Cultura | De cerca

Juego de damas

Irrumpió en la escena del rock con la ironía filosa de Viuda e Hijas de Roque Enroll. Hoy transita por los senderos de la música nativa con Las Folkies y dirige la FM Folklórica de Radio Nacional. La huella artística de sus padres y su eterna fascinación por Sandro. Canciones, militancia y feminismo.

Télam

Esta mujer imparable, que atiende celulares, que tiene una reunión virtual cada media hora, que graba, produce y está al frente de una radio única en su especie, cantaba hace 30 años: «Era un bikini a lunares amarillo, diminuto, justo justo, que todo dejaba mostrar». Ahora, con su grupo Las Folkies, abre su disco en vivo con «No me mates», que dice, rotundamente: «No me mires más, no me toques más, no me hables así/ No me fuerces más, no me aprietes más, no decidas por mí/ No me empujes más, no me pegues más, no me insultes así/ No me obligues, no me abuses, no me mates/ No me obligues, no me abuses, no me mates». En el medio, entre esas dos canciones, pasó de todo. Pasó, digamos, la vida.
Mavi Díaz carga con una historia singular, atravesada por la intensidad, el nomadismo y el compromiso. Tiene una capacidad, tal vez inconsciente, de captar qué pide cada época. Nació en Bruselas, Bélgica, en el medio de una gira de sus padres, el extraordinario armonicista Hugo Díaz y la cantante Victoria Cura; fue agitadora del poptimismo de la primavera alfonsinista con Viuda e Hijas de Roque Enroll; se fue a España a fines de los 90; regresó y le dio vía libre a sus preocupaciones sociales y políticas, motivada por cómo la sedujeron las políticas de la presidencia de Néstor Kirchner. Militó siempre con un pie en la cultura en AADI, en SADAIC, en la confección y sanción de la Ley de Cupo y, desde que asumió Rosario Lufrano en RTA, es la directora de Radio Nacional Folklórica, una emisora que cubre un amplio espectro de la música argentina.
El año pasado sacó discos con Germán Dominicé (de los Hermanos Butaca) y con Las Folkies, la banda que completan Silvana Albano en piano, Pampi Torre en guitarra y Martina Ulrich en percusión. Recientemente trabajó como coach y productora de los nuevos discos de Benito Cerati y Miss Bolivia, entre otros. El coaching vocal fue una de sus principales actividades en el período español: trabajó con La Oreja de Van Gogh, Joaquín Sabina, Ariel Rot, Andrés Calamaro y Claudio Gabis. «En Madrid vivía en pleno centro, a metros de la Puerta del Sol. Me dediqué básicamente a tareas de estudio, trabajé inicialmente en el estudio de Alejo Stivel en su época dorada. Tuve oportunidad de entrenar a artistas muy importantes como Ana Torroja, M Clan, The Corrs. Grabé mi disco Chau y en uno de mis viajes a Argentina, gracias a la película que se hizo sobre la vida de mi viejo, empecé a reeditar su obra y a darle forma a mi primer disco de folclore. Ese fue un paso fundamental para que me volviera a radicar en el país».
