Cultura | LOS 70 DE CHARLY GARCÍA

Antena poderosa

Los festejos por el cumpleaños del músico del bigote bicolor también sirvieron para reconocer el lugar central que ocupa su obra en la cultura popular.

Espejo. A través de sus canciones, el compositor y vocalista reflejó momentos gloriosos y páginas oscuras de la historia argentina reciente.

TÉLAM

A lo largo de octubre, los homenajes a Charly García fueron un rotundo ejercicio de la memoria colectiva. La celebración en vida del cumpleaños del músico popular más importante de los últimos 50 años fue, también, una manera de auscultarnos. En este medio siglo, con sus canciones Charly nos interpeló como sociedad, nos juzgó, nos hizo quedar en ridículo. Catalizó nuestra neurosis, mostró caminos, aun los del horror. Si la resbaladiza clase media urbana –o eso que alguna vez se llamó burguesía nacional– tiene todavía un espejo en el que mirarse, la figura que se refleja es la de Charly García.
En 1974, como prólogo del terror, cantó: «Tengo los muertos todos aquí / ¿Quién quiere que se los muestre?»; en 1977 se preguntó «¿qué se puede hacer salvo ver películas?» o «no te dejes desanimar» o «la paranoia es quizás nuestro peor enemigo»; en 1979, afirmó «estamos ciegos de ver» y tantas cosas más, casi como un manual de historia y un compendio del ánimo social.
Emergente del barrio de Caballito y egresado de un colegio autoritario como el Dámaso Centeno de los años 60, García pareció atravesado por un rayo misterioso. Fue el médium de momentos gloriosos y de miserias. En un mismo disco como Yendo de la cama al living, editado en 1982, podía comenzar con el tema que tituló el álbum, un claustrofóbico y tóxico manifiesto de la soledad; luego cantar un mantra sobre la libertad con frases como «ayer soñé con los hambrientos, los locos/ los que se fueron, los que están en prisión» («Inconsciente colectivo»); y finalmente practicar el sarcasmo, al dibujar una caricatura del individualismo porteño y procesar el dolor de Malvinas en «No bombardeen Buenos Aires» al rogar mezquina, irónicamente, que «no bombardeen Barrio Norte».
Esa operación es la misma que desplegó en la tapa del álbum La grasa de las capitales, una sátira a la revista Gente pero con el título que le había propinado una publicación under: «Charly: ¿ídolo o qué?». Años después, cuando visitó a Carlos Menem y le hizo poner el brazalete con reminiscencias nazis de Say No More, provocó el estupor del progresismo. En una entrevista llegó a decir: «No entiendo qué ocurre. ¿No lo eligieron dos veces a Menem?». En el sentido inverso, cuando Jorge Lanata era el paladín del periodismo de izquierda él le espetó, en vivo y en directo: «Yo pienso que vos sos un pelotudo».
Ese andar sinuoso es un andar colectivo. La ternura mezclada con la aridez, el desparpajo con la reverencia (a Hebe de Bonafini, a Mercedes Sosa, a Luis Alberto Spinetta), abonan un costado profundamente humano. Charly nos viene a recordar que él también es errático. Que lo que nos condena, nos salva.
Los festejos por los 70 años fueron tomados por algunos como una extensión cultural de la fatigada grieta. La administración nacional enfocó el cumpleaños en una larga y emotiva jornada en el CCK; la de CABA, en un concierto de Fito Páez en el Teatro Colón, consagrado a la obra del homenajeado, como si Fito se hiciera cargo de un legado. Charly se presentó fuera de programa en el CCK y tocó y cantó algunos temas. Muchos pensaron que también concurriría al Colón. Su ausencia en el recital de Páez encendió la mecha del desatino en el fango de las operaciones mediáticas habituales. Clarín llegó a titular, en su tapa, en referencia a la breve performance del músico en el CCK: «La vuelta de Charly: ¿debe seguir cantando?».
Como nunca, quedó clara la distancia abierta entre la prensa dependiente y la gente de a pie. Los festejos del cumpleaños fueron más allá de las dos actividades oficiales y se manifestaron en las redes, en programas radiales, en intervenciones puntuales en programas de televisión, en la calle. Es cierto: el rock se transformó en la música global del establishment. De Bob Dylan para acá, lo que ayer fue contracultura, denuncia y psicodelia, hoy son medallas entregadas sobre alfombras rojas. Blasones bien ganados pero que, en el mismo gesto de la condecoración, neutralizan cualquier atisbo de revolución.
Charly García pasó de cantar «Instituciones» en los 70 a ser, él mismo, una institución. Es el devenir de los tiempos, la esencia del capitalismo que todo lo fagocita y procesa. Quedan, como siempre, las canciones. Y, en el caso de Charly, un destello que cada tanto destila su mirada y que nos sigue interpelando. Impide cualquier distracción, debería mantenernos alerta. Es un brillo sutil, antiguo, que sigue diciendo, como quien revela una verdad absoluta: «Yo solo soy una pobre antena/ que me trasmite lo que decir».


Mariano del Mazo