Cultura

Géneros en cuestión

Las ficciones firmadas por mujeres suelen ser rotuladas como «literatura femenina», aunque la categoría «masculina» no existe. Prejuicios y casos ejemplares. Los enfoques que nutren el debate.

 

(Pablo Blasberg)

La primera vez que un diario local entrevistó a Alice Munro, en 1961, el artículo se tituló «Ama de casa encuentra tiempo para escribir relatos». En el pequeño pueblo de Ontario en que la Nobel canadiense creció, las mujeres solo podían leer libros los domingos, porque se suponía que el resto de la semana se lo pasaban tejiendo. Cuando sus cuentos comenzaron a aparecer en publicaciones como The New Yorker, y la gente le hacía comentarios al respecto, para ella era casi como si tuviera que pedir perdón por escribir.
Las cosas han cambiado desde entonces para Munro, quien actualmente en su país es llamada «nuestra Chéjov». Pero, ¿han cambiado los prejuicios hacia la mujer en el mundo editorial? ¿Por qué se habla, por ejemplo, de literatura femenina y no de literatura masculina?
«Si los monos escribieran, se hablaría de literatura simiesca. Si escribieran más que los hombres, crearan una fuerte tradición literaria y ganaran la mayoría de los premios, poco a poco se empezaría hablar de literatura humana», ironiza la escritora Ana María Shua. «Las mujeres todavía somos las monitas de la cultura. Pero cada vez menos», agrega.
Los números hablan por sí solos: desde 1903 hasta la fecha, apenas 12 mujeres han obtenido el Nobel de Literatura. De ellas, solo una proveniente del mundo de habla hispana, la chilena Gabriela Mistral.
Uno de los blogs del diario español El País planteó la pregunta «¿Hay una literatura de mujer?», para referirse a un debate que se reavivó a partir de 2013 con la entrega del galardón de la academia sueca a Munro, que por mucho tiempo vivió a la sombra del arbitrio literario. Además de ser una narradora fuera de serie, la canadiense acostumbra a urdir historias que escudriñan las relaciones humanas y el universo femenino.

Lecturas que definen
Existen el género fantástico, la novela negra, la literatura infantil, ¿pero por qué se usa el rótulo «literatura femenina»? «Las categorías, sin duda, nos hablan de otras problemáticas: del poder, de quién usa la categoría y por qué», afirma la nota de tapa titulada «¿Existe la literatura femenina o masculina?», que publicó recientemente la revista especializada en narrativa La Balandra.
Normalmente, la etiqueta «femenina» se asocia con novela romántica, de mirada sentimental y dudosa calidad, restringida solo a las mujeres. Y, en el último tiempo, con la aparición de subgéneros como el «chick lit» o la nueva narrativa para chicas, con heroínas urbanas al estilo de Bridget Jones y Carrie Bradshaw. «Es un prejuicio y, con el tiempo, he llegado a pensar que tiene sus matices. Que hay aspectos y obsesiones que sí son distintas pasadas por el tamiz de una mujer. Hay literatura “femenina”, que hacen las mujeres para mujeres. Pero lo que no debería existir es un segmento que se llame literatura femenina. La literatura es buena o mala», dijo en una entrevista la escritora mexicana Ángeles Mastretta. También señaló que «la literatura es una, como profesión no tiene sexo. ¿Cómo iba uno a adivinar que Madame Bovary, de Flaubert, está escrito por un hombre?».
Para Pablo Avelluto, coordinador general del Sistema de Medios Públicos de la Ciudad de Buenos Aires y ex director editorial Región Sur de Random House Mondadori Argentina, «no existe una literatura femenina. Existen lectoras, muy diversas entre sí. Como no existe una “literatura masculina”. Hay algo que suena a incorrección política en la idea, pero los gustos predominantes en ciertos grupos de lectoras permiten hablar de algunos estilos, a veces géneros, que suelen ser predominantemente leídos por mujeres», argumenta.
El escritor Federico Andahazi aporta otra mirada: «Creo que existe una literatura femenina. Ahora bien, el género de la literatura no depende del género del autor ni del lector. Hay hombres que son excelentes autores de literatura femenina y mujeres que saben conquistar al lector masculino. De la misma manera, hay mujeres que leen como hombres y hombres que leen como mujeres. Diría todavía más: dentro de la obra de un mismo autor hay algunas novelas masculinas y otras femeninas. Lo puedo distinguir en mi propia obra: El anatomista, Las Piadosas, El secreto de los flamencos y El libro de los placeres prohibidos son novelas femeninas. En cambio Errante en la sombra y los cuentos de El árbol de las tentaciones son profundamente masculinos».