Sigue conectada a España: por muchos motivos, pero básicamente porque allá vive Dano, su hijo, uno de los raperos más interesantes de la escena en castellano. «Ya es un hombre», dice, con un mohín maternal. «Tiene 35 años, trabaja mucho. Ha sabido encontrar su lugar en el mundo haciendo lo que ama; logró poder vivir de ello sin renunciar a su gusto, a sus valores. Como madre siento que ha recibido amor y apoyo siempre y que ha sabido canalizarlo para ser feliz. Me gusta mucho su generación, y también lo que están haciendo chicas y chicos de 15, 16, el trap. Gente no binarie, que tiene una cabeza diferente, muy solidaria y con mucha conciencia. En fin, están pasando tantas cosas buenas todas juntas. Creo que en los últimos años me pasaron más cosas que en toda mi vida. Y mirá que viví, eh».
Entre «esas cosas», Mavi cuenta la Ley de Cupo femenino, que militó junto con su ideóloga e impulsora, Celsa Mel Gowland. «Nunca vi tanta unión y sintonía entre las músicas. Hay una terrible energía, muchos deseos de cambiar el estado de las cosas. Huelga decir de la importancia del aporte de la mujer en la cultura. Hay que hacerlo cada vez más visible». Y, por supuesto, la asunción en Nacional Folklórica. «Para mí fue un sueño. Yo vivía en esta radio, prácticamente. Siempre acompañaba a mi viejo cuando era Radio El Mundo. Luego vine mucho como artista. Me sorprendió el nombramiento. Fue muy interesante que eligieran mujeres para la conducción de las tres FM de Nacional, la Rock, la Clásica y la Folklórica. Eso da la pauta de una idea inclusiva, abierta y acorde con los tiempos que corren».
–¿Qué te propusiste desde la dirección?
–Agarramos una radio devastada. Nuestro objetivo es que la Folklórica sea la casa de nuestra música, que tenga presencia desde lo más tradicional y fundamental hasta lo más nuevo. Como medio público es nuestra obligación dar espacio y difusión a nuevas expresiones y mostrar que tanto el folclore como el tango están más vivos que nunca. Es muy rico el panorama actual. La pandemia nos cambió todos los planes. Tuvimos que priorizar la salud del personal y los contenidos educativos. Aun así, la radio está viva por el amor de cada uno de los y las trabajadoras, conductores y técnicos. Estar en el aire en estas condiciones es un milagro.
–¿Te saca mucho tiempo a tu dedicación puramente artística?
–Me hago tiempo. El disco en vivo de Las Folkies salió en medio de la cuarentena. De las pocas ventajas que tuvo la situación, una de ellas fue que tuvimos tiempo de editar y mostrar esos videos, un concierto bien grabado, bien filmado, con una inversión económica y artística muy importante.
–Subieron un video por semana: una manera novedosa de lanzar material.
–Sí, decidimos estrenar un video cada domingo del concierto-presentación de Gaucha en la Sala Siranush. Le damos mucha importancia a lo visual; de hecho, la tapa se la pedimos a Marcos López. Tuvo tan buena acogida y nos iba gustando tanto lo que veíamos que salió un disco en vivo sin haberlo planeado. Extrañamos mucho tocar y ver ese show nos reencuentra de algún modo con esa sensación de público presente que quién sabe cuándo volveremos a sentir.

