Cultura | HORACIO GONZÁLEZ (1944-2021)

La palabra política

Con su estilo incisivo, el sociólogo y exdirector de la Biblioteca Nacional alumbró ideas fundamentales que abarcan desde el peronismo hasta la literatura.

Compromiso. Sus textos revisaban el panorama argentino a la luz de la historia. (Horacio Paone/Archivos Acción)

Es que desde temprano me persigue el fantasma de escribir difícil. Con espesuras y quiebres que con autoindulgencia puedo atribuir a una búsqueda de mayores intensidades en la prosa», confesaba Horacio González en la introducción de Retórica y locura, el libro que reunió sus conferencias en París y San Pablo en 2002.
Estudiante de sociología en la década del 60, asistía a la sede de Independencia 3065, epicentro de confrontaciones ideológicas. González presidía el Centro de Estudiantes cuando se iniciaron en 1968 las Cátedras Nacionales, en las que participó. Sin soslayar los aportes teóricos extranjeros, se trataba de revisitar autores, procesos y teorías surgidos en América Latina, en especial lo concerniente al peronismo.
Entre 1971 y 1973 se abocó al estudio de Gramsci como herramienta para la transformación social, algo que se evidenció tanto en el prólogo al cuaderno Notas sobre Maquiavelo como en sus colaboraciones en la revista Envido. Exiliado en Brasil durante la última dictadura, en 1980 publicó O que é subdesenvolvimento y, al año siguiente, O que são intelectuais, ambos en San Pablo. Regresó al país para votar a Ítalo Lúder: «Veníamos de la experiencia peronista de los 70. No concebíamos ninguna discusión esencial que no se hiciera dentro del peronismo», rememoró en El peronismo fuera de las fuentes.
Fue entonces que participó de una rara avis de los tiempos del alfonsinato: la revista peronista Unidos (1983-1991). Numerosas fueron las publicaciones de González en ese medio, donde reflexiones sobre la coyuntura histórica se entramaban con ciertas constantes de su pensamiento: John William Cooke, Hernández Arregui, Manuel Ugarte, Raúl Scalabrini Oritz, Macedonio Fernández, Ezequiel Martínez Estrada, Roberto Arlt, desde luego Evita y Perón. Todo lo cual redundaría en la copiosa cantidad de escritos que aumentarían a la par de los años del siglo XXI, muchos publicados por Editorial Colihue, cuya colección Puñaladas dirigía.

Presencia sostenida
En 1992 se doctoró en Ciencias Sociales en la Universidad de San Pablo, y ya se encontraba plenamente inserto en el ámbito académico, en particular en la nueva Facultad de Ciencias Sociales de la UBA. Surgió desde ahí el proyecto de una revista que, en esa década signada por la adaptación de muchos intelectuales al sistema dominante, reasumiera la valoración de la actitud crítica como inexcusable. La publicación se denominó El Ojo Mocho y con sus artículos, reportajes, reseñas, notas, fue la voz discordante en el desolador panorama nacional.
Como balance finisecular, en Restos pampeanos (1999) puso en escena en originales contrapuntos resonancias de José Ingenieros, Leopoldo Lugones, Borges, Trotski, Jauretche, Santucho, Walsh y David Viñas, siempre en la persistente indagación sobre la cultura y política argentinas en sus distintos momentos, a lo que pronto se sumaría el fenómeno kirchnerista. Probablemente ligado a esto último, fundó junto a Nicolás Casullo la agrupación Carta Abierta, que continuó hasta 2019. Interesado por la difusión masiva no solo en teoría, colaboró con sus textos en revistas y periódicos como Acción. Y también estuvo presente en diversas actividades desarrolladas en el Centro Cultural de la Cooperación desde la hora de su fundación.
En 2005 se convirtió en director de la Biblioteca Nacional, cargo que ocupó hasta la llegada del macrismo al Gobierno. González hizo de la Biblioteca un lugar de encuentros, homenajes, ediciones e investigaciones. Su imagen va a incorporarse a la serie de retratos que recuerdan a los directores de la institución: ojalá se parezca a una vieja foto suya, en blanco y negro, sentado en un banco de la facultad con el cabello largo y los gruesos bigotes que siguió usando hasta el final, fiel a un estilo, como lo fue en su siempre incisiva escritura.


Susana Cella