Cultura | LAS LIBRERÍAS EN LA LITERATURA ARGENTINA

Faros culturales

Más allá de su actividad comercial, los espacios atendidos por especialistas son históricos puntos de encuentro para los lectores y los escritores.

Detrás de escena. En Ejemplares únicos, Patricio Rago cuenta en primera persona episodios y anécdotas ocurridos en Aristipo. (Diego Martinez)

Desde que Marcos Sastre se instaló en la calle Reconquista 54 de la Ciudad de Buenos Aires, en julio de 1833, las librerías representaron más que locales destinados a actividades de comercio. La Librería Argentina, como se llamó el negocio de Sastre, no fue la primera del rubro en el país pero inauguró una tradición que persiste hasta la actualidad, que la concibe como espacio de encuentro de escritores y lectores, de intercambio de ideas y de multiplicación de la actividad cultural.
Esteban Echeverría y los escritores románticos conformaron la Asociación de Mayo en la librería de Sastre, como los poetas de los grupos Florida y Boedo se cruzaron en la Librería La Cultura que Manuel Gleizer tuvo en lo que hoy es Corrientes al 5200, y los nuevos narradores y periodistas de los años 60 se congregaron alrededor de Jorge Álvarez y su librería y editorial de Talcahuano 435. Están asociadas con hitos de la historia literaria y también con los pulsos del presente, aun en la difícil coyuntura de la pandemia.
A falta de una historia integral, las memorias y reflexiones de libreros se suceden en la producción reciente. Aquilea, crónicas de una librería (2013), de Hernán Lucas; Fausto, la librería porteña (2016), edición de Claudia Schvartz; Ejemplares únicos (2020), de Patricio Rago; En las bateas expuestas, crónicas del amor y el hartazgo con los libros (2020), de Cristian De Nápoli; y Vida de un sonámbulo, conversaciones con Francisco Garamona (2021), de Javier Fernández Paupy, conforman un corpus que reconoce como precursora a Memorias de un librero (1985), de Héctor Yánover, fundador de la Librería Norte.
Desde el ensayo, Héctor Libertella retomó la experiencia fundacional de Marcos Sastre como clave de lectura de la literatura nacional en La librería argentina (2003) y el español Jorge Carrión revalorizó el significado histórico y cultural del sector contra el avance de las plataformas digitales en Librerías (2013), donde rescató entre otras a La Librería de Ávila, fundada hacia 1824. También la ficción contribuye a la memoria. En la novela Lo imborrable, Juan José Saer retrató a una especie extinguida: el librero ambulante que vendía enciclopedias y colecciones que se pagaban en cuotas fijas.

Escenas de la vida intelectual
El escritor Álvaro Abós destaca los antecedentes de la Librería del Plata, de José Hernández, autor del Martín Fierro, en Tacuarí 17, y Glyptodon, del antropólogo Florentino Ameghino, en Rivadavia 2239. «Una figura extraordinaria fue Rafael Palumbo, que integraba una familia de libreros. En la novela El juguete rabioso, Roberto Arlt describe a un librero del cual habría sido empleado y describe a Palumbo con tintes más bien sombríos», agrega.
Las librerías y la actividad editorial confluyen desde principios del siglo XX. Abós puntualiza los casos de Manuel Gleizer, Antonio Zamora (fundador de Claridad) y Juan Carlos Torrondell, dueño de la editorial Tor y de la librería Anaconda, «que escandalizó a la Academia Argentina de Letras en la década de 1930 con sus ofertas de un kilo de libros por un peso y dos kilos por un peso con cincuenta». Con el mismo perfil, el español Laudelino Ruiz fundó una librería y editorial con su nombre en Rosario, que funcionó entre 1931 y 1977 y se destacó por difundir el pensamiento crítico y la causa republicana durante la Guerra Civil.
Gregorio Schvartz fue otra figura emblemática. Dueño de la librería Fausto, que funcionó con varios locales en Buenos Aires entre 1953 y 2000, tuvo una actividad como editor a través de los sellos Siglo Veinte, Psiqué, Dédalo, La Central, La Rosa de los Vientos, Ediciones Librerías Fausto y Leviatán, que continúa a cargo de una de sus hijas, Claudia Schvartz. «Empecé a trabajar en Fausto a los 16 años», cuenta ella. «Los sábados mi papá nos llevaba de paseo a la librería de Corrientes y Esmeralda, que tenía una especie de tesoro infantil en el subsuelo, todo tipo de libros para chicos».