Mujeres al frente. La pianista Silvana Albano, la guitarrista Pampi Torre, Díaz y la percusionista Martina Ulrich, las integrantes de Las Folkies. (Pablo Scavino)

–Es un disco completamente folclórico.
–Es que nosotras siempre nos sentimos bien criollitas. No usamos más que instrumentos tradicionales, somos respetuosas de las formas de las danzas y nos encanta lo moderno de antes. Puede ser que en Gaucha eso se evidencie más que en otros discos, ya que decidimos componer danzas muy antiguas. Ahí están el remedio atamisqueño, la zamba alegre o la arunguita, claro que con un lenguaje acorde con los tiempos que vivimos y nuestra forma de interpretar.
–Hay una presencia muy marcada de la temática de género.
–Sí. Abrir el disco con «No me mates» es una declaración de principios.
–¿Cómo surgió una letra tan contundente?
–Es un tema que «me bajó» en Cariló, nuestro búnker compositivo, mientras las chicas dormían. Habíamos estado viendo noticias sobre abusos y maltrato en la tele y me fui a dormir con ese pensamiento. Desperté en la madrugada y escribí el tema como si me fuera dictado. Esperé a que amaneciera y lo grabé. Así fue al disco, sin maquillaje, grabado en el garage. «Gaucha», el tema, también sintetiza la idea del disco: trata sobre esa heroína cotidiana que somos todas las mujeres, con los pies en la tierra y mil naranjas en el aire, creyendo que lo podemos todo y demostrando muchas veces que es así.
–Sos de una generación que padeció fuertemente el machismo. De hecho, el ambiente folclórico tiene, como otros, un sistema de valores tradicionales muy arraigados.
–Sí. Yo tengo que hacer mi propia deconstrucción cada día. Les pibes nos enseñan a hablar, a interpretar, a entender que nada es blanco o negro, hombre o mujer. Eso me enriquece y me abre la cabeza y el corazón. El folclore de la época de mis viejos era extremadamente machista y lo sigue siendo ahora. Hay que decir que no es igual la realidad de una música en Jujuy o Salta que en Buenos Aires. Recorriendo el país militando la Ley de Cupo, pudimos ver y entender las distintas realidades y hacernos eco de ellas.
–Bueno, Viuda e hijas de Roque Enroll tallaron en un momento en el que las mujeres tenían muy poco espacio en el pop y rock.
–Sí. Y si te fijás bien, detrás de nuestra apariencia física, de la actitud, hablábamos con doble sentido, con sarcasmo, de temáticas que nadie hablaba. Eran declaraciones de principios: las cirugías estéticas, («La silicona no perdona»), el divorcio («La familia argentina») o la transexualidad («El templo del azulejo»). No necesitábamos poner cara de intelectuales para bajar alguna línea. Lo del machismo estaba tan naturalizado que casi ni se discutía. Nosotras, al ser un producto bastante único y exitoso, no sufríamos discriminación en escenarios, es más, tocábamos muchísimo. Al contrario, ¡a Jota Morelli, que viene del jazz y era nuestro batero, le pedíamos que se pintara la cara! El público nos quería muchísimo. La prensa, en cambio, era mucho más pacata y resistente. Dudaban si tocábamos de verdad o si éramos un invento de un productor. ¡Tenemos un tema que se llama «Somos un invento»! A mí me decían a la cara: «Bueno, por ser mujeres, tocan bastante bien».

Misteriosa atracción
Mavi se apasiona con cada uno de los temas que analiza, con cada evocación. Pero cuando habla de sus padres, el rostro adquiere un brillo especial. «Cuando edité el disco Antología tuve que recorrer la obra de mis viejos. No solo como hija, sino como curadora. Debí seguir sus pasos en lo referente a los repertorios: qué autores elegían y por qué, qué ritmos, entender el amor de mi viejo por la música del Litoral, el misterio de la selva que tanto le atraía. Fue muy fuerte».
–¿Y tu mamá?
–Mi mamá también tuvo una evolución como intérprete a lo largo de los años. Cuando empezó a cantar con mi viejo tenía un estilo muy particular, una elegancia y una fineza tremendas. Así como mi papá estaba muy influenciado por el jazz que amaba, a mi mamá se le notaba su amor por los crooners de la época. ¡Ella era una crooner criolla! Con los años se fue goyenechizando y se volvió una tremenda fraseadora, mucho más libre y más jugada. Ella nunca se sintió a la sombra de mi viejo; al contrario, eligió la maternidad y criarme a mí, pero nunca dejó de cantar y fue una gran militante del folclore. Inauguró muchas peñas en clubes de barrio y amadrinó a cientos de artistas jóvenes.
–Siempre hablás de Sandro en las notas. ¿Qué te pasó con él?
–Sandro fue, es y será mi ídolo y mi amor eterno. La devoción por él se remonta a mi infancia, cuando le componía una canción por día, cuando me maquillaba a escondidas de mi vieja, ponía el LP Sandro de América y cantaba «El maniquí» frente al espejo y lloraba, fascinada, viendo cómo se me corría el maquillaje.
–¿Llegaste a conocerlo?
–Lo conocí en persona cuando mi papá lo llevó al Palo Borracho, un domingo por la tarde, a la peña infantil donde yo cantaba, entre zambas y chacareras, las canciones que le hacía a él. Fue posiblemente el día más feliz de mi vida.
Mira el reloj, cuenta que ya están pensando en la radio pospandemia, habla de los premios Gardel, elogia a Teresa Parodi («ella es mi faro»), recuerda a Horacio Fontova («militamos juntos por Daniel Filmus»). Brinda con una copa de vino en la pantalla de la videollamada. Ella, Mavi Díaz, una Viuda e Hija Folkie que ha hecho de la diversidad y la coherencia un estilo de vida.


Mariano del Mazo