Otra sensibilidad
¿Habría que hablar de literatura escrita por mujeres? ¿O de relatos que abordan universos femeninos o masculinos? En el citado blog del diario El País, además de descartar que exista una relación entre calidad literaria y sexo del autor, se habla de una sensibilidad femenina «distinta». Y se cita como ejemplo para ilustrar la idea a un personaje de Munro, que dice que «cuando un hombre sale de su habitación, todo lo ocurrido queda ahí. Cuando sale una mujer, lo ocurrido sale con ella».
En el blog se resalta que es «un gran recurso por parte de la Nobel de Literatura ponerlo en boca de uno de los personajes, porque simplificar es errar. Pero el universo complejo y generalmente silencioso de la mujer, la relación de ideas que teje en su mente, la preocupación por no gustar, por no encajar, por no triunfar, por no valer, por no elegir, posiblemente le ha dado herramientas para captar las razones de la debilidad». Y, de paso, la «osadía» de ponerlo en el papel.«Las mujeres son narradoras por naturaleza», señala Andahazi. «Ellas deben sustituir la biología, el amamantamiento, con palabras, con historias que consigan calmar la angustia, detener el llanto y conciliar el sueño del bebé. En este sentido, la literatura es eminentemente femenina. Las historias que a mí más me fascinaron, me conmovieron y me abrieron la puerta a la lectura y, mucho más tarde a la escritura, eran los cuentos que me contaba mi madre antes dormir. Ahora bien, el mercado a veces usufructúa esta condición para sacar provecho. Existe una literatura presuntamente femenina, presuntamente erótica que, finalmente, no es ni lo uno ni lo otro».
Se escribe con lo que se es. En ese sentido, el aporte de la sensibilidad femenina a la literatura ha sido significativo. Basta citar algunos ejemplos, desde la óptica femenina de Jane Austen, pasando por la intelectualidad de Simone de Beauvoir, hasta la ferocidad de Doris Lessing. «Ha dado una larga lista de personajes extraordinarios», completa Avelluto. «Y una creciente relevancia, a veces mayoritaria, en los rankings de preferencia de las mujeres: un peso creciente, por ende, en el mercado de autores, tanto de ficción como de no ficción. No olvidemos que hay muchas más compradoras de libros que compradores. Y más lectoras que lectores».
¿Qué efectos provoca la existencia de etiquetas como «literatura femenina»? «Los buenos lectores no las tienen en cuenta, pero igual son un poco molestas», responde Shua. «En el siglo XX hubo grandes escritoras que prefirieron esconderse durante muchos años detrás de un nombre de varón, como James Tiptree, una genial autora norteamericana de ciencia ficción cuyo verdadero nombre era Alice Sheldon». Según expone Florencia Abbate en el citado artículo de La Balandra, el rótulo «literatura masculina» no se usa porque se supone universal. «La cultura occidental nos reconoce el carácter sensible, no el intelectual. Por tradición nos estaba reservada la naturaleza (y su símbolo: la maternidad), no la cultura. Por eso, obtener reconocimiento y prestigio literario para las mujeres ha sido un problema», asegura la escritora y periodista. Y subraya que no hay que olvidar que las conquistas femeninas han sido recientes, como en Argentina el  voto, ejercido por primera vez en 1951.
«Todavía hay sexismo en muchas formulaciones de la crítica», opina Elsa Drucaroff. Y menciona a periodistas de cultura que en sus columnas ironizan sin problemas sobre el escote de una escritora, y a blogueros que detallan si la autora de tal o cual novela es linda o fea. «Esas formulaciones no pasan un test elemental. ¿Escribirían lo mismo de un escritor? ¿Serían sus afirmaciones tomadas con igual complacencia?», apunta la escritora y ensayista en el dossier sobre narrativa argentina «Chicas del 70», publicado en la revista Katatay. Y asegura que «aún vemos muchas antologías, paneles y programas de literatura que se arman olvidando con toda naturalidad que existen escritoras, o se incluye cortésmente a una, a lo mejor a dos, así como el grupo de la serie de TV Misión imposible incluía a un negro: su touch democrático».
La pregunta obvia sería, ¿hasta cuándo?

Francia Fernández