Cultura

Historias suburbanas

Crece el número de películas que transitan esa particular geografía, para poner el foco sobre una cotidianeidad signada por la lucha contra la adversidad. La mirada que se construye «desde adentro» y las ficciones que reproducen estereotipos.

Estreno. Una escena de Alta cumbia, que llevó a las salas la historia del productor Fanta.

En el último Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, la directora y docente de cine Natural Arpajou subió al escenario para recibir el premio al mejor Work in Progress por Extraño. Lo hizo acompañada por Alan Gómez y otros chicos de la Villa 21 de Barracas. Y fue una frase de Alan la que arrancó un aplauso cerrado, emocionado del público: «Yo me pregunto: ¿la villa creció tanto que llegó a la cultura o la cultura bajó tanto que llegó a la villa?». El joven de 23 años citaba a Julio Arrieta, todo un referente para la cultura villera, mientras su grupo entraba en la historia al ganar un premio oficial en el festival de cine más importante de Latinoamérica.
La villa, por primera vez, se metía en la discusión de la industria cinematográfica. Después de cuatro años de transitar sus calles y pasillos, de hacerse amiga de los chicos, Natural Arpajou empezó a escribir sobre ese universo particular. Luego se sumó Alan, uno de sus alumnos en el taller de cine de la Casa de la Cultura. Y de a poco le fueron dando forma a Extraño. «Un poco por mi necesidad y por mis ganas de que los alumnos del taller tuvieran un espacio donde desarrollarse, armé un equipo técnico mixto con ellos y con profesionales de la industria», le cuenta Arpajou a Acción.
No es el único ejemplo: en los últimos años, cada vez más películas se ocupan de historias ambientadas en ese particular marco suburbano. Una lista que aumentó a fines de junio, con el estreno de Alta cumbia. En el caso de Extraño, el hilo conductor es la experiencia de un hombre que intenta recuperar su vida después de pasar ocho años preso. «En verdad nos habla de todas esas cosas que tiene la villa, buenas y malas, de ese micromundo que se genera después de que el GPS te marca zona peligrosa», desliza la directora, sobre lo que será un film narrado «desde adentro» y fortalecido con un premio que sirve para encarar el proyecto, pero que aún no alcanza para financiar la totalidad del film. Luego de recibir la distinción se acercaron profesionales y empresas de postproduccion y de equipos de filmación a ofrecer apoyo. «El proyecto genera mucho interés, nos falta algo de plata, pero no es un impedimento: eso demuestra que igual, sin millones de pesos de por medio, se puede hacer algo hermoso», afirma.
En otra villa de la Argentina, la Carlos Gardel de Palomar, vive César González, toda una referencia del cine villero actual. En un principio fue conocido como Camilo Blajaquis, filósofo y poeta que empezó a formarse mientras cumplía una condena en la cárcel. Luego incursionó en el cine y, hasta el momento, ha dirigido los largometrajes de ficción Diagnóstico Esperanza (2013), ¿Qué puede un cuerpo? (2015) y Exomologesis (2016), el documental Corte rancho (Canal Encuentro, 2013) y los cortometrajes Guachines y Truco (2014).
González filma en las villas, con actores que en su mayoría son también vecinos, y cuenta realidades y situaciones cotidianas. En Exomologesis, su última película –que se puede ver en YouTube, igual que las anteriores– se propuso mostrar las consecuencias de una sociedad regida por la obediencia, en tiempos del neoliberalismo. A diferencia de sus anteriores producciones, coloridas y con muchas escenas rodadas en exteriores, se trata de un registro en blanco y negro que transcurre en un departamento de dos ambientes, un enfoque que demuestra que un consultorio también puede ser entendido como una institución cerrada.

Moda y canciones
Construidas desde el punto de vista del cineasta que va en busca de material narrativo en una zona de la ciudad que no es la propia, en el último tiempo se estrenaron el documental Guido models (2015) y la más reciente Alta cumbia. La primera es la historia de Guido Fuentes, un inmigrante boliviano que vive en la Villa 31 de Retiro y tiene una agencia de modelos que se dedica a formar jóvenes para el mundo de la moda, demostrando que no está todo perdido en el barrio, que estas chicas tienen derecho a soñar con un futuro mejor. Julieta Sans, la directora, vivía en Londres cuando, en una visita a la Argentina, se encontró con la iniciativa de Guido en un diario. «Me pareció muy interesante el proyecto en sí, su propuesta un poco alocada de buscar la integración social en el mundo de la moda. El encuentro fue tan inspirador y tan fuerte, que volví a vivir a la Argentina, entre otras cosas para filmar esta película. Y me terminé quedando», le cuenta Sans a Acción.
La cumbia villera es la música que representa, en gran parte, a esa cultura que crece desde los cimientos de las casitas. Con su cámara abierta a esos ritmos y melodías inconfundibles, el antropólogo y cineasta Cristian Jure le dio forma a Alta cumbia, que llegó a las salas en junio. El protagonista es el Fanta, un exproductor de cumbia que va recorriendo la historia del género a través de canciones y testimonios, pasando por lugares incómodos de prejuicios y discriminación, de censuras y olvidos, hasta llegar a un presente triunfal en el escenario de la cultura popular.
«Trabajando en la villa 20, allá por 2010, para una producción que terminó en la pantalla de Encuentro y condujo César González, conocí al Fanta y todo su laburo social-cultural, que hasta ahí estaba absolutamente invisibilizado. Entonces me tomé en serio el proyecto de hacer lo que venía craneando desde un tiempo atrás: representar un aspecto importante de la cultura popular que estaba ninguneado, bastardeado», cuenta Jure a Acción.

Imagen uniforme
Cuando se intenta reflejar, a través del cine y la televisión, la vida de quienes habitan en una villa, lo que se suele mostrar es un submundo de delincuencia, drogas, pibes chorros y miseria. «Desde que salí de la cárcel me han llegado diversas propuestas para trabajar en cine y televisión. A todas dije que no: sentí que aceptar esos roles era reproducir el clásico modelo de villero, es decir, un sujeto que es o ignorante o violento o bárbaro o anormal o repleto de patologías o que en su interior es imposible encontrar amor o creatividad alguna. Personajes siempre uniformes, unívocos, sin matices», escribió César Gónzalez en un posteo de su cuenta de Facebook, al referirse a los estereotipos de la serie El marginal.

En el barrio. El rodaje de Guachines, el cortometraje dirigido por César González.

El sociólogo y crítico de cine Daniel Cholakian explica que ciertas ficciones «construyen a ese villero a imagen y semejanza del estereotipo, porque el sistema de representación es un mecanismo por el cual el realizador se somete al sentido común, que produce saberes sobre la otredad a partir de la propia autopercepción y los intereses de las clases dominantes».
«No me gusta mucho cómo se trata a las clases bajas en las películas, de un modo paternalista y muy desde afuera. Estoy intentando que Extraño no sea así. Para ser más honesto y crudo hay que bancarse la crudez: si te la bancás, va a aparecer la fragilidad y la belleza de estos espacios», dice la directora Arpajou.
Criado en la Villa 21 de Barracas, el actor y gestor cultural Julio Zarza tuvo el papel protagónico en La 21 Barracas, una película de Víctor Ramos (ver recuadro). Zarza le dice a Acción que «las buenas historias de lo que pasa en la villa, en general, no salen a la luz, porque lo que vende es la acción». Y para que esto cambie, sostiene, «hay que vincular a los pibes con lo cultural y no con lo judicial».
A su turno, Julieta Sans afirma que al adentrarse en la villa para filmar el documental Guido models se encontró con «un lugar muy vital, lleno de gente trabajando, cocinando, escuchando música, con los chicos jugando. En el barrio se vive muy para afuera, más conectados con Latinoamérica que con la Argentina, por lo comunitario y por la diversidad de culturas que lo habitan».
Igual que cualquier otra rama artística, el cine cambia el modo de pensar de quienes participan y se involucran. Cuenta Arpajou: «Después de que ganamos un premio con nuestro primer corto, Lucy, una alumna, me dijo: “A mí el taller me hizo bien porque ahora sé que acá también podemos hacer cosas buenas, no solo es violencia y pobreza. Antes subía al colectivo y le decía el precio del boleto, no le decía que iba a la villa, me daba vergüenza. Ahora digo a dónde voy, porque me da orgullo, no me da vergüenza”».