Cultura

La intensidad de la palabra

La ironía demoledora y la comprensión profunda de los hechos como valor contra la complacencia definieron su poética, y también su postura ante el mundo y la literatura. El adiós a una artista que vivió siempre en busca de nuevas formas de decir.

Sabe reír. En medio/ del dolor se ríe y juega./ En medio del dolor/ habla claro». Irene Gruss (1950-2018) dedicó ese poema, «La risa», a Hebe Uhart, pero lo que observaba en la gran narradora y cronista podía extenderse a sí misma. No se trataba de la descripción de un rasgo personal sino más bien de una postura ante el mundo y en primer lugar ante la propia literatura, porque la risa, la ironía demoledora, la comprensión profunda de hechos y acciones como valor contra la resignación y la complacencia, definieron su poética.
En la nouvelle Una letra familiar (2007) reelaboró su infancia y adolescencia en un hogar de militantes comunistas, donde el deseo de escribir se afirmó ya entre las experiencias iniciales. Nacida en Buenos Aires, su formación transcurrió en el taller literario de Mario Jorge De Lellis, compartida con Jorge Aulicino, Daniel Freidemberg y Alicia Genovese, entre otros poetas, y en la revista El escarabajo de oro, de Abelardo Castillo, durante la primera mitad de los años 70. En esos espacios, según contaba, aprendió a escribir y a leer literatura de modo crítico: «Había que argumentar. El me gusta-no me gusta no alcanzaba», explicó en un reportaje publicado por el periódico Diario de Poesía.
En 1982 publicó Una luz en la ventana, su primer libro, y en 1987 El mundo incompleto, que incluyó «Mientras tanto», uno de sus poemas más citados, en el que refiere a la vida cotidiana durante los años del terrorismo de Estado. La aparición de La mitad de la verdad, su obra reunida, en 2008, resultó decisiva para el reconocimiento de la posición central que ocupa en la poesía argentina contemporánea.
Al mismo tiempo que desarrollaba su obra, Gruss comenzó a trabajar con talleres de poesía. Sus críticas podían ser implacables, porque no concebía la escritura como simple pasatiempo y a veces perdía la paciencia con quienes se manifestaban seguros de sus textos y no tenían preguntas para hacerse. El poema «La evidencia» relata el momento de sacar una pila de libros a la calle, para que se los lleve el recolector de residuos: «No eran palabras/ como hechos. No era/ gente de creer», escribió. Abogaba por la escritura como trabajo, «culo en silla», como le gustaba decir.
Se había vuelto feminista por las mujeres víctimas de la Inquisición, y además de perspectiva de género exigía conciencia de clase. Sus referentes en ese sentido eran también escritoras: Juana Bignozzi –«tiene un punto de vista de mujer fundamental, que me marcó, con la cosa de reírse de sí misma»– y Hebe Uhart, a quien le dedicó el último texto de su blog. «Pagó el precio de no ser del palo, mucho menos pituca, muchísimo menos del canon», dijo en relación con la demorada valoración de la narradora, una circunstancia que también definió su propio lugar. Su antología Poetas argentinas (1940-1960) fue clave en el redescubrimiento actual de la poesía argentina escrita por mujeres.

Escribir con el otro
A diferencia de lo habitual entre escritores, nunca se quedó conforme con los resultados que conseguía y persistió hasta el final en la búsqueda de nuevas formas de decir. Cada vez que comenzaba una nueva serie de poemas estaba atenta a no repetir los mecanismos de la anterior, a que la escritura no se convirtiera en la repetición involuntaria de determinados procedimientos. Los poemas breves de La pared (2012) pudieron ser así desconcertantes, aunque profundizaban sobre su reflexión en torno a la voz poética, en ese caso con una voz que hablaba a solas y ponía a prueba sus palabras y su situación.
La ironía que caracterizó su mirada de juventud era también, según dijo, una defensa contra la autocompasión y finalmente se le impuso como un límite. «Yo quiero ser más tierna, estoy tratando de escribir de otra manera, más en comunión con el otro, con las cosas», declaró al publicar su obra reunida. En ese sentido, Irene Gruss construyó la poesía de su última etapa como un diálogo constante con otros escritores y artistas, cuyas palabras retomó como un nuevo motivo de interrogación, para comprender, reír y hablar con claridad, como supo hacer, aun en medio del dolor.