como el villano de James Bond pero duplicado, porque el viejo sabio era el doble de genial y más del doble de maléfico. Él aceptaba el nick sin problemas, sabiéndose a salvo de toda virulencia y no solo en sentido metafórico.
Del Dóctor NoNo corrían serios rumores alusivos a su oscura y tenebrosa fama. En los últimos tiempos solía afirmarse que ese viejo desquiciado y genial había sido el creador del implacable coronavirus que asolaba al mundo, que él solo, en las mazmorras de su inhallable castillo, habría concebido el superinteligente genoma que elegía a sus presas sobre todo entre los más ancianos y vulnerables, y le habría vendido en secreto la fórmula a los chinos para reventar a los gringos, y en secreto también se la habría vendido a los gringos para reventar a los chinos. Infundadas teorías que variaban de color según las ideologías.
Por su parte, Dóctor NoNo, mientras analizaba los cuadros estadísticos y auscultaba la gran mancha roja que se iba expandiendo por el mundo, reía cada día con mayor entusiasmo. Menos es más, se repetía, a sabiendas de que la célebre frase aludía a algo muy distinto. Reía a mandíbula batiente mientras veía aumentar minuto a minuto la cuota mundial de infectados y por ende de muertos. Reía como si no tuviera preocupación alguna en la vida. Pero la tenía. Culpa de ese manchón blanco con dispersos lunares rojos, una lepra en el planisferio allí en el sur del continente americano, justo donde él había malgastado una de las escasísimas dosis de su «poción mágica», como le gustaba llamarla.
Era en realidad una fórmula igualmente rayana en el milagro: un suero inmunológico protector de cuanto virus habido o por haber, coronado o raso, mutante o estable, había surgido, estaría surgiendo o surgiría en este planeta del demonio.
Del maléfico Dóctor se decía que vivía enredado en alambiques y retortas en las mazmorras de su inhallable castillo. Puras patrañas por él alimentadas desde su refugio en el laboratorio subterráneo de la casa-paisaje que el gran arquitecto Henrik von Jannenburg-Guttentag, ermitaño e introvertido seguidor de Mier van der Rohe y de Frank Lloyd Wright, había disimulado en la espesura del bosque.
Pero esa es otra historia que no viene a cuento. Lo que sí viene a cuento es la llamada «poción mágica» que el sabio había logrado sintetizar. En escasísimas dosis, pero era parte del plan: ni destrucción total ni salvación en masa. Inmunidad más que limitada. Y muy selecta. Cinco elegidos –sin contarlo a él– y a otra cosa mariposa. Los mismos elegidos se encargarían de proteger a quienes les resultarían útiles al llegar el tan ansiado momento, y de todos modos la población juvenil estaba mayoritariamente a salvo del virus, por lo cual mano de obra útil y capaz nunca les faltaría.
Como el gran artista que él era sin lugar a duda, como un gran artista que después de impreso o fraguado el número preciso y valioso de copias rompe la plancha o el molde, Dóctor NoNo se había asegurado de que fuera imposible repetir la fórmula de su suero inmunológico. Imposible aun para él mismo, su propio inventor. De lo contrario, ¿qué gracia tendría? Porque la gracia radicaba en que reventaría la mayor parte de la humanidad, si bien no la humanidad en pleno, válgame dios. Por encima de todos se salvarían él y sus cinco elegidos. Dominarían el mundo y gozarían de sus inconmensurables riquezas. A él lo coronarían de gloria (no de virus, claro que no), sería por fin Emperador del Universo. Infausto y Fantástico Dóctor NoNo, devenido Dóctor YesYes, el de las múltiples leyendas, quien gracias a su genio insuperable habría entonces de completar la última fórmula, la de la larga vida. Para su uso exclusivo, logrando así gozar sin límites, ni siquiera de tiempo, la absoluta gloria y el poder omnímodo.
Tendría los mejores maestros para aprender a beberse la copa hasta las heces. Los cinco por él inmunizados eran expertos indiscutibles y le enseñarían a él, genio de la destrucción, las artes, artimañas y artilugios del empoderamiento universal.
A su lado estarían Jopoblondo, el gran colega del norte, el superhéroe del momento que con paso tan firme avanzaba hacia la destrucción de su grey y su propio entronamiento cósmico. Y el Rey de los Trópicos que con admirable desparpajo se arracimaba con su pueblo sin protección alguna, entre toses, estornudos y demás manifestaciones revolucionarias (¿revulsivas?), para animar a todos y todas a lanzarse a la jarana, a disfrutar de la vida y a organizar sus arduas y multitudinarias manifestaciones, y a no olvidar la asistencia a las fábricas, cuanto más hacinadas mejor. Y estaban los otros dos capos de sus respectivos reinos. Habían logrado llevar a buen puerto su misión, y si ahora reculaban un poco peor para ellos. La máquina de destruir seguía su curso y ya no habría manera de detener sus engranajes.
Todo avanza como sobre ruedas con la complicidad del virus y de sus cuatro Hombres del Norte.
Solo que desde el Remoto Sur cada vez recrudecían más las noticias nefastas: el quinto elegido, el infeliz de allá abajo, había resultado incapaz de cumplir su parte del trato. Boludo y súper boludo, para usar los términos de esa zona del mundo. Boludo de siete suelas que le había hecho creer nada menos que al Gran Dóctor NoNo que contaba con hordas de seguidores. Infeliz de mierda que pretendía exhortar a multitudes desde la comodidad de su reposera, como bien le había advertido. Un fracaso total del mequetrefe ese, una dosis del invalorable irreemplazable suero doctornónico echada a los perros. Solo unas pocas docenas de iluminados atendieron las consignas anticuarentena y antivacuna, intentando exhortar a la ciudadanía a retomar una vida activa y hacinada. Sin éxito alguno. Casi toda esa magra nación del fin del mundo acataba sin chistar las órdenes restrictivas del gobierno central. Confinados en sus cuevas como estaban, resultaban ejemplares para el resto del planeta y ¡horror de los horrores! la curva general de infestados se iba achatando.
Ante tamaña afrenta el siniestro Dóctor NoNo tuvo un ataque de ira incontrolable. Debía hacer algo sin más tardanza o su plan genial se le desmoronaba por culpa de un único mequetrefe, el sureño inoperante. Pero por más que cogitara no se le ocurría qué hacer. Hasta que, como caldera sobreexigida, su cerebro alcanzó el punto de máxima presión.
Cuando una mente brillante estalla, el fogonazo alcanza la estratósfera.
¡Mal rayo te parta!, gritaron al unísono quienes desde muy distintas localidades alcanzaron a ver el enceguecedor destello. ¡Mal rayo te parta!, le desearon al virus.