Cultura

Fuego sagrado

Con la arcilla como materia prima, las artesanías salen del horno y ganan cada vez más espacio en galerías y museos. La opinión de los exponentes actuales de un oficio milenario que, encarado con un punto de vista estético, encuentra un nuevo rumbo.


Obras. «Figura», de Villaverde, y piezas de Polverigiani (arriba) y Bracony (abajo).

Un puñado de ceremonias milenarias ocurren alrededor del fuego. Al calor de este elemento magnético e imprevisible de la naturaleza, se cuece y fusiona la materia prima de los ceramistas. Oficio, profesión y también un modo de vida, el de los trabajadores de la arcilla, que defienden el espacio ganado y avanzan para ubicar a la disciplina en un ámbito de mayor protagonismo y autonomía.
Luciano Polverigiani, como muchos ceramistas, es artesano y artista. Mostró su trabajo en galerías y museos, ganó más de una docena de premios –como el del Salón Nacional de Artes Visuales 2017–, y viaja todos los domingos desde Villa Elisa hasta la feria de San Telmo, donde vende sus piezas desde hace 10 años.
«Me acerqué a esta actividad por las posibilidades de combinar materias primas y generar diferentes terminaciones», cuenta Polverigiani. «El fuego transforma todo lo que metés en el horno, y ese instante de abrirlo y no saber muy bien qué sucedió es mágico, sobre todo cuando experimentás con fórmulas nuevas. Esa incertidumbre me sedujo siempre», agrega.
Este año, Eugenia Bracony presentó en el Museo de Bellas Artes de Paraná una instalación con 800 kilos de arcilla cruda: montañas y pináculos gigantes levantados en el piso de la sala. Para la artista, la arcilla es un material vivo. «Tenés que seguir algunas reglas para trabajarla. La arcilla te hace saber que con ella podés hacer lo que quieras, pero también te hace entender que si se seca muy rápido se va a quebrar, si te pasás de temperatura se va a fundir, si está muy delgada se va a caer. Hay un diálogo con la materia que te obliga a estar muy presente en la actividad y en constante negociación porque te impone un límite».
Emilio Villafañe es una figura de autoridad en el campo de la cerámica argentina. Fue ayudante en los talleres de Ana Burnichon y Roberto Obarrio, y también dirigió el Instituto Municipal de Cerámica de Avellaneda, que lleva su nombre. Dice que fue a partir de su tarea como docente que empezó a participar de actividades comunitarias, organizar talleres y espacios de expresión a lo largo del país, y además trabajar con comunidades originarias para que retomen el oficio. «En los últimos años hubo un crecimiento significativo del oficio. Y no me refiero solamente a la cerámica artística, sino a la cerámica en general, incluida la utilitaria. Está en un buen momento, tiene una propuesta propia y seguramente en los próximos 50 años esto se va a notar con más profundidad», dice Villafañe.
«En Argentina hay mucho movimiento, sobre todo por el esfuerzo personal de los ceramistas, que postergan sus carreras para dedicarse a organizar encuentros y eventos», observa Vilma Villaverde, artista de larga trayectoria, miembro de la Academia Internacional de Cerámica (AIC), de Ginebra, y cuyas obras son parte de la colección de museos japoneses, brasileños y croatas. Villaverde lamenta que los coleccionistas inviertan poco en esta disciplina, ya que ello podría fortalecer su circulación como objeto estético.
«Este crecimiento se debe al trabajo de las escuelas, las bienales, los encuentros de ceramistas, y a los muchos salones y premiaciones exclusivas de la cerámica que se han abierto», opina Polverigiani. Según Bracony –actualmente instalada en la residencia para artistas de la Künstlerhaus, en la cuidad alemana de Neumünster–, la cerámica está de moda y habrá que ver si eso la ubica en un lugar diferente: «En los últimos 10 años asomó con fuerza en el arte contemporáneo y eso abre una puerta. Pero los ceramistas estuvimos acá siempre, vinculados con la artesanía, que se la juzga como algo menor. Y la artesanía representa todo lo contrario: hay que elevarla porque se trata del arte dentro de la vida cotidiana».