Autora. Schvartz y la historia de Fausto. (Kala Moreno Parra)

En Fausto, la librería porteña, Schvartz reunió testimonios de libreros, escritores y empleados de la empresa que se definió como «el lugar donde sencillamente estaban todos los libros» y cuya competencia, en una época en la que todavía no habían aparecido las cadenas de venta, estaba en las librerías Santa Fe, de Rubén Aizemberg. «A la vuelta de Corrientes, por la calle Talcahuano, había otra librería enorme, Martín Fierro, donde trabajaba Luis Gusmán y circulaban otros intelectuales como Germán García, Ramón Alcalde, Eduardo Grüner y Horacio Pilar», puntualiza la editora de Leviatán.
Las librerías pequeñas también configuran reductos de la vida intelectual. La Internacional Argentina, de Francisco Garamona, reúne habitualmente a escritores y artistas vinculados con la editorial Mansalva en el barrio de Villa Crespo y el modelo tiene antecedentes. Entre otros, la librería de José Rubén Falbo, en una galería de Florida 182, fue el apoyo de una actividad editorial con apuestas notables en los años 60, como la publicación de Mujer de cierto orden, de Juana Bignozzi, o Invitación a la masacre, de Marcelo Fox, libro hoy de culto. «Su librería era centro de reunión de intelectuales. Decir voy a lo de Falbo tenía su tufillo de prestigio y hasta generaba envidia», recuerda el ensayista Jorge Lafforgue.
Aries, establecida por Rubén Sevlever en las cercanías de la Facultad de Filosofía y Letras de Rosario, fue a su vez un punto de encuentro de poetas e intelectuales durante los años 60. Sergio Rondán, «un brillante librero hoy algo olvidado» al decir de Claudia Schvartz, impulsó desde el local de Finnegans en Santa Fe y Anchorena revistas literarias como Innombrable (1985-1986) y la publicación de libros.
«En los años 80 se consolidaron tres grandes librerías», dice Abós. «Norte, de Héctor Yánover, continúa en la avenida Las Heras 2225 a cargo de su hija, Débora Yánover. Gandhi fue fundada en Corrientes 1755 por Elvio Vitali, después director de la Biblioteca Nacional. Y en Callao 892, Natu Poblet remodeló lo que era una librería universitaria heredada del padre e introdujo en Clásica y Moderna un espacio dedicado a confitería y bar: fue la inventora de esa fórmula», completa.

Una comedia humana
En Ejemplares únicos, Patricio Rago relata historias que tienen como escenario su librería de Scalabrini Ortiz y Aguirre. El detrás de escena de una venta, los clientes excéntricos, las rivalidades en el ámbito de la venta de usados y las expectativas que genera la compra de una biblioteca son narradas a partir de una experiencia que reivindica la figura clásica del librero como formador de lectores.
La librería es una comedia humana. «El lector en sí ya es un bicho medio raro. Aquellas personas que encuentran en el libro un refugio suelen estar en conflicto con el mundo y con la sociedad. Supongo que cualquier persona con un negocio debe tener historias para contar sobre sus clientes, pero el libro convoca a personas muy especiales y a mí me gusta escuchar», observa Rago.
Aristipo, su espacio, tiene una vidriera sobre la calle y lo que en ella se exhibe equivale a una declaración de principios. «No puedo poner cualquier cosa. No solo desde lo ideológico, para mostrar el tipo de libros que vendo. Hay una exigencia estética, de calidad», explica Rago, que además tiene un canal de YouTube donde publica diálogos con su colega Federico Barea.
La función cultural del librero resiste a las cadenas que privilegian a los vendedores y al comercio online. Formar lectores, crear espacios para posibilitar otras actividades, tramar vínculos entre todos los actores que se mueven alrededor de los libros: la historia literaria no habría sido posible sin estos actores, y el presente también los necesita.


Osvaldo Aguirre