Cultura | De cerca | MARTINA GUSMÁN

Entre dos tierras

Radicada en Barcelona junto a su marido, el director Pablo Trapero, la actriz vive un momento de esplendor con el estreno de series y películas de alcance global.

A Martina Gusmán le brillan los ojos de alegría por el momento que está viviendo. No se considera una actriz internacional, aclara, «porque tengo un recorrido europeo en festivales con películas como Leonera, Carancho, Elefante blanco y La quietud»; no obstante, gracias a su labor en El inocente, la serie estrenada en 194 países que se convirtió en uno de los sucesos de Netflix, su nombre está empezando a ser considerado en el mercado global.
«La verdad es que no puedo creer la repercusión que tuvo la serie y también el personaje jugado que interpreto, que desde el primer momento me atrapó pero también me acobardó, porque requería una destreza física que nunca tuve. Y, por otro lado, no me amilanó el costado emocional, que es muy fuerte», describe la actriz desde el living de su casa en Barcelona. En el thriller dirigido por el catalán Oriol Paulo, interpreta a la prostituta Kimmy Dale y comparte elenco con Mario Casas y José Coronado, dos celebridades del espectáculo español..
Gusmán está afincada en Europa desde agosto de 2020, junto a su marido el cineasta Pablo Trapero y sus hijos Mateo y Lucero. «Estoy con un pie acá y otro allá, porque también filmé las temporadas 4 y 5 de El marginal, la película argentina Voces secretas y El año de la furia, que llegó a los cines europeos en junio. «Por suerte el abanico laboral retomó su senda después de meses estar mirando el techo», grafica.
–¿Cómo llegaste a El inocente?
–Todo fue antes de la pandemia. Yo había rodado El año de la furia, la película del madrileño Rafa Russo, que cuenta la llegada de la dictadura militar a Montevideo en 1972. Y la directora de casting de esta película, que también formaba parte del proyecto de la serie, fue el puente para contactarme con Oriol, el guionista y director.
–Te esperaba un personaje fuerte.
–Kimmy es una prostituta con un pasado difícil, la más experimentada y la que ayuda a las más novatas en un cabaret, que se convierte en la base de operaciones de una mafia de trata de blancas.
–¿Cuál fue el mayor desafío?
–Si bien lo emocional no fue sencillo, tuve más recursos y herramientas para construirlo. La cuestión física fue complicada, tenía miedo de no poder estar a la altura, porque tenía que hacer pole-dance, o sea bailar en un caño, treparme y deslizarme.
–¿Pudiste prepararte?
–Lo tuve que aprender en menos de dos meses, por lo que me puse a ensayar todos los días, cuatro horas, porque iba a estar muy expuesta físicamente. Fue un entrenamiento militar, debía ser muy disciplinada porque de lo contrario no iba a llegar con los tiempos del rodaje.
–¿Qué fue lo que más disfrutaste?
–Primero haber interpretado un papel bien distinto a todo lo que venía haciendo, la verdad es que me siento una privilegiada y más en estos tiempos de pandemia, en los que resulta muy difícil poder trabajar y vivir de la actuación. Y después creo que el arco dramático que tiene Kimmy me permitió construir un personaje que no pasa inadvertido. Por suerte Oriol me dio un lugar para aportarle algo más de lo que indicaba el guion. Yo quería darle un por qué a su comportamiento, explicar que la prostitución es el resultado de un pasado complejo.

Detrás de escena
Gusmán hace una pausa y en la pantalla aparece Trapero, para anunciarle que la espera para almorzar en una fonda del Borne, el barrio barcelonés donde vive la familia. «Vinimos aquí porque mi hijo Mateo quería estudiar cine y fotografía, por lo que decidimos armar un plan familiar también con la idea de abrirnos camino nosotros, Pablo y yo, en un nuevo mercado. Y hoy en día tengo un manager en Argentina y otro aquí en España», cuenta.
–Además de la actuación, seguís haciendo tu trabajo de acción social en la Fundación Sí.
–Por supuesto, estoy al pie del cañón de manera voluntaria en una fundación apartidaria. Yo me encargo del proyecto de las residencias universitarias, que brinda la posibilidad de seguir con sus estudios a jóvenes que viven en zonas alejadas. Ahora desde Barcelona coordino la sede de la provincia de Corrientes, que tiene más de 40 chicos a los que les voy haciendo el seguimiento académico para ver cómo van. La verdad es que es muy gratificante ayudarlos en sus estudios a cumplir un sueño.
–Tenés un recorrido previo como militante en villas.
–La película Leonera, que rodamos en la cárcel de Ezeiza, me hizo abrir los ojos para ver cómo vivían las mujeres encerradas y cómo la pasaban aquellas que eran madres, cuál era la situación familiar en el encierro. Y eso me impulsó a dedicarme a dar talleres de inclusión en la propia cárcel durante dos años. Fue una experiencia de vida inolvidable, que me abrió un panorama que yo ya tenía de mi trabajo de militancia en las villas.
–¿En qué consistían los talleres?
–Eran muy didácticos e incluían obras de teatro, películas, escritos y debates de cine. En los talleres se hacía foco en situaciones que las invitaban a proyectarse como sujetos capaces de construir su propio destino afuera.
–A la par de esa tarea, te recibiste.
–Me recibí en 2019, después de 8 años de carrera. Se puede decir que me tomé mi tiempo, pero en el medio filmé pelis, viajé a festivales de cine, hice una obra de teatro, fui mamá por segunda vez. Pero me puse las pilas, rendí cinco finales y presenté la tesis con la que me gradué como Licenciada en Psicología en la Universidad de Palermo.
–El de psicóloga es un papel que has podido plasmar en cine, en Elefante blanco y en la serie El marginal, donde Ema Molinari, tu personaje, parece compartir la misma preocupación por la situación carcelaria.
–Curiosamente, mi labor en El marginal fue alimentando mi tarea como trabajadora social y, a la vez, hizo que sintiera una necesidad interior de recibirme. Fue muy fuerte y movilizante lo que me produjo y lo que me produce ese personaje, ese trabajo. Si bien confiaba mucho en lo que me decían sus hacedores Sebastián Ortega y Pablo Culell, cada capítulo, cada temporada de El marginal fue superando mis expectativas, que de por sí eran muy altas.
–¿Qué es lo que más te atrapó de la historia?
–Siempre me pregunté sobre la reinserción social y nunca encontré respuestas. Creo que es un poco el foco de la serie, ¿no? Hay una frase que dice Ema, mi personaje, en la primera temporada, cuando hace su llegada a la cárcel de San Onofre: «La idea no es convertir San Onofre en un jardín de infantes, sino mejorar las condiciones de los internos».
–En la tercera temporada Ema tocó fondo, se tuvo que enfrentar a sus propios fantasmas. ¿Qué podés decir de los capítulos que se estrenarán en septiembre?
–No mucho, no puedo adelantar porque me retan, pero digamos que después de tocar fondo, se produce el tan esperado reencuentro con Pastor, el personaje de Juan Minujín. Era una asignatura pendiente, porque después de la primera temporada, las dos siguientes fueron precuelas, por lo cual la cuarta continuará la línea de tiempo de la primera. Y ese reencuentro será una bomba, algo muy esperado, pero también habrá otros.
–¿Cuáles?
–Después del incendio de San Onofre, los destinos de Pastor, Borges (Claudio Rissi) y Diosito (Nicolás Furtado) vuelven a cruzarse, esta vez en el penal Puente Viejo, manejado por un nuevo personaje, interpretado por Rodolfo Ranni, a quien Antón (Gerardo Romano) intentará correr para volver a adueñarse del poder.
–Se te dibuja una sonrisa de oreja a oreja.
–No puedo contar nada más, perdón. Solo decir que se vienen dos temporadas increíbles, de altísimo nivel, que se verán por Netflix y la TV Pública.

–¿Cómo fue rodar en pandemia en nuestro país?
–Una experiencia movilizante y estresante a la vez, porque eran largas jornadas de grabación en las que los protocolos sanitarios eran súper estrictos, con mascarilla, distancia social y tres hisopados semanales. Si bien hubo mucha responsabilidad y conciencia social, teníamos temor de contagiarnos, porque eso podía dilatar aún más el trabajo, que de por sí venía muy atrasado.
–Con todo lo que hiciste en tu carrera, incluyendo el haber sido jurado en Cannes, con lo que eso significa, ¿tenés temor de carecer de metas o de sentirte satisfecha a corto plazo?
–Yo trato de renovarme todo el tiempo y de vivir el presente a pleno. Si bien pasé los 40, todavía me siento joven y no sé si voy a ser actriz toda la vida, sobre todo teniendo en cuenta que yo produje 14 películas y nunca me imaginé que dejaría de hacer esa actividad. Trato de nutrirme, de enriquecerme y quién te dice que no ejerza algún día como psicóloga. No creo demasiado en los proyectos para siempre, porque la vida te va marcando los puntos, los vencimientos.
–Las escenas eróticas son un denominador común de tus películas y algo de eso sucede en El inocente. ¿Cómo te llevás con esas secuencias?
–Las tolero bastante bien. Pero debo reconocer que en la mayoría de esas escenas fui dirigida por Pablo, que me cuida y contiene como nadie. Si bien las escenas de sexo tienen mucha exposición, también la tienen las dramáticas, violentas, en las que una se expone y se desnuda de otra manera. Pero sí, las eróticas son incómodas, pudorosas, pero a la hora de filmarlas son mucho menos problemáticas que en la previa. Y lo de eróticas lo pondría en duda, porque si de algo carecen es de un clima sensual.
–Hablando de sexo, en El año de la furia encarnás a otra prostituta.
–Interpreto a una prostituta distinta a Kimmy Dale. En este caso soy Susana, quien de alguna manera consuela a un teniente del ejército uruguayo presionado para torturar a militantes tupamaros. Es una suerte de refugio emocional, es usada para lavar culpas, lo que me pareció una interesante historia, con actores de la talla de Miguel Angel Solá, Joaquín Furriel y Maribel Verdú.
–La película trata sobre el arribo de la dictadura en Uruguay.
–Sí, la historia toma lugar en Montevideo, más precisamente en un programa de humor del año 1972, donde los militares exigen que se bajen los decibeles de los chistes, que no gustaban nada dentro de ese contexto.
–¿Tenés algún proyecto con Trapero?
–Sí, tenemos un flor de proyecto, pero no puedo decir mucho, solo que se trata de una apuesta muy grande, con producción española. Todavía no hay actores confirmados, pero tiene un título provisorio: Cortés. La historia está basada en la vida del conquistador español. ¿Mi rol? Yo encarnaría a la Malinche, su amante, acusada de traición, odiada por defender al Imperio Español.
–A casi un año de haberte mudado a España, ¿cuál es tu balance?
–Siento que acá en Barcelona tengo más visibilidad, porque todo lo que hago aquí se mueve en Europa pero también llega a la Argentina y a Latinoamérica. Pero estoy atenta a todo, de hecho este año tengo confirmado una serie de Apple que se va a filmar en Colombia, donde interpretaré a una periodista argentina que se involucra demasiado en cuestiones relacionadas con la guerrilla.
–Apareciste en cine en 2005 con Nacido y criado. ¿Cómo hiciste tantas cosas en poco más de 15 años?
–Tuve un segmento de 6 años en los que hice películas que tuvieron mucha repercusión como Leonera, Carancho y Elefante blanco. Las dos últimas con el protagónico de Ricardo Darín, lo que dimensionó aún más esos films que recorrieron el mundo y pasaron por festivales como Cannes, Venecia y San Sebastián. Debo reconocer que el reconocimiento a Pablo también repercutió en mí, ayudó a que hoy en España cuente con un rostro relativamente conocido, una trayectoria y un respeto bien ganado. No me quiero mal acostumbrar, pero logré mucho en muy poco tiempo.


Javier Firpo - Fotos: Prensa Gusmán/Mateo Trapero