Cultura | «ESTADO DEL TIEMPO» EN EL CCC

Historia argentina e intimidad

A partir de un triángulo amoroso, la obra evoca la proscripción del peronismo y las consecuencias de la dictadura. El detrás de escena contado por los protagonistas.

Confesión. Guillermo Aragonés, Irene Almus y Marcela Ferradás, los protagonistas de la pieza ambientada en los tiempos de la resistencia.

Un hombre le confiesa a su esposa que, antes de conocerla, se casó con otra mujer a la que abandonó. Este es el punto de partida del drama que le da forma a Estado del tiempo. Una trama que, por cierto, está marcada por una temporalidad que va desde la etapa de la resistencia peronista hasta las consecuencias de la dictadura cívico-militar. En la obra escrita por Daniel Dalmaroni ese lapso temporal se nutre de un aura de misterio y ambigüedad que no va en desmedro de las connotaciones políticas. Con dirección de Ana Alvarado y actuaciones de Irene Almus, Guillermo Aragonés y Marcela Ferradás, esta noche se estrena en el Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini.
En diálogo con Acción, Dalmaroni analiza la génesis de la pieza. «Como siempre, mis obras surgen de una imagen. Y en este caso se trataba de una poco política: un hombre que le cuenta a la mujer que abandonó a alguien antes de conocerla a ella, con la vieja y casi absurda excusa de que va a comprar cigarrillos y no vuelve más», cuenta. En cuanto a la esfera más social del drama, el dramaturgo explicita su adscripción política: «Me interesa volver a ese tiempo, primero, porque soy peronista. Viví la muerte de Perón, entonces observo que esos temas rondan mi imaginario y mi interés literario. Me interesa indagar en la historia, pero sobre todo en la de nuestro movimiento político: el justicialismo», concluye.

Laboratorio de personajes
Marcela Ferradás interpreta a Graciela, una ama de casa que comienza a entrever de manera más clara el pasado de su marido. Sobre la experiencia que encaró junto a la directora y sus compañeros de elenco, señala: «No hicimos mucho trabajo de mesa, que en general consiste en estar muchos días trabajando a partir del texto, hablando de los sentidos. Ana Alvarado dio una visión general de la obra, de lo que quería contar. Y nos lanzamos libreto en mano a buscar a los personajes en la acción». En cuanto a su labor interpretativa, dice que construye «por capas a los personajes, porque uno los va comprendiendo de a poco. Como en los ensayos vas a prueba y error, un día probás algo y descubrís que no te sirve. Y otro día descubrís algo nuevo que no entendías de tu papel. Finalmente, uno llega al estreno habiendo tomado muchas decisiones, pero a decir verdad ese trabajo no termina nunca. Las capas se van sumando y le dan hondura al personaje».

Irene Almus le da vida a Marcela, la mujer abandonada tras el episodio de los cigarrillos. En consonancia con Ferradás, destaca la importancia de los ensayos para darle una dimensión interpretativa al texto. «La obra fue muy difícil de desentrañar. Es un texto muy ambiguo, con tantos significados que, a partir del trabajo con Ana, lo pude ir entendiendo», explica. Sobre su personaje, señala que «al comienzo me resultó muy hermético, demasiado misterioso. Tuve que pensarlo mucho en los ensayos, pero también en la acción misma. Se trataba de poner el cuerpo y de ir conociéndolo poco a poco».
Responsable de componer al hombre que forma parte del presente de una mujer y del pasado de otra, Guillermo Aragonés destaca el aspecto no lineal de la obra. «La ambigüedad de Roberto, mi personaje, está vinculada con situaciones históricas muy trascendentes, dolorosas y perdurables. Dalmaroni cuenta dos momentos tremendos de la política argentina. Por otra parte, Roberto da cuenta de lo que puede sufrir alguien que arrastra un gran trauma. Él arma esa ruptura con su historia a partir de que se va a comprar cigarrillos y no vuelve más. Pero en determinado momento decide contar su pasado cuando siente ese mismo olor en su casa, a partir de que su actual mujer fuma. Hay una sensibilidad especial en este hombre, que tiene una ideología peronista y es un tipo común».
Uno de los principales méritos de la puesta de Alvarado consiste en graficar toda una época de forma sutil, pero contundente. Los signos escenográficos son acotados: apenas una alfombra, una pequeña mesa y no mucho más. La temporalidad se hace evidente en el vestuario y en el habla, pero también en los silencios. «Esta es una época en la que yo indagué mucho, la de mi infancia, mi adolescencia y mi juventud», afirma Dalmaroni. «Escribí una serie de obras que se desarrollan entre 1961 y 1969, que recupera el lenguaje de la época, el habla de mis padres, la forma de decir», dice el autor del libro Perón vive, cuatro obras peronistas. «Estado del tiempo me recordaba que el personaje masculino había dejado a la mujer anterior en la época de la resistencia peronista. Y todas esos recuerdos fueron invadiendo mi imaginario y la obra».


Ezequiel Obregón

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