Cultura

Escena política

Desde su origen, el grupo indaga en la conexión entre arte y militancia. Los grandes hitos de su trayectoria y el modelo de actuación que lo caracteriza.

 

Historia viva. Mariano Moreno y un teatro de operaciones, la obra de 2010, es una de las más recordadas del grupo.

A través de estos 15 años de historia (2000-2015), en coincidencia con los procesos sociales y culturales del post-neoliberalismo en la Argentina acentuados tras el estallido de 2001, el grupo el bachín teatro (así, todo con minúsculas) ha ido construyendo y afirmando una poética propia, singular, tan reconocible como, por muchas razones, representativa de un nuevo período en el siglo XXI.
Desde el origen, sus integrantes  –el director Manuel Santos Iñurrieta, Carolina Guevara, Julieta Grispan y Marcos Peruyero– han renovado la conexión de la labor en grupo con las raíces del teatro independiente, que habían inaugurado los primeros colectivos de fuerte militancia (el Teatro del Pueblo, el IFT, el González Castillo, el Nuevo Teatro, entre otros). Y también han construido una sólida trayectoria de investigación de las relaciones entre teatro y política: pensar y llevar a escena esa articulación es fundamento del grupo. Teatro y militancia son inseparables para el bachín.
Los hitos escénicos de esa trayectoria son El apoteótico final organizado (2001), Siberia (2002), Charly (2004), Lucientes (2005), La comedia mecánica (2007), Crónicas de un comediante (2008), Teruel y la continuidad del sueño (2009), Mariano Moreno y un teatro de operaciones (2010), La gracia de tener (2012), Mientras cuido de Carmela (poético monólogo de humor político) (2013) y Fidel Fidel. Conflicto en la prensa (2015). Espectáculos memorables para este crítico, fundamentales en la historia de la renovación de la escena nacional.
El bachín es uno de los ejemplos más valiosos de teatro político en el siglo XXI. Una búsqueda que es a la vez micropolítica –porque no ilustra mecánicamente ningún discurso político altamente institucionalizado, porque es herramienta de descubrimiento y construcción desde la especificidad del arte– y macropolítica –porque reivindica la función política moderna de la escena como «teatro útil», al servicio del pensamiento crítico, el anticapitalismo, el antiimperialismo y la resistencia de la izquierda contra la derecha nacional e internacional–. Todo esto en complementariedad con el espíritu y la praxis del Centro Cultural de la Cooperación y el movimiento cooperativo. Por otra parte, el bachín se ha propuesto la recuperación del legado de Bertolt Brecht –el realismo crítico-dialéctico, lo épico, el gestus, las formas del distanciamiento– pero mezclado con la actuación popular contemporánea, de Charles Chaplin a los capocómicos argentinos como Tato Bores. El bachín ha compuesto un modelo de actuación propio, diferente de otros grupos y artistas. El «comediante» que construye el bachín reivindica la potencia de las mezclas argentinas y es una síntesis del modelo de artista político que persigue el bachín: un artista comprometido con la realidad y «testigo de la historia», que dice lo que piensa, ejerce su pensamiento crítico y asume una definida posición utópica, que reflexiona sobre sus prácticas, investiga y experimenta, que defiende la posibilidad de equivocarse para aprender y que lleva su herramienta expresiva a la máxima excelencia posible. Los actores del bachín comprenden en profundidad la poética de raíz brechtiana: el carácter transitivo del actor, que es un medio para poner al desnudo la «matrix» del capitalismo. Parafraseando a Frederic Ewen cuando habla de Helene Weigel, la gran intérprete brechtiana: los «bachines» inducen al espectador a indagar más allá de lo que ven o escuchan, es decir, a encontrar el vínculo de la ficción con la estructura política del mundo en que vivimos. Citando a Brecht a través de Ewen, podemos afirmar que esta poética de actuación del bachín se relaciona con la finalidad del arte de «dominar la realidad» para que las leyes que gobiernan los procesos vitales se hagan visibles.
15 años de coherencia, de unidad, de perseverar en los mismos objetivos y procedimientos, refinándolos cada vez más. Todo el bachín ya estaba en el jovencísimo El apoteótico final organizado. El bachín es un caso poco frecuente en el teatro argentino de experimentalismo, más en los temas que en las formas, lo mismo que se advierte en el drama de Brecht a través de su trayectoria. En Fidel Fidel el tema es el periodismo, su relación con la política, con el poder, con la verdad entre lo subjetivo y lo objetivo y, especialmente, con el simulacro del «giro lingüístico» (Rorty, Derrida). Los temas cambian, pero siempre hermanados en las mismas preocupaciones. Muchas gracias, bachines, por todos estos años de política y teatro.

Jorge Dubatti