Cultura

Exquisito registro

Pionero del rock argentino con Arco Iris y autor de un puñado de trabajos solistas notables, el músico repasa su carrera en «Raconto». El disco en vivo lo aleja de su faceta de productor para dejar al descubierto sus virtudes como compositor y cantante.


(Télam)

Gustavo Santaolalla aparenta haber vividos mil vidas. Ha mutado en diversas, y a veces antagónicas, propuestas artísticas. Su especialidad es atravesar cada época con la mayor intensidad posible. Es el resultado de su tiempo y, a su vez, generador de nuevos paradigmas. Como productor de bandas tuvo un éxito total. Pensemos nada más en que estuvo detrás de Re, el disco de Café Tacuba; o que su rigor y ojo clínico catapultó a Bersuit al éxito con Libertinaje. Y mucho más. Cuando pisó Hollywood no paró hasta ganar dos Oscars por las bandas de sonido que compuso para Secreto en la montaña y Babel. En fin: podemos referir a De Ushuaia a La Quiaca, a Bajofondo Tango Club, a la reunión de glorias tangueras en Café de los Maestros.
Se ha hablado mucho de Santaolalla: que es el rey Midas, que todo lo convierte en oro, que produce vinos, que fue convocado por Eric Clapton para la banda de sonido de su biopic, que compuso la música del videojuego The last of us. Lo que no se suele decir es que, además de peso pesado de la industria del entretenimiento, es un notable compositor de canciones y un cantante extraordinario. En el disco en vivo que sacó, Raconto, libera un rol que casi no desarrolló: el de frontman. El disco es un compendio maravilloso, una apretada biografía musical que pone la lupa en los años iniciáticos de Arco Iris y que se desliza furtivamente por su disco new wave y moderno Santaolalla (1982), por el grunge GAS (1995) y por el folclórico Ronroco, entre otros trabajos solistas que pasaron inadvertidos.
Arco Iris debe ser una de las bandas más ignoradas del rock argentino pionero. Vivían en comunidad regidos por los designios de la guía espiritual del grupo, una bella modelo ucraniana llamada Dana. El dato fue suficiente para que los rockeros de la época los discriminaran y los llamaran «las amas de casa del rock». Santaolalla aborda principalmente el llamado «disco rosa» de Arco Iris porque bien dice que ahí está todo. «Al revisar las canciones me encuentro con paradigmas totalmente válidos. Cuando toco canciones que compuse cuando tenía 18, 20 años, las encuentro modernas y lo que aún es más fuerte es que sigo pensando y sintiendo exactamente eso. Y es maravilloso, porque es como si el pasado, el presente y el futuro se encontrasen, como si el tiempo no existiera».

Mestizaje sonoro
Arco Iris también fue pionero en mezclar elementos de la música de raíz con el beat planetario. Si bien es cierto que Almendra tomó timbres del tango, del folclore y del jazz y que Manal elaboró una propuesta con sabor tanguero, Arco Iris fue prácticamente una banda de fusión, en un registro que en Chile transitaron Los Jaivas. El tema «Quiero llegar», uno de los puntos altos de Raconto, resulta ejemplificador. Comienza con un vals jazzeado, se detiene en un golpe folclórico de bombo legüero, avanza sobre un tango apiazzolado y termina como un hard rock. Los caminos de Santaolalla se desplegaron sobre esos cuatro ritmos, y más. Cuando partió de Arco Iris –agobiado por los dogmas de la espiritualidad– cayó en Los Angeles en pleno estallido punk y post punk. Formó una fugaz banda new wave, Wet Picnic, y después grabó un extraordinario disco que tituló Santaolalla y que fue uno de los primeros y mejores álbumes modernos argentinos.
Santaolalla está condenado a ser pionero. Raconto es una fotografía de esa condición. Mayormente acústico, está marcado por el violín de Javier Casalla. Es la médula tímbrica, junto con el contrabajo de Nicolás Rainone, los aportes percusivos y vocales de Barbarita Palacios, el vibráfono y los pianos –y órgano y clavecín– de Andrés Beeuwsaert y la batería  y bombo legüero de Pablo González. Obras maestras como «Quién es la chica», «Canción de cuna para un niño astronauta» y «Vasudeva», y clásicos como «Mañana campestre» y «Ando rodando» son apenas una muestra de un disco exquisito y otoñal.