Cultura

Humor feminista

Con intervenciones que la llevaron desde Internet hasta la televisión abierta pasando por el stand up, se ha erigido como una de las comediantes más destacadas de su generación. Sus comienzos y su presente. La militancia llevada al escenario.


Obra. Este año integró el elenco de Persona, con el que volverá al ruedo en enero. (Juan Quiles)

 

Soy, por lejos, la menos graciosa de mi familia y la más callada», dice Charo López con cierta timidez y, por supuesto, palabras tan sencillas en su boca de humorista hacen reír. «Vengo de una familia donde todos hacían chistes sin parar e incluso se disfrazaban mucho: era una joda constante y demencial».   
Para empezar, se puede decir de López que es una de las comediantes más certeras de los últimos años y que encontró en el arte de la improvisación un vehículo veloz hacia la risa. Su figura irrumpió dentro de esa camada de comediantes que se apropió del stand up, logró desarrollar un devenir interesante y volverlo parte de la escena humorística local, que así vio renovado el repertorio anquilosado de cargadas «de suegras», «de gallegos», de «la bruja» y cosas por el estilo.
Su relación con los escenarios arrancó a los 15 años, cuando se anotó en un taller de teatro en Lomas de Zamora. «No tenía idea qué iba a pasar, pero después me di cuenta de que era algo que hacía todo el tiempo y que me gustaba. Nos ponían temas de Bon Jovi para hacer expresión corporal. Desde ahí no paré», dice. De a poco, todo lo que no tuviera que ver con la actuación fue dejado de lado. Incluso la escuela secundaria, que abandonó en quinto año. La reacción de su padre fue darle un consejo: «Si querés no estudies, pero nunca trabajes para un gil».   
Siempre fue muy inquieta, por eso en su juventud tuvo con unos amigos una revista punk de humor que se llamó Andate a la concha de tu hermana. Mientras toma un café frente a la cancha de Atlanta, cuenta: «desde chica quise ampliar mi panorama como para que el humor fuera mi modo de supervivencia».
Durante el año 2000, la mayoría de sus amigos se fueron a vivir al exterior. Y entonces llegó, para ella y para el país, una etapa difícil: vendió pan relleno, pedía dinero en semáforos junto a malabaristas, trabajó en una fábrica de galletitas. Hasta que empezó a estudiar improvisación y se fue a vivir a Capital Federal.
Los trabajos ocasionales se fueron sucediendo, desde que comenzó a actuar con Mosquito Sancineto. Finalmente, armó su propia compañía de improvisación: Crack, más tarde llamada Improcrash. «Empecé a darme cuenta de que cuando decía lo que pensaba, hacía reír. Al principio me daba miedo abrirme o se enojaban conmigo por lo que pensaba», confiesa. Con esas compañías hicieron funciones durante 11 años en todo el país y llegaron a España y casi toda Latinoamérica.

 

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Fan de Juana Molina, Los Tres Chiflados y Cha cha cha, López es una artista que siempre está haciendo cosas paralelas. Mientras terminaba su etapa con Improcrash, comenzaba un programa por Internet llamado Paralell World. «Fue una suerte de Parakultural virtual y por suerte fue un espacio de libertad absoluta», recuerda de esa experiencia. En uno de esos programas conoció a Malena Pichot. «Nos miramos de lejos y me sorprendió un montón. Me pareció muy inteligente».
De la unión de estas dos feministas que utilizan el humor como arma de destrucción masiva nacieron Cualca (que tuvo su exposición popular en la televisión abierta con Duro de domar), Por ahora y Mundillo, tres programas que se pueden ver por YouTube y que fracturan la lógica patriarcal a partir un combo que incluye inteligencia, timming actoral y sincronía emocional con estos tiempos.
En estos últimos meses, hizo teatro junto con Pichot, Ana Carolina y Vanesa Strauch. El espectáculo, Persona, tiene un mensaje claro. «Ahora tengo una actitud militante y feminista sin fisuras», asegura. «Llegué a un grado de maduración intolerante frente a cualquier tipo de machismo. Siempre tuve el gen de la igualdad, fue algo que me movilizó desde pequeña: fui implacable con todas las situaciones que yo consideraba injustas. Después crecés y a esas cosas les ponés un nombre: feminismo. Yo no sabía que se llamaba así lo que sentía», explica, con la certeza de que su crecimiento es constante y que el humor siempre va a estar ahí para salvarla, acompañarla y, de paso, hacer reír a los demás.