Cultura | MATILDA, EL MUSICAL

Huele a espíritu rebelde

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Alejandro Lingenti

Entre la literatura, el cine y el teatro, la historia de la pequeña heroína se convirtió en un clásico. Estrenos en Netflix y en la avenida Corrientes.

Versiones. La protagonista del relato de Roald Dahl según el musical de Netflix y la película dirigida por Danny De Vito.

Se están por cumplir 35 años de la primera publicación de Matilda y todo indica que ese intrépido relato ideado por el británico Roald Dahl, el creador original de Los gremlins, se consolida como un clásico contemporáneo. La versión del musical premiado con el Tony y el Olivier que acaba de estrenar Netflix es un síntoma del influjo cada vez más potente de una historia cuyo salto de la literatura al cine no rindió los frutos esperados: la buena película que dirigió Danny De Vito, estrenada en 1996, ni siquiera llegó a recuperar el dinero invertido en su presupuesto.
Fue justamente el musical producido por la Royal Shakespeare Company, que hace más de diez años se mantiene en la cartelera del West End londinense y también fue un éxito en Broadway, el que despertó una fiebre que benefició a la versión fílmica de los 90, transformándola en ingrediente habitual del menú de la televisión abierta y del cable, como los argentinos sabemos de sobra. En junio de 2023, Matilda, el musical llegará a un teatro de la calle Corrientes con un elenco de más de 25 intérpretes dirigido por Ariel del Mastro, quien ya tuvo a su cargo la puesta en escena de Cabaret, Aladín, será genial y Peter Pan, entre otras piezas. Hasta el momento, la única confirmada es la actriz Laurita Fernández, que tendrá a su cargo el papel de la Señorita Miel.
Era obvio que más temprano que tarde llegaría el musical para cine, dirigido por el inglés Matthew Warchus y lanzado directamente en Netflix. La producción mantiene las grandes canciones del australiano Tim Minchin y le suma el peso de la participación de una actriz ilustre, la también inglesa Emma Thompson, excelente en el rol de la malvada señorita Trunchbull, que pretende cortarle las alas a la inquieta Matilda, interpretada por la irlandesa Alisha Weir, tan suelta a sus 13 años como una actriz consumada.
A los 63 años, Thompson ya se ha plantado para siempre como una de las mejores actrices de su generación. Ganó todo tipo de premios (Oscar, Emmy, Globo de Oro, BAFTA) por sus trabajos memorables en películas como La mansión Howard y Sensatez y sentimientos y dio pruebas de su versatilidad aportando talento en la saga de Harry Potter y luciéndose especialmente en Nanny McPhee: La nana mágica, dos conexiones previas con el público infantil. Su rol en este caso es clave: ella es la cara más visible de una concepción del mundo que agobia a Matilda, una niña más inteligente que su padre y su madre, el anodino matrimonio Wormwood, y deseosa de una libertad que los adultos parecen poco dispuestos a cederle.

Inteligencia y diversión 
El espíritu rebelde de Matilda es un de las explicaciones más evidentes de la empatía que provoca en los niños: todos los chicos tienen ese gen punk que se potencia cuando sufren más represiones y que el autor del libro mantuvo activo durante toda su vida. Piloto de la Royal Air Force, Dahl tuvo durante tres años una existencia cargada de peligros en pleno estallido de la Segunda Guerra Mundial, pero además fue un gran polemista: sus posiciones contra el estado de Israel le granjearon muchos reproches («No soy antisemita. Soy anti-Israel», insistía él​), y el primer contacto de su obra con el cine no fue nada satisfactorio. En 1990 se estrenó una versión de su libro infantil Las Brujas dirigida por un cineasta bastante heterodoxo, el inglés Nicolas Roeg, el mismo de El hombre que cayó a la Tierra, protagonizada por David Bowie. Roeg cambió el final del original literario, una decisión que Dahl digirió muy mal: no daría permiso para adaptar ninguna de sus obras en el resto de su vida. La versión dirigida por De Vito fue posible gracias a un acuerdo con los herederos del escritor.

La idea fuerza de Matilda es que vale la pena cuestionar los mandatos, y su apuesta invencible: no disociar la inteligencia de la diversión. Más que sus poderes telequinéticos, lo que la ha delineado como heroína es su valentía y su sentido del humor. Pero hoy el personaje puede sumar resonancias nuevas. Si se trata de pelear contra verdades establecidas, prejuicios y violencia autoritaria, el feminismo se ha perfilado en los últimos años como vanguardia. Y, a su manera, la de Matilda es una historia feminista, escrita por un varón que se quedó sin padre a los 3 años y creció rodeado de mujeres (su madre, sus hermanas, su niñera) que seguramente fueron una influencia para que sus personajes femeninos no reprodujeran arquetipos machistas. 
Más allá de su contagiosa pasión por los libros (es fanática de El hombre invisible de H.G. Wells y Jane Eyre de Charlotte Brontë), Matilda es una niña independiente y un emblema de la resiliencia: aprende prácticamente sola a defenderse de las hostilidades que la rodean y lo hace con una determinación que hoy se traduce como empoderamiento. Nunca recurre a la ayuda de un príncipe salvador. Prefiere entablar una amistad cálida con su profesora, una chica joven, inteligente e independiente que, a diferencia de su mamá, no ruega por la compañía de un hombre ni necesita eso para sentirse plena. Dahl desafía la idea de familia tradicional poniendo el deseo y la empatía por encima de los lazos sanguíneos. Es lógico, con el nuevo clima de época, que la vida útil de este personaje cobre un nuevo impulso.